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gobierno santos

  • FARC: UN PARTIDO EN ARMAS

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    Con paso demoledor el emasculado Congreso de la República aprueba cada uno de los proyectos del proceso de implementación del acuerdo definitivo de paz. Y mientras más avanza en el camino de tanta ignominia más se consolida el inmenso poder político ganado por las Farc.

    La lista de las medidas entreguistas, pasa, según el flamante ministro del Interior, el señor Cristo, a una nueva etapa, la relacionada con la propiedad y el modelo de desarrollo agrario basado en la visión antiempresarial de esa guerrilla del que nada bueno debemos esperar.

    La consulta telefónica develada por el noticiero de RCN entre los senadores Iván Cepeda, en pose de subordinado o intermediario de las Farc, de Carlos Fernando Galán, agachando su cabeza y la del vocero-supervisor de las Farc en el Congreso recibiendo orientaciones del jefe guerrillero Iván Márquez es prueba elocuente de hasta dónde llega ya el poder de la guerrilla marxista leninista gracias a la benevolencia de un gobierno arrodillado.

    Lo aprobado en el curso de la semana debería haber suscitado la reacción enconada de los demócratas de las distintas fuerzas políticas del país puesto que el proyecto en cuestión reconoce calidades, condiciones, finanzas, beneficios y gabelas de todo tipo a un grupo que no ha concluido su proceso de reinserción a la civilidad ni entregado las armas ni devuelto a los menores de edad al seno de sus familias.

    No se si los que aplauden estas concesiones a las comunistas Farc habrían también aprobado que los paramilitares se hubiesen convertido en fuerza política con curules gratuitas en ambas cámaras del Congreso, financiación estatal, emisoras, circunscripciones especiales, etc., o si piensan que los delitos de lesa humanidad de las Farc son exculpables o de mejor familia que las atrocidades de aquellos.

    El círculo de un nuevo poder que no se impone por vía electoral sino por el camino todavía más humillante de la violación de la Constitución, se está cerrando con un candado cuya llave ha sido arrojada al mar.

    Algunos teóricos del neomarxismo arguyen que la doctrina es elástica y reconocen, por los fracasos de la URSS y la China, que hoy en día se debe hacer una “nueva” lectura del dogma. Que viéndolo bien no es tan nueva ya que fue postulada por líderes calificados de “renegados y revisionistas” como Kautsky y que consistía en optar por el camino de las reformas de la lucha parlamentaria y legal, para llegar, gradualmente, a la sociedad socialistas y luego a la comunista.

    Los comunistas de hoy en día, ciertamente, han mutado. En Corea del Norte adoran al dictador dinástico, en Cuba es más fuerte el castrismo que el partido y en Colombia la preciada tesis de que el partido gobernaba a la guerrilla se invirtió por varios lustros. Hoy, derrotados en el campo militar pero victoriosos en la mesa de negociación, retoman la “línea correcta” de que el partido es la máxima autoridad, que las armas quedan a discreción, que hay que optar por el camino de las reformas y la democracia, pero no porque se crea en ellas, sino a la manera de los trogloditas del comunismo para quienes la democracia y el reformismo constituyen escalones hacia su meta deseada: la sociedad de las hormigas.

    De manera que Santos, Cristo, De la Calle y Sergio Jaramillo, con el apoyo y la solidaridad incondicional de sectores del poder, capitularon al reconocerle a las Farc la condición de constituyentes y legalizarlas como un partido en armas.

    El partido del terror no tiene aún un nombre y no sabemos si le van a asignar a la sigla algún contenido diferente al que tiene. En todo caso y sin necesidad de invertir un peso, ni de sufrir condena de cárcel, sus jefes condenados a decenas de años por la justicia colombiana, podrán disponer de diez curules en el Congreso de la República y tendrán la opción de alcanzar otras 16 en las recién creadas circunscripciones especiales de paz, y tendrán dinero oficial que, sumado al que deben tener a buen recaudo proveniente del secuestro, la extorsión y el narcotráfico servirá para aceitar la maquinaria del fraude electoral.

    Contarán con emisoras como no dispone ningún otro partido institucional y recursos públicos para adelantar programas de formación ideológica y campañas sobre sus metas programáticas.

    Sin haberse desmovilizado plenamente, ya son invitados de honor a emisoras, noticieros de televisión, entrevistados en la gran prensa como si se tratara de líderes impolutos y libres de toda responsabilidad en la tragedia de millones de hogares colombianos.

