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  • EL AFÁN DE SANTOS Y LA SUERTE DE LA CONSTITUCIÓN

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    Enrique IV para poder acceder a la corona de Francia hubo de renegar de su protestantismo y acoger la religión católica, de ahí proviene la famosa frase atribuida a él: “París bien vale una misa”. Parodiando pero por lo bajo, podríamos decir, para desgracia nuestra, que para Juan Manuel Santos el Nobel de Paz bien valió hundir la institucionalidad y la Constitución Nacional.

    Todas las últimas salidas de Santos han estado marcadas por el afán del nobel de Paz, prisa que no mostró a lo largo de ese maratónico, tedioso y humillante proceso de 4 y medio años de conversaciones habaneras, con soldados y policías asesinados durante el mismo.  Hubo acelere para firmar el acuerdo que debió haberse dado en marzo pasado luego de una firma apresurada en diciembre del 2015. Luego, también a las carreras montó un espectáculo internacional para firmar otro documento incompleto en septiembre de este año.

    La fecha del plebiscito para validar o invalidar el Acuerdo fue fijada a las volandas, unos días antes del otorgamiento del Nobel, que daba por descontado así como el triunfo del SÍ. A las carreras y como acto subliminal y supremo de campaña por el SÍ realizó la grotesca ceremonia de Cartagena con Kfir incluido.

    Una vez perdido el plebiscito y sin plan B a la mano, en vez de renunciar como había planteado que haría en caso de perder, Santos y su Equipo negociador, que tampoco salió, como debió haber ocurrido en santa dignidad, virtud que desconocen, exigió “prontitud” en la renegociación porque ahora sí el cese al fuego peligraba.

    Consumada la etapa inicial del turbio plan B sacado del sombrero de mago, consistente en burlar el resultado del plebiscito dando la apariencia de ser receptivos con los voceros del NO, ya en un acto “más sobrio”, un teatro, propio para “actores del conflicto”, Santos y Timochenko, una vez más, ahora sí, refirman con tinta indeleble el supuesto nuevo acuerdo final y definitivo (NAFD).

    En el nuevo mamotreto de 310 páginas los temas sustanciales: narcotráfico como delito conexo al político, cárcel para delitos atroces, Jurisdicción Especial de Paz fuera del sistema judicial colombiano, carácter de tratado Internacional del Acuerdo, elegibilidad política sin restricciones para responsables de crímenes de lesa humanidad y de guerra, entre otros, fueron retocados cosméticamente o quedaron tal cual.

    A los colombianos se nos preguntó el 2 de octubre por el mamotreto de 297 páginas. Santos, De la Calle, Cristo y Jaramillo dijeron en su aplanadora campaña que si ganaba el NO se caía todo el Acuerdo, no habría más negociación, sería el fin del proceso, se levantaría la mesa y sobrevendría la más cruel de las guerras urbanas por fiel información que el Presidente dijo tener en sus manos.

    Contrario a lo que esperaban los perdedores, los líderes del NO propusieron renegociar, confiaron otra vez en un gobierno tramposo, y otra vez, ese gobierno hizo trampa. Dicen a toda hora con todas las voces y cajas de resonancia que “todas” las propuestas del NO fueron incorporadas al NAFD, lo que es totalmente falso, pues de haber sido así no habrían hecho  esguince al deber de darlo a conocer a los voceros del NO antes de firmarlo. Han dicho, contra toda evidencia que ese NAFD es inmodificable pero que lo llevarán al Congreso, órgano que por Constitución tiene la función de modificar o crear proyectos de ley o leyes.

    Pretende este gobierno sustituir la Constitución por las vías de hecho, haciendo aprobar fast track (o farc-trac, como dijo Osuna) todo tipo de leyes rompiendo el curso regular y el reglamento del Congreso. Se quiere, en dos días, aprobar un asunto trascendental para el presente y futuro del país. Se pretende, a las carreras, aprobar una amnistía general y abrir las puertas del Congreso a criminales de guerra como el Paisa o Romaña o Timochenko o cualquiera del Secretariado o los que ordenaron el asesinato a sangre fría de los Diputados del Valle.

    Solo queda una esperanza, que la Corte Constitucional sea capaz de estar a la altura de su función de guardiana de la Constitución. Pues de irse en contra de sí misma y “autosuicidarse”, no nos quedaría, a los del NO y otros ciudadanos, la opción de la resistencia civil y convocar un referendo para que el pueblo en su calidad de soberano y constituyente primario se pronuncie sobre los delicados temas en los que no hubo consenso.

