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  • Continuismo o cambio, el mensaje de la jornada del 11 marzo

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    De la jornada electoral del pasado 11 de marzo cabe destacar la muy amplia votación por el expresidente Uribe a quien muchos de sus detractores querían ver hundido. Uribe Vélez obtuvo la más alta votación individual en la historia de las parlamentarias demostrando su vigencia de manera contundente.

    Con Uribe, su partido, el Centro Democrático, perdió un senador, pero pasó de 19 a 32 Representantes, logró encumbrarse como la primera fuerza política en el nuevo Congreso. Con Cambio Radical fue el único de los grandes partidos que incrementó su bancada. No le será suficiente para la aprobación de todos sus proyectos y de todos sus contenidos por lo que tendrá que configurar una alianza más robusta que la que tiene con un sector del conservatismo.

    A su vez, Iván Duque Márquez del Centro Democrático ganó de manera amplia la consulta que definía la candidatura de la Gran Alianza por Colombia. 

    La pérdida de senadores en los partidos que han apoyado hasta el presente la gestión de Santos, liberales 3 curules, conservadores 4, Partido de la U 7, aunque se puede ver como consecuencia de su apoyo a un gobierno impopular, aún quedan con oxígeno que pueden tranzar en favor de alguno de los candidatos a la presidencia.

    Al final de cuentas cinco formaciones políticas registran una representación muy pareja: CD 19 senadores, Conservadores 15, Cambio Radical, liberalismo y Partido de Unión Nacional santista 14 cada uno, resultado que se puede entender al menos de dos maneras: una, que la elección parlamentaria está muy ceñida a dinámicas clientelares, de votación amarrada o influenciada por liderazgos y gestiones locales y regionales, en donde juegan más las lealtades primarias, y dos, que el país sigue aferrado a un fenómeno multipartidista que desmiente rotundamente la idea fantasmal de la polarización agitada por quienes levantan como bandera principal la reconciliación en detrimento de la controversia, y además, que la colombiana es una sociedad que prefiere la democracia a pesar de sus carencias y fallas a los experimentos estatizantes, autoritarios y populistas.

    Por otra parte, aunque los resultados dejan entrever un lógico nivel de incertidumbre para las presidenciales, no es descartable un desenlace en primera vuelta. Varios analistas, entre ellos el lúcido director del portal DEBATE, Libardo Botero, consideran que la ventaja de Iván Duque podría ser definitiva.

    En efecto, Iván Duque, candidato de la Gran Coalición por el Cambio en compañía de Martha Lucía Ramírez, destacada dirigente del conservatismo como fórmula vicepresidencial, sale del partidor con una votación cercana a los seis millones de votos mientras su más cercano rival hasta el momento, el populista de izquierda Gustavo Petro, lo hace con cerca de tres y medio millones. 

    Un elemento adicional que cuenta a favor de Duque es que su alianza con Martha Lucía Y Alejandro Ordoñez ya está sellada y al parecer, sin mucho esfuerzo, recibirá nuevas adhesiones, mientras que Petro, Vargas Lleras, Fajardo y De la Calle buscan desesperadamente la formación de alianzas de último momento para contrarrestar a Duque. Además, de Petro se puede colegir que ha llegado a su tope. La única opción de estos últimos es que haya segunda vuelta, en cuyo caso habrá que revisar las posibilidades de los dos finalistas.

    Las alianzas que se están promoviendo entre tendencias de diverso signo ideológico indican que la controversia difícilmente se puede caracterizar como un duelo entre derecha e izquierda sino entre el continuismo y el cambio, es decir, entre quienes se proponen continuar el “legado” santista, consistente en la implementación del acuerdo de paz de un lado y quienes propugnan por cambios profundos en la orientación que lleva el país.

    La parte oscura de esta interesante competencia es que a los expertos en mañas, empezando por el presidente en ejercicio, les de por armar una bribonada para alterar los resultados tal como lo hicieron en la segunda vuelta del 2014, a todas luces una victoria trampeada con hackers e irrigación multimillonaria de dinero para compra de votos en la costa Atlántica.

    No soy amigo de los pronósticos, pero creo que hay elementos de juicio y hechos políticos contundentes que pueden desembocar en una definición en primera vuelta, y, en tal evento, no hay duda de que el único que podría alcanzar ese umbral es Iván Duque, un candidato que arrastra votos entre seguidores de otras fuerzas políticas.

    Darío Acevedo Carmona, 19 de marzo de 2018

  • En una democracia

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    Como método para formar gobierno, la democracia contemporánea es el procedimiento que mejor responde a las expectativas de los ciudadanos que prevalidos de sus derechos quieren participar, a través de elecciones, en el nombramiento de sus gobernantes y sus representantes.

