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  • Sí señores, Duque es el nuevo presidente de Colombia

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    La elección presidencial colombiana marca varios hitos en la historia del país. Por primera vez un candidato supera la barrera de diez millones de votos, por primera vez una mujer es elegida vicepresidente de la República y por primera vez un candidato de la izquierda supera los ocho millones de votos.

    Otros hechos destacables de la jornada fueron, por ejemplo, la confirmación del declive profundo de los partidos Liberal y Conservador y el vacío de presidenciables en sus filas, la consolidación del Centro Democrático como una colectividad disciplinada y con gran acogida que da para pensar que no es coyuntural sino que llegó para quedarse, y, la refrendación de la vigencia política de Álvaro Uribe Vélez como gran elector y líder en lo corrido de este siglo no obstante la animadversión de poderosos rivales y enemigos.

    Iván Duque con esa votación histórica despejó todas las dudas que circularon en el sentido de carecer de fuerza y carisma propios. Su inexperiencia en las lides electorales fue compensada por su talento intelectual, su amplio conocimiento de los problemas nacionales y su capacidad para controlarse ante los ataques de sus rivales.

    Hizo escuela a través de la campaña en la que se enfrentó a otros cuatro candidatos del Centro Democrático a quienes superó luego de un gran número de talleres públicos en los que los aspirantes debatían sus programas en formación de cara a los ciudadanos y escuchando a dirigentes sociales de las distintas regiones.

    Luego compitió con Martha Lucía Ramírez, líder de un sector del partido Conservador, y con el también dirigente conservador y exprocurador general de la nación, Alejandro Ordoñez, en una alianza en la que confluyeron los expresidentes Álvaro Uribe Vélez y Andrés Pastrana, resultando vencedor en una consulta amplia regulada por las autoridades electorales del país.

    Como candidato oficial venció con holgura a cuatro aspirantes en la primera vuelta y en la segunda y definitiva venció al candidato de la izquierda populista, Gustavo Petro, con una votación y ventaja a todas luces inobjetable.

    De manera que Duque, una persona sin mácula, sin experiencia como gobernante, pero reconocido por sus colegas del Congreso como el mejor Senador en 2016 y 2017, libre de corrupción, que expresó con franqueza y claridad admirable sus propuestas, que recibió adhesiones sin cambiar ni modificar su programa y sin hacer promesas de cupos ni mermelada oficial, fue el vencedor, sí, el vencedor y es el presidente de Colombia.

    Remarco su triunfo no con el fin de restregárselo en la cara a los derrotados, sí, a los derrotados, sino para ver si se entiende de una buena vez que la lucha política en democracia es una competencia en la que alguien resulta vencedor mientras el rival o rivales pierden.

    Y porque al principal derrotado, embriagado por su innegable alta votación, Gustavo Petro, le ha dado por imitar a Andrés Manuel López Obrador, su conmilitón mexicano del Foro de Sao Paulo, que se apropió varias veces y por mucho tiempo de la Plaza del Zócalo, espacio público simbólico de la política y del gobierno azteca, para ejercer desde la calle su oposición beligerante e incitando a la multitud, para hacer lo mismo en varias plazas centrales de Colombia.

    Petro, al peor estilo de los populistas del continente, pretende -y a la vez ofende- a sus votantes al convertirlos en monigotes de su estrategia populachera, basado en la creencia de que los ocho millones son todos suyos y lo seguirán siendo para todo lo que él disponga.

    Petro se quiso graduar de caudillo haciendo cursos intensivos para acomodarse a exigencias programáticas de sus aliados que le exigieron firmar en mármol las “nuevas tablas de la ley” las mismas que hizo trizas horas después de conocer su derrota.

    Su discurso no fue, ni de lejos, el de un demócrata sino el de un resentido, minimizó el triunfo de Duque, lo invitó a traicionar a Uribe, lo amenazó con movilizaciones y luchas callejeras, en suma, retomó su alma de populista aventurero que había escondido para la segunda vuelta.

    Ahora, sin razón válida ni fuerza parlamentaria, se quiere autoproclamar cabeza de la oposición, atropellando a sus amigos y aliados que de hecho tienen más presencia en el Congreso que la suya.

    Mientras Petro deforma la imagen de antiguos caudillos de nuestra historia y quiere parecerse a ellos, el nuevo presidente en su característica ponderación inició la labor de empalme sin soberbia y con serenidad, pero, eso sí, dando muestras de que va a cumplir con sus anuncios, pues fue con ellos y no con los de sus rivales con los que se ganó la presidencia, como acaba de verse con sus orientaciones para aplazar la definición de funciones de la Jurisdicción Especial de Paz, tema medular de su programa, y como leí en el trino de una amiga twitera: “poner orden en la casa, enderezar el rumbo, restablecer la institucionalidad y hacer cumplir las leyes”.