    CODA: La muerte del dictador y tirano Fidel Castro no merece voces de lamento ni luto por parte de demócratas auténticos. Es un acontecimiento refrescante para Cuba y Latinoamérica.

    Darío Acevedo Carmona, 28 de noviembre de 2016

  • UN CONEJO ESPANTÓ A LA PALOMA

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    En columnas recientes y opiniones vía twitter había advertido que el Gobierno Santos estaba jugando doble en la renegociación del acuerdo de paz luego de la derrota del SÍ.

    Por un lado envió a Humberto de la Calle, Sergio Jaramillo y uno que otro ministro a reunirse con los voceros del NO. Estos últimos se habían ceñido a la idea de buscar un Gran Pacto Nacional para llevar a la mesa de La Habana las propuestas de quienes salieron vencedores en el plebiscito.

    Por otra parte, varios ministros del Gobierno Nacional como el del Interior, la Canciller y Defensa concedían a los Medios declaraciones acosadoras y minimizantes sobre la renegociación del Acuerdo que días antes del plebiscito habían declarado “inmodificable”.  A nivel diplomático, el presidente Santos inició una ofensiva visitando a varios gobiernos y haciendo gestiones con diversas autoridades y organismos multilaterales para reconstruir la perdida confianza en su propuesta de paz.

    La mesa entre delegados del Gobierno Nacional, por el SÍ,  y los diversos voceros del NO, inició trabajos al superarse la pretensión oficial de dividir a estos con invitaciones a Palacio a cada sector. Se estableció una metodología que tenía el propósito de actuar unificadamente en la defensa de propuestas a llevar a La Habana y en compartir de ida y vuelta los resultados de esas conversaciones.

    El presidente Santos manifestó en varias ocasiones la urgencia de firmar un nuevo acuerdo introduciendo un elemento de perturbación y afectando el espíritu de construcción del mismo que se había instalado en la mesa de Bogotá. Sectores del SÍ entre ellos grupos de izquierda, ONGs cercanas a estos, partidos de la Unidad Nacional y el propio gobierno terminaron instrumentalizando iniciales movilizaciones espontáneas por la paz en favor de una firma express de la misma.

    Mientras los voceros del NO continuaban trabajando de buena fe, el Presidente, sin que nadie se lo demandara, denigró del resultado del plebiscito en el parlamento inglés, dando señales de su doble juego.

    A todas estas, dos acontecimientos acrecentaron los afanes de Santos: la sorprendente elección de Trump a la presidencia de los Estados Unidos, contra la que él se había manifestado, ya que podría dar al traste con el apoyo incondicional de la Casa Blanca a las concesiones a las FARC. Así mismo, la salida al aire del escándalo del Hacker y de la infiltración oficial de espías en la campaña de Óscar Iván Zuluaga que apuntan a que el triunfo de Santos en 2014 fue producto de una estratagema cuyas novedades empiezan a salir a flote.

    ¿Qué otra cosa puede explicar que el Gobierno haya dejado de jugar a varias cartas para optar por el engaño monstruoso que precipitó el fin de semana pasado? Estaba lejos la fecha del 31 de diciembre como límite para el cese bilateral de hostilidades. Las comisiones del SÍ y del NO mantenían un buen clima de discusión, se hablaba de avances importantes y se estaba a la espera de nuevas consultas.

    De pronto, el exministro de Justicia, Yesid Reyes, en entrevista a un diario español hizo declaraciones que pusieron los pelos de punta, manifestó que no sería necesario una refrendación vía plebiscito del nuevo acuerdo. Dos días después, sábado 12 de noviembre, a un mes de recibir el nobel en Oslo, Santos busca sorpresivamente al expresidente Uribe para darle “la gran noticia” del nuevo acuerdo. El expresidente le plantea no darlo por definitivo hasta tanto no haber estudiado el contenido con los representantes del NO.

    Horas más tarde y sin que el texto hubiera sido redactado totalmente, el Presidente habló por televisión sin atender el pedido de Uribe. Ya había procedido igual varias veces dando noticias de asuntos no ocurridos o inconclusos. Insistía en su estilo de impactar a la opinión con los hechos cumplidos. Al día siguiente, Humberto de la Calle, experto en dar a entender lo inentendible y en hacer ver lo que no existe, redondeó el oso enseñando en un video cómo se trabajaba aún, arduamente “en el ensamblaje de todos los puntos”.

