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  • Fantasmas, miedo y política

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    Claro que hay fantasmas que asustan a las gentes en la actividad política. Fueron Marx y Engels, fundadores del comunismo, quienes en el manifiesto que publicaron en 1848 acuñaron la famosa frase “Un fantasma recorre el mundo” para ironizar el miedo que, supuestamente, sentía la burguesía ante el avance de la doctrina comunista.

    No les faltaba razón, el miedo es un sentimiento de vital importancia en las lides políticas, no tiene color político pues lo sienten quienes creen que van a perder el poder o su estatus o sus libertades o quienes temen persecuciones, retaliaciones y quienes estando en el poder temen ver derruida su obra.

    En esa situación, la noción de “fantasma” no es más que un recurso semántico para hacer inteligible o más eficaz el temor que se quiere despertar. Y es del caso tener presente este uso porque en sentido literal un fantasma según los diccionarios es una “figura irreal, imaginaria o fantástica, normalmente incorpórea, que alguien cree ver; especialmente, imagen de una persona fallecida que se aparece a alguien (también) imagen o idea irreal creada por la imaginación.”

    Hago la aclaración para precisar que el sentido exacto de la advertencia que se da a la amenaza del “castrochavismo” o cualquiera otra de sus denominaciones por parte de las fuerzas opositoras al gobierno Santos y al pacto de paz de este con las Farc, no tiene que ver con una figura irreal, imaginaria o fantástica o incorpórea o con un fenómeno creado por la imaginación.

    Un destacado director de noticias radiales refiriéndose al viaje de la candidata presidencial Martha Lucía Ramírez a Caracas la semana que pasó, comentó en términos irónicos que ella quería sacar partido de la matazón oficial en la que pereció el exoficial Óscar Pérez y provecho de la tragedia para buscar el fantasma “castrochavista” y seguir metiendo miedo sobre su peligro. Este periodista como muchos otros de los grandes medios usa la palabra fantasma en su significado literal con el propósito de desvirtuar las denuncias sobre esa amenaza para Colombia dando a entender que es fruto de la imaginación malévola de sus promotores, algo carente de sustento y, simplemente, un recurso fantasmal, para asustar a las gentes.

    Pues bien, quienes se ubican en esta matriz de interpretación nos tendrán que demostrar que tan fantasmas son personas de carne y hueso, unos muertos y otros vivos como Chávez, Maduro, Diosdado, Evo, Correa, Ortega, Lula, Fidel y Raúl Castro y qué tan imaginario es el Foro de Sao Paulo y las Conferencias Continentales donde se reúnen sus seguidores para diseñar programas y estrategias de tipo continental en las que Colombia figura como una de las preseas más valiosas para su proyecto de extensión de la “revolución bolivariana”.

    Y si su pléyade de aparatos, movimientos sociales, Ongs y sindicatos ideologizados e instrumentalizados, y si las guerrillas FARC, ELN y el ejército bolivariano de Venezuela, etc., son organizaciones imaginadas. Y si sus ideas colectivistas, igualitaristas, anticapitalistas y antidemocráticas, y su fracaso económico y el hambre causada son fantasmas creados por la derecha para retomar el poder.

    De manera que el tal “castrochavismo” o cualquier cosa parecida no es una invención de las derechas y el imperialismo si no un proyecto de la extrema izquierda que cuenta con el obsecuente apoyo de las izquierdas “moderadas” y hasta de liberales, progres, apolíticos, decentes, y uno que otro ingenuón.

    El miedo nuestro a todo lo que huela a comunismo en todas sus versiones, tiene su explicación. No es que se piense que el PC o el PC3 o las FARC o el ELN o la Unión Patriótica o la Farc o la Marcha Patriótica van a triunfar por vía electoral, pueden en cambio sumarse a una alianza con quienes como Fajardo o De la Calle se presten para “abrirles espacios” a esas fuerzas “excluidas”.

