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  • A veinte días de las presidenciales

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    A escasas tres semanas de la primera vuelta por las presidenciales en Colombia dos temas siguen incidiendo con fuerza en las preferencias de la ciudadanía, de una parte, todo lo que está asociado a la suerte de los experimentos del socialismo bolivariano del siglo XXI y, de la otra, el enfermo acuerdo de paz Santos-Farc.

    Por mucho que les incomode a los intelectuales y académicos de las distintas izquierdas el término “castrochavismo” que, según ellos es esgrimido como fantasma para meter miedo, no está en la órbita del espiritismo sino en la dura realidad.

    Ese proyecto, nefasto para la democracia y para las libertades sigue con vida. Mírese no más, el favoritismo de López Obrador en México que de triunfar significaría nuevo oxígeno para el moribundo modelo y una mayúscula complicación para la política de cooperación migratoria con los Estados Unidos. Cambiar el rumbo de Venezuela está saliendo bien complicado ante una dictadura cada vez más atornillada en la corrupción, aferrada a la ilegalidad y una fuerza militar engolosinada con el negocio del narcotráfico, del dinero a manos llenas y de emolumentos escandalosos en medio de una pobreza extrema que atenta contra la disposición para salir a las calles.

    El agonizante modelo patalea aún en Brasil donde Lula Da Silva puede hallar la salida de la prisión lo que lo encumbraría a una victoria segura en elecciones. No basta con alegrarnos con el despertar del pueblo de Nicaragua que en cosa de unos días de protesta ha visto emerger el asesino que se esconde tras el cuerpo del corrupto y beodo Daniel Ortega ante la mirada impasible y cómplice de las izquierdas supuestamente democráticas.

    Gustavo Petro sigue siendo un peligro por todo lo que él representa y por las poderosas fuerzas que medran a su sombra, por eso no es recomendable abrigar una confianza exagerada en que el derrumbe del socialismo bolivariano y sus pésimos resultados en Venezuela vayan a tener repercusión automática en las presidenciales colombianas. Nadie quita, por ejemplo, que, como en los partidos de la Champions League, salga un árbitro a pitar un penalti en el último segundo. Sabemos que el presidente colombiano es irremediablemente amigo de las picardías y las trampas.

    Y aunque el amigo de Chávez y alumno de ese modelo en Colombia despertó de la modorra a una parte de la opinión con su alusión a las plantaciones de caña de azúcar del grupo Ardila Lulle, utilizando las mismas palabras de Hugo Chávez días antes de dar comienzo a su extravagante “exprópiese” provocando que algunos ingenuos seguidores se apearan del bus “bueno, bonito y gratuito” con aguacate incluido, logra sostenerse en el segundo lugar en las encuestas.

    Y en lo que respecta a la suerte del acuerdo de paz a raíz de los escándalos de corrupción con los dineros de la ayuda internacional y de los negocios de cocaína de alias “Santrich”, la reacción del gobierno de Colombia y de la parafernalia mamerta apunta a venderle a la opinión pública nacional e internacional la idea de un montaje de la DEA y en últimas del gobierno Trump para sabotear la paz. Circula profusa e impúdicamente la idea de que lo malo no es que un alto jefe de las Farc estuviera negociando diez toneladas de cocaína con el temible cartel de Sinaloa, sino que un juez norteamericano lo haya solicitado en extradición basado en pruebas “concluyentes y contundentes” recopiladas por la DEA

    Como si no se tratara de un crimen internacional, se anuncia la visita al incriminado por parte de la misión internacional de garantes del proceso conformada, entre otros, por José Mujica y Felipe González, señal inequívoca de la intención del presidente Santos y la cúpula de las Farc de “salvar” su paz al precio de hacer trizas la palabra empeñada, poner en peligro las relaciones entre Colombia y Estados Unidos y llegado el caso, sabotear las elecciones presidenciales.

    Tampoco es descartable que ciertas elites centralistas que han apoyado incondicionalmente a Santos en sus desatinos y vergüenzas brinden su respaldo a Petro “el único candidato amigo de la paz que puede derrotar a Duque”.

    Empresarios, intelectuales, sectores políticos, jerarcas eclesiásticos, Medios, han dado indicios en tal dirección. Piensan que Petro puede ser controlado en sus devaneos con el castrochavismo, que pueden engañarlo como han engañado a una parte de la opinión y a Uribe.  El pánico a la “la extrema derecha y a Uribe” es más fuerte en ellos que el temor a un gobierno populista.

