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Democracia o totalitarismo

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Si en Colombia surgiera un partido nazi o uno fascista que se propusiera participar en los certámenes electorales con la mayor seguridad habría una actitud de rechazo de parte de la ciudadanía, de los partidos políticos y de las organizaciones sociales.

Y no porque movimientos de ese tipo tengan alguna posibilidad de triunfo por vía democrática sino porque se trata de movimientos inspirados en ideologías totalitarias, extremistas, nacionalistas y xenófobas que, además, justifican el uso de la violencia contra sus adversarios y contra las instituciones y dejaron una estela de desastres humanitarios que nos avergüenzan como seres humanos, como el holocausto judío.

Creo que no es exagerado afirmar que habría un gran consenso nacional y en el plano internacional, de condena y oposición a cualquier intento de creación de esa clase de agrupamientos políticos y que se aceptaría el recurso de medidas de control para evitar que hagan parte del paisaje político como acto de justificada defensa y no de corte dictatorial o un atentado a las libertades o una exclusión.

Son varios los países, particularmente europeos, donde se prohíbe la conformación de partidos de nazifascistas y por ende su participación en elecciones. Incluso, esas restricciones y prohibiciones se extienden a grupos neonazis que pretendidamente se han moderado.

La democracia y el régimen de libertades modernas materializados en la idea republicana, en el afán de ser consecuentes con sus ideas y valores descuidan la protección de los valores políticos modernos o se confían con los grupos violentos defensores de ideas extremistas en razón de su escasa acogida  y les permiten que se aprovechen de sus generosos espacios.

Sin embargo, ese exceso de confianza en la fortaleza e inmunidad del modelo democrático, en que este es capaz de sostenerse sin apelar a medidas de control es aún más notable cuando se está en presencia de grupos o movimientos comunistas o marxista-leninistas. Una explicación para dicha tolerancia la encontramos en el enfrentamiento de los dos modelos, comunismo o capitalismo, que vivió la humanidad durante la llamada guerra fría durante el cual la propaganda comunista hizo creer en la posibilidad del paraíso en la tierra mientras escondía las noticias de sus innumerables crímenes en masa, persecución política y eliminación de derechos y libertades.

Como quiera que muchos partidos de tendencia comunista se avinieron a la lucha democrática e incluso llegaron a abjurar de la violencia como los comunistas de Italia y Francia, la tolerancia frente a ellos se extendió por muchas latitudes y donde quiera que se les impedía hacer proselitismo los gobiernos que así procedían eran tildados de autoritarios y antidemocráticos.

No se debe hacer a un lado el hecho cierto y contundente de que aquellos partidos y movimientos marxistas que se mantuvieron firmes en su ortodoxia y dogmas alegaban la ausencia de democracia, en la que no creían, y de libertades que tenían por burguesas, para mostrarse en el plan de víctimas y de excluidos y hasta “obligados” a empuñar las armas contra dictaduras y regímenes democráticos.

Con el derrumbe de la Unión Soviética y la China Popular y el fracaso de la sociedad de las hormigas a fines de los años ochenta y comienzos de los noventa del siglo pasado solo quedaron dos países confesamente comunistas, Cuba y Corea del Norte. El primero de ellos bajo la dirección del dictador Fidel Castro quien forjó una estrategia latinoamericana para alcanzar el poder consistente en la participación en las luchas electorales y, a la manera leninista, aprovechar la democracia y las libertades burguesas como escalones para destruirlas desde adentro y fundar la dictadura proletaria. Ese fue el fundamento de la creación del Foro de Sao Paulo cuyos avances políticos fueron prodigiosos en los primeros años del siglo XXI y ahora se enfrenta a su más grave crisis.

La reflexión que quiero hacer se orienta, entonces, a precavernos ante la muy socorrida idea de que los comunistas colombianos en sus diversos matices, organizaciones y accionar, constituyen la oposición y de que su opción por la lucha armada fue forzada por el Sistema, por la exclusión y que ellos representan el pueblo y en especial el campesinado.

Y a pesar de la expresa confesión de fe marxista-leninista de los jefes de las Farc, que no se han dignado renunciar a los contenidos totalitarios de dicha doctrina ni a sus pretensiones de exacerbar el odio entre las clases sociales, resulta incomprensible que se siga creyendo por parte de ciertos sectores de la intelectualidad y de las elites políticas centralistas que tales declaraciones no son ofensivas ni peligrosas.

Por ingenuidad, por idiotismo, por exceso de confianza, por conciencia de culpa y por omisión, el gobierno Santos y sus aliados en la gran prensa pasan por alto el carácter totalitario de la ideología comunista que por sus crímenes históricos de decenas de millones de víctimas mortales y sus atropellos inconmensurables a los derechos humanos, deberían recibir trato similar al que se da a las ideologías nazi y fascista.

Darío Acevedo Carmona, 19 de junio de 2017

Coda: El repudiable atentado contra el Centro Comercial Andino nos recuerda que el terrorismo no se puede seguir enfrentando con guantes de seda ni pusilanimidad.

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