    Vinieron luego las declaraciones, al unísono, de ministros afanados por dejar algo para la historia, Cristo, Villegas, el astuto Presidente, el indudable Iván Cepeda, Iván Márquez y Leyva Durán el vocero que no sabemos si tendrá que desmovilizarse en razón de sus servicios prestados a una banda criminal, que recitaban de modo terminante: “esta es la versión final, no hay marcha atrás, no habrá más negociaciones, aquí se cierra todo, no habrá consultas con los del NO”.

    El expresidente Pastrana hizo un buen retrato de la situación: “expidieron un decreto”, agregaría yo, un ultimátum dictatorial. Dejaron plantados a los voceros del NO, con la única opción, como antes del plebiscito, de adherir o plegarse.  Se pasaron por la faja la idea de Pacto Nacional, se quieren burlar de la ciudadanía que los derrotó al optar por una refrendación por la vía de un Congreso emasculado, untado de mermelada y temeroso de llegar manivacíos a las elecciones de 2018.

    Sabemos que en su infinito cinismo pueden burlarse de la democracia y humillar a la población para que Santos reciba su Nobel a costa de entregar el país en un acuerdo tan humillante como el derrotado el 2 de octubre. Ese y no la paz es el afán de cerrar cualquier posibilidad de un Acuerdo Nacional.

    Coda: El conejo que ahuyenta a la paloma es una caricatura del genial Osuna en elespectador.com de noviembre 6.

    Darío Acevedo Carmona, 21 de noviembre de 2016

  • TRUMP

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    Ante el inesperado triunfo del candidato vapuleado por los Medios, la opinión internacional oscila entre el asombro, el rechazo y la prudente espera. La reacción del presidente Obama y de Hillary Clinton da cuenta de la madurez democrática de la política estadounidense.

    Una reflexión inicial obligatoria debe girar en torno al papel de los medios masivos que se volcaron a favor de la candidata demócrata. La revista Newseek, por ejemplo, editó miles de ejemplares cantando la victoria de Clinton con una foto de ella autografiada. Lo del Brexit en Inglaterra, el plebiscito en Colombia y la elección presidencial en USA, debería ser suficiente material para un análisis profundo sobre el rumbo editorial  de la prensa,  la distorsión agresiva de la ética periodística y el pisoteo a la función orientadora e informativa que debe cumplir.

    Las inquietudes y preguntas sobre lo que puede suceder en la política interna y en la internacional, con nuestro continente y con Colombia son numerosas y de gran envergadura. Expresiones hirientes y ligeras del empresario contra inmigrantes y organismos como la ONU y la OTAN son fuente de temores y rechazos.

    Los mandatarios de Europa y miembros de la OTAN, por ejemplo, se pusieron nerviosos convocando una reunión tipo crisis en vez de felicitar al triunfador. China y Rusia, en cambio, enviaron congratulaciones que ayudaron a tranquilizar mercados y relaciones diplomáticas delicadas. Pero también desconcierta la reacción de sectores de opinión radical que se han lanzado a las calles desatendiendo el mensaje conciliador y el llamado a la unidad de la Nación de los jefes Demócratas.

    La situación que se viene es bien compleja y eso obliga a no ser ligeros en los análisis sobre el significado y perspectivas de esta elección. Recomendable hacer lecturas más cuidadosas sobre lo que representa el hecho político en tanto cuestión central de la existencia humana, por un lado, y por el otro, sobre las dinámicas, advertidas por lúcidos antropólogos, filósofos y semiólogos  en el sentido de que la lucha política toca no solo con la exposición racional de programas e ideas sino también con las pasiones, las expectativas, las emociones y los sentimientos. La política es asimilable a un teatro y los políticos, de alguna forma, son actores. Trump hizo su campaña como si estuviera haciendo una campaña de marketing. Eso no justifica, en modo alguno, pasar por alto las barbaridades que dijo en campaña.

    El alarmismo con las tensiones e insultos, la polarización, las acusaciones destempladas, frases hirientes, y demás conductas biliares, prolijas en todas las campañas, no es buen consejero para comprender la política. No es criterio suficiente para invalidar al ganador puesto que los contendientes apelaron a las mismas armas. El hecho democrático soporta esas bajezas aunque no sean deseables y vayan en detrimento de la caballerosidad.