    No es perfecto y se caracteriza también porque el cambio de líderes, partidos y movimientos en el poder presupone siempre un cierto nivel de incertidumbre. Sin embargo, en los países que han optado por ella se estipula un conjunto de condiciones básicas que así no siempre se cumplan en su totalidad, tiene el sentido de señalar lo más deseable, algo así como un faro que guía a quienes dirigen la nave del estado en el mar embravecido de las tormentas políticas, sociales e ideológicas propias de las sociedades humanas.

    En una democracia, pues, cabe siempre esperar que quienes ejercen el gobierno garanticen la pureza del sufragio ofreciéndoles a los competidores y a los electores toda la seguridad y la transparencia para que realicen sus campañas, se realicen las elecciones en orden, se cuenten los votos con métodos confiables y, sobre todo, se respete el resultado.

    Puede ser un lugar común, incluso, una formalidad, de esas que por ser tales no son menos trascendentales, decir que el electorado y en general la ciudadanía, aun la que no vota, tenga la certeza de que el resultado es fiable.

    En una democracia republicana cabe esperar que los partidos y movimientos que concurren a la competencia electoral, una vez formado el gobierno, respetarán, en nombre de la nación y de las instituciones vigentes, la separación de poderes entre las tres ramas del poder.

    Ello quiere decir que jueces, gobernantes y legisladores habrán de estudiar, analizar y debatir, cada uno en su esfera, las competencias, pertinencia y legalidad de las iniciativas, leyes y proyectos que surten los pasos para que sean finalmente acogidos y ejecutados. Que no puede haber interferencias ni presiones ni ofrecimientos ni gabelas ni tráfico de influencias entre dichas ramas pues de hacerse se derrumbaría la confianza pública en el sistema democrático que exige sin atenuantes el respeto a la autonomía de cada poder para evitar la formación de roscas, gavillas, mafias u otras modalidades de poder arbitrario y dictatorial.

    En una democracia se espera que el Congreso, después de recibir las propuestas del gobierno y de escuchar la sustentación de las mismas, entre a deliberar libre de opresión externa que pueda derivar en una degeneración de sus funciones o ser consueta de iniciativas arbitrarias. Es decir, un congreso o parlamento que se respete puede llegar a través de la discusión y el análisis a denegar o modificar iniciativas del ejecutivo.

    En una democracia, el ejecutivo, cualquiera que sea su modalidad, ha de respetar las funciones y competencias de legisladores y jueces en vez de suponer o pretender que todas sus iniciativas reciban el visto bueno. Mucho menos, ha de buscar la imposición de ellas por medio de la seducción con dádivas.

    En una democracia no es admisible ni tiene presentación que el poder ejecutivo se gane la aprobación de sus leyes y decretos a través de componendas de tipo clientelar con las altas cortes y con sus magistrados, que en palabras castizas quiere decir corromper el poder judicial, piedra angular de cualquier democracia. Si la Justicia se deja comprar, si se deja intimidar, si es sesgada, si sirve incondicionalmente a otros poderes y a otras instancias diferentes a las contempladas por la ley, deja de ser justicia y se quiebra la confianza pública en ella abriéndose campo, con su mal ejemplo, a la arbitrariedad, a la violencia y a la justicia por mano propia.

    En una democracia, se espera que los medios de comunicación observen una adecuada distancia respecto de los integrantes de los poderes públicos, pues si se dejan atraer a la lógica del sobre, a canonjías y exclusividad de información oficial desfiguran la función más importante de ellos en una democracia que consiste en brindar información veraz, oportuna y sin sesgos sobre los hechos del poder y el acontecer político.

    En una democracia la constitución o ley de leyes, pieza maestra del edificio constitucional, no se cambia a cada momento ni por motivos egoístas ni de modo caprichoso, como puede hacerse con una ley ordinaria. La Constitución en una democracia consagra los lineamientos básicos y los principios que alumbran el camino de una sociedad libre.

    En una democracia los altos dirigentes del estado tienen la obligación de ser decentes, pulcros, respetuosos, bien formados, en el manejo de los problemas públicos. Hay un asunto llamado el pudor democrático consistente en la obligación de presentar razones y argumentos en vez de proceder bruscamente imponiendo criterios por el hecho de hacer parte de una mayoría. Presidente, ministros, congresistas, magistrados y jueces, etc., tienen la obligación de respetar los procedimientos y las formalidades de la democracia.

    Por eso, en una democracia que se respete y se enorgullezca de ello, quienes la deterioren con sus conductas corruptas deben recibir como castigo principal la muerte política.

    Son solo algunas de las muchas reflexiones que se me ocurren ad portas de las elecciones parlamentaria sobre el modelo de gobierno por el que optamos desde el Congreso de Cúcuta de 1821, refrendado a través de los años y que tenemos la obligación de defender.

    Darío Acevedo Carmona, 12 de marzo de 2018

  • El fin se acerca

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    El domingo 11 de marzo se realizará la primera gran jornada electoral de este año glorioso en el que los colombianos estaremos más cerca del fin de la desastrosa gestión de Juan Manuel Santos.

