Blogalaxia Ventanaabierta.blogspirit.com website reputation

Ok

By continuing your visit to this site, you accept the use of cookies. These ensure the smooth running of our services. Learn more.

juan manuel santos

  • ¿Qué tan razonable es la desconfianza y el rechazo a la paz Santos-Farc?

    Imprimir

    ¿Por qué la paz que Santos dice haber alcanzado tiene un margen tan elevado de incredulidad entre los colombianos? ¿Acaso estamos locos al manifestar nuestro rechazo a los acuerdos firmados por él y las Farc?

    En vez de cerrarse a la banda negando las fallas profundas del proceso y de los términos del acuerdo, los firmantes deberían esforzarse en reconocer la evidente crisis en que está sumergido el país por cuenta de ese pacto. Empezando por el vicio madre de todos los males que es el haber incorporado las 312 páginas del entuerto como un capítulo inmodificable de la Constitución Nacional por espacio de doce años, prorrogables.

    De  haber elevado el anhelo de la paz a la categoría de dogma que puede alterar, sustituir o reescribir la Constitución, la institucionalidad y la Justicia y reventar valores y costumbres de la sociedad. ¿Cómo olvidar que para llegar tan lejos fue necesario aceptar que estábamos sufriendo las consecuencias de una guerra civil por más de cincuenta años, que esa guerra tenía causas materiales y objetivas fruto de políticas de exclusión de las fuerzas políticas que se habrían visto obligadas a tomar las armas como último recurso.

    En esa declinación moral, que nace también de una conciencia de culpa de círculos de las elites dominantes, había que concederles, en consecuencia, estatus de fuerza beligerante a las Farc. Por eso, el Gobierno Santos negoció de tú a tú con ella y la igualó con el Estado colombiano, desconociendo y desaprovechando que se trataba de una guerrilla derrotada estratégicamente, afectada en su voluntad de poder y presa de una crisis de liderazgo con sus jefes huyendo en países vecinos, descoordinados, sin opción de triunfo a la vista.

    Las desafiantes ironías de Santrich, las prepotentes intervenciones cuadriculadas de Timochenko, los retos y exigencias de Iván Márquez, y las numerosas demostraciones de arrogancia y desprecio hacia una opinión que esperaba una respuesta más pausada y tranquila, menos provocadora y subida de tono, más acorde con lo que debía ser una actitud de reconocimiento del dolor causado y de búsqueda sincera de la reconciliación, rebasaron la capacidad de aceptación de buena parte de la ciudadana que hoy se manifiesta hastiada de que la comandancia fariana  se pasee como “Pedro por su casa” y se burle del sentido común.

    Para que se entienda bien la razón por la que no consigue una atmósfera favorable y de que la diplomacia, las giras internacionales, el premio Nobel, la visita a Trump, a la ONU, al Papa, las multimillonarias campañas publicitarias en los medios nacionales y extranjeros, no produzcan efectos positivos en el sentimiento de la mayoría de colombianos hay que tener en cuenta el diseño entreguista de la política oficial al mando.

    Y también ciertos procederes arbitrarios, engañosos y antidemocráticos como la citación de un plebiscito con pregunta amañada, en bloque las 286 páginas, con financiación oficial de publicidad por el SÍ, la amenaza con una guerra tenebrosa si ganaba el NO, reducción del umbral de aprobación al 13%. Luego, perdido el plebiscito, la maniobra engañosa para aparentar búsqueda de una nueva negociación bajo un consenso nacional y de nuevo la trampa dando a entender que se habían hecho modificaciones profundas y que se tenía, como se afirmó en principio, la venia de los líderes del NO.

    Y cuando se desgrana la mazorca emerge a la luz lo que el tal nuevo acuerdo contempla, entre otras atrocidades: impunidad para las Farc, representación en el Senado y Cámara sin impedimentos para responsables de crímenes de lesa humanidad, incorporación de las 312 páginas del “nuevo” Acuerdo a la Constitución en calidad de inmodificable o parte del bloque de constitucionalidad, alteración de las funciones del Congreso, implantación de una nueva Justicia la JEP superpuesta a todos los órganos judiciales del país, adopción del mecanismo fast track para reformar la Constitución con proyectos votados en bloque y salidos de la mesa constituyente integrada por delegados del gobierno y de la guerrilla, entre ellos un jurista comunista español, financiación con el dinero de nuestros impuestos de la actividad política y de un centro de pensamiento de la ideología totalitaria marxista-leninista y la conformación de una comisión de seguimiento con poderes gubernamentales.