    Timochenko, Iván Márquez y los otros miembros del Secretariado, los jefes del ELN, el senador Iván Cepeda, Piedad Córdoba, Petro, los milicianos infiltrados, poseen un inmenso andamiaje e influencia en los medios, tienen opíparos recursos económicos, su poder es tan real como real es el hecho de que ellos han reconocido públicamente que quieren replicar en Colombia la revolución chavista y puesto a Venezuela de ejemplo.

    El miedo puede generar parálisis, desconcierto, pesimismo, pero, también puede ser convertido en fuerza movilizadora. En la coyuntura electoral que se avecina los colombianos estamos retados a pensar si la amenaza “castrochavista” es fruto de la imaginación, es un fantasma para hacer propaganda, o si por el contrario, es algo real, personificado en líderes, en hechos, en desastres en el vecindario, en proyectos continentales y en fuerzas políticas internas como las mencionadas.

    Quienes sostienen que nuestros miedos son fantasmales, irracionales e injustificados no tienen ningún reato para estimular el miedo ante el “fantasma” de la derecha y la ultraderecha, ante el peligro del neoliberalismo, y a que los “enemigos de la paz” lleguen a obtener el triunfo este año y den al traste con su, esa sí, fantasmal “paz”.

    Darío Acevedo Carmona, 22 de enero de 2018

  • A Gobierno cobarde guerrilla bravucona

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    En su afán por redondear la faena de la paz con las principales guerrillas, el presidente Juan Manuel Santo además de haber aceptado una agenda de entregas y concesiones inadmisibles para las mayorías nacionales, cometió errores cuyas consecuencias está pagando.

    Uno de ellos consistió en haber facilitado dos reuniones, una en La Habana y otra en Quito de los jefes de las FARC y el ELN, la primera sin que se hubiese firmado el Acuerdo Final de Paz y la segunda cuando aún era, como es hoy en día, muy incierta la negociación con los elenos.

    Aunque no se sabe el contenido real de las conversaciones, de las que tampoco, al parecer, quedó documento escrito, cabe deducir que el secreto que rodeó dichas sesiones tiene que ver con temas de alto calibre en el que cabe todo tipo de especulaciones como por ejemplo que el ELN le esté haciendo el favor a las FARC de cubrir sus negocios y ocupar sus territorios a manera de una especie de retaguardia que tendría por objeto asegurar el retorno de aquella a las hostilidades en caso de un fracaso en la llamada “implementación de los acuerdos”.

    Sin embargo, cabe precisar que la suspensión de las negociaciones de Quito no son todas atribuibles a los pactos secretos entre las dos organizaciones irregulares. El ELN se ha distinguido por su diletantismo en los procesos de negociación que se han intentado con ellos.

    Muchos analistas coinciden en señalar que su evasiva para concretar acuerdos tiene que ver con la existencia de un espíritu confederado de sus frentes y una jefatura de cinco personajes que, a falta de un líder máximo, tiene que funcionar por consenso y por ende lidiando con los egos de cada uno.

    Me atrevo a insinuar otros factores, unos internos y otros externos que pueden explicar la gran dificultad para llegar a entendimientos con esta guerrilla. El ELN se mira al espejo para reafirmarse en su papel de vanguardia de la población, ello explica que su política negociadora contemple una serie de consultas y reuniones directas con la sociedad civil en el supuesto de que es esta la que validaría en últimas los acuerdos, de ahí la insistencia en que se convoque una asamblea nacional para ratificarlos.

    Por otra parte, los elenos como sus pares de las FARC, pretenden convertir la mesa de negociaciones en una tribuna de agitación política, en un amplificador de sus ideas y propuestas de redención social, de su visión revolucionaria de la sociedad y de su narrativa justificadora de la lucha armada. Imagínense el hartazgo de los negociadores oficiales al tener que escuchar sus largas peroratas ideológicas y la reiteración de exigencias de principio con las que alargan indefinidamente las reuniones y las hacen inoperantes e inútiles.