    Coda: Descresta en demasía el sentido de supremacía moral y sabiduría de intelectuales que, en presencia del reguero de sangre en Venezuela y Nicaragua a manos de un par de tiranos y asesinos, desean posicionar como mesías de Colombia a Gustavo Petro, fiel y leal amigo de esas granujas.

    Darío Acevedo Carmona, 25 de junio de 2018

  • Inquietante panorama de la autonomía universitaria

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    Hace un siglo que los estudiantes universitarios de Córdoba, Argentina, realizaron un movimiento que cobró dimensiones continentales y extendidas en el tiempo. Protestaban por la excesiva injerencia del Estado, la política y otros factores e instancias de los poderes establecidos en los centros de estudios y querían desatar todas las trabas que obstaculizaban la actividad académica.

    Ese malestar se hizo positivo en dos grandes banderas que signaron de a pocos el devenir de las universidades, en particular las públicas, en América Latina, la libertad de cátedra para salvaguardar de las miradas ajenas al conocimiento y de los juicios de valor y la censura la actividad docente e investigativa. Esa función debía estar en manos únicamente del profesorado y de los órganos universitarios. Y la otra fue la consigna de la autonomía de la universidad que, como su nombre lo indica, buscaba evitar la interferencia de agentes y poderes externos y la utilización de la universidad con fines políticos, partidistas, religiosos o ideológicos.

    Esas dos banderas han tenido desarrollos muy desiguales en cada país y en cada centro de educación superior. Quiero referirme en especial a la noción de autonomía académica que ha sido la más atenuada, primero, por los estados que finalmente se han ocupado de la financiación en tanto dejar ese asunto en manos de inexpertos es cosa utópica, ello se ha traducido, a su vez, en la presencia de agentes y delegados de los ejecutivos en su gobierno.

    Y, segundo, por la intensa actividad adelantada por grupos de izquierda que en muchos casos han convertido a algunas de ellas en centros de formación de cuadros, cooptación de militantes y divulgación de ideas y programas de corte comunista en todas sus versiones.    

    Se me ocurre hacer esta especulación pensando en otro tema mucho más grueso y preocupante en grado superlativo cual es el referido a la misión de la universidad y la colonización y, por ende, deformación por parte de diferentes grupos y tendencias políticas que han convertido gran cantidad de instituciones y espacios académicos en plataformas de acción política.

    Se ha convertido en paraguas de tal situación la idea según la cual la universidad no puede ser ajena a los problemas de la sociedad, circunscribiendo estos a los relativos a la igualdad, la justicia, la revolución como deber juvenil, etc.

    No se tiene en cuenta que una cosa es que la universidad contribuya con sus conocimientos a la resolución de los problemas de la sociedad y muy otra que se ponga al servicio de una facción partidista o ideal político. De esa forma, el principio de la autonomía universitaria termina siendo desfigurado cuya consecuencia más notable es que se borra la tenue y frágil línea que separa la academia de la política faccional.

    Traigo a cuento estas reflexiones a propósito de la decisión de la Universidad Nacional de Colombia de comprometerse con la política de paz del gobierno Santos y su acuerdo con las Farc. Un problema político bastante polémico que ha ocasionado la división de la sociedad y cuyos contenidos fueron calificados por la Corte Constitucional como una política pública.

    Ello se ha dado quizás por desconocimiento o a pesar de lo que se consagra en la Misión de la principal universidad colombiana: “Como Universidad de la nación fomenta el acceso con equidad al sistema educativo colombiano, provee la mayor oferta de programas académicos, forma profesionales competentes y socialmente responsables. Contribuye a la elaboración y resignificación del proyecto de nación, estudia y enriquece el patrimonio cultural, natural y ambiental del país. Como tal lo asesora en los órdenes científico, tecnológico, cultural y artístico con autonomía académica e investigativa.”

    En su Visión encontramos estas metas:

    “La Universidad Nacional de Colombia… debe fortalecer su carácter nacional mediante la articulación de proyectos nacionales y regionales, que promuevan el avance en los campos social, científico, tecnológico, artístico y filosófico del país… Así mismo, la Universidad fortalecerá los programas de extensión o integración con la sociedad… Usará el conocimiento generado para producir a través de sus egresados y de los impactos de la investigación y extensión bienestar, crecimiento y desarrollo económico y social con equidad. Será una universidad que se piense permanentemente y reflexione sobre los problemas estructurales del país.”

    En reciente columna la nueva rectora, Dolly Montoya, sentó un punto de vista que refrenda la tendencia de pérdida del valor filosófico de la autonomía universitaria “…La vocación de su proyecto cultural de nación de la Universidad Nacional es dinamizar y hacer realidad los espacios para la construcción de una Colombia justa, equitativa, motor de diálogo y deliberación. Debemos promover el perdón y la reconciliación mediante la formulación de nuevos caminos de paz con posturas de reconocimiento y respeto por el otro, abriendo nuevos espacios ciudadanos dentro de marcos de justicia y equidad.” (El Espectador 09/06/2018)

    Loable interpretación para justificar el enlace con una política gubernamental que, quiérase o no, es objeto de profundas discusiones y objeciones de naturaleza política partidista, jurídica y filosófica.