    De modo que, llegados al punto de la implementación de los pactos y luego de cumplirse los 180 días estipulados y supuestamente inalterables para la desmovilización de las Farc, el balance es un país dividido, incontrolado, con un presidente en caída profunda de su imagen y sin gobernabilidad, inepto, una guerrilla insolente e inflada, invitada de honor a eventos culturales y ocupando primeras planas en los medios enmermelados.

    No han entregado los menores de sus filas que son miles, no quieren desestructurar su formación jerárquica militar, no quieren entregar sus bienes, no soportan la menor crítica, vetan al Fiscal gentral, a magistrados, a las Cortes, a congresistas y se ufanan de haber entregado a la misión de la ONU, cuyo papel no genera confianza, el 30% de sus armas sin una foto o video de sustento, sin testigos independientes, y quieren que la opinión les crea y se dé por satisfecha como si el cumplimiento de un compromiso puntual fuese suficiente para borrar el desastre institucional y constitucional provocado por las tres fuentes del descontento: el proceso de negociación, los contenidos inconstitucionales del acuerdo final y su implementación.

    Darío Acevedo Carmona, 12 de junio de 2017

  • LUZ DE LA CALLE OSCURIDAD DE LA CASA

    Imprimir

    Los hechos de la semana pasada nos vienen a confirmar lo que hace ya buen rato venimos observando en el sentido de que una cosa percibimos la inmensa mayoría de colombianos y muy distinta la que tienen ciertas agencias internacionales y gobiernos de otros países.

    La última encuesta de la firma Gallup (elespectador.com 3/05/2017) confirma que el país va mal, su gobierno también y el presidente Santos peor. La caída de la percepción ciudadana sobre Juan Manuel Santos y sus ministros, políticas públicas, economía, seguridad, empleo, educación así como sobre personajes de la vida nacional, instituciones y otros asuntos no solo se mantiene en rojo sino que nos da a entender que es una tendencia irreversible.

    El recorrido de las líneas rojas que señalan la percepción negativa y las azules que dan cuenta de la positiva desde el gobierno de Andrés Pastrana, muestran un mapa bien claro: durante los dos mandatos de Alvaro Uribe Vélez siempre o casi siempre y en todo o en casi todos los temas, la línea azul está por encima de la roja. En cambio, durante los mandatos de Santos, en particular y contundentemente en los tres años del último, la línea roja prima sobre la azul.

    Sin embargo, la noticia de la invitación del presidente Trump al presidente Santos para el 18 de mayo vino a paliar las deplorables sensaciones de fracaso. Así mismo, se anunció que estamos a unos pasos de ser admitidos en la OCDE a pesar de que en sus altas exigencias en indicadores como educación, lucha contra la corrupción, aplicación de normatividad laboral y ortodoxia en las finanzas, Santos se raja.

    Para acabar de dorar la píldora y subir las energías positivas, una misión del Consejo de Seguridad de la ONU visitó el país para pasar revista a la implementación de los Acuerdos de Paz. Visitaron una zona de concentración en el Meta, hablaron con los jefes guerrilleros con el presidente, con ministros y con uno que otro lagarto oenegero y de perfil académico.

    De un día para otro no podían ver el desastre (según las cifras de Gallup) que los colombianos hemos llegado a ver después de años de paciente espera. No se enteraron o no le dieron importancia al hecho de que las Farc a punto del vencimiento del periodo de seis meses para su desarme total, hayan entregado apenas mil fusiles, que no haya un solo registro constatable de esa “dejación”, que alias Timochenko haya confesado tener 900 caletas como la que fue descubierta en días pasados por el Ejército en el Putumayo y que nos salgan con la propuesta de prolongar la misión de la ONU.

    Tampoco parecen haberse enterado que el ELN sigue matando soldados y policías en atentados aleves y sobreseguro, que sigue volando oleoductos, ocupando los territorios dejados por las Farc, que quedaron en funciones guerreras y de narcotráfico varios frentes en supuesta “disidencia”, que uno de estos tiene secuestrado a un funcionario de la misión de la ONU, que no existe una política de erradicación de las 180 mil hectáreas de coca.