    En tal situación, se justifica plenamente pensar si es válido  o no el temor de que puedan alcanzar el poder total. Aunque este aspecto amerita otras columnas, ya es lógico reconocer que el peligro no es potencial sino real, que al poder total llegarán no por vía de mayorías electorales pues cuentan con grandes sumas de dinero para corromper el sistema.

    Tienen de su lado la voz de importantes sectores de opinión que escriben en la gran prensa procurando convencernos de que por la paz hay que hacer todo tipo de concesiones, lo que sea. Una opinión ilustrada que nos quiere vender la idea de que el terrorismo de las guerrillas es moralmente tolerable y que debemos aceptar, bajo el chantaje de que si no cedemos vendrán jornadas de sangre, todo tipo de gracias y dádivas de tal forma que exigencias de tipo ético y moral, como por demás lo estipulan tratados y organismos internacionales, son vistos como atolladeros u obstáculos a la paz.

    Darío Acevedo Carmona, 1 de mayo de 2017

  • EL BARCO HACE AGUA

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    Me refiero, por supuesto, al Gobierno de este bello y alegre país. Algún día tenía que llegar la hora en que el buque, con su casco agrietado, agujereado, carcomido por el óxido, la carroña y sobrecargado de ratas y pestilencias empezara a hundirse sin remedio.

    En una situación de profunda crisis moral de buena parte de la clase gobernante tiene precisa aplicación el principio de Murphy según el cual "todo lo que pueda salir mal, saldrá peor". Y en Colombia a ese punto hemos llegado aunque, sesudos sociólogos y virtuosos columnistas impolutos interpreten en hondas cavilaciones que la que anda mal es la sociedad, que lo que da vergüenza es este pueblo del cual abjuraron el 2 de octubre cuando la mayoría, “insignificante”, decían, rechazó la paz entreguista del Gobierno que han defendido a rabiar

    Hay que abrir bien los ojos para ver y entender que la inmundicia y el hedor tenían que aparecer después de tantas arbitrariedades, trampas, estafas, artimañas y mentiras dichas y cometidas que convirtieron el país y a su pueblo en rey de burlas.

    Y es que, como dicen los abuelos “lo que mal empieza mal termina”, con el agravante de que los perjudicados somos la inmensa mayoría que vivimos del trabajo honrado, que aún creemos en la ley como virtud máxima y elemental premisa de toda convivencia.

    Ayer el país avizoraba recuperación, confianza, seguridad, esperanza, y en cosa de pocos años tenemos la patria girando no alrededor de su Constitución sino del intragable Acuerdo de La Habana. ¿Puro pesimismo? Juzgue Usted amable lector:

    Todo empezó con la trampa que le tendió Juan Manuel Santos al uribismo y al expresidente Uribe con quienes se había comprometido a continuar sus exitosas políticas. En ninguna democracia seria es admisible que se gane el gobierno con un programa y se aplique el de los derrotados.

    El paso siguiente consistió en reversar el camino, declarar mejores amigos a los agresores, iniciar negociaciones de paz sin exigirles a guerrillas deshumanizadas el cese de sus acciones terroristas, prometer que no se discutiría la Agenda nacional, que habría cárcel para responsables de delitos atroces, que no se tocaría la Constitución, ni el estatus de las Fuerzas Armadas, etc. Todo ello fue tapado con tierra, cascajo y cemento.

    En nombre de la paz, el país fue dividido en dos mitades, sus instituciones deformadas y desnaturalizadas, su Constitución violada, eliminada la separación de poderes, anulados los órganos de control, apaleada la Justicia, pisoteada la voluntad popular.

    En nombre de la paz, convertida en principio supremo, este Gobierno concentró todos los poderes, se dotó, con la aquiescencia de las mayorías del Congreso y el visto bueno de la guardiana de la Constitución, de poderes absolutos para implementar los acuerdos con las FARC con los cuales podrá hacer y deshacer a su amaño porque el pacto con las FARC contempla todos los temas y asuntos de la sociedad.

    ¿Cómo es que hemos llegado a esta indeseable situación? ¿Será que nos gobierna un portento de líder, inmaculado, visionario, convincente y lleno de sabiduría? ¿Cómo, vale preguntar, si es todo lo contrario de lo dicho, ha deshecho un país promisorio hasta llevarlo a su perdición? haciendo honor a aquello de que “quien la hace a la entrada la hace a la salida”. Porque hay que reconocer, un desastre de esta magnitud no se logra en solitario y sin el apoyo de otros poderes.

