Blogalaxia Ventanaabierta.blogspirit.com website reputation

Ok

By continuing your visit to this site, you accept the use of cookies. These ensure the smooth running of our services. Learn more.

campaña presidencial 2018

  • Petro en el espejo

    Imprimir

    ¿Cuántas veces se mirará en el espejo Gustavo Petro antes de pronunciar un discurso de plaza pública, atender una entrevista o participar en un debate? Formulo la pregunta a sabiendas de que no habrá respuesta por parte de él, sino por la curiosidad de entender los contenidos de una estrategia de imagen bien pensada más no lograda.

    No porque sea raro que un político se mire en el espejo, lo hacen muchos, me imagino, y no propiamente para peinarse sino porque el elevado ego tiene que acicalarse. Lo hacía Gaitán según nos cuenta el historiador norteamericano y colombianista Herbert Braun en su novedoso libro Mataron a Gaitán, el perfil mejor logrado que yo haya leído sobre el caudillo.

    Y por supuesto, hemos de entender que la política es una especie de teatro y los políticos son actores, y estos tienen que prepararse. Sí, todos, y eso no los descalifica. Hay escuelas de preparación, publicistas, expertos en manejo de la imagen que saben qué es lo que le conviene a cada actor, el vestuario, la gestualidad, la mirada, el manejo de las reacciones, etc.

    Me ocupo de Petro porque todo lo anterior sumado a su innegable capacidad expositiva se ha condensado en una estrategia para venderle a la opinión pública y al electorado propio y ajeno un producto muy diferente al que conocemos. Los publicistas expertos nos pueden hacer ver el sol de noche, le pueden poner piel de oveja al lobo y vestir de seda a la mona.

     De manera que cuando Petro asume ese tono de voz magisterial, como sentando cátedra, y mira por encima de la nuca a sus rivales, mirando al infinito, al periodista o a las cámaras y camina en el escenario o se lleva las manos al mentón, quiere transmitir la imagen de un maestro, un docto o un sabio, y no la de un exguerrillero audaz ni la de un locuaz populista ordinario que es lo que es.

    Los gestos en él ayudan a darle peso a sus flojas y temerarias propuestas e ideas. Elucubra ante preguntas difíciles acudiendo a explicaciones gaseosas, como cuando dice que la paz no es solo el cese del fuego ni el acuerdo con las guerrillas, y para que no se le note mucho esa posición típica del izquierdismo, habla de la miseria, las injusticias, el sufrimiento por los odios y hasta de la violencia que otros, no él ni el M-19, propiciaron y nos legaron.

    Sus asesores lo han convencido para pulir sus vínculos con personajes, ideas y proyectos en desuso o fracasados, de ahí que hable mal de Maduro, del desastre económico de Venezuela, evite referirse a Hugo Chávez, su gran amigo, a la dictadura castrista, al socialismo del siglo XXI, y cuando lo cercan con esos temas se escabulle, se remite al pasado nacional, habla de la oligarquía, de cómo la clase dirigente ha creado un país injusto y se ha sostenido en el poder a través de la violencia y bla bla bla, y el asunto queda sin respuesta.

    Es astuto para no caer en las declaraciones favorables al chavismo y el “exprópiese” cuando el comandante estaba en su apogeo. A él y a Fidel les aprendió que en un terreno hostil es necesario y obligado mentir, incluso hablar mal de aquello que se quiere: “Fidel es un dictador” decía Chávez, Petro no lo califica y si se lo preguntan hace una extensa disertación sobre los logros de la revolución cubana.

    Para contrarrestar a quien es su principal enemigo ha apelado al pantano, a la bajeza, que también es recomendada por los asesores. Petro busca ofuscar a Iván Duque tocándole fibras sensibles que harían rabiar a una piedra, por ejemplo, cuando mencionó e involucró a su padre en las torturas que él habría sufrido en su época de guerrillero.