    Tampoco se percataron que el Acuerdo de Paz se pasó por la faja el estatuto de la Corte Penal Internacional, que dicho Acuerdo desconoció la voluntad popular expresada en un plebiscito en el que el Gobierno tuvo una aplastante ventaja sobre la campaña del NO. Que nuestra Constitución está siendo violada sistemáticamente, que el Congreso de la República renunció a su función legislativa, que  a ese órgano se sumarán 10 jefes de las FARC con prontuario terrorista y narcotraficante responsables de crímenes de lesa humanidad y de guerra.

    Esa Misión vio lo mismo que el gobierno noruego y personajes de la vida internacional a los que les suena muy bonito la palabra paz, pero que no saben, ni tienen tiempo para llegar a saberlo o no les interesa “inmiscuirse”, todo lo que hemos perdido como país y como sociedad.

    Y entonces, en esas burbujas fugaces de gloria gracias a las cuales sobrevive y por las que se empecina en sus yerros, Santos, cual peleador callejero, sale a proclamar en tono revanchista que “La oposición quedó viendo un chispero”, recordándonos que él es, como decían los abuelos de los malos hijos, “luz de la calle y oscuridad de la casa”.

    Por cierto, no hay ninguna novedad en la figura del “chispero”, solo cabe aclararle que es lo que la inmensa mayoría de los colombianos, entre un 65 y un 80 por ciento, no solo la oposición, está viendo hace rato pues gracias a sus erráticas políticas revirtió la tendencia positiva de las políticas adelantadas por gobiernos anteriores.

    CODA: El ministro de Agricultura, Aurelio Iragorri, al declarar que tierras improductivas podrían ser objeto de expropiación dejó al desnudo una mentira más de Santos quien había dicho que se respetaría la propiedad privada en los acuerdos de paz.

    Darío Acevedo Carmona, 8 de mayo de 2017

  • CON LAS MANOS EN LA MASA

    Imprimir

    Así comenta el vecindario cuando un ladrón es descubierto in fraganti cometiendo un delito. En una situación así, se piensa que el pillo no tiene salvación, aunque pudieran darse casos en que este, viéndose en apuros, descargue el objeto robado a un lado y exclame “Yo no fui” o “Requísenme, pero eso no es mío”.

    Ni más ni menos es lo que estamos presenciando en el bochornoso episodio, uno más en la larga cadena que tiene en su haber el señor Juan Manuel Santos. Su proceder es tan grave que han resultado vanos y hasta ridículos los esfuerzos de sus escuderos por liberarlo de toda culpa en el episodio de la financiación ilegal de sus dos campañas presidenciales.

    Las declaraciones de Roberto Prieto, su gerente, lo dejan por el suelo, sin opción distinta a la renuncia si en conciencia le quedase un resticio de decoro y de respeto por la ciudadanía. El problema no es que unos millones de camisetas hayan sido o no decisivos, como espetó Horacio Serpa, el escudero de Ernesto Samper en el escándalo del “ochomil”, ni que con afiches o sin afiches de todas formas hubiese ganado la presidencia en 2010 como dijo sin inmutarse el matemático Mockus a quien al parecer se le extravió su brújula ética y quizás por ello no atinó que el problema fue la financiación ilegal de la campaña Santos. Y claro, no faltan los que todo lo miran desde un retrovisor que alcanza a gobiernos anteriores, que remite a la culpa colectiva que diluye la falta en análisis soporíferos con tal de echarle un salvavidas a quien se está ahogando en el mar de sus propias sandeces.

    La cuestión con Santos no puede ni debe pasarse por alto, como si nada hubiese sucedido, como si fuera verdad el “me acabo de enterar”, con que trató de autojustificarse y que en las calles suscitó reacciones de rabia e ironías por su cinismo.

    Lo de Santos es, sin atenuantes, una forma de ser de la que él se ufanó y se sigue ufanando. No es ni siquiera la del tradicional jugador de póker que arriesga y engaña con sus gestos y miradas pero sin dar patadas ni esconder cartas. Santos, para recordar la memorable caracterización que le hiciera Carlos Gaviria, es una persona a la que “no han podido pillar diciendo una verdad”. Aunque él se ha encargado de demostrar que esa no es su completa personalidad. Es una larga órbita desde la organización fallida de un golpe de estado contra Samper y la financiación de su campaña por Odebrecht, las mentiras de la paz y el desconocimiento de la voluntad popular del plebiscito del 2 de octubre.