    En esta ocasión elegiremos las dos cámaras del congreso de la República, Senado y Cámara de Representantes, y, además, dos consultas para definir candidato presidencial.

    La elección para formar el congreso arrastra muchos problemas que podrían ser un factor desestimulante de participación o, por el contrario, una oportunidad para buscar la elección de nuevos dirigentes, alejados de las corruptas práctica clientelistas y reafirmar la presencia de aquellos parlamentarios que hicieron una labor destacada o acorde con las expectativas y que se hayan presentado a la reelección.

    En lo relativo a los factores negativos basta con mirar en las sucesivas encuestas de opinión de distintas firmas que el congreso es una de las instituciones más desprestigiadas, que generan mayor desconfianza y sentimientos de frustración en la ciudadanía. Paradójicamente, ello juega en favor de los gamonales que tienen un electorado cultivado con base en relaciones de tipo feudal como favores, puestos, rifas, ya que el desprestigio incrementa el ánimo abstencionista y de acuerdo con lo visto en oportunidades anteriores, a mayor abstención, mayor consolidación de la politiquería gamonalista.

    Desafortunadamente, en el sentido contrario, es decir, en el de que se produzca una gran participación para elegir a personas con conocimientos de los problemas nacionales y que se destaquen por su probidad, liderazgo natural y honradez, el resultado no siempre ha sido el mejor.

    Habrá que pensar, entonces, en esta esta segunda línea. Y una primera reflexión que se me ocurre es que debemos conversar con familiares, amigos y colegas o compañeros de trabajo acerca de la importancia capital de escoger el partido y los candidatos que se proyecten como apoyo al candidato presidencial que propone la bandera del cambio de rumbo del país, por cuanto en el espíritu republicano que nos rige, el presidente, en tanto figura cimera del poder ejecutivo representa una de las tres ramas del poder público, y por ello, la obra de un presidente depende en amplia medida del apoyo de una buena y mayoritaria bancada que comparta las líneas gruesas de su programa de gobierno.

    De nada vale que votemos, por ejemplo, por Iván Duque o Martha Lucía Ramírez o Alejandro Ordoñez, uno de los cuales será el candidato de la Gran Alianza por Colombia, si no entendemos que hay que votar por candidatos al congreso que se identifiquen con el programa acordado por dicha alianza. Para recomponer, ajustar o incluso “hacer trizas” el acuerdo definitivo de paz, quien sea electo presidente tendrá que buscar y optar por caminos y procedimientos legales, ajustados a la legalidad vigente, pues no se puede alegar el respeto a la constitución y a la ley cuando se está en la oposición y luego, cuando se es gobierno, proceder de la manera que se criticaba.

    Requerimos pues, un Senado y una Cámara conformadas por dirigentes nacionales y regionales que hayan dado muestras de conocimiento y de compromiso con las banderas del candidato a la presidencia.

    Desde mi perspectiva, lo correcto en esta crucial coyuntura es votar por el Centro Democrático y en la lista de 60 aspirantes marcar, preferentemente, el nombre de Álvaro Uribe Vélez, por todo lo que él representa en materia de recuperación del rumbo y de lucha por la seguridad, contra el terrorismo, etc., y para fortalecerlo ante los embates de sus enemigos que quieren llevarlo a prisión con sus refritos de siempre.

    Hay otros respetables aspirantes en la lista del CD, de tal forma que el elector puede, en vez de marcar el nombre de Uribe, escoger el de sus mayores cercanías y confianza. Este último criterio es el que se debe observar en la lista para la Cámara de Representantes que es de una conformación de tipo departamental. Se debe marcar casilla del CD y el integrante de la lista con el que se sienta identificado.

    Por otra parte, los electores tendremos la opción de solicitar uno de los dos tarjetones sobre consulta para presidente. En lo que a mi respecta, se debe escoger la que contiene los aspirantes de la Gran Consulta por Colombia: Duque, Ramírez y Ordoñez.

    Invito a marcar la casilla de Iván Duque en este tarjetón por los amplios y serios conocimientos que tiene de los problemas del país, por su firmeza en la defensa del programa y objetivos del Centro Democrático, por su lealtad para con el máximo líder y orientador del partido, Álvaro Uribe, por su juventud, por su carisma y su capacidad de hablarles y llegarles a las gentes de todos los estratos.

    Abrigo la esperanza, la misma de millones de colombianos, que una buena fórmula de congreso y presidencia son claves para reiniciar en firme la recomposición del mal rumbo que lleva el país de la mano del más inepto presidente de nuestra historia.

    Con el Centro Democrático, con la Gran Alianza por Colombia, con Iván Duque y con la orientación y el inmenso liderazgo de Álvaro Urbe Vélez, daremos inicio al fin de la comedia de errores y el entreguismo que sufrimos durante los dos mandatos de Juan Manuel Santos.

    Darío Acevedo Carmona, 5 de marzo de 2018