    La Universidad, dice la rectora, cuenta “con 14 centros de pensamiento, de los cuales cinco tienen como nicho, mediante su labor académica, contribuir a la paz y formar nuevas ciudadanías.” Si hasta aquí el tema es urticante, ¿qué otras sorpresas no podríamos llevarnos si se pudiera evaluar cómo es que se está llevando a cabo esa “labor académica” con la que se quiere filar una comunidad compuesta por miles de personas de diversas tendencias, unida e identificada alrededor de tareas del saber, las artes y la educación, en torno a la paz convertida en dogma de dogmas.

    Darío Acevedo Carmona, 18 de junio de 2018

  • Les puede el odio, no la razón

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    El próximo domingo 17 de junio tendrá lugar la votación definitiva para elegir el nuevo presidente de Colombia. Por opinión y convicción, hablando en positivo, sin reatos morales, sin salvamento de votos ni lavadas de manos, votaré como millones de colombianos por Iván Duque Márquez.

    Entre quienes van a votar por Petro, el nuevo Moisés, quien de la noche a la mañana se cambió de traje y que, siendo un ateo utiliza ese icono religioso por mero oportunismo, habrá quienes lo voten porque creen en él, sea lo que él sea, socialista o capitalista, dictador o demócrata, ángel o demonio, castrochavista o libertario.

    En cambio, un selecto sector de la intelectualidad de izquierda y progre ha revelado en días anteriores el drama existencial que les produce tener que votar por Petro, en negativo, con dudas profundas, en contra de lo que han dicho de él, con el fin de evitar el triunfo del que consideran, contra toda evidencia fáctica, una marioneta de Uribe, la extrema derecha y el peligro de la guerra.

    Antonio Caballero, por ejemplo, en la más lograda caracterización del caudillo, dijo cosas que espantarían al mismo demonio: “Lo malo del candidato presidencial Gustavo Petro no es su programa, que es probablemente el más atractivo… es un programa para cuarenta años de gobierno… Petro es… un político megalómano… Lo malo de Petro no es su teoría: sino su práctica. La que le conocimos en sus años de alcalde de Bogotá, de ineptitud y de rencor, de caprichos despóticos y de autosatisfacción desmesurada. Su arrogancia, su prepotencia. Su personalidad paranoica de caudillo providencial, mesiánico, señalado por el Destino para salvar no solo al pueblo de Colombia de sus corruptas clases dominantes sino al planeta Tierra… sé de su incapacidad para tener o conservar amigos: lo han denunciado como tramposo y desleal sus compañeros del M-19 (Antonio Navarro, Daniel García Peña), y los del Polo Democrático (Carlos Gaviria, Jorge Robledo, Clara López), que se sintieron todos engañados por él en su voraz ambición personalista… no (es) una buena persona, sincera y franca. Más bien lo veo como una mala persona… No le creo ni ‘el amor’ de que tanto habla. Ni ‘el saber’ que pretende transmitir. Ni ‘la humanidad’ que campea en los nombres de sus campañas. Todo eso me parece ficticio e impostado… tiene un temperamento autoritario, inocultablemente de derechas, inspirado en el ‘cesarismo democrático’… que copiaron luego Hugo Chávez y Nicolás Maduro… Petro gusta de equipararse con los mártires… Sucre, Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán… Pero se parece más a su tocayo el general Gustavo Rojas Pinilla, golpista dictador y jefe de la Anapo, de cuya pintoresca y demagógica ‘dialéctica de la yuca’ copia su propia ‘dialéctica del aguacate’. (Semana 19/05/2018)

    Dos semanas fueron suficientes para dar marcha atrás sin hundir el clutch, votará por el que deshilachó en esas líneas: "Voy a votar contra Duque y contra Uribe, me parecen peligrosísimos. Como votar en blanco es votar a favor de Duque, votaré por Petro aunque no me guste". ¡recontrachanfle!

    Salomón Kalmanovitz, afirmó (El Espectador 3/06/2018): “Yo le veo problemas serios de personalidad egocéntrica, autoritaria y voluntariosa a Petro”, sin embargo, le dará su voto, porque “…son más graves los de Uribe. Mientras Petro no ha tenido vínculos con la ilegalidad…”. Omite referirse a Duque y no sé si piensa que el M-19 era un coro celestial.