    La lista de engaños, mentiras, ardides, trampas, mañas y ya hasta delitos es tan profusa como para no dejar dudas de que su problema es irremediable. Lo grave de todo ello es que este señor, bien educado, adinerado, miembro de una de las más rancias familias de la oligarquía cachaca y centralista que se cree dueña del país, con sus procederes ha llevado a la nación a una situación deprimente, de caos institucional, golpe de estado, sustitución de la Constitución, abolición de la separación de poderes.

    Las consecuencias del desorden creado por el señor Santos son catastróficas desde cualquier ángulo y en casi la totalidad de los aspectos. Hay que repetirlo porque no estamos hablando del arroz que se le quemó o de un simple traspié. Se trata de temas capitales para Colombia. Es la demolición sistemática de la confianza y la credibilidad, no mucha por cierto, de un pueblo sufrido, aguantador, doliente, generoso y trabajador.

    Digan lo que quieran los estudiosos de las “causas estructurales” del desastre institucional, échenle la culpa a la clase política, a la política, generalicen, repartan la culpa a tirios y troyanos, enmascaren a su dirigente, tapen su vergüenza por haberlo apoyado refiriéndose a otros gobernantes. Pero no podrán tapar el inmenso peligro que hoy encaramos: en la línea de sucesión caso de que se obtenga su renuncia por presión ciudadana estaría el general Naranjo, el mismo que asesoró la paz entreguista de La Habana y el presidente del Congreso, Lizcanito, envuelto en más de un lío y acusaciones varias, como para decir, “peor el remedio que la enfermedad”.

    Y luego, el panorama de cara a las presidenciales de 2018. Están dadas casi todas las condiciones ideales, según Lenin y Gramsci, para que se produzca el “estallido revolucionario”: división irreparable de las “clases dominantes”, vacío de poder, crisis institucional, amplia desconfianza de la población en sus líderes tradicionales y en sus instituciones, existencia de fuerzas que ya están tratando, ni bobos que fueran, de aprovechar el momento para llamar a la formación de un “gobierno de transición” o “alternativo” e idiotas útiles que perteneciendo al establecimiento piensan que hay que darles su oportunidad.

    ¿Cómo no pensar en la Venezuela de los noventa? Se podría repetir algo parecido? No tengo la menor duda, eso puede llegar por la vía menos pensada y no tan dolorosa, en principio. No sobra advertir que, los que nos dicen que eso no será posible, son los que nos quieren meter como sea el modelito chavista.

    Darío Acevedo Carmona, 20 de marzo de 2017

  • GOBIERNO Y FARC QUIEREN IMPONER NUEVA CONSTITUCIÓN

    Imprimir

    Al paso que va la demolición de la Constitución, la Corte Constitucional quedará sirviendo para fallar si las corridas de toros son o no legales, si el pico y placa es exequible o no, si las multas por violación al código de policía son las adecuadas.

    Porque lo que es su armazón ya está hecho trizas. El proyecto de reforma política que se discute en el Congreso contempla por ejemplo establecimiento del voto obligatorio, ampliación del periodo presidencial,  ciudadanía desde los 16 años, entre otras arbitrariedades que ni siquiera figuran en el Acuerdo Definitivo de Paz.

    Algunos analistas sostienen que este proyecto no es más que una cortina de humo para tapar el escándalo de los dineros de Odebrecht en la campaña presidencial de Juan Manuel Santos. Tiene todo el perfil para ser eso, el neodictador de Colombia se ha revelado como un hábil cortinero y apostador que no bien pierde una mano apuesta la que sigue con más osadía.

    Sin embargo, no debemos descartar que aun siendo una cortina también puede llegar a convertirse en realidad y que en consecuencia en el 2018 no se realicen elecciones en aras de proteger la paz, implementar lo acordado y entrar en firme en el periodo de transición de 10 años del que habló el comisionado de paz Sergio Jaramillo que supone la realización de reformas extraordinarias y excepcionales (¿el golpe de estado o fast--track es la fórmula?) para aclimatar “la paz territorial”.

    Este Régimen y su líder, han dado ya categóricas e inequívocas señales de que no les tiembla el pulso, que no tienen pudor ni vergüenza para demoler la casa desde los cimientos y levantar una nueva con quienes intentaron, vanamente, destruirla con las armas del terror.