    El líder del desastre es un virtuoso para engañar, hacer trampas, picardías, jugar a las cartas y es conocedor de las debilidades del bolsillo de quienes lo rodean. Sí, con eso que su exministro de Hacienda llamó la MERMELADA, que no es otra cosa que el erario público usado para asegurar la gobernabilidad, el habilísimo capitán del barco embadurnó a todos los poderes y a todos los poderosos. Alcanzó hasta para el nobel de paz. Esa mermelada tuvo ingredientes podridos, como el Odrebecht, según nos dijo en primera instancia el Fiscal antes de ser llamado al orden.

    Si el poder absoluto corrompe absolutamente todo, en nuestro caso ese principio fue ejercido hasta límites innombrables por quien se creyó invulnerable y pensó que podía, indefinidamente, “hacer lo que se le dé la gana”, por ejemplo, ganando la reelección con montajes hakerianos y gastando millonadas no declaradas en publicidad con dineros turbios de una multinacional corrompida hasta los tuétanos.

    Ese poder absoluto que no admite la intervención de la Procuraduría ni la del Fiscal ni la de ninguna otra instancia, está instalado y ha hecho, como cáncer terminal, metástasis, amenazando a toda la sociedad con sus desastres.

    Mientras el capitán, con desparpajo acusa del naufragio a quienes lo critican, pide a estribor una lancha salvavidas para él y su familia por si acaso, pues no sabe si podrá repetir la “gloriosa e inmarcesible” proclama del famoso elefante que gritó “¡aquí estoy y aquí me quedo, huepajé!”.

    Darío Acevedo Carmona, febrero 13 de 2017

  • LA CALLE CONTRA LAS URNAS

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    El Gobierno Santos  adelanta una estrategia integral que tiene por objeto dejar sin piso el resultado adverso que su acuerdo de paz tuvo en las urnas.

    Que se sepa, en los casinos cuando un jugador se juega los restos y pierde, se retira de la mesa sin opción de reparar su ruina. El Presidente Santos, dizque buen poquerista, cree que, después de haber hecho entender a don Raimundo y todo el mundo que en el plebiscito se apostaba el “todo o nada”, que el Acuerdo “era inmodificable”, que, como afirmó Humberto de la Calle en un extraño arrebato de contundencia “si gana el NO el acuerdo se cae”, puede violar las reglas del juego.

    La estrategia contempla varios frentes: en el interno intenta capitalizar las marchas juveniles para presionar a los del No para que presenten propuestas “realistas” y a gusto de las FARC, por otra parte, a través de demandas, procura derogar el resultado del plebiscito así ello implique que un tribunal o la Constitucional descubran, a posteriori, que la citación del mismo fue irregular.

    En el externo, el que quedó más maltrecho, intenta recomponer apoyos como el que vino a darle en nombre de la debilitada UNASUR el resucitado Ernesto Samper o el que le hizo el New York Times con su agresivo e irrespetuoso editorial antiuribista. Quizás el que le ha devuelto a la vida, así lo cree él, es el nobel de Paz, por intervención calculada del gobierno noruego.

    Entre las acciones más destacadas que dan muestra de la desesperada estrategia está la carga de caballería de sus ministros del Interior y Cancillería, la propuesta del disparatado senador Benedetti de repetir el plebiscito, la instrumentalización en su favor y con ayuda de las izquierdas de las movilizaciones ya no tan juveniles alimentando consignas en apariencia incuestionables: “paz ya”, “implementación del Acuerdo ya”. Mención aparte merece la andanada de los beligerantes columnistas que cada ocho días dan ejemplo de tolerancia, reconciliación y paz… con las FARC y de sevicia contra el Centro Democrático y el expresidente Uribe.  

    Al estimular la insubordinación contra el resultado del hecho democrático plebiscitario y el fallo de la Constitucional, Santos atropella la democracia. Algo muy diferente es que en apoyo del SÍ se hubieran realizado movilizaciones de sus partidarios antes de la votación, pero realizada esta, desvirtuar el resultado es hacerle el juego al golpismo y a la irresponsabilidad de ciertos líderes de izquierda que apelan a “movilizar las masas” para desconocer sus derrotas y a las FARC para las que, según Iván Márquez: La verdadera refrendación del Acuerdo Final para una paz estable y duradera está en la calle”. Que no les quepa la menor duda a los jóvenes de que están siendo utilizados.