    Hay otras cuestiones de dinámica interna a considerar, por ejemplo, la dificultad de alcanzar consensos estables entre sus propias filas. La indisciplina o excesiva autonomía de los frentes, la lucha por el liderazgo, las ansias de heroísmo y fortaleza que cada jefe quiere dejar sentada para la historia.

    En el plano externo lo primero que incide en el comportamiento de los elenos es la debilidad y la cobardía del gobierno que da muestras anticipadas de que por la paz, como principio supremo, es capaz de ceder en cuestiones relevantes. Ni tontos que fueran, aprovechan a cabalidad ese mensaje, saben que el gobierno cede ante la presión armada y los actos de terrorismo.

    Tienen a su favor, tal como sucedió en el proceso con las FARC, la opinión positiva de importantes sectores de la intelectualidad y de los medios que obvian o solapan sus actos terroristas en un relativismo moral y de los derechos humanos, que justifican teóricamente su insurgencia, y hasta comparten la idea de que la paz no es el simple cese de fuego sino la satisfacción de las aspiraciones populares a través de las reformas sociales razón de ser del “levantamiento armado”.

    En varios programas de opinión y de noticias comentadas se puedo apreciar que la atención durante los días siguientes a la ruptura del cese se puso en la necesidad de mantener las conversaciones y no en el rechazo a los atentados contra la infraestructura petrolera, contra el medio ambiente, contra unidades del ejército y la policía y secuestro extorsivo de civiles, hechos a los que se referían con desdén, minimizando su gravedad.

    El mensaje es inconfundible, es el mismo de la experiencia habanera, por la paz todo se vale, hasta la humillación del Estado. Por eso suena destemplada la voz de combate de Santos y de su ministro de Defensa llamando a las tropas a dar golpes contundentes al ELN.

    Darío Acevedo Carmona, 15 de enero de 2018

  • Elecciones cruciales en Colombia

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    Si se mantiene el curso legal del proceso electoral democrático, los colombianos estaremos abocados en este año a participar en elecciones para congreso y para presidente en las se estará definiendo la suerte del país por muchas décadas hacia adelante.

    Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que en estos momentos la gran mayoría de ciudadanos tenemos mediana o suficiente claridad sobre a dónde hemos llegado y los peligros que se ciernen por causa de todo lo acordado entre el Gobierno Santos y las Farc, lo que se ha implementado y lo que está pendiente.

    La inmensa mayoría de la población, según las numerosas encuestas de opinión, está inconforme con gran parte de lo firmado y preocupada con el costo pagado que se aprecia en la quiebra de la institucionalidad, la desmoralización de las Fuerzas Armadas, la prepotencia de la dirigencia de las Farc, la inversión de la culpa, el desconocimiento de las víctimas, la impunidad con los responsables de crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra y la violación de niñas y mujeres, el reclutamiento de menores, la ausencia de claridad en la entrega de armas y la desmovilización de guerrilleros, etc.

    La constitución vigente ha sufrido golpes profundos siendo el peor de todos el que se pretenda sustituirla con el fementido “acuerdo final de paz”, como lo reclamó recientemente alias Timochenko en la mal llamada “Cumbre de Cartagena” ante el silencio cómplice o complaciente del presidente Santos. El señor de la guerra tuvo la insolencia de criticar a las más altas instituciones del Estado: la Justicia, la Corte Constitucional, el Congreso y la Fiscalía.

    Quienes tratan de recoger el descontento con el desastre nacional proponen crear una gran alianza a la que por ahora concurren el Centro Democrático con su candidato presidencial Iván Duque y una lista abierta para el Senado, sectores del conservatismo e independientes que respaldan las candidaturas de Martha Lucía Ramírez y Alejandro Ordoñez. Los gestores de la misma, los expresidentes Álvaro Uribe Vélez y Andrés Pastrana Arango, buscan afanosamente perfilar los contenidos programáticos, el nivel de apertura a otras fuerzas políticas y personalidades, así como el procedimiento de selección del candidato.