    Y el pontífice del derecho constitucional flexibilizado a la izquierda, Rodrigo Uprimny (El Espectador 3/06/2018), explicó su voto por Petro apelando al trompo quiñador de siempre: “Y si Duque es presidente, no solo estaría en riesgo la paz, sino también el Estado(sic) de derecho y la democracia” y echándole anatemas al uribismo, razona: “Algunos de los temores frente a Petro son justificados; tiene un estilo caudillista…que alimenta la polarización, pero, no creo que Petro y el uribismo sean iguales”. Meter miedo vale si ellos lo hacen.

    Un colega del anterior, Mauricio García Villegas, después de afirmar que Duque y su grupo representan lo peor del dogmatismo y la injusticia social, los dos grandes males del país, en gesto de confesión alumbra: “voy a depositar mi voto, trémulo y desganado, por Petro”, una acción de deposito titilante, temblorosa, paniaguada. Y para salvar la conciencia de culpa aclara el porqué de su indecisa decisión: “evitar de que aquella victoria (la de Duque) no sea demasiada amplia” (El Espectador, 09/05/2018). ¡Trás duditativo y tembloroso, derrotista!

    Sobresale en esas voces la descalificación moral y la negación del Otro, es decir, de Duque, en contravía de lo que alegan cuando escriben sobre la importancia de la tolerancia y de reconocer al otro como rival y no como enemigo absoluto citando decenas de filósofos y llamando a la reconciliación.

    Concluyo: el discurso de estos señores es beligerante, de odio, de exterminio. Esa intelectualidad de izquierda y progre confiesa, sin pena, que votará por un “paranoico, autoritario, megalómano, arrogante, caprichoso, prepotente, ficticio, impostado, mala persona”, porque le pesa más su odio irracional, profundo, obsesivo e irremediable contra Uribe (a pesar no ser él el candidato) el uribismo, Duque, aunque el país se vaya al abismo.

    Coda: Si a Claudia López no le gusta de Petro “su estilo mesiánico, caudillista y un poco autoritario…que toda la vida ha apoyado a Chávez y respaldado a Maduro…Si la gente quiere más ojitos con Venezuela pues puede elegir a Petro” ¿cómo es que se alió con él?

    Darío Acevedo Carmona, 11 de junio de 2018

  • ¿A qué estamos retados los colombianos en la segunda vuelta?

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    Cual pájaro agorero el presidente Santos envió una mala señal al país de cara a la segunda vuelta por la presidencia. Como si fuera un analista de tendencias y no el primer mandatario de los colombianos, convirtió en victoria su derrota el pasado 17 de mayo.

    ¿Cómo lo hizo? Burdamente y sin inmutarse, sumó los votos de Petro, Fajardo, Vargas Lleras y hasta los de De la Calle, que según él son los candidatos de la paz y juntos representan casi el 60 por ciento de la votación. Con total descaro pretendió disponer de la voluntad de millones de electores que ante la eliminación de sus candidatos estarán retados a votar por Duque o Petro o en blanco o abstenerse. Usurpa el liderazgo de esos aspirantes y de los movimientos que los apoyaban al ungirse ganador.

    Si se quedara quieto en esa maniobra, veríamos esa acción como una más dentro su amplio repertorio de picardías. Sin embargo, conociendo de todo lo que es capaz para impedir la derrota de su “logro” más preciado, se justifica estar advertidos de una probable nueva trampa como las que usó en ocasiones pasadas, aunque esta vez le resultará más difícil.

    En la entrevista con la periodista Cayetana Álvarez del diario español El Mundo, soltó su lengua señalándole límites al próximo presidente, “fuere quien fuere, tendrá (ni siquiera en condicional) que respetar” el acuerdo firmado entre él y las Farc que nadie podrá cambiarlo o hacerle reformas durante los siguientes doce años.

    ¿Cómo olvidar las artimañas que hizo en las elecciones de 2014 con el montaje del hacker y la votación “atípica” gracias a la montaña de mermelada que untó en diversas regiones del país para hacer de la derrota su victoria?

    Y lo que hizo con el plebiscito del 2016 cuyo resulto desconoció engañando a la nación y cubriendo sus mañas con el manto de la palabra mágica “paz”.

    Santos confundió la primera vuelta del pasado 27 de mayo con un juego de ruleta apostando a varias casillas, juego en el que se puede agregar una más aún en movimiento. Jugó por de De la Calle, por Vargas Lleras y viéndose perdido en la última semana, optó por Fajardo.

    Para la segunda vuelta, su proceder deja en claro que, en nombre de su paz, se sumará a las huestes de Petro, el candidato que representa el desastroso modelo castrochavista con el que supuestamente dice tener contradicciones profundas.

    ¡Cuánta falta hace un Procurador que lo conmine a cesar su abierta participación en el debate electoral y en los asuntos de campaña con su aritmética de dudosa técnica!

    La campaña de Iván Duque y Martha Lucía Ramírez debe tomar nota de los pasos que da el presidente saliente y mantener la guardia en alto en la vigilancia de la jornada del 17 de junio para evitar sorpresas desagradables.