    Por fuera de toda posibilidad de asegurar su paz con De la Calle, Vargas Lleras o Fajardo, nada de raro tendría que en un acto de irresponsabilidad mayúscula convocaran a un “acuerdo” de “las fuerzas pro-paz”, con Petro en una eventual segunda vuelta. Así, por vez primera en nuestra historia un izquierdista populista y exguerrillero, defensor de propuestas que ahogarían la inversión con sus exóticas propuestas estaría ad-portas de ganar la presidencia. Este peligro es el que refuerza el reto de Iván Duque: ganar o ganar en primera vuelta.

    Darío Acevedo Carmona, 7 de mayo de 2018

  • Petro en el espejo

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    ¿Cuántas veces se mirará en el espejo Gustavo Petro antes de pronunciar un discurso de plaza pública, atender una entrevista o participar en un debate? Formulo la pregunta a sabiendas de que no habrá respuesta por parte de él, sino por la curiosidad de entender los contenidos de una estrategia de imagen bien pensada más no lograda.

    No porque sea raro que un político se mire en el espejo, lo hacen muchos, me imagino, y no propiamente para peinarse sino porque el elevado ego tiene que acicalarse. Lo hacía Gaitán según nos cuenta el historiador norteamericano y colombianista Herbert Braun en su novedoso libro Mataron a Gaitán, el perfil mejor logrado que yo haya leído sobre el caudillo.

    Y por supuesto, hemos de entender que la política es una especie de teatro y los políticos son actores, y estos tienen que prepararse. Sí, todos, y eso no los descalifica. Hay escuelas de preparación, publicistas, expertos en manejo de la imagen que saben qué es lo que le conviene a cada actor, el vestuario, la gestualidad, la mirada, el manejo de las reacciones, etc.

    Me ocupo de Petro porque todo lo anterior sumado a su innegable capacidad expositiva se ha condensado en una estrategia para venderle a la opinión pública y al electorado propio y ajeno un producto muy diferente al que conocemos. Los publicistas expertos nos pueden hacer ver el sol de noche, le pueden poner piel de oveja al lobo y vestir de seda a la mona.

     De manera que cuando Petro asume ese tono de voz magisterial, como sentando cátedra, y mira por encima de la nuca a sus rivales, mirando al infinito, al periodista o a las cámaras y camina en el escenario o se lleva las manos al mentón, quiere transmitir la imagen de un maestro, un docto o un sabio, y no la de un exguerrillero audaz ni la de un locuaz populista ordinario que es lo que es.

    Los gestos en él ayudan a darle peso a sus flojas y temerarias propuestas e ideas. Elucubra ante preguntas difíciles acudiendo a explicaciones gaseosas, como cuando dice que la paz no es solo el cese del fuego ni el acuerdo con las guerrillas, y para que no se le note mucho esa posición típica del izquierdismo, habla de la miseria, las injusticias, el sufrimiento por los odios y hasta de la violencia que otros, no él ni el M-19, propiciaron y nos legaron.

    Sus asesores lo han convencido para pulir sus vínculos con personajes, ideas y proyectos en desuso o fracasados, de ahí que hable mal de Maduro, del desastre económico de Venezuela, evite referirse a Hugo Chávez, su gran amigo, a la dictadura castrista, al socialismo del siglo XXI, y cuando lo cercan con esos temas se escabulle, se remite al pasado nacional, habla de la oligarquía, de cómo la clase dirigente ha creado un país injusto y se ha sostenido en el poder a través de la violencia y bla bla bla, y el asunto queda sin respuesta.

    Es astuto para no caer en las declaraciones favorables al chavismo y el “exprópiese” cuando el comandante estaba en su apogeo. A él y a Fidel les aprendió que en un terreno hostil es necesario y obligado mentir, incluso hablar mal de aquello que se quiere: “Fidel es un dictador” decía Chávez, Petro no lo califica y si se lo preguntan hace una extensa disertación sobre los logros de la revolución cubana.

    Para contrarrestar a quien es su principal enemigo ha apelado al pantano, a la bajeza, que también es recomendada por los asesores. Petro busca ofuscar a Iván Duque tocándole fibras sensibles que harían rabiar a una piedra, por ejemplo, cuando mencionó e involucró a su padre en las torturas que él habría sufrido en su época de guerrillero.