    El uso de estrategias publicitarias que apelan al miedo, a la desconfianza y a sus antónimos, es usual en toda competencia política. No obstante esta realidad aplastante, hay quienes, posando de puritanos, se alarman y condenan al vencedor por haber apelado a tales métodos como si los derrotados, en los tres casos mencionados, no hubieran hecho gala de superioridad moral y artilugios denigrantes para estigmatizar a los que resultaron triunfadores.

    Recomendable pues, la espera razonable solicitada por Clinton, en el entendido de que una cosa es la retórica y otra la acción, una cosa la promesa y otra el cumplimiento, una cosa es ser candidato y otra gobernante.

    En todo caso, el mundo está a la espera de cambios importantes en el modelo económico y en el terreno diplomático, ya que Trump está convencido del desgaste del Modelo apaciguador de la política exterior de Obama y de la ineficacia de sus propuestas de políticas públicas en las esferas del bienestar, la salud y control de la inmigración.

    En lo que respecta a Colombia, debemos tener en cuenta que aunque las relaciones entre los dos países han gozado de respaldo bipartidista, no ocurre igual con el proceso de paz. Los republicanos son más estrictos y exigentes sobre aplicación de justicia, extradición y lucha contra el narcotráfico, aspectos cruciales en las negociaciones con las guerrillas.

    Un factor que da tranquilidad es tener presente que  la democracia americana no funciona como los regímenes populistas del socialismo bolivariano que se oponen al relevo del poder, usan métodos dictatoriales y desconocen las libertades. Sobre eso la opinión “progre” y de izquierda nada ha dicho y han callado ante el deprimente espectáculo del régimen de Ortega en Nicaragua.

    Coda: El presidente Santos anunció un nuevo Acuerdo sin haberlo presentado a consideración previa de los dirigentes del NO, por eso hay que esperar el juicioso análisis de estos.  Es evidente que el afán personal de Santos para recibir el Nobel de paz con un nuevo acuerdo viola el más elemental principio de cordura. Las FARC ya salieron a quejarse de distorsión por parte del Presidente, que tercamente, insiste en su fatal costumbre de presentar la paz como un hecho cumplido.

    Darío Acevedo Carmona, 14 de noviembre de 2016

  • ¿PUEDE UNA MINORÍA TOMAR EL PODER Y DOMINAR A LAS MAYORÍAS?

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    La respuesta es positiva. Hay multitud de ejemplos en la historia mundial.

    En Sudáfrica la minoría blanca no solo gobernó ese país por siglos sino que impuso el odiado régimen del Apartheid desde 1948 consistente en la separación de la población por razas, una detestable segregación y una humillante discriminación de las mayorías negras.

    En Rusia, 1917, varias fuerzas políticas intentaron derrocar el zarismo para instaurar la república y la democracia. Lo lograron en febrero, pero en octubre, en medio de una profunda crisis, división de la sociedad, pobreza, miedo, cansancio con la guerra, una fuerza minoritaria pero muy disciplinada, la facción mayoritaria del partido obrero socialdemócrata ruso (comunista), realizó un golpe de estado, asumió el poder y se consolidó en él ejerciendo una terrible persecución y aniquilamiento contra sus adversarios, partidos de todas las tendencias incluso contra los de izquierda que no compartían su proyecto y sus métodos.

    En 1933 en Alemania, el minúsculo y risible partido nacional socialista (Nazi) que agitaba una retórica revanchista y denunciaba por humillante el pacto de Versalles que había establecido la paz con la que se puso término a la primera guerra mundial, que preconizaba el retorno a la grandeza alemana y la superioridad de la raza aria, asumió el poder cuando Hindenburg, presidente del país, lo llamó a formar gobierno a pesar de haber ocupado el tercer lugar en las elecciones.  Meses y años después el nazismo suprimió la democracia y desató una rabiosa carrera armamentística, persiguió a los judíos causando la muerte de más de seis millones en campos de concentración y desató la peor de todas las guerras hasta hoy conocidas de la historia.