    Hay que remarcar la flaqueza de la estrategia petrista que buscará presentar la lucha entre Duque y Petro como un duelo entre la centro-izquierda petrista y la extrema-derecha, entre partidarios de la guerra y seguidores de la paz.

    Argumentos hay de sobra para salirle al paso a esos falsos dilemas puesto que el fondo de la lucha reside en la confrontación de la propuesta de la izquierda radical y populista, aventurera e irresponsable con la opción democrática-reformista, es el duelo entre la paz con impunidad, rechazada por la gran mayoría de los ciudadanos y la paz con justicia que conlleva a realizar ajustes al acuerdo Santos-Farc.

    Es el enfrentamiento entre quienes son adversos a la iniciativa privada y quienes sostienen la necesidad de abrirle espacios y dar facilidades a la inversión y creación de empresas como motores del empleo, entre quienes plantean demagógicamente que toda la salud y toda la educación sea pública y gratuita y quienes pensamos que la igualdad así concebida es la comida de hoy y el hambre de mañana, entre quienes amenazan expropiaciones por vía directa o de elevación de impuestos y quienes propugnan por el respeto a la propiedad bien habida.

    Es de esperar, igualmente, que Duque continúe, con muy pocas variantes, en las líneas gruesas de acción con las que obtuvo el triunfo en primera vuelta. Y si hay adhesiones y alianzas, de gran importancia para garantizar la gobernabilidad y la realización del programa, que sean pública y plenamente explicadas.

    Deseable que se envíen mensajes especiales a los votantes cuyos candidatos quedaron fuera de juego y a los abstencionistas insistiendo en que Duque es la opción del presente-futuro reformable y mejorable mientras la de Petro es la del presente-pasado, fracasado y empobrecedor.

    Darío Acevedo Carmona, 4 de junio de 2018

  • Juan Manuel Santos al desnudo

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    En una entrevista de antología realizada por la periodista Cayetana Álvarez de Toledo del diario español El Mundo (20/05/2018) al presidente Juan Manuel Santos, el mandatario colombiano expresa sin rubor, sin pena y con ínfulas de gloria todas las mentiras, las deformaciones y los cínicos sofismas que le sirvieron de base para justificar el impopular acuerdo de paz firmado con las Farc.

    Empecemos el encabezado con frase de Santos: "Exterminar hasta el último guerrillero era imposible, militarmente absurdo". Aquí omitió que ningún presidente llegó a decir tal cosa y que la política de Seguridad Democrática buscaba derrotar la pretensión de la guerrilla de tomarse el poder por medios violentos y obligarla a negociar bajo la supremacía del Estado colombiano.

    Santos insistió en una idea que le dio a las Farc un sentimiento de superioridad:  "No era posible derrotar a las FARC. La única alternativa era someter al país a otros 30 años de guerra, con millones de víctimas", la lógica del miedo a la supuesta guerra para eludir el cumplimiento del mandato constitucional de defender la honra y bienes de los ciudadanos.

    Más adelante dijo sin pudor que el costo pagado -la impunidad y demás premios- “fue muy pequeño en comparación con los beneficios. Salvar tantas vidas”. Confesión de aceptación del chantaje terrorista: ´si no nos dan lo que pedimos habrá guerra, destrucción y muertes´.

    Cuando la periodista le aclara que quien paga ese precio es “la democracia, las víctimas”, el presidente insinúa que el Sí ganó el plebiscito: “Las víctimas han sido las más entusiastas con el proceso. Yo pensé que serían las más críticas; que iban a oponerse a la Justicia transicional. Y cuál fue mi sorpresa cuando fue al revés”.

    Cayetana le pregunta con altivez: “Me sorprende que distinga entre justicia y paz. ¿Puede haber paz sin justicia? ¿O es la palabra paz un eufemismo de la abdicación democrática?” Santos responde con una evasiva y distorsionando el Estatuto de Roma: “¿Por qué cree que se negoció el Estatuto de Roma de la CPI? Para que se pudiera aplicar una Justicia transicional... El nuestro es el primer proceso que se negocia bajo el paraguas del Estatuto. Aquí, por primera vez, no habrá impunidad, sino una Justicia transicional.” ¡Con razón dicen que la palabra todo lo puede!

    En un arranque de franqueza Santos confiesa que la JEP fue una concesión a las FARC, pues como “no creían en nuestra justicia… Necesitaban una Justicia en la que ellos creyeran”.

    Cayetana pregunta con acierto “¿Entonces la Justicia transicional es una justicia a la medida de las FARC?” y Santos reconoce haber igualado el Estado con las Farc: “Es la primera vez que dos partes de un conflicto negocian la Justicia y se someten a ella. Eso es lo que el mundo ahora admira y aplaude.” Léase bien “el mundo” porque Colombia no.