    Este sería uno de los grandes bloques en los que se dividiría la contienda electoral.  El otro agruparía partidos, movimientos y candidatos unidos en la idea de defender el acuerdo de paz y ser fieles a la implementación en los términos originales, es decir, sin cambios. En el camino encaran varias dificultades, unas insalvables como lo es el hecho de ser vistas como herederas del gran desastre nacional de los dos mandatos de Santos y otras de egos y tendencias que se refleja en la disputa por el liderazgo y la candidatura.

    El prochavista que idealiza el modelo del fracasado socialismo del siglo xxi, Gustavo Petro, el indefinido e incoloro cuya bandera es mostrarse  como el más puro y decente, Sergio Fajardo, la lideresa burguesa que respira aires de izquierda, Clara López, el genio que diseñó la impunidad con la JEP y demás capitulaciones ante las Farc y se presenta como el salvador del hundimiento que él mismo propició, Humberto de la Calle, la gran aliada de las Farc, Piedad Córdoba, por si hay chance, todos ellos tendrán que dirimir más de un escollo.

    Por fuera de los dos agrupamientos se encuentra flotando el reconocido aspirante a la primera magistratura Germán Vargas Lleras. No encaja en ninguno y carece de chance si va solo, pero, si hay segunda vuelta, podría convertirse en la carta comodín que decida el ganador.

    En ese tablado se puede intuir que en la primera vuelta todos los aspirantes de uno y otro lado, en solitario o en alianzas parciales, midan fuerzas para definir las disputas internas. Si esta situación llegare a presentarse, entonces habrá segunda vuelta y vendrán las dos alianzas definitivas.

    La sorpresa de un posible ganador en la primera ronda la pueden dar los sectores de centroderecha siempre y cuando alcancen un consenso programático.

    Un factor perturbador que no se debe descartar y que puede alterar todo el proceso es que el presidente Santos, acatando el llamado de alias Timochenko a asumir “poderes extraordinarios” intervenga de manera descarada como lo hizo en el 2014. La Oposición tiene que estar muy alerta ante las picardías, las maniobras y las trampas que suele utilizar el presidente Santos. Por eso no sobra exigir vigilancia por parte de organismos internacionales confiables para evitar el fraude.

    El dilema planteado no es de poca monta o de una naturaleza ordinaria como en tiempos normales, es trascendental porque los colombianos votaremos por el continuismo de una política de impunidad, de humillación del estado, de entreguismo con las guerrillas que abre las puertas de para en par al proyecto del socialismo bolivariano o por restablecer la institucionalidad, retomar el rumbo de la seguridad y la democracia, revisar en profundidad el acuerdo final de paz y asegurar la aplicación de las leyes internacionales contra crímenes atroces.

    Darío Acevedo Carmona, 8 de enero de 2018

  • El Centro Democrático y su candidato Iván Duque

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    El partido Centro Democrático resolvió la puja interna por la candidatura presidencial a través de un proceso novedoso en el que se utilizaron mecanismos que ameritan una breve reflexión.

    Cinco líderes, tres hombres y dos mujeres, formalizaron su aspiración de ser el portador del banderín partidario para las elecciones del 2018. En lo que respecta a la parte programática, ellos debían, tomando por base las ideas que dieron origen a la organización: estado austero, confianza inversionista, seguridad democrática, equidad social, etc., y enriquecerlas con propuestas y proyectos.

    La dirigencia y los candidatos hicieron giras por distintas regiones realizando los talleres democráticos ante la presencia de líderes locales que escuchaban e interactuaban con los precandidatos, una auténtica demostración de espíritu democrático y de seriedad política.

    Sin demeritar las concentraciones de plaza pública y la actividad agitacional que se dará en una nueva fase de la campaña presidencial, es destacable el esfuerzo por vincular a las bases del partido y a los pobladores en eventos en los que la pretensión no consistía en un simple coreo de consignas y exhibición de banderas a través de rifas, repartición de dinero, licor y promesas sino en un ejercicio en el que no hubo lugar al promeserismo ni a la demagogia populista.