    Si alguien quiere saber hacia dónde está dirigiéndose nuestro país y apreciar cuánto sudor y lágrimas, destrucción y empobrecimiento y vidas y persecuciones nos tocará afrontar en los años venideros si no atajamos la trinca Santos-Timochenko, basta que miren la tragedia que vive Venezuela.

    Con ese oscuro panorama en el futuro inmediato, todas las fuerzas políticas están obligadas a sentar una posición sobre lo que está ocurriendo desde que en el pasado mes de noviembre el aún presidente Santos anunció al país y al mundo la mentira de que con el apoyo de la dirigencia del NO y luego de haber acogido sus recomendaciones, se había firmado un acuerdo definitivo de paz con las FARC.

    Al respecto, solo hay tres formas de actuar ante tan grave coyuntura. La primera consiste en continuar con la implementación de estos acuerdos, darles vigencia por 10 años más, seguir imponiendo vía fast track una nueva constitución acorde con el mandato y el interés de los constituyentes usurpadores: este Gobierno sin límites ni controles y las FARC.

    La segunda es que se abra camino la antipolítica impulsada por quienes han guardado cómodo silencio ante el desastre institucional como el fajardismo o los que con sus votos han apoyado en el Congreso todos los proyectos golpistas y la reforma tributaria de un gobierno a cuya sombra han medrado y comido, acaudillados por la senadora que piensa enseñarnos que todo se soluciona a punta de gritos e histeria. Para ellos, que se creen puros, impolutos e inmaculados y ajenos a la política, basta con predicar la anticorrupción para que todo marche bien, la suerte de la Constitución y la impunidad de la paz santista nada les importa.

    Y la tercera, y teniendo en cuenta que el Régimen en vez de parar la arbitrariedad, en vez de frenar el atropello a las instituciones, quiere ir más y más lejos, consiste en levantar de nuevo la bandera de la resistencia civil, de la movilización ciudadana pacífica y democrática, saliendo a las calles a las plazas públicas, a realizar marchas y plantones contra el golpe de estado, por el restablecimiento del orden constitucional, por reversar los acuerdos onerosos para la sociedad y para el país, para evitar que Colombia caiga en manos del experimento del socialismo bolivariano en alguna de sus variantes, para tumbar la reforma tributaria y en suma, recuperar la dignidad perdida.

    Esta última supondría de parte de las fuerzas del NO del plebiscito, un gran consenso que lleve a la constitución de un Frente Republicano para salvar las libertades y la democracia en el entendido de que fue el Gobierno quien llevó las cosas a un terreno confrontacional sin dejar opción distinta a que la Oposición acepte el desafío en los mismos términos.

    Darío Acevedo Carmona, 20 de febrero de 2017

  • EL AFÁN DE SANTOS Y LA SUERTE DE LA CONSTITUCIÓN

    Imprimir

    Enrique IV para poder acceder a la corona de Francia hubo de renegar de su protestantismo y acoger la religión católica, de ahí proviene la famosa frase atribuida a él: “París bien vale una misa”. Parodiando pero por lo bajo, podríamos decir, para desgracia nuestra, que para Juan Manuel Santos el Nobel de Paz bien valió hundir la institucionalidad y la Constitución Nacional.

    Todas las últimas salidas de Santos han estado marcadas por el afán del nobel de Paz, prisa que no mostró a lo largo de ese maratónico, tedioso y humillante proceso de 4 y medio años de conversaciones habaneras, con soldados y policías asesinados durante el mismo.  Hubo acelere para firmar el acuerdo que debió haberse dado en marzo pasado luego de una firma apresurada en diciembre del 2015. Luego, también a las carreras montó un espectáculo internacional para firmar otro documento incompleto en septiembre de este año.

    La fecha del plebiscito para validar o invalidar el Acuerdo fue fijada a las volandas, unos días antes del otorgamiento del Nobel, que daba por descontado así como el triunfo del SÍ. A las carreras y como acto subliminal y supremo de campaña por el SÍ realizó la grotesca ceremonia de Cartagena con Kfir incluido.

    Una vez perdido el plebiscito y sin plan B a la mano, en vez de renunciar como había planteado que haría en caso de perder, Santos y su Equipo negociador, que tampoco salió, como debió haber ocurrido en santa dignidad, virtud que desconocen, exigió “prontitud” en la renegociación porque ahora sí el cese al fuego peligraba.