    A los requerimientos de la periodista sobre tanta largueza a una guerrilla al borde de la derrota, Santos cae en exabruptos, se auto magnifica y distorsiona: “Yo fui la persona que más duro golpeó las FARC… que más las combatió y con más éxito” No fue Uribe ni las Fuerzas Armadas, solo él. Y agrega “a mí me eligieron con el mayor número de votos en la historia de Colombia por mis éxitos en esa guerra” ¡Gulp! tamaña mentira, es vox populi que fue por el apoyo de Uribe.

    No sin razón la periodista le increpa “¿No bastaban la convicción democrática del pueblo colombiano y la fuerza de su Estado de Derecho?… que no se modifique la Constitución por exigencia de sus agresores. Que las penas sean proporcionales a los crímenes. ¡Los acuerdos de paz regalan escaños a las FARC sin mediar la más mínima condena!”

    Santos, cercado, busca escudarse “¿Y en qué proceso de paz no ha sucedido eso?” La periodista no le da tregua “Que tenga precedentes no significa que sea ético o eficaz… El hecho de que criminales de lesa humanidad obtengan escaños de forma automática, sin pisar la cárcel, resulta chocante” Y se desborda en cinismo: “A usted le choca, pero a los colombianos no.”

    Al hablar sobre el plebiscito y luego de que Santos insinuara que el No ganó engañando a las gentes, ella le riposta: “¿Seis millones y medio de colombianos se dejaron engañar? ¿No tenían capacidad crítica propia?”

    “Yo no he dicho eso.”

    “Ha dicho que votaron engañados. Por tanto, se dejaron engañar o no tenían capacidad crítica propia.”

    “Sí, fueron engañados.”

    Cayetana insiste, “Usted decidió convocar un plebiscito sobre la paz. Ganó el No. Y sin embargo siguió adelante con el proceso… Si sólo iba a acatar el plebiscito en caso de ganarlo, ¿para qué lo convocó?”

    Santos afirmó: “Dejar el proceso a la deriva habría sido una inmensa irresponsabilidad. Por eso invité a todos los voceros del 'No' a que nos sentáramos para analizar sus objeciones. Introdujimos el 95% y logramos un mejor acuerdo, que luego fue avalado por la Corte constitucional, como exige la democracia colombiana. Y ahora estamos gozando de la paz.” Todo un récord de mentiras por párrafo cuadrado.

    Al siguiente comentario de Santos "Me habría gustado que las FARC hubiesen sacado un mejor resultado en las legislativas de marzo". Cayetana le pregunta: “¿Por qué?” Y él con pesadumbre dice: “Las FARC sólo sacaron 50.000 votos, menos del 0,5% del total. Les fue muy mal. Creo que habrían tenido más juego si hubieran sacado más votos… yo creo que la democracia colombiana se habría fortalecido más de lo que ya se ha fortalecido con un mayor apoyo electoral a las FARC”. Tomen aire, ¡puf!

    Sobre el próximo presidente dice cosas atrevidas: “El próximo presidente de Colombia tendrá que seguir cumpliendo los acuerdos… Hemos fijado un plazo de 15 años para esta tarea y ningún presidente podrá rehuirla… los acuerdos son irreversibles, da igual quién llegue al poder. No podrán modificarse hasta dentro de tres mandatos.”

    Respetado lector, si Usted no está suficientemente asombrado e indignado y necesita más pruebas para estarlo lea la entrevista completa en el link: http://www.elmundo.es/internacional/2018/05/20/5afff7f0e5fdead9738b456f.html allí encontrará su versión sobre otros temas: caso Santrich, Farc-narcotráfico, cultivos de coca, Venezuela, Maduro, Iván Márquez, su “legado”, Lorent Saleh, etc.

    Darío Acevedo Carmona, 28 de mayo de 2018

  • Mi voto por Iván Duque, sin duda

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    En Las redes se dicen muchas cosas, desde cualquier flanco, con las cuales no es posible ni deseable entablar algún debate. Prefiero el terreno de la confrontación argumental y desde ahí quiero sustentar mi voto por Iván Duque.

    Duque se ganó a pulso limpio la candidatura del Centro Democrático en competencia y debate leal con otros cuatro aspirantes y en el marco de un proceso de amplio contacto con ciudadanos de todas las regiones.

    Ese fue un inédito ejercicio de democracia que derivó en la construcción de su programa de gobierno y en la adopción de una estrategia de alianzas para realizarlo. Por eso se dio a la tarea de buscar afinidades con otras fuerzas encontrando en Martha Lucía Ramírez y Alejandro Ordoñez líderes de sectores importantes del partido Conservador, puntos de vista comunes con los cuales decidieron someterse a una consulta abierta en la que resultó vencedor.