    Desestabilizar al rival puede dar sus frutos, entonces tilda a Duque de ser un títere de Álvaro Uribe Vélez, pólvora mojada y bala perdida porque si hay algo claro en la actual campaña presidencial colombiana es que Duque es persona muy bien estructurada y ha logrado mostrarse como un hombre de partido, leal y con estilo propio.

    El señor Petro al mirarse en el espejo debe preguntarle, igual que la bruja en Blancanieves, “espejito, espejito dime…” y entonces, creyendo ver en la diatriba antiuribista el filón para destrozar a Duque, se ocupa de Uribe y vuelve a ser lo que siempre ha sido: un energúmeno y obseso antiuribista, y si alguien le recuerda que Uribe no ha sido condenado, escupe su sabiduría en derecho penal “aunque no lo hayan condenado tiene que demostrar su inocencia”, una perla fascista.

    Y le declara a una Vicki Dávila embelesada que él no odia a Uribe, no tiene empacho en decir, después de aplastarlo, que él quiere la reconciliación. Eso sí, a condición de que Uribe se declare culpable ante la JEP y confiese la “Verdad”, y, fíjense amables lectores lo que se encierra en este desliz que aún no debe haber pillado: Petro está proponiendo modificaciones al acuerdo de paz porque la JEP no puede investigar a ningún expresidente, de manera que su discurso contra la propuesta de Duque de hacerle modificaciones se cae por su propio peso.

    Concluyo, Petro está lavando, hasta donde le es posible, su imagen de izquierdista, aventurero, populista, amigo de Chávez y de Fidel y Raúl y Evo y Ortega y de instigador del odio de clases. Por eso lo vemos en una especie de trance en sus divagaciones seudointelectuales y seudoacadémicas, prolijas en generalidades y paradigmas anacrónicos.

    Como dirían por ahí en alguna esquina, su discurso es para “descrestar calentanos”, sus peroratas apelan a la ignorancia del pasado, se apoya en brigadas de choque y tiene gran habilidad para convocar a las turbas cuando alguna autoridad judicial procede en su contra.

    En este personaje, pues, cobra vida el aforismo: “la Mona, aunque se vista de seda, Mona se queda”.

    Darío Acevedo Carmona, 30 de abril de 2018

  • Santos y su lánguido legado

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    En plena campaña presidencial, como si buscara la reelección, Juan Manuel Santos ha desatado una nueva ofensiva publicitaria mostrando los grandes logros de su gestión de ocho años. En apariencia estamos viendo una rendición de cuentas, a manera de legado, para quien lo vaya a suceder, sin embargo, aún faltan largos tres meses y por ello surge la inquietud sobre el verdadero motivo de esta campaña y a quién quiere beneficiar.

    Siendo como sabemos que es, persona interesada y calculadora, y conociendo sus mañas y ardides, no es difícil encontrar la respuesta a nuestro interrogante. Ante el hundimiento inexorable de los candidatos Humberto De la Calle y Sergio Fajardo, con los que pretendía asegurar la continuidad de su obra, acudió a recuperar a marchas forzadas al díscolo Germán Vargas Lleras quien urgido de respaldos no vaciló en retornar al redil de Santos y aceptar el abrazo hipócrita del senador Benedetti que lo tildó de ladrón meses atrás y del senador que más vueltas ha dado en política, Roy Barreras.

    El cace de esta alianza pegada con babas y proyectada en defensa del presidente más impopular de nuestra historia, es, precisamente, lo que estamos viendo los colombianos en los medios y muy especialmente en la televisión, una avalancha publicitaria onerosa, pagada con dineros del estado que veladamente está al servicio de Vargas Lleras ungido ya candidato continuista.

    Desleal jugada, propia de tahúr de barrio bajero, con la que puede estar despidiéndose el señor Juan Manuel Santos, que, además, tiene la función de mantener enmermelados a los medios para maquillar cualquier otra trampa que le sea necesaria para que su “legado” quede a buen recaudo.

    Pero, preguntémonos ¿En qué consiste ese anchuroso y promisorio legado que ilustra a diario con pomposas cifras en impactantes cuñas? ¿será que tiene razón en mostrarse como un presidente incomprendido y en quejarse de haber sido víctima de “una oposición sin precedentes en nuestra historia reciente, por lo visceral y destructiva promotora de una repudiable polarización en el país que solo trae secuelas negativas”?