    Los cinco aspirantes tenían la obligación de escoger el método de selección del candidato. El que se usó, si bien no dejó satisfecho a ellos mismos y a toda la militancia, fue el resultado de una ardua discusión. Al final, todos acogieron el resultado que dio por ganador al senador Iván Duque. Otros dos muy reconocidos aspirantes, Luis Alfredo Ramos y Óscar Iván Zuluaga vieron frustrada su aspiración por razones ajenas al partido. Sin embargo, ambos se acogieron al resultado y se comprometieron a trabajar por el triunfo.

    El paso siguiente es el comienzo de una disputa entre los candidatos de las fuerzas que hacen parte del pacto suscrito entre los expresidentes Alvaro Uribe y Andrés Pastrana para corregir el rumbo del país. Será, tal como ya se ve, un proceso con mucha altura en el que cada uno de los pretendientes habrá de plantear el programa de gobierno y las medidas más urgentes para salir del hueco en el que Santos deja el país.

    Aunque la disputa en el seno de la alianza se da hasta el momento entre la conservadora independiente Marta Lucía Ramírez e Iván Duque, no sería raro que a ella se sume el exprocurador Alejandro Ordoñez quien adelanta desde hace unos meses una intensa actividad proselitista.

    Entre todos los temas de campaña sobresalen, por su indudable impacto, el de la corrupción que dejará ver fórmulas trilladas y obvias para combatirla como sugerencias de medidas de castigo mucho más ejemplarizantes.

    Otro asunto es el relativo al acuerdo de paz Santos-Farc en el que se podrán apreciar las profundas diferencias entre los candidatos de todas las fuerzas políticas. La alianza Uribe-Pastrana tiene por base la idea de rehacer buena parte de los compromisos firmados por Juan Manuel Santos. Como el fundamento ya está dado, los candidatos de esa alianza tendrán que decirles a los colombianos cuáles serían, en concreto, las reformulaciones al acuerdo de paz, cómo procederían, si citarían un referendo o convocarían el que se está gestando para hundir los temas más ignominiosos de ese acuerdo, o si estarían dispuestos a convocar una asamblea constituyente. Por ahora, no hay un solo candidato que convoque a hacer trizas el acuerdo de paz.

    Como quiera que ese acuerdo y su implementación contemplan temas muy sensibles de la agenda nacional, habrá que ver qué es lo que piensan los precandidatos de la alianza sobre propiedad de la tierra, modelo de desarrollo agrario, el narcotráfico y los compromisos asumidos por el país desde años atrás, la familia, la deuda externa, las relaciones internacionales, la defensa de las fronteras, la educación, la salud, la seguridad ciudadana, la inversión en ciencia y tecnología, la reforma de la Justicia entre otros.

    El Centro Democrático ha llegado a este punto superando dificultades y limitaciones, algunas de ellas propias de una organización joven, otras relativas a su funcionamiento interno y precisiones programáticas. La rivalidad entre los líderes puso a prueba la unidad.

    Las voces discordantes y críticas han tenido espacio para su libre discurrir, aunque no han faltado disonancias salidas de tono, poco amigables, que ponen las cosas en el terreno amigo-enemigo que siembra un aire de desconfianza hacia Iván Duque con argumentos traídos de los cabellos de un claro sabor complotista y paranoico.

    Si lo que quieren algunos voceros de ese malestar es que el CD opte por una posición de derecha “pura”, lo primero que deben entender es que eso va en contravía de la filosofía centrista adoptada desde su creación.

    Anuncio: esta columna no será publicada los días 25 de diciembre y 1 de enero entrantes, debido a las festividades navideñas y porque este diario no circulará en esos días. Deseo a todas las familias colombianas, a mis seguidores y lectores muchas felicidades y éxitos en el nuevo año.

    Darío Acevedo Carmona, 18 de diciembre de 2017