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  • ¿Tenemos identidad los colombianos? (I)

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    Sobre el problema de la identidad de los colombianos han llovido ríos de tinta, sobre todo en el mundo académico e intelectual, sin que pueda afirmarse que hayamos adoptado una fórmula de entendimiento. Prima entre los estudiosos una visión negacionista sobre el ser de los colombianos.

    Algunos riñen con la idea que en otros países se ha abierto paso con más facilidad para comprender qué significa ser miembro de una nación, a saber, que el sentimiento de pertenencia tiene que ver con la existencia de un relato común, así sobre dicho relato existan diferencias de interpretación y matices. Sentirse parte de un territorio delimitado que se expresa en un mapa que se nos enseña a dibujar desde pequeños. Tiene que ver con las leyes que rigen en ese territorio que son diferentes a las de otros países. Y también con un conjunto de instituciones y aparatos que expresan la concreción del estado moderno, es decir la manera como nosotros le dimos vida a los ideales de la Ilustración en una época en que en todo era un ensayo.

    En este listado no se puede dejar de lado la comunidad de lengua y de religión, aunque a este respecto la identidad puede alcanzar una cobertura mayor a la de un solo país. Por último, hay que considerar el universo simbólico específico de cada pueblo condensado en su simbólica, la bandera, el escudo, el himno y en un campo más amplio de certezas, hábitos y códigos funcionales sólo para quienes habitan determinado país, la moneda, las fiestas, los productos típicos, los carnavales, la gastronomía y mucho más.

    Concluimos con ligereza que somos una comunidad infundada, irreal, incompleta, que no ha habido proyecto de nación, que el estado es fallido, que no tenemos idea de lo que es ser colombianos. No tenemos identidad afirma el historiador Jorge Orlando Melo, a su vez, Marco Palacios sostiene que no somos uno sino tres países: el de los paramilitares, el de las guerrillas y el central en la región andina.

    La próxima celebración del bicentenario de la batalla de Boyacá debería acercarnos a una noción más comprehensiva y positiva de lo que es nuestra identidad, de lo que significa ser colombianos. En vez de chocarnos en la búsqueda inútil de complejas y sofisticadas teorías, deberíamos lanzarnos a la indagación y análisis de procesos que dieron lugar al forjamiento de la nación y del estado y a describirlos de la manera más detallada posible.

    Ello quiere decir que hay que reconocer la inoperancia de modelos virtuosos de construcción de nación y estado, pues cada país sigue una ruta y acumula una experiencia diferente y con ritmos desiguales. Mírense no más las diferencias entre el caso inglés, el francés y el norteamericano. Si dejamos de pensar en la dinámica de que las cosas debieron haber sido de tal forma u otra, nos liberaremos de prejuicios reaccionarios que impiden la incorporación de datos elementales y sencillos en el estudio del problema.

    Sobre estas nociones, la historia, entendida como devenir, no nos proporciona un manual de instrucciones como el usado para armar máquinas y aparatos. Quizás si aceptamos que no hay un derrotero, que no hay un modelo, que no obstante la existencia de preocupaciones y de objetivos más o menos comunes como la construcción de la democracia, la separación de poderes, las libertades, la república, etc., comprenderíamos que no hay razón para pensar que cada país estaba obligado a seguir un libreto preestablecido. El fatalismo histórico o historicismo es un anacronismo. Pensar que todos los países han de recorrer el mismo camino y siguiendo una ruta determinada para alcanzar una meta es pensar la historia como destino.

    Reconocer elementos de juicio, materiales y virtuales, simbólicos e imaginarios daría para ser menos lacerantes con nuestra identidad, por ejemplo, que nos enoja ser vistos como narcotraficantes en los aeropuertos del mundo y que sentir la ofensa es parte de la existencia de un fuerte sentimiento de pertenencia. Que nos alegremos cuando nuestros deportistas triunfan en el exterior o nuestros artistas ganan fama y reconocimiento. O que nos ufanemos de tener un premio nobel de literatura. O que nos regodeamos con los festejos del bicentenario o que se nos considere como uno de los pueblos más felices de la tierra a pesar de todos nuestros sufrimientos.