    ¿Acaso no fue él mismo el que sembró la cizaña tildando a los críticos de su paz impune de amigos de la guerra? ¿No fue él, en su afán de gloria y vanidad ilimitada, sordo e impertubable al clamor de una ciudadanía que le hacía saber a través de las innumerables encuestas que no estaba satisfecha con los términos con los que estaba negociando con las Farc?

    Su gran legado, la paz, a la que le apostó todo y por la que puso en peligro la unidad de la nación y la estabilidad de las instituciones, es hoy un triste embeleco, hecho trizas en acción colectiva por las Farc con el escándalo Santrich y sus negocios de narcotráfico en gran escala, por la supuesta disidencia que continúa secuestrando y asesinando inocentes, y por la ineptitud del Santos para cumplir los acuerdos y garantizar un manejo pulcro de los recursos internacionales para la paz.

    ¿Paz? Es hoy palabra mágica tan esquiva como en el pasado. Porque lo que mal empieza mal termina. España nos acaba de dar una lección de dignidad del estado y de las instituciones democráticas al no haber sido negociadas con la banda terrorista ETA que no tuvo más remedio que desintegrarse. Lo que hizo el gobierno Santos con las Farc, sin razón, fue otorgarles un estatus inmerecido, agrandarlas, reconocerles un poder del que carecían y eximirlas de castigo violando tratados internacionales y deshonrando la pertenencia de Colombia a la Corte Penal Internacional.

    Esa paz también está siendo hecha añicos por el ELN que ha ocupado espacios dejados por las Farc y propiciado una oleada de acciones terroristas con el claro propósito de ablandar a un gobierno que saben que al final cederá al chantaje. Lección aprendida del proceso en comento.

    Gracias a ese pacifismo resucitó la última facción del desaparecido EPL, grupo dedicado por entero a los negocios de narcotráfico y la minería ilegal. Y también ganaron fuerza, presencia y notoriedad las bandas criminales que se nutren del narcotráfico y son amos y señores en el Catatumbo, el Golfo de Urabá, Tumaco, Buenaventura, el sur del Putumayo, los departamentos de Cauca, Nariño y Arauca donde se guerrean y se alían según el momento con aquellos.

    En la publicidad se omite hablar del récord de los cultivos de coca -doscientas mil hectáreas- la gasolina principal de la nueva guerra entre todos esos grupos bandas, clanes y bandolas. Fue gracias a una concesión de Santos a las Farc que se llegó a esta situación, cuando para congraciarse con las Farc ordenó suspender la fumigación aérea, pagar por la sustitución voluntaria y eliminar castigo a quienes tuviesen sembradas hasta 4 hectáreas.

    Pasando al ítem electoral, no podemos dejar de mencionar la gran contribución de Santos al deterioro de la confianza pública en la democracia, cuando en 2014 irrigó toneles de mermelada en la costa Atlántica para favorecer su candidatura a través de fraudes y compraventa de votos tal como consta en declaraciones de los gamonales electorales Musa Besaile y el “Ñoño” Elías. Y por supuesto, con el montaje del hacker con el que lograron enredar el triunfo de Óscar Iván Zuluaga.

    Y como las vacas ladronas que no olvidan el portillo ajeno, en octubre de 2016 se burló del resultado adverso del plebiscito a su acuerdo de paz, convirtiendo por arte de birlibirloque su derrota en una victoria.

    Dejemos para una nueva entrega el vistazo a otro gran legado de Juan Manuel Santos, la relativa a la actual disputa por la presidencia en la que por vez primera un populista de extrema izquierda, Gustavo Petro, es firme opcionado, según las encuestas, a ganar la presidencia.

    Darío Acevedo Carmona, 23 de abril de 2018

  • ¿Tenemos identidad los colombianos? y II

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    En línea con el razonamiento de la columna anterior, habría aceptar que ninguna historia o relato del pasado nacional tiene sello de garantía o de inmutabilidad y que no tenemos la opción de ocultar nada.

    Entender, por ejemplo, que nuestro país, como casi todos en el mundo, no tiene un solo hito fundacional ni una historia sin sobresaltos. Además del impactante 20 de julio o del heroico 7 de agosto hay que rememorar otros hechos capitales de nuestra existencia que, al margen de doctas polémicas y sesudas investigaciones sobre detalles y circunstancias, han marcado el proceso de formación de nuestra nacionalidad e instituciones.