    En Cuba, una dictadura militar fue derrocada por un amplio movimiento de fuerzas democráticas a cuya cabeza estaba un grupo minoritario, la guerrilla Movimiento 26 de Julio liderada por los hermanos Fidel y Raúl Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto el Ché Guevara que se puso al frente del gobierno y habiéndose declarado no comunista y prometido la realización de elecciones, un año después se descubrió como comunista, se alió con la URSS y adelantó una sistemática y cruel represión a través del fusilamiento de exfuncionarios del régimen anterior y contra dirigentes de los partidos que habiendo apoyado la revolución se opusieron a la instauración del comunismo, por medio del temible “Paredón” donde fueron fusilados miles de críticos y opositores.

    Una minoría totalitaria no requiere, pues, ser mayoría para acceder al poder, para ella no hay barreras morales ni legales que lo impidan. Esas minorías violentas no aspiran a imponerse solo por triunfos electorales.

    Los métodos usados por las minorías totalitarias varían según las circunstancias. La violencia siempre será un recurso en su táctica, bien para esgrimirla en forma de amenaza o bien para ejercerla en toda su crudeza. También apelan a las elecciones en democracia, se alían con otras tendencias, se camuflan, se infiltran, engañan al electorado escondiendo sus verdaderos propósitos e incluso presentándose como demócratas consecuentes.

    En la China ocupada por los japoneses, los comunistas se unieron con el partido nacionalista Kuomintang en la lucha por expulsar al invasor y crear la república. Derrotado el imperio japonés en la segunda guerra mundial el consecuente debilitamiento de las tropas de ocupación facilitó la liberación china, y fue justo ahí cuando, a la manera bolchevique, desataron la guerra civil contra sus aliados nacionalistas y conquistaron el poder instaurando el sistema comunista. Hubo millones de muertos por la represión política, la persecución a los opositores y por hambre.

    En Venezuela la toma del poder se dio por vía democrática y por triunfo en unas elecciones. Pareciera una excepción a la regla. Un coronel que fracasó en un golpe de estado, condenado luego, obtuvo el perdón y una vez libre aprovechó la grave crisis moral generada por gobiernos corruptos. El entusiasmo se apoderó de las multitudes e incluso muchos empresarios, líderes de opinión, antiguos militantes de los partidos tradicionales depositaron sus esperanzas de cambio en el nuevo caudillo.

    Hugo Chávez negó ser comunista, como Fidel en Cuba, lo acusó de dictador. Ya en  el poder inició una política de arrasamiento de las instituciones, cambió la constitución, se eternizó en la presidencia, obtuvo el control de todos los poderes, ganó con métodos turbios y fraudulentos decenas de elecciones y cuando perdió un plebiscito lo desconoció después. Estatizó la economía, repartió las jugosas ganancias petroleras a sus amigos en el exterior y se hizo el de la vista gorda con el enriquecimiento de la llamada boliburguesía, quebró la unidad del ejército y convirtió a los generales en jefes del socialismo bolivariano. La lista es demasiado extensa como para dar cuenta aquí de todos los desastres.

    Esa película, con variaciones y recortes se vivió en Brasil y Argentina que a tiempo reaccionaron, y se vive aún en Bolivia, Ecuador, Nicaragua, El Salvador. Los venezolanos hoy no son libres, su democracia está convertida en una caricatura, hay presos políticos por montones, el pueblo carece de alimentos y medicinas y el poder reside en una insignificante minoría que recibe el apoyo de un truhán colombiano secretario de UNASUR y el silencio cómplice de los gobiernos democráticos de América Latina.

    En Colombia, los partidarios de ese ominoso experimento son una minoría. Grupos guerrilleros y civiles quieren aplicar la receta, cuentan con líderes sobresalientes que militan en diferentes partidos. Sus áulicos escribientes se burlan de quienes advierten el peligro y minimizan el riesgo hasta hacerlo ver ridículo. Otros no creen que tal cosa nos llegue a suceder. Pero, como dice el proverbio “guerra avisada no mata soldado y si lo mata es por descuidado”.

    Darío Acevedo Carmona, 7 de noviembre de 2016

  • SINDROME DE ESTOCOLMO

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    En el discurso oficial y en las columnas de opinión sobre las negociaciones de paz con las FARC abundan las ideas que dan cuenta del desencanto y fatiga con esta “guerra que lleva 52 años… guerra sin sentido, que nadie ganó, sin vencedores ni vencidos, que nos avergüenza” y con las que se apunta a explicar y a justificar las generosas y copiosas concesiones hechas a esa guerrilla en el Acuerdo rechazado en el plebiscito.

