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  • La paz y la crisis de la Justicia

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    Más de la mitad del país, en encuestas sucesivas, manifiesta una visión negativa sobre la marcha del país, sus instituciones, los gobernantes y otros tópicos. Prácticamente nada escapa al escepticismo o pesimismo de las gentes, ni siquiera la supuesta paz firmada hace pocos meses despierta entusiasmo.

    La situación más preocupante es la que atraviesa en su conjunto la Justicia y en particular las altas cortes pues los recientes escándalos dejan por el suelo ese elemento fundamental de la sociabilidad que es la confianza, ¿si la sal se corrompe en quién podemos creer?

    Para tratar de comprender la razón o el porqué de esta crisis no basta con apelar a los lugares de siempre, a echarle la culpa a toda la sociedad o a decir que esto viene de tiempo atrás. Es necesario fijar la mirada en lo que ha ocurrido en el país desde que se inició un proceso de paz que arroja un balance deplorable en muchos aspectos y muy particularmente en el tema de la Justicia.

    La política puesta en marcha por Santos y su equipo de negociadores para firmar la paz con las Farc nos puede dar la clave de la situación crítica. Esa política ha supuesto heridas demasiado graves en el alma de los colombianos. Quizás los advertidos y acuciosos analistas que medran a la sombra de los jugosos proyectos relacionados con el “posconflicto” sigan sosteniendo la estupidez de que las gentes son tontas o están siendo manipuladas. Pero como dice el cuento no hay peor ciego que el que no quiere ver.

    En efecto, lo que hemos presenciado en dichas negociaciones es una cadena de mentiras, engaños e imposiciones de boca y de parte del presidente Santos. No las voy a mencionar, pero es indudable que la falta de franqueza, el decir una cosa que después niega en los hechos, se traduce en desconfianza colectiva.

    La gente no es boba ni ciega, entiende y ve que a las Farc se le otorgaron prebendas indecibles e injustificadas y que esa organización se burla hasta del sentido común. La impunidad que rodea el conjunto de las concesiones, justificada a contrapelo de las Leyes nacionales y de la juridicidad internacional es fuente de inmoralidad y de nuevas violencias. Se ha llegado al extremo de condenar la exigencia de justicia como un acto de venganza.

    La inmoralidad si viene de las altas esferas del poder es mucho más dañina que la que se pueda dar en la cotidianidad de los ciudadanos. Y es que ver convertidos en todos unos respetables señores a un grupo de criminales de guerra como si hubieran estado dedicados a hacer el bien ofende hasta el más malo de la cadena social.

    Partamos de reconocer que es absolutamente inmoral haberle dado al Acuerdo Final la categoría de Bloque de Constitucionalidad en cuanto sustituye la Constitución, quiebra la institucionalidad y crea organismos que forman un Estado paralelo.

    Todo el desastre que estamos sufriendo tiene que ver, en mi opinión, con el manejo inmoral de la paz. A esa noción se la ha privado de su real significado al convertirla en dogma. Por ella, se nos ha dicho, ha valido la pena firmar ese texto, desconocer el resultado del plebiscito o sea mancillar la voluntad popular, reformar la Constitución por vía exprés, romper el equilibrio de poderes y muchos más desastres.

    Al elevar la paz a la condición de fin supremo, ajeno por tanto a las condiciones y a las circunstancias, se cae en el proceder propio de los dictadores o de los iluminados que autojustifican y autolegitiman sus actos y piensan que si a las mayorías no les parece bien es porque están equivocadas y que todo se vale con tal de alcanzar ese fin.

    Y entonces viene el proceder inmoral para imponer el dogma desde el alto gobierno y los altos poderes. Si para lograr la paz había que hacerle un montaje al rival y favorito en las elecciones presidenciales del 2014, vale, si había que violar topes de financiación de la campaña, vale, si había que comprar votos distribuyendo “mermelada”, vale, si hay que distorsionar la asignación de cupos indicativos a los congresistas, vale. Si hay que aceitar a la gran prensa con elevada pauta oficial, vale, si hay que repartir puestos a granel para ganar el apoyo de magistrados, vale.

    Y así se fue atropellando la tradición, la estabilidad y el estatus de todo lo que se atravesara en el camino de la paz. Perseguir empresarios críticos, vale, desmontar varias cúpulas de generales críticos, vale, otorgar contratos a empresas noruegas para apalancar el nobel, vale.

    Si hay que imponer, a como dé lugar, la elección de un nuevo magistrado incondicional y de mediocre hoja de vida para desempatar en la Corte Constitucional la exequibilidad de la implementación del Acuerdo, vale.

    De manera que la atmósfera putrefacta que campea tiene, sino el origen si un efectivo agente estimulante que es el ejecutivo, el presidente de la República, todo en nombre de su paz que no es la paz que buscamos y merecemos los colombianos.

    No nos vengan a repetir la cantinela de que la crisis moral es del país, de todos, de los millones de personas que se ganan el pan honradamente. NO y mil veces no, la crisis moral tiene nombres propios e instituciones precisas. Las relaciones de cooperación entre los poderes públicos fueron reemplazadas por el soborno, la untada, el billete debajo de la mesa, las gabelas. Si este no es el mayor daño que se le pueda haber hecho al país que nos ilustren cuando fue que estuvimos en un pantanero similar.