    Todo ha sido fruto de una búsqueda y de muchísimos ensayos tal como ocurría en muchas regiones de Occidente, desde la Francia de 1789, pasando por la independencia norteamericana de 1776 y la misma España en donde las Cortes de Cádiz debatían entre una monarquía constitucional o una república.

    ¿Acaso no es de resaltar que el Congreso de Cúcuta de 1821 haya optado por la organización republicana y democrática del país? ¿Cómo desconocer, por ejemplo, la importancia de la revolución liberal de mediados del siglo XIX, liderada por el caudillo José Hilario López que sepultó los restos del Régimen Colonial y abolió todo vestigio de esclavitud antes de que lo hiciera Lincoln en Estados Unidos?

    Hombres, movimientos y partidos políticos propusieron tantas constituciones como guerras civiles o conflictos internos hubo en ese siglo XIX que bien podríamos llamar el siglo de los ensayos. El país tuvo varios nombres, hubo varias guerras internas, pero no todas de extensa duración ni de gran destrucción. Las elites daban la impresión de estar perdidas en el marasmo de sus intereses o en el afán por copiar los modelos que sobresalían entonces.

    No para consolarnos sino para entender bien el asunto, en toda América Latina ocurrían procesos y experiencias similares, al fin de cuentas veníamos de una situación y de una historia común y el signo de la época era el de la invención de las naciones y de la república.

    México y Brasil crearon monarquías, en muchos otros se impuso la mano tosca y represiva de dictadores que trataron de imponer el orden buscado a costa del sacrificio de las libertades, los mapas cambiaban con frecuencia, el continente sufrió guerras e injusticias.

    Pero, en medio de tal “anarquía continental”, nuestro país, con sus distintos nombres: La Gran Colombia, Confederación Granadina o Estados Unidos de Colombia, mantuvo, mal que bien y muy acorde con lo instaurado en esos momentos, una adhesión a los principios republicanos y a la democracia. En todas las constituciones siempre encontramos la huella de esos principios con sus avances y retrocesos. Como bien lo dice un gran estudioso de la democracia colombiana, Eduardo Posada Carbó, en la historia de Colombia se puede dar fe de la realización constante de elecciones.

    De manera que no es cierto ni es correcto ni riguroso reducir nuestro pasado a años de guerras, a tradiciones militares, a levantamientos a la violencia. Los hubo, son carne de nuestra carne, pero no fue lo único ni lo más influyente que nos constituyó. Es tan pernicioso el reduccionismo histórico de la visión angelical como el de la fatalista.

    La Constitución de Rionegro de 1863 que consagró el ideal de los radicales liberales fue un ensayo de federalismo extremo cuyos magros resultados económicos y su fracaso en reafirmar la unidad nacional desembocó en otro momento trascendental de nuestra historia, la constitución de 1886 vigente hasta 1991 que bajo el emblema “Libertad y Orden” influyó notablemente en la personalidad histórica de los colombianos.

    Libertad sin orden es inviable e indeseable, orden sin libertad es inaceptable es el mensaje consignado en el escudo nacional. Impresentable desconocer los aportes de ese lema en esos años y en los siguientes. La adopción del himno nacional escrito por Rafael Nuñez llenó un vacío, elemento importante en la construcción de identidad en todos los países. Sin que debamos negar o excusar la mano de hierro y las restricciones impuestas por los primeros gobernantes de la llamada Regeneración conservadora.

    Podríamos extender esta enumeración a hechos fundamentales de ocurrencia en el siglo XX, pero en aras de síntesis, baste decir que el país se mantuvo fiel a los principios republicanos y democráticos a pesar de escaramuzas ocasionales y de la trágica violencia liberal-conservadora de mitad de siglo.

    Concluyo estas breves notas reiterando la importancia de volver la mirada a dos hechos capitales de nuestra historia, de un lado, la batalla de Boyacá cuyo bicentenario celebraremos el año entrante, paso significativo en el orden militar que aseguró la independencia definitiva de Colombia. Y, de otra parte, la realización del Congreso de Cúcuta en 1821, dos años después, como el evento fundacional del estado republicano regido por una Constitución sobre bases democráticas, usuales por ese entonces.

    E insistiendo en que la formación de una Nación, de un Estado, de un País, de sus instituciones, de la democracia y de la identidad de un pueblo, no discurre por camino señalado de antemano o ideal y por eso habría que romper con la idealización sobre un pasado inmaculado u otro fatalista, como si nos hubiésemos salido de un libreto.

    Darío Acevedo Carmona, 16 de abril de 2018