    Consumada la etapa inicial del turbio plan B sacado del sombrero de mago, consistente en burlar el resultado del plebiscito dando la apariencia de ser receptivos con los voceros del NO, ya en un acto “más sobrio”, un teatro, propio para “actores del conflicto”, Santos y Timochenko, una vez más, ahora sí, refirman con tinta indeleble el supuesto nuevo acuerdo final y definitivo (NAFD).

    En el nuevo mamotreto de 310 páginas los temas sustanciales: narcotráfico como delito conexo al político, cárcel para delitos atroces, Jurisdicción Especial de Paz fuera del sistema judicial colombiano, carácter de tratado Internacional del Acuerdo, elegibilidad política sin restricciones para responsables de crímenes de lesa humanidad y de guerra, entre otros, fueron retocados cosméticamente o quedaron tal cual.

    A los colombianos se nos preguntó el 2 de octubre por el mamotreto de 297 páginas. Santos, De la Calle, Cristo y Jaramillo dijeron en su aplanadora campaña que si ganaba el NO se caía todo el Acuerdo, no habría más negociación, sería el fin del proceso, se levantaría la mesa y sobrevendría la más cruel de las guerras urbanas por fiel información que el Presidente dijo tener en sus manos.

    Contrario a lo que esperaban los perdedores, los líderes del NO propusieron renegociar, confiaron otra vez en un gobierno tramposo, y otra vez, ese gobierno hizo trampa. Dicen a toda hora con todas las voces y cajas de resonancia que “todas” las propuestas del NO fueron incorporadas al NAFD, lo que es totalmente falso, pues de haber sido así no habrían hecho  esguince al deber de darlo a conocer a los voceros del NO antes de firmarlo. Han dicho, contra toda evidencia que ese NAFD es inmodificable pero que lo llevarán al Congreso, órgano que por Constitución tiene la función de modificar o crear proyectos de ley o leyes.

    Pretende este gobierno sustituir la Constitución por las vías de hecho, haciendo aprobar fast track (o farc-trac, como dijo Osuna) todo tipo de leyes rompiendo el curso regular y el reglamento del Congreso. Se quiere, en dos días, aprobar un asunto trascendental para el presente y futuro del país. Se pretende, a las carreras, aprobar una amnistía general y abrir las puertas del Congreso a criminales de guerra como el Paisa o Romaña o Timochenko o cualquiera del Secretariado o los que ordenaron el asesinato a sangre fría de los Diputados del Valle.

    Solo queda una esperanza, que la Corte Constitucional sea capaz de estar a la altura de su función de guardiana de la Constitución. Pues de irse en contra de sí misma y “autosuicidarse”, no nos quedaría, a los del NO y otros ciudadanos, la opción de la resistencia civil y convocar un referendo para que el pueblo en su calidad de soberano y constituyente primario se pronuncie sobre los delicados temas en los que no hubo consenso.

    CODA: La muerte del dictador y tirano Fidel Castro no merece voces de lamento ni luto por parte de demócratas auténticos. Es un acontecimiento refrescante para Cuba y Latinoamérica.

    Darío Acevedo Carmona, 28 de noviembre de 2016

  • SEA SERIO PRESIDENTE SANTOS

    Imprimir

    Si antes era cada mes o meses y luego semanas, en la actualidad, las noticias desagradables sobre las conversaciones de paz y sus consecuencias son el pan diario. No hay día en que no bien estamos atragantados con un sapo entra a nuestro aparato digestivo otro igual o más asqueroso.

    Se ha consolidado un estilo de gobierno extendido a otros organismo del estado, consistente en no dar a conocer los hechos en su plenitud sino de a pocos, como para ir midiendo la reacción de la opinión pública y dosificar el veneno de tal manera que las dosis siguientes hagan olvidar las anteriores.

    Un día declararon que no se pondría en juego la Agenda Nacional, pero, en la práctica lo hicieron, de a pocos, para que no causara mayor indignación. Que no se igualaría a nuestras FF AA con las guerrillas, pues sí que lo han hecho y peor, las han colocado por debajo. Y así, en seguidilla, con la Constitución, con la Justicia, y estamos a punto de que se apruebe una dictadura con visos legales. Razón de sobra tiene el expresidente Pastrana al calificar la situación como un golpe de estado.