    Desestabilizar al rival puede dar sus frutos, entonces tilda a Duque de ser un títere de Álvaro Uribe Vélez, pólvora mojada y bala perdida porque si hay algo claro en la actual campaña presidencial colombiana es que Duque es persona muy bien estructurada y ha logrado mostrarse como un hombre de partido, leal y con estilo propio.

    El señor Petro al mirarse en el espejo debe preguntarle, igual que la bruja en Blancanieves, “espejito, espejito dime…” y entonces, creyendo ver en la diatriba antiuribista el filón para destrozar a Duque, se ocupa de Uribe y vuelve a ser lo que siempre ha sido: un energúmeno y obseso antiuribista, y si alguien le recuerda que Uribe no ha sido condenado, escupe su sabiduría en derecho penal “aunque no lo hayan condenado tiene que demostrar su inocencia”, una perla fascista.

    Y le declara a una Vicki Dávila embelesada que él no odia a Uribe, no tiene empacho en decir, después de aplastarlo, que él quiere la reconciliación. Eso sí, a condición de que Uribe se declare culpable ante la JEP y confiese la “Verdad”, y, fíjense amables lectores lo que se encierra en este desliz que aún no debe haber pillado: Petro está proponiendo modificaciones al acuerdo de paz porque la JEP no puede investigar a ningún expresidente, de manera que su discurso contra la propuesta de Duque de hacerle modificaciones se cae por su propio peso.

    Concluyo, Petro está lavando, hasta donde le es posible, su imagen de izquierdista, aventurero, populista, amigo de Chávez y de Fidel y Raúl y Evo y Ortega y de instigador del odio de clases. Por eso lo vemos en una especie de trance en sus divagaciones seudointelectuales y seudoacadémicas, prolijas en generalidades y paradigmas anacrónicos.

    Como dirían por ahí en alguna esquina, su discurso es para “descrestar calentanos”, sus peroratas apelan a la ignorancia del pasado, se apoya en brigadas de choque y tiene gran habilidad para convocar a las turbas cuando alguna autoridad judicial procede en su contra.

    En este personaje, pues, cobra vida el aforismo: “la Mona, aunque se vista de seda, Mona se queda”.

    Darío Acevedo Carmona, 30 de abril de 2018

  • Santos y su lánguido legado

    Imprimir

    En plena campaña presidencial, como si buscara la reelección, Juan Manuel Santos ha desatado una nueva ofensiva publicitaria mostrando los grandes logros de su gestión de ocho años. En apariencia estamos viendo una rendición de cuentas, a manera de legado, para quien lo vaya a suceder, sin embargo, aún faltan largos tres meses y por ello surge la inquietud sobre el verdadero motivo de esta campaña y a quién quiere beneficiar.

    Siendo como sabemos que es, persona interesada y calculadora, y conociendo sus mañas y ardides, no es difícil encontrar la respuesta a nuestro interrogante. Ante el hundimiento inexorable de los candidatos Humberto De la Calle y Sergio Fajardo, con los que pretendía asegurar la continuidad de su obra, acudió a recuperar a marchas forzadas al díscolo Germán Vargas Lleras quien urgido de respaldos no vaciló en retornar al redil de Santos y aceptar el abrazo hipócrita del senador Benedetti que lo tildó de ladrón meses atrás y del senador que más vueltas ha dado en política, Roy Barreras.

    El cace de esta alianza pegada con babas y proyectada en defensa del presidente más impopular de nuestra historia, es, precisamente, lo que estamos viendo los colombianos en los medios y muy especialmente en la televisión, una avalancha publicitaria onerosa, pagada con dineros del estado que veladamente está al servicio de Vargas Lleras ungido ya candidato continuista.

    Desleal jugada, propia de tahúr de barrio bajero, con la que puede estar despidiéndose el señor Juan Manuel Santos, que, además, tiene la función de mantener enmermelados a los medios para maquillar cualquier otra trampa que le sea necesaria para que su “legado” quede a buen recaudo.