    De Iván Duque se puede decir que ha sido eficaz en ganarse el apoyo de las bases de su propio partido, y en especial de las uribistas, pero también, que sabe llegar con sus ideas y propuestas a amplios sectores y seguidores de las bases del liberalismo, el conservatismo, independientes y otros sectores con sus propuestas de cambio y renovación.

    Ha sorteado con éxito el señalamiento de los opositores que lo acusan de ser de extrema derecha, neoliberal y uribista, demostrando con creces que tiene criterio propio sin caer en el falso dilema al que lo han querido llevar sus rivales: ser un títere del expresidente Uribe o apartarse de él.

    Duque ha demostrado solvencia conceptual, capacidad para explicar sus propuestas, conocimiento de los problemas nacionales, manejo de datos, cifras y estadísticas en los asuntos que copan el interés de la mayoría de los colombianos.

    Iván Duque reúne, además, condiciones personales importantes para el éxito como la calidez en el trato con las gentes, un gran carisma, inspira confianza y sinceridad porque no ofrece soluciones imposibles ni pinta pajaritos en el aire para engañar incautos, no se deja provocar por ataques arteros y de baja ralea por parte de otros candidatos y de periodistas sesgados.

    Duque se define y lo aclara en cada ocasión, que es un hombre del centro político lo cual quiere decir que evita ir a las fórmulas extremistas y radicales del viejo antagonismo entre derecha e izquierda, sin que ello signifique la anulación de las naturales discrepancias de la vida política ni la intención de emitir el engañoso mensaje de evadir fijar posiciones en temas o problemas críticos.

    Y es precisamente en este aspecto en el que Iván Duque, dejando por sentado su respeto por las libertades y por la democracia, manifiesta sin tapujos su intención de intervenir con propuestas sometidas al escrutinio público e institucional en los problemas más críticos como los relativos a las cargas tributarias, el aumento del salarios, la disminución radical de los gastos oficiales en publicidad, la austeridad en el gasto público, la promoción de la equidad social, el impulso a la inversión y la recuperación de la legalidad estropeada con infortunio en nombre de la paz por el actual gobierno.

    En su discurso no tiene cabida el llamado idílico a borrar las diferencias naturales en toda sociedad, pero tampoco hay espacio para atizar el odio entre las clases sociales. De la misma forma y consecuente con esa filosofía, y con respeto natural hacia una de las características más valiosas de la democracia, invita a la más amplia unión de voluntades en torno a sus propuestas de cambio, reforma y ajustes dejando un mensaje explícito sobre la prudencia que guardará con las formalidades de la democracia y los procedimientos regulares en el trámite de sus iniciativas.

    En relación con el acuerdo de paz, por ejemplo, ha expresado con firmeza que hará ajustes y modificaciones, respetando y aplicando aquellos puntos en los que no hay mayor discordia y, en particular, aplicando justicia para corregir la impunidad en delitos de lesa humanidad, y reconocimiento y reparación de las víctimas. Así toma distancia real de la consigna de hacer trizas el acuerdo. Y en lo atinente a negociaciones en curso o futuras con organizaciones como el ELN, exige que esos grupos se concentren, cesen en su accionar bélico y, a cambio, ofrece reducción de penas.

    Una bandera que puede resultar muy efectiva en la lucha contra la corrupción es la propuesta de establecer un procedimiento express de extinción de dominio de los bienes de corruptos y narcotráficantes. Restablecer la fumigación de los cultivos ilícitos, combatir el microtráfico descargando el peso de la ley sobre los “jíbaros” y cumplir con la extradición de los guerrilleros que reincidan en el delito, completan un conjunto de medidas que apuntan a recuperar la seguridad ciudadana y la protección de la niñez, la juventud y la integridad de la familia.

    En educación propone gratuidad para les estratos uno, dos y tres y adecuada financiación para posgraduandos, Además, la doble capacitación del bachiller para proseguir sus estudios y o un arte u oficio para emplearse.

    Difícil referirnos a todos los puntos de su programa, pero, la opinión que lo ha escuchado y visto en los debates sabe a qué acciones y medidas nos atendríamos una vez elegido primer mandatario de los colombianos.

    Darío Acevedo Carmona, 21 de mayo de 2018

  • De ETA a las FARC, de Rajoy a Santos

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    La temible banda terrorista del país vasco, ETA, acaba de anunciar su desmovilización total, sin negociaciones previas, sin regalos, sin reconocimientos, sin impunidad. Reconoce su fin y se disuelve, así de sencillo. Si hubiesen sido tercos habrían prolongado su agonía por años, pero, al cabo de más de medio siglo de buscar el apoyo del pueblo vasco, en vez de éxitos obtuvieron su repudio y derrotas militares por parte del estado español con ayuda del francés.