    Al fin de cuentas ser o pertenecer a un país o a una nación no es necesariamente algo que tenga que ver con elevados despliegues filosóficos o enredadas teorías sociológicas, sino con experiencias que no por elementales guardan un alto nivel de sublimidad y regocijo. No bastan los folios de un libro para dar cuenta de todo lo que nos puede hacer sentir colombianos, desde Bolívar a Sucre pasando por Santander, hasta los conflictos nuestros y únicamente nuestros, desde el himno hasta las canciones de Shakira, Juanes y las de tantos otros juglares.

    Desde la bandera hasta el uniforme de la selección de fútbol, desde unas fechas sólo válidas para nosotros hasta el orgullo que sentimos por producir el mejor café del mundo. Desde los equívocos en la búsqueda de nuestro nombre y los vacíos y contingencias en la construcción de las instituciones hasta la satisfacción de sabernos uno de los países más ricos del mundo en biodiversidad. Así de sencillo y así de complejo…

    Darío Acevedo Carmona, 9 de julio de 2018

  • La increíble vigencia de Álvaro Uribe Vélez

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    La reciente encuesta Invamer Gallup (marzo/2018) resultó sorprendente por la amplia ventaja que toma Iván Duque sobre sus rivales. Pero, además, por un dato que desconcierta y hace rabiar a personajes poderosos de la vida colombiana: el expresidente Uribe goza de un 61 por ciento de imagen positiva.

    No es algo inusual en él puesto que desde el año 2002 mantiene cifras favorables siempre por encima del 50 por ciento, incluso en algunos momentos alcanzó un 85 por ciento. No hay forma de dudar de la firma encuestadora mucho menos de pensar que quienes ordenaron la encuesta, medios críticos y opuestos a él, hayan querido favorecerle.

    Es increíble que los especialistas en los estudios de imagen y los académicos que se ocupan de analizar los hechos políticos no se hayan interesado de estudiar la extensa duración de estos niveles de aceptación a pesar de las más intensas campañas de desprestigio y sistemáticas acusaciones adelantadas en su contra.

    Sus detractores han ensayado las más rebuscadas explicaciones, desde la de sostener que es un hábil manipulador del culto a la personalidad, mostrarse como un mesías o infundir miedo, sin que ninguna logre encajar con los hechos de su vida. No tiene un aparato de propaganda y publicidad, no defiende ideas esencialistas o fundamentalistas ni ha ejercido el poder por fuera de los márgenes democráticos.

    Algún comentarista se atrevió a decir que Uribe, dotado de un megáfono y de twitter, venció a todos los poderes que apoyaban el sí en el plebiscito del 2016.

    Tiendo a pensar que hay al menos cuatro razones a las que se presta poca atención para entender este fenómeno llamado Álvaro Uribe Vélez: sus amplias capacidades de liderazgo, sus conocimientos de los asuntos del Estado, su temperamento fuerte que lo hace resistente a los ataques y la torpeza de sus rivales y enemigos que lo han endiosado convirtiéndolo en invulnerable.

    A Uribe le han fabricado rumores y acusaciones desde que fue alcalde de Medellín en las horas oscuras del nacimiento y expansión incontrolable del narcotráfico y los carteles mafiosos.

    Trataron de aplastarlo por ser el promotor de la Ley 100 y de otras leyes que, como senador del partido liberal, sustentó en el Congreso de la República. No se le bajaba de neoliberal y más derechista que el presidente de la apertura económica, César Gaviria y su ministro de Hacienda Rudolf Hommes hoy en las toldas del liberalismo socialista.

    Como gobernador de Antioquia (1995-1997) lideró una política de autoridad y orden que fue tildada de guerrerista y autoritaria por sus rivales. Fue señalado de haber fundado cuando no de ser el jefe de las autodefensas o grupos paramilitares por haber permitido las cooperativas de seguridad, las convivir, apoyado en leyes de César Gaviria y en decretos de Ernesto Samper y Horacio Serpa.

    Desde entonces, las izquierdas de todos los matices, obviando el dato del origen presidencial de esa directiva, organizaron contra él una campaña de denuncia sistemática, denigrante e implacable que aún perdura.

