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Nosotros también queremos la paz, pero no así

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La sociedad colombiana ha vivido, no de ahora, sino desde hace muchos años, intensos debates en torno a la violencia política y mafiosa, sobre la democracia, los derechos humanos, las libertades, el llamado, por algunos, conflicto armado o guerra civil, las guerrillas, el paramilitarismo, las mafias, el narcotráfico y, entre otros muchos, sobre las negociaciones de paz con grupos  al margen de la ley.

Durante los últimos cinco años la política de negociaciones de paz adelantada por el presidente Juan Manuel Santos durante sus dos mandatos con la guerrilla de las Farc ha llevado la discusión a un tono más elevado que el acostumbrado. Sostienen los defensores de la política oficial, empezando por el presidente Santos, sus negociadores y sus principales funcionarios que el país se ha polarizado, que está harto, cansado y “mamado” del debate.

Diera la impresión que desean que se acallarán las voces críticas como si no tuviesen razón de ser o que no entendieran que la política es un de campo de batalla en el que se enfrentan puntos de vista opuestos, no por capricho, sino porque hay intereses, visiones, ideas, concepciones y proyectos distintos defendidos por quienes aspiran a gobernar.

En cualquiera de los casos, se percibe un aire de falseamiento del problema porque es la democracia moderna la que al haber convertido en públicos los asuntos del poder dio lugar a vivir la política como arena de lucha en la que la construcción de rivalidades es fundamental. Eso lo explican sociólogos y antropólogos de la política muy reconocidos: la noción amigo-enemigo es consustancial a la política. Por supuesto, se entiende que dicha rivalidad puede tener ribetes relativos o absolutos de acuerdo con la situación de la democracia y las libertades en que se encuentre cada sociedad en un momento dado.

Y hay hipocresía en quienes se quejan de la rivalidad y la socorrida “polarización”, porque quienes hablan de fatiga, hartazgo o “mamera” son protagonistas, están ubicados en uno de los campos, son corresponsables de la atmósfera en que nos debatimos, ellos no solo han expuesto sino que también han impuesto políticas y decisiones que para muchos colombianos son peligrosas, erróneas, injustificables, como las que hemos apreciado en función de la supuesta terminación de la “pavorosa guerra civil que durante 53 años destruyó al país”.

Pues bien, un gran parte de la población no aprueba lo que está sucediendo, no lo vamos a repetir en este artículo, pero se hizo evidente en el plebiscito cuando los críticos del proceso ganamos pero fuimos impotentes para evitar que el gobierno desconociera el resultado. Igualmente, las encuestas han revelado de manera sistemática y reiterativa que el porcentaje de desconfianza y escepticismo con la paz de Santos y las Farc es mayor al de las personas que la apoyan.

Esto quiere decir, primero: en el país no hay una polarización cansona y peligrosa, sino un necesario, oportuno y profundo debate porque las cosas y asuntos en juego son de hondo calado, son sensibles para la población para su presente y su futuro. Es decir, los que participamos como individuos, movimientos o partidos estamos haciendo un ejercicio democrático. Que los términos del mismo se extralimiten no es de extrañar, no somos los únicos a los que esto les sucede, es pan comido en todas partes.

Segundo, que de parte de los críticos de la paz Santos-Farc no hay apelación ni llamados a la violencia o a la amenaza guerrerista, siendo más bien que estas han salido de la voz de los jefes guerrilleros, del presidente Santos y de parlamentarios de la Unidad Nacional.

Se ha dicho y demostrado en los hechos que lo deseable en materia tan delicada y sensible como lo es una negociación con fuerzas que han hecho tanto daño, era y es aconsejable construir un amplio consenso para darle mayor legitimidad y apoyo a los acuerdos. Pero, en vez de ser escuchadas esas invocaciones y propuestas, fueron burladas y engañadas. El Gobierno y sus amigos optaron por el camino de la imposición a cualquier precio, mancillaron la voluntad popular expresada en el plebiscito y solo quieren que nos callemos, que no “jodamos más”.

Pues están muy equivocados y tendrán que entender o sucumbir ante el hecho cierto y contundente de que no somos una minoría y que tenemos altas opciones de triunfar con las tesis de “modificación de los acuerdos” en las elecciones venideras, y verán con sus propios ojos que las cosas se deshacen de la misma forma como se hicieron ya que no hay normas eternas, pétreas o inmutables. La paz que queremos ya ha sido expuesta ampliamente, que quede claro que se ofrecerá a los grupos armados ilegales todo aquello que generosamente permita la Constitución, que ni el Estado ni el nuevo gobierno le van a declarar la guerra a nadie pero que apelará al uso de las armas legítimas solo sí hay grupos que se empeñen en el uso de la violencia.

Darío Acevedo Carmona, 17 de julio de 2017

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