    De tamaño superlativo fue la útil actitud de la ciudadanía española, incluida las mayorías vascuences que, a cada aleve y cobarde atentado de la banda contra la población civil, agentes y funcionarios del estado, se movilizaba multitudinariamente para manifestar su rechazo.

    La banda nunca pudo alcanzar el apoyo de aquellos a quienes quiso y dijo representar, su discurso separatista, aunque coincidiera con el de otras fuerzas civiles, llegó a un punto de estancamiento que hizo inviable la meta de la independencia. La banda no gastó tiempo en cavilaciones como las que nos han metido en Colombia: como el Estado no derrotó a las Farc, entonces son iguales…

    Inquietudes como: ¿qué va a pasar con las víctimas, con los miles de damnificados, sobrevivientes, huérfanos, viudas, lisiados? ¿Su disolución implica que cada miembro tomará el rumbo que elija? ¿qué va a suceder con los responsables de crímenes de lesa humanidad?, fueron respondidas por Mariano Rajoy.

    El presidente del gobierno español fue claro y categórico: continuarán las investigaciones y habrá castigo, pues la banda se rindió ante la eficaz y eficiente acción de los organismos policiales, de inteligencia y militares y no hubo negociación interpartes, no recibió estatus de beligerancia. El estado español no renunció a su superioridad moral contra el terrorismo, por eso no habrá beneficios tipo amnistía o indulto para los jefes, la democracia no sufrió mengua, no se les otorgó representación en la Cámara de Diputados, la Constitución no fue modificada ni se crearon organismos paralelos al estado.

    Aunque España no es Colombia, ni ETA es igual a las FARC y, por supuesto, Mariano Rajoy no se parece a Juan Manuel Santos, no deja de ser tentadora la idea de establecer un parangón entre el manejo dado por cada gobierno a una amenaza de tipo terrorista.

    El final de ETA y la situación político-militar de las FARC momentos previos al inicio de negociaciones tienen muchas similitudes. Ambas habían perdido su capacidad estratégica de tomarse el poder o lograr su cometido, ambas habían cosechado por sus acciones de terror un amplio repudio entre la población. Los dos estados, a su vez, habían propinado golpes demoledores de tipo militar contra jefes, estructuras y planes de esas organizaciones.

    Lo curioso es que el estado y el gobierno español en vez de abrir una puerta a la negociación solicitada por ETA optó por exigirles su disolución mientras en Colombia el gobierno Santos antes que cobrar duro los golpes dados a las FARC desde el inicio de la Seguridad Democrática y del Plan Colombia, decidió iniciar “conversaciones en medio del conflicto”, otorgarles rango de contraparte y estatus de beligerancia, lo cual se tradujo en que durante cuatro años las fuerzas del orden sufrieran crueles ataques y bajas sensibles, acometidas para presionar al gobierno a asumir compromisos impensables en el pasado.

    Al final, Santos, De la Calle y Sergio Jaramillo, firmaron un tratado que obliga al país y a varios gobiernos por espacio de al menos 12 años, crea instituciones nuevas como la Justicia Especial de Paz, regala 10 curules en el Congreso para las Farc, asegura financiación a su partido,  eso y mucho más al coste de sacrificar instituciones, humillar las fuerzas militares, ofender la dignidad de los colombianos y en especial el de las víctimas y desconocer el resultado del plebiscito en el que fue derrotado dicho pacto.

    El gobierno colombiano y sus adláteres se acogieron a un discurso según el cual la lucha por la democracia y las libertades no fue necesaria, fue inútil y por eso, no debe ser motivo de orgullo y se le entregó la construcción de la verdad y la aplicación de justicia a órganos y personas afectos o cercanas a las guerrillas.

    En España las principales fuerzas políticas y sociales se movilizaron unidas contra la banda. En Colombia, el gobierno en vez de estimular la unidad y el consenso ante un asunto tan delicado prefirió darle rienda suelta al ego de Santos de pasar a la historia como el presidente de la paz y obtener el nobel de paz.

    Rajoy en su discurso ratificó la entereza de la democracia y la fortaleza del estado, se comprometió a aplicar justicia y forzar el reconocimiento de las víctimas. El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, terminará su gobierno sorteando el doble juego de las FARC, la pervivencia del narcotráfico por parte de su dirigencia, arriesgando la buena amistad con los EE. UU. y repitiendo los mismos errores con el ELN, dejando como legado un estado débil y una sociedad dividida enfrentada al peligro de caer en manos del fallido populismo bolivariano.

    Sin embargo, las elecciones presidenciales permiten avizorar una luz de esperanza en el sentido de que es posible y sensato corregir los errores del acuerdo, restablecer la integridad de la Justicia, reconocer y reparar a las víctimas, evitar la impunidad sobre delitos de lesa humanidad y exigir la total desarticulación y desmovilización de los grupos armados al margen de la ley.

    Darío Acevedo Carmona, 14 de mayo de 2018