    Finalizando un siglo e iniciando el otro, confluyeron en tal “misión” todas las izquierdas, todas las guerrillas, un sinnúmero de ONGs defensoras de derechos humanos, los principales medios, columnistas, poetas y congresistas mamertos, liberales y progres y la intelectualidad socialbacana. El objetivo era y sigue siendo hundir a Uribe tal como lo expresó el congresista electo del petrismo y cineasta Gustavo Bolívar.

    Siendo presidente y habiendo puesto en marcha su exitosa política de Seguridad Democrática, la campaña escaló, le hicieron montajes, le inventaron historias tétricas, escribieron libros, crónicas, brochures, carpetas lujosas, boletines, sobre su “oscura y criminal trayectoria”. Le realizaron mítines en Colombia y en el exterior, lo sabotearon en universidades negándole la palabra.

    Sin embargo, a sus perseguidores nada les dice que al cabo de esos treinta años de acuciosa vocinglería, organizada con lujo de recursos, con una avasalladora propaganda y publicidad que envidiarían nazis, comunistas y fascistas, no hayan podido llevarlo a los estrados judiciales.

    Un exjefe militar del M-19 que escaló posiciones en la magistratura le aplicó la teoría Roxin consistente en atribuir a un hombre superpoderoso la emisión de políticas y órdenes criminales, con la que fueron enjuiciados los comandantes nazis.

    Apoyado en la etérea noción de contexto, ese magistrado presentó como prueba reina contra Uribe una metáfora: “¿Cómo es posible que alguien se lance a una piscina y no se moje?” similar a la que nos aplican a los colombianos en el exterior cuando nos tildan de narcotraficantes por ser nuestro país el mayor exportador mundial de cocaína.

    Uribe tendría todas las de perder porque se mete en todas las candelas, no guarda agua en la boca, se desaliña, se ofusca, se le desliza la lengua y reconoce ser un gamín de la política, y, además, cuenta con la animadversión de la Corte Suprema de Justicia, de Fiscales generales, de senadores encumbrados como Carlos Gaviria, Gustavo Petro, Iván Cepeda, etc., de los grandes medios, de reconocidos periodistas como Darío Arizmendi, Yamid Amat, Néstor Morales, Félix de Bedout, Julio Sánchez que desayunan, almuerzan y cenan con Uribe de menú, de guerrilleros reinsertados convertidos en faros morales como León Valencia, de sociólogos de la lucha armada como Alfredo Molano, de poetas y escritores extraviados de su vocación como William Ospina, de columnistas que se ensañan cada ocho días contra él como perros rabiosos tipo Ramiro Bejarano, Antonio Caballero, Cecilia Orozco, Cristina de la Torre y familia, y de un numeroso club de loros aprendices del rumor, la insidia y la calumnia que imitan a Daniel Coronell.

    ¿De qué material está hecho este hombre que resiste tamaña embestida, siendo que en su contra han coincidido los grandes poderes del país? Quienes predican la reconciliación nacional lo excluyen a él, a su familia también vituperada y a sus millones de seguidores de tal propósito. Y hay miembros de las elites tradicionales y empresarios poderosísimos que para cerrarle el paso apoyan proyectos y líderes populistas y de extrema izquierda.

    ¿Será que hay alguien que estudie, sin insultar, este fenómeno de la política colombiana y latinoamericana, que, muy a pesar de todos sus enemigos, es el dirigente político más querido por los colombianos? No lo digo yo, las encuestas en los últimos 16 años.

    Darío Acevedo Carmona, 2 de abril de 2018

  • Del miedo que todos sentimos

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    El miedo, como he sostenido en columnas anteriores, es un factor que junto con otros sentimientos e ideas es crucial en las lides políticas y afecta a todos los movimientos y tendencias del espectro político, campea hoy en las toldas de todos los que ven en Iván Duque un peligro o una amenaza.