    Esta semana por ejemplo, como en una sinfonía imperfecta, porque quien sabe con qué melodía saldrán mañana, habló el comandante del Ejército Nacional, el general Mejía, quien muy orondo y en traje de fatiga arengó a las Tropas Especiales que saldrán a cumplir misiones de paz de la ONU en países y regiones en guerra, destinos no apetecido ni por el mejor de los Rangers: Siria, Africa Central, Medio Oriente, Sinaí, Afganistán, etc., como si en el país no hubiera amenazas internas (ELN, Bacrim) y externas (regímenes comunistas y dictatoriales de Venezuela, Ecuador y Nicaragua).

    Luego, el comandante de la Armada nos asestó un mazazo al anunciar la reducción de su fuerza hasta alcanzar una condición “mediana” que significa cualquier cosa y en todo caso disminución, mientras el ejército de Nicaragua con la pretensión de robarnos más mar se fortalece con el apoyo de Rusia y China. Y cerrando el sainete porque la sinfonía desafinaba, los senadores enmermelados de la Unidad Nacional proclaman el derecho a votar (no a ser elegidos) para los militares. Bonita forma de acallar el guarapazo recibido, ni más ni menos que (sin que todo esté acordado) la revisión profunda de la doctrina militar de las FFAA, preciado anhelo fariano.

    En mi columna anterior, fallé en advertir todas las fallas de la Corte sobre el plebiscito, miren esta: El exmagistrado, Jaime Araujo Rentería, demostró palmariamente la contradicción que se encierra en haber declarado que la propuesta que se votará es de contenido político, y a la vez, autorizar, violando la Constitución, a los funcionarios públicos a hacer campaña en el plebiscito que sería lo mismo que hacer política, y de cómo tal autorización, le otorga ventaja apreciable a un gobierno ya casi con poderes absolutos, para impulsar el sí: “La Corte consideró que estos efectos tienen un carácter exclusivamente político… Pues, bien: si es un acto exclusivamente político, toda opinión que se emita sobre él, a favor o en contra, es también política y los funcionarios públicos que participen, estarían participando en una actividad política y haciendo política”(Véase: http://periodicoelsatelite.webnode.es).

    De otra parte, la presidente de la Corte, dra María V. Calle, declaró días después del fallo, que en caso de triunfar el NO en el plebiscito la propuesta de paz podría ser retomada por el Congreso (que seguro contará con fallo de exequibilidad para autocastrarse cediendo poderes legislativos al presidente) o por la rama Judicial, que suena parecido al dicho “con cara gano yo y con sello pierde usted”. Así, el fallo de la Corte se va “puliendo y precisando día a día, según las presiones, burlando así el deber de mostrar el texto de los fallos inmediatamente y no según el sol que alumbre.

    Y para cerrar esta semana intensa, el dr de la Calle y el filósofo de la entrega, Sergio Jaramillo, en reunión con dirigentes conservadores expresaron unas opiniones que, quizás sin querer, develaron que todo este proceso se ha hecho a espaldas de la ciudadanía, con engaños, tapados, trampas, ardides y picardías y que el llamamiento a líderes de la oposición y críticos para buscar entendimientos, solo era una trampa.

    En efecto, ante inquietudes y críticas de participantes de la reunión,  de la Calle afirmó que ya no era posible reabrir temas ya cerrados: “lo difícil es lo que proponen de reabrir los acuerdos, eso es complicado y sería dañino para la negociación…” y desafiante planteó que a quien no le gustaran los acuerdos podría votar por el NO. Nos notifica pues la primicia de que el principio que supuestamente regía las conversaciones de paz “Nada está acordado hasta que todo esté acordado” ha sido una gran mentira.

    Como si fuera poco, el filósofo Jaramillo, habló como si negociar temas de la vida nacional con terroristas fuera un asunto tan ordinario y simple como negociar una propiedad o un bien personal: “es que esto (los acuerdos de la supuesta paz) no es un menú de restaurante donde uno escoge que le gusta o no”. Es decir, se impondrá lo que ellos en su “sabiduría” cedieron y regalaron como si fueran sus bienes personales. (Véase, caracol.com.co 28/07/2016)

    Nos queda claro, entonces, que este ha sido un proceso manejado con mentiras y que al Gobierno Nacional le han faltado calzones en la mesa y seriedad en el manejo de la información.

    Darío Acevedo Carmona, agosto 1 de 2016