    El fallo de la Constitucional señaló los alcances del plebiscito y las consecuencias de su resultado: “La Corte resaltó que el objetivo del plebiscito especial no es someter a refrendación popular el contenido y alcance del derecho a la paz, sino solamente auscultar la voluntad del electorado sobre la decisión pública contenida en el Acuerdo Final”. Más adelante estipuló que “si el plebiscito no es aprobado… el efecto es la imposibilidad jurídica de implementar el Acuerdo Final, comprendido como una política pública específica… manteniéndose incólumes las competencias de los diferentes órganos del Estado, entre ellas la facultad del Presidente para mantener el orden público, incluso a través de la negociación con grupos armados ilegales, tendiente a lograr otros acuerdos de paz”.

    La Corte no habla de maquillar, pulir, corregir o ajustar el Acuerdo. Tampoco estableció plazos perentorios o con afanes para firmar uno nuevo. Por eso el ataque masivo lanzado contra los del NO por los líderes del SÍ y los grandes Medios, es una infamia, pues, en vez de brindar acogida a la propuesta de los vencedores para buscar un consenso nacional, se han dedicado a atacar con vulgaridad a los líderes del NO.

    La Corte también falló que el Acuerdo es asimilable a una política pública, lo que nos indica que la puja entre defensores y opositores del Acuerdo es de naturaleza política. Implica asumir que el debate acerca del rumbo a seguir y la interpretación de cómo llegar a un acuerdo nacional para renegociar con las guerrillas, es, indefectiblemente, un asunto de alta política. Por esta razón resulta incomprensible la convocatoria de los rectores de las universidades públicas y privadas de salir a las calles, ofreciendo permisos y adhiriendo a consignas que han dejado de representar a la población en general y que se identifican con las orientaciones del Gobierno Nacional y con las declaraciones de las FARC. No es gratuito que el Presidente haya invitado a líderes estudiantiles a Palacio y haya ido a la marcha para saludar y agradecer a los rectores.

    La idea de Universidad es ajena a intervenir en los asuntos de la política a la cual se concurre en calidad de ciudadanos simpatizantes o militantes de un partido o de una causa. La ciencia, la academia, el saber científico, la docencia y la investigación,  no pueden estar atravesados por intereses políticos. A lo sumo y es lo deseable, las universidades pueden y deben abrir sus espacios para el debate sobre los diversos puntos de vista acerca de problemas o cuestiones políticas, pero nunca en un sentido movilizador o de activismo porque se lesiona su espíritu de universalidad y diversidad.

    CODA: A propósito de mentiras y manipulaciones recordemos algunas del Gobierno: Invitó a votar por la paz contrariando fallo de la Constitucional. Pregonó el miedo hablando de una cruel guerra urbana si ganaba el NO. Cubrió con millonarios recursos del erario público la publicidad a favor del sí. Reunió a alcaldes y gobernadores para “hablarles” del plebiscito y de las partidas presupuestales. Estigmatizó a los partidarios del NO de guerreristas. Asustó a los votantes diciendo que si ganaba el NO el Acuerdo se caía y retornaría la guerra. Para desestimular a los escépticos y críticos del Acuerdo dijo que era inmodificable. El Presidente redactó la pregunta “que se le dio la gana”. Santos dijo que si ganaba el NO se vería obligado a renunciar. Firmó el Acuerdo final antes de la votación saltándose mandato de la Corte.

    Darío Acevedo Carmona, 17 de octubre de 2016

  • LA POLARIZACIÓN NO ES EL PROBLEMA

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    No somos el único pueblo sobre la tierra ni el primero que se polariza ante cuestión dilemática o que convierta la definición de un problema en motivo de álgidas disquisiciones e irreconciliables posiciones. No lo digo para consolarnos sino para que reflexionemos sobre esa fastidiosa costumbre de autoflagelarnos y creer que la lucha política puede llegar a ser totalmente cristalina y aséptica.

    Nada ganamos con quejarnos de la polarización que se ha creado en torno a las conversaciones de paz y el  plebiscito. Es cierto que circulan argumentos falaces, mentiras a rajatabla, rumores infundados, insultos, burlas, matoneo, pero también contamos con exposiciones serias, pensamientos y reflexiones en cada uno de los polos en los que ahora estamos ubicados la mayoría de los colombianos.