    De esta manera se cae de su propio peso lo que ellos les critican a quienes, mirando los alcances del proyecto castrista, la expansión real e inducida del modelo chavista, la presencia de líderes de la izquierda colombiana en todas sus variantes que simpatizan abiertamente con Hugo Chávez y guardan silencio ante las atrocidades del dictador Maduro, el desastre económico del socialismo del siglo xxi y las directrices del Foro de Sao Paulo, se atreven a advertir el peligro de que Colombia se deje seducir por ese engendro.

    Ellos, los de la “Revancha del Sí”, los que echan en su morral todos los votos de sus listas al congreso como si fueran un respaldo al Sí derrotado en el plebiscito del 2016, los que llaman guerreristas a quienes plantean modificaciones institucionales profundas al Acuerdo Santos-Farc, los que nos quieren asustar con una “guerra urbana” más brutal que todas las anteriores, los que buscan afanosamente conjurar sus egos para unirse contra Álvaro Uribe y el uribismo, todos ellos, apelan al miedo ante el avance categórico de la fórmula presidencial Iván Duque-Martha Lucía Ramírez.

    Ese miedo a la derecha o a la extrema derecha, a los “enemigos de la paz”, pregonado por excelsos representantes de las elites fracasadas como el columnista Rudolf Hommes, los expresidentes Gaviria y Samper, para no hablar de los paranoicos eternos de las izquierdas colombianas, es considerado justo, apropiado y razonable.

    Es por eso que en esta campaña por la presidencia, en ellos, en Petro, en De la Calle, en el Polo, en las Farc, en los enmermelados del partido santista tipo Roy Barreras, expertos en campañas negras, en insultar con altura, en difundir mentiras y rumores, en revivir viejos entuertos contra Uribe y el Centro Democrático, vemos, no una lluvia sino un auténtico diluvio de improperios y maledicencias.

    En la bandera que las huestes temerosas del avance de un Duque que ya alcanza entre un 40 y un 46 por ciento de intención de voto han inscrito su consigna central: mostrar a Iván Duque Márquez como un títere de Álvaro Uribe. Es el miedo sazonado con una buena dosis de insidia y a bajezas como la de Petro en el debate en la Universidad de Columbia en New York al acusar al padre de Duque, gobernador de Antioquia, de ser cómplice de las torturas que le habrían propinado agentes de seguridad.

    No se si la campaña de Duque haya analizado todo lo que se le viene encima y, por tanto, si han elaborado su hoja de ruta para no dejarse provocar ni enredar por las descargas lanzadas desde las líneas de fuego de las campañas de Petro, Fajardo, el PD, las Farc, Santos, y los directores de algunos medios, que intentarán colocar al joven y promisorio candidato de la centro-derecha a la defensiva e irritarlo para sacarlo de casillas. Y es ahí, en ese punto, en el que la campaña de Duque y el propio Duque tendrán que estar muy atentos.

    Querrán arrinconarlo por su cercanía con el expresidente Uribe con preguntas torticeras que solo pretenden llevarlo a que emita declaraciones que quebranten la confianza de los uribistas.

    Con su convincente y tranquila retórica, con la seguridad demostrada en la defensa y sustentación de sus propuestas de gobierno, Duque no debe tener problemas en salir bien librado de los guijarros que le lancen en los foros y entrevistas.

    Caer en la trampa de tomar distancia de Uribe, de su partido y del uribismo, sería un desacierto con fatales consecuencias. Recuerdo como en la campaña de 2010, cuando aún no advertíamos la traición de Juan Manuel Santos, que él inició una campaña en la que borró sus lazos con el uribismo. En pocas semanas se encontraba por debajo de su oponente Antanas Mockus. Solo al volver a agitar la figura y la presencia de Uribe y la defensa de su obra de gobierno pudo recuperar el terreno perdido y ganar la elección.

    En síntesis, pienso que el miedo en las huestes opuestas a Duque les está causando estragos monumentales y un efecto bumerang que lo está catapultando hacia el triunfo en primera vuelta, meta que podrá alcanzar si sabe eludir la cizaña que le van a arrojar en estos dos meses venideros.

    Coda: De la campaña Duque-Ramírez se espera que tomen todas las medidas de seguridad y vigilancia para evitar las trampas y triquiñuelas que pueda intentar el presidente Santos.

    Darío Acevedo Carmona, 26 de marzo de 2018