    Del flanco guerrillero la versión es diametralmente opuesta. Tanto en las innumerables declaraciones dadas a la prensa nacional e internacional como cuando vienen a hacer “pedagogía de paz” en sus frentes y en lo que se pudo conocer de la Conferencia del Yarí, los comandantes hablan sin tapujos, sin rubor, sin pena ni arrepentimiento de su “heroica gesta” de su “esfuerzo titánico en pro de la revolución redentora”, de su indoblegable espíritu y de su incuestionable compromiso con la lucha por la “Patria Grande”.

    Así pues, tenemos el balance de la confrontación en dos canales: En el primer canal, está la versión de los que sienten vergüenza por haber dilapidado tantas vidas y tantos recursos para nada, de los que piensan que se hizo mal en responder a los ataques terroristas que no eran tales sino acciones desesperadas de campesinos sin tierra víctimas de la exclusión y de la ausencia de democracia.  

    Es decir, el discurso de la derrota de la institucionalidad, del estado de derecho, de la Constitución, de un Ejército que se sacrificó por nada que valiera la pena. En suma, la declinación del que podríamos llamar la bandera o el leit motiv de la que se supone es la motivación que da legitimidad a la defensa de las leyes y las instituciones que nos rigen.

    Capitulación de hecho porque cuando  se desconoce haber actuado en defensa de una causa justa, como lo es la defensa de la democracia, la libertad y la república, nos colocamos en el terreno de la barbarie y la sinrazón. Imaginemos que los Aliados en la Segunda Guerra Mundial hubieran procedido con ese tipo de sentimientos ante la agresión del nazismo, ¿qué sería hoy del Mundo? La entrega de la razón política y moral al “otro” es pues, el principio de la derrota total.

    En cambio, por el otro canal hablan los que se hacen llamar “excluidos” de la democracia, del bienestar y de la justicia. Ellos honran a sus héroes caídos en combate, justifican todas sus acciones militares puesto que son representantes del pueblo y como su guerra es de los desposeídos, acuden al secuestro que llaman retención y al narcotráfico para financiarse. Sus masacres no son masacres y sus bombazos a iglesias, clubes sociales y pueblos son actos de heroísmo. Ellos sí defienden la justeza de su causa y por eso se niegan a pedir perdón y cuando lo hacen dicen que son daños colaterales.

    Aunque perdieron en el terreno militar toda posibilidad de alcanzar el poder, ganaron la que, de suyo, es la batalla principal, la de imponer su relato y que este haya sido acogido por una parte del establecimiento, varios partidos y movimientos políticos de todo el espectro, sectores de la Iglesia católica, uno que otro general de la República, sectores empresariales y, por muy amplios sectores académicos e intelectuales que piensan que esta es una democracia de papel y que las guerrillas son fruto de las grandes desigualdades sociales.

    Al lado de esta entrega, todas las demás, de todo orden, contempladas en las 297 páginas del derrotado Acuerdo, tienen su lógica, la de la inversión de la culpa por la que el victimario es convertido en víctima, por la que la paz se vale lo que sea con tal de que no nos hagan más daño. Es lo que se conoce como el “síndrome de Estocolmo”, llamado así en razón de una experiencia de la vida real cuando los secuestrados en un asalto terminaron congraciados con sus victimarios porque no los habían matado.

    Dicho síndrome se manifiesta, por ejemplo, en la afirmación del alcalde de Cali que llamó a pedirle perdón a las FARC, o cuando a un secuestrado por la guerrilla declara haber sido bien tratado después de años de humillación en la selva, o cuando a la exigencia de Justicia se le denigra llamándola venganza o cuando se quiere hacer ver que los colombianos nos estamos matando, estamos absolutamente divididos o “todos somos culpables de la violencia”.  

    De manera que las mayorías nacionales que queremos este país a pesar de todas sus falencias e injusticias, que preferimos ésta débil y enferma democracia al futuro rosa prometido por las guerrillas, estamos, si nos descuidamos, ad portas de sufrir las secuelas del síndrome de culpa de unas elites irresponsables que piensan alcanzar la expiación de su falla histórica y de sus yerros, entregando a los victimarios lo que a todos nos pertenece.

    Darío Acevedo Carmona, 31 de octubre de 2016