    Así pues, si en el debate hay de todo, quien quiera entrar en él, elige los términos con los que habrá de intervenir y las corrientes de opinión o exponentes con las que entablará su discusión. Y ojalá quienes se quejan de matoneo, haciéndoselo al contradictor, tónica de un buen número de columnistas, opten por una prosa más elaborada.

    Hay personas de las que uno esperaría que no acudan a las mentiras, como ocurrió en días pasados con declaraciones del expresidente César Gaviria Trujillo, quien sostuvo que en la negociación con paramilitares hubo total impunidad y que había miles de ellos en las calles, citando el caso de uno de los capos de esas organizaciones caminando tranquilamente por una calle céntrica de la capital. Voceros del gobierno y de partidos han sostenido lo mismo. La cuestión es de fácil respuesta y no hay que citar a ningún teórico de las ciencias sociales: Hubo cárcel para responsables de delitos de lesa humanidad, en principio se contempló la posibilidad de que pagaran penas en lugares diferentes a cárcel común, la Corte Suprema se opuso y ordenó castigos con prisión efectiva, el gobierno acató. Por tanto hubo una posición de Estado. Hoy, por el contrario, el presidente no contempla que se toquen los preacuerdos.

    Hubo extradición de jefes que incumplieron compromisos, no se les dio representación ni elegibilidad política. Confesaron muchas verdades, pidieron perdón, resarcieron, si bien es cierto a medias, a sus víctimas, y a pesar de muchas objeciones, el país no fue dividido ni fue materia de negociación las FF MM, la Agenda Nacional, la Constitución, ningún Órgano Judicial fue suplantado como ocurre en el actual proceso. Y el jefe paramilitar personaje que caminaba por calle capitalina pagó una pena de 8 años, los de las FARC caminarán por doquier sin ir un solo día a prisión.

    Un asunto que atiza la “polarización” es el relativo al ¿qué pasará? según el resultado del plebiscito. Quienes impulsan el SÍ sostienen que de ser victoriosos el presidente queda habilitado para adelantar la implementación de los acuerdos. Hasta ahí, todos podemos coincidir, es una decisión del constituyente primario que se debe acatar. Si lo que se lleve a la realidad conviene o no al país es otro asunto a cuyo alrededor proseguirá la controversia.

    Los partidarios del sí aseguran que de triunfar el NO el país volverá a la guerra, el presidente Santos y el expresidente Gaviria siembran miedo con esa amenaza. El primero pretende generar una atmósfera de pánico diciendo que esa guerra tendría como epicentro las grandes ciudades y sería más letal que las anteriores.

    Agregan que el NO deja sin alternativa al presidente de la república, o sea, el NO es el camino del desastre ya que no es posible rediscutir lo ya acordado. En cambio, más sutiles aunque, no se puede confiar en lo que dicen, las FARC manifestaron que ellos no se levantarían de la mesa.

    ¿Qué dicen los defensores del NO en caso de triunfar? Que el presidente no tiene porqué levantarse de la mesa pues ese no es el significado del NO. Se vota NO a todo porque el gobierno canceló el referendo que hubiese permitido formular varias preguntas en las que sería factible votar afirmativamente.

    Por disposición constitucional, el presidente tiene la obligación de seguir buscando la paz, de manera que lo que se desprende del NO en el plebiscito es que el presidente entienda el resultado como un mandato de la ciudadanía para que reencauce las negociaciones. Y si las FARC u otros grupos armados ilegales siguen en su plan de combatir con las armas a la institucionalidad, el presidente está obligado a responder con las armas legítimas de la República cualquier perturbación o amenaza a la seguridad nacional. Así está escrito en el Título VII Rama Ejecutiva, artículos 188 y 189 numerales 3, 4, 5 y 6. Un presidente no puede alegar miedo, objeción de conciencia o cansancio ante los deberes allí consignados.

    De manera que si el presidente ante una amenaza de retorno a las armas se asusta o muestra miedo puede ser acusarlo de cobardía. Está obligado a cumplir la ley y si le parece muy horrible el mandato constitucional de enfrentar todo desafío armado o violento al orden establecido, le queda la opción de RENUNCIAR al cargo para que el vicepresidente asuma esos deberes.

    Darío Acevedo Carmona, 22 de agosto de 2016