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Incontinencia verbal, Medios y redes

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Si hay un responsable del matoneo mediático contra la recién electa nueva magistrada de la Corte Constitucional, la doctora Diana Fajardo, no es otro que el lengüisuelto, superfluo y repentista mensajero del palacio de Nariño, senador Benedetti.

De su boca fue que salió esa especie de admonición amenazante a todos los congresistas con la que dio a entender que si la doctora Fajardo no salía elegida las Farc se pararían de la mesa. De manera que fue él y solo él que inició el vulgar linchamiento y quien le colgó ese deshonroso inri. Tan parecida a la de Humberto de la Calle cuando afirmó que si triunfaba el NO en el plebiscito se acabaría el proceso de paz.

La estrecha votación en el Senado de la República 48 votos a su favor por 43 para su contrincante, revela entre otras cosas, la afectación causada por la verborragia de Benedetti pero también la indudable pérdida de poder de las posiciones gobiernistas en el Congreso.

Santos se encargó de redondear el desaguisado al expresar que la nueva magistrada debe fallar siempre en apoyo al proceso de paz como si los miembros de la Corte tuviesen que seguir directrices del ejecutivo.

El acontecimiento ha sido motivo de intensas y apasionadas controversias en los Medios y en las redes y, claro, no ha faltado el lenguaje procaz e insultante. Precisamente frente a esto último me topé con una sesión de comentarios en la mesa de la cadena radial Blu el pasado jueves 1 de junio acerca de lo que se estaba diciendo en las redes sociales sobre la elección y la persona de la doctora Fajardo.

Se quejaban, y razón no les faltaba, de que se estuviera asociando a la magistrada Fajardo con las Farc o se dijera que era una defensora de esa guerrilla. Se notaba un aire de escándalo en la voz de los analistas, alcancé a escuchar de Felipe Zuleta, cuya lengua viperina es reconocida, calificar esas redes de cloacas por las que “circula todo tipo de sandeces y estiércol”. Mencionó un twitter del exmagistrado y exministro Jaime Castro en el que este decía palabras más palabras menos que en la votación del Senado las Farc habían impuesto a la candidata.

Zuleta puso en el mismo plano la afirmación de Castro con aquellas que se referían a Fajardo como una persona de las Farc, “la doctora Farcjardo” se leía en los twits, y ahí es donde empieza a decantarse una actitud de mala fe porque evidentemente el dr Castro no tildó a la electa magistrada de ser de las Farc ni siquiera de ser pro Farc sino que las Farc habían impuesto su nombre, interpretación acorde con lo que muchos pensamos en el sentido de que esa guerrilla en razón de las ventajas concedidas en las negociaciones con Santos están prácticamente cogobernando.

Las anotaciones del periodista Zuleta darían para pensar que su indignación y la de sus compañeros de set serían creíbles si ellos o muchos periodistas colombianos se incluyeran, que lo tendrían que hacer si quieren ser coherentes con la misión periodística. Los Medios en Colombia, y probablemente en muchos otros países, se han convertido en cuasicloacas porque han perdido la sindéresis, la ecuanimidad, la objetividad, porque los periodistas piensan que tienen que estar editorializando las noticias, tomando partido y hasta convirtiéndose en agitadores y panfletarios.

Podemos estar de acuerdo en que el linchamiento mediático contra la doctora Fajardo es injusto e inmerecido, pero deberíamos pensar que los más retados a seguir las normas del buen trato y del respeto somos quienes ocupamos un espacio en los Medios, como periodistas o columnistas o editorialistas y esto debe valer para todos. Se puede ser agudo, fuerte y áspero pero sin caer en el matoneo.

Resulta incompleto el asombro sobre lo ocurrido con la magistrada Fajardo si no se extiende el examen a la trayectoria y el comportamiento de los medios y se busca más coherencia ética. No puede ser que sea condenable lo que sucedió con ella sin que se mire la manera como se trata a los rivales y críticos del gobierno Santos. Hay columnistas como Ramiro Bejarano cuya voraz lengua, que se parece más a un puñal, no baja de asesinos a la “pandilla” uribista y como él tantos otros, Cecilia Orozco, León Valencia, Gabriel Silva Luján, Daniel Coronel, decenas más, que cada ocho días desperdician su espacio para enterrar su venenosa ponzoña y herir con su cantinela y cantaleta, muchas veces vulgar, a Uribe, al uribismo, al Centro Democrático, a los conservadores y liberales disidentes, calificándolos de “guerreristas”, “reaccionarios”, “enemigos de la paz”, etc., y tienen el cinismo de autorepresentarse como pacifistas, tolerantes, liberales, demócratas.

Darío Acevedo Carmona, 5 de junio de 2017

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