    Pero, preguntémonos ¿En qué consiste ese anchuroso y promisorio legado que ilustra a diario con pomposas cifras en impactantes cuñas? ¿será que tiene razón en mostrarse como un presidente incomprendido y en quejarse de haber sido víctima de “una oposición sin precedentes en nuestra historia reciente, por lo visceral y destructiva promotora de una repudiable polarización en el país que solo trae secuelas negativas”?

    ¿Acaso no fue él mismo el que sembró la cizaña tildando a los críticos de su paz impune de amigos de la guerra? ¿No fue él, en su afán de gloria y vanidad ilimitada, sordo e impertubable al clamor de una ciudadanía que le hacía saber a través de las innumerables encuestas que no estaba satisfecha con los términos con los que estaba negociando con las Farc?

    Su gran legado, la paz, a la que le apostó todo y por la que puso en peligro la unidad de la nación y la estabilidad de las instituciones, es hoy un triste embeleco, hecho trizas en acción colectiva por las Farc con el escándalo Santrich y sus negocios de narcotráfico en gran escala, por la supuesta disidencia que continúa secuestrando y asesinando inocentes, y por la ineptitud del Santos para cumplir los acuerdos y garantizar un manejo pulcro de los recursos internacionales para la paz.

    ¿Paz? Es hoy palabra mágica tan esquiva como en el pasado. Porque lo que mal empieza mal termina. España nos acaba de dar una lección de dignidad del estado y de las instituciones democráticas al no haber sido negociadas con la banda terrorista ETA que no tuvo más remedio que desintegrarse. Lo que hizo el gobierno Santos con las Farc, sin razón, fue otorgarles un estatus inmerecido, agrandarlas, reconocerles un poder del que carecían y eximirlas de castigo violando tratados internacionales y deshonrando la pertenencia de Colombia a la Corte Penal Internacional.

    Esa paz también está siendo hecha añicos por el ELN que ha ocupado espacios dejados por las Farc y propiciado una oleada de acciones terroristas con el claro propósito de ablandar a un gobierno que saben que al final cederá al chantaje. Lección aprendida del proceso en comento.

    Gracias a ese pacifismo resucitó la última facción del desaparecido EPL, grupo dedicado por entero a los negocios de narcotráfico y la minería ilegal. Y también ganaron fuerza, presencia y notoriedad las bandas criminales que se nutren del narcotráfico y son amos y señores en el Catatumbo, el Golfo de Urabá, Tumaco, Buenaventura, el sur del Putumayo, los departamentos de Cauca, Nariño y Arauca donde se guerrean y se alían según el momento con aquellos.

    En la publicidad se omite hablar del récord de los cultivos de coca -doscientas mil hectáreas- la gasolina principal de la nueva guerra entre todos esos grupos bandas, clanes y bandolas. Fue gracias a una concesión de Santos a las Farc que se llegó a esta situación, cuando para congraciarse con las Farc ordenó suspender la fumigación aérea, pagar por la sustitución voluntaria y eliminar castigo a quienes tuviesen sembradas hasta 4 hectáreas.

    Pasando al ítem electoral, no podemos dejar de mencionar la gran contribución de Santos al deterioro de la confianza pública en la democracia, cuando en 2014 irrigó toneles de mermelada en la costa Atlántica para favorecer su candidatura a través de fraudes y compraventa de votos tal como consta en declaraciones de los gamonales electorales Musa Besaile y el “Ñoño” Elías. Y por supuesto, con el montaje del hacker con el que lograron enredar el triunfo de Óscar Iván Zuluaga.

    Y como las vacas ladronas que no olvidan el portillo ajeno, en octubre de 2016 se burló del resultado adverso del plebiscito a su acuerdo de paz, convirtiendo por arte de birlibirloque su derrota en una victoria.

    Dejemos para una nueva entrega el vistazo a otro gran legado de Juan Manuel Santos, la relativa a la actual disputa por la presidencia en la que por vez primera un populista de extrema izquierda, Gustavo Petro, es firme opcionado, según las encuestas, a ganar la presidencia.

    Darío Acevedo Carmona, 23 de abril de 2018