    Darío Acevedo Carmona, 4 de septiembre de 2017

  • Corrupción y afrenta banalizadas

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    Después de aquella frase burlona de Santrich “quizás, quizás, quizás” cuando le preguntaron si las Farc iban a entregar las armas y pedir perdón a las víctimas, pensé que nada superaría esa demostración de cinismo, pero, como para demostrarnos que la dirigencia de esa organización no tiene límites para mofarse de la dignidad de los colombianos como no los tuvo para asesinar y destruir, dos acciones recientes nos recuerdan su desfachatez.

    La primera fue el anuncio del nombre del partido -Fuerza Alternativa Revolucionaria de Colombia- con el que entrarán a disfrutar de las generosas gabelas concedidas por el Gobierno Nacional. A primera vista no habría razón para ponerse alerta por la conservación de las siglas, en el pasado lo hizo el EPL (Esperanza, Paz y Libertad), el M-19 mantuvo su nombre precedido de “Alianza Democrática”.

    Pero, entre esas experiencias y la de ahora hay profundas diferencias, en especial en lo referente a la seriedad y la transparencia de aquellas fuerzas, muy diferente a lo que las Farc han mostrado: arrogancia, burlas, mentiras e incumplimientos. De modo que vale preguntarnos ¿por qué insisten en mantener unas siglas Farc que nos recuerdan asaltos, pescas milagrosas, secuestros, asesinatos de soldados y policías, masacres, despojo a campesinos?

    Leeremos y escucharemos muchas voces que nos llamarán a tener confianza y a ver en esa decisión algo de poca trascendencia. No comparto esa visión idealizada sobre las intenciones de una guerrilla cuyos jefes reafirman cada que se les ofrece un micrófono o una cámara que ellos no tienen de qué arrepentirse, que no van a entregar sus armas sino “colocarlas a un lado”, que ellos son rebeldes luchadores populares, que son marxista-leninistas (cosa que también ha sido banalizada en los medios) y como dijo Santrich “Nunca dejaremos de ser Farc”.

    En buena letra se desprende que se enorgullecen de su identidad, que no tienen conciencia de culpa ni van a reconocer la comisión de crímenes horrendos, por tanto, tampoco tienen víctimas a sus espaldas. Y es ahí en donde cabe a la perfección su opíparo ofrecimiento según denuncia del Fiscal General: traperos, exprimidores, vasos, sartenes, sal de frutas, talcos, bienes inmuebles inidentificables, construcción de vías. Esta ofensa a la dignidad de los miles que sufrieron sus atrocidades y al pueblo colombiano es equiparable a la violación de la Constitución y del ordenamiento institucional que en nombre de la paz engañosa impuso el presidente Santos.

    Como para que no nos quepa duda de que estamos ante una auténtica tragedia del absurdo cuyo libreto consiste en burlarse de los colombianos, el expresidente Samper y el presidente Santos, en el evento conmemorativo de los veinte años del ministerio de la Cultura, se trenzaron en un duelo de chistes alrededor de la palabra mermelada. Palabra que todos asociamos con la destinación fraudulenta de dineros públicos a altos dignatarios de otros poderes paran obtener su apoyo.  El escenario de la bufonada fue ni más ni menos el teatro Colón, una bella reliquia y patrimonio de la nación. Los fantasmas que habitan tradicionalmente estos tablados deben haber salido despavoridos ante espectáculo tan repugnante.

    Una sociedad abrumada por la corrupción de Odebrecht, Reficar, pirámides de las elites, violación de topes de campañas presidenciales, mafias en la Corte Suprema, y un larguísimo etcétera, el señor Samper, resucitado en mala hora por su compañero de escena y que detenta un enorme poder burocrático, le dice a Santos en tono burlesco “en mi gobierno hubo “mermelada” pero era poca comparada con el suyo”. Este le replicó inmediatamente “pero si Usted era conocido como el rey de la mermelada”, se oyeron sonoros aplausos y risas de la concurrencia como si se estuviera en presencia de una obra de humor tipo “Los monólogos de la vagina”. Entonces Samper, el mismo al que Santos intentó darle un golpe de estado, le respondió “sí, pero no era tanta y la mía era dietética”, de nuevo gran hilaridad.

    No eran Tola Y Maruja los que divertían al público ni los de La Luciérnaga ni el sobrino del “elefante” con sus grotescos apuntes, era un acto oficial y dos personas que banalizaban sus “dignidades” como pilluelos de barriobajero haciendo bromas con el cuerpo del delito oficial más detestable de los últimos siete años, ese producto corrosivo, símbolo de compra de conciencias, de untadas a magistrados, generales, congresistas, periodistas, obispos.

    Nada más ni nada menos que un expresidente de ingrata recordación y otro en ejercicio, que, independiente de la opinión negativa que los afecta, no tienen derecho a pisotear, como lo hicieron, sus investiduras, el acto oficial, el sitio, el público y el país.

    Que al parecer no tienen conciencia del mal o lo banalizan, pensando que irrigar con mermelada todos los intersticios institucionales no es delito. Deslucieron sus trajes, sin pudor, grotescamente, para recibir el aplauso que no han podido conquistar en las calles quizás porque no han hecho nada que lo merezca.

    Hacer chistes con aquello que tiene el país al borde del colapso es el mayor acto de cinismo que hayamos podido presenciar de parte de las dos personas más poderosas de este gobierno.

    Si este es un país de asesinos, de cafres, de vividores, de mafiosos, de “mierda”, de violentos, como lo sostienen muchos intelectuales “progres” y de izquierda, solo hacía falta que dos miembros destacados de la oligarquía nacional cual par de granujas se sumaran al coro de los que nos ofenden en materia grave en nuestras propias narices.

    Darío Acevedo Carmona, 28 de agosto de 2017