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juan manuel santos

  • Los puñales de Santos

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    Minutos antes de dejar el cargo, Juan Manuel Santos dijo que no iba a ponerle un puñal en la nuca a su sucesor. Una vez más reiteraba que terminado su mandato se alejaría de la política y dejaría gobernar en paz. La frase también iba dirigida, indirectamente, a Uribe, quien, según él, estuvo durante sus dos mandatos chuzándole la nuca.

    No me gusta hacer referencia a opiniones escritas en mis columnas, pero, en este caso debo recordar a mis lectores que en varias de las últimas hice alusión a la costumbre del expresidente Santos de desconocer el estatus de la oposición. Siempre se refirió a ella en términos desobligantes, la tildó de “despiadada, incisiva y mentirosa” como si no entendiera la importancia de esa figura en una democracia.

    También advertí que Santos, incapaz de renunciar a sus mañas, haría demostración de ellas hasta el último minuto de su mandato. Y en efecto, en burdo ejercicio de sus funciones, pisoteando normas elementales del decoro republicano, expidió decenas de decretos que comprometen las competencias y la libertad de acción del presidente entrante.

    Firmó una gran cantidad de nombramientos diplomáticos para hacerles favores a sus aliados y funcionarios más cercanos y en el colmo del desprecio por las normas de cortesía reconoció a escondidas al estado palestino después de que tiempo atrás se había comprometido en acto público a no hacerlo sin que se hubiese firmado la paz entre Israel y el pueblo palestino.

    No nos asombra que deshonre su palabra, pues como dicen graciosamente en las redes, es parte de su ADN. Pero lo que sí es muy grave es haber llevado el país a una crisis con Israel un importante aliado en muchos campos de trascendencia.

    Quedamos pues notificados, Santos seguirá faltando a su palabra y no guardará silencio como lo prometió. Y seamos claros, eso no es ninguna molestia, es, como dijimos arriba, parte del juego democrático, lo fastidioso es la reiteración de la mentira como método de comunicación.

    Y si no lo hace de frente tendrá, a manera cuchillos filudos en la nuca del presidente Duque, a una buena cantidad de viudos y nostálgicos de su mermelada. Ya los estamos viendo en acción incluso desde antes del 7 de agosto.

    Por ejemplo, el país fue notificado sobre el tipo de oposición promovida por Gustavo Petro y sus seguidores del partido Verde -cada día más rojo- y de las Farc: protesta tumultuaria, paros, huelgas, montajes judiciales, insultos, exigencias impropias, etc. Al llamado sincero del presidente Duque a un pacto para encarar los principales problemas de la nación la respuesta ha sido virulenta y agresiva.

    Desconcierta la hipocresía de algunos de sus voceros que rechazaron el nombramiento de la directora de la UNP, Claudia Ortiz, porque la consideran sesgada, pero que hayan aplaudido la integración de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y de la Comisión de la Verdad con personas que no brindan garantías de imparcialidad y objetividad.

    Es el tipo de oposición que le achacó al triunfo de Duque el incremento del asesinato de líderes sociales, que convocó marchas de protesta el día de su posesión, en señal de desconocimiento del resultado de la competencia electoral, que amenazó renunciar a la seguridad del estado: cuchillos en la nuca de un gobierno que apenas inicia.

    En las críticas al discurso del presidente del Congreso, Ernesto Macías, el día de la posesión de Iván Duque, leímos y escuchamos contra él, frases hirientes, desobligantes y tergiversadoras de parte de personas con rango que deberían dar ejemplo de respeto y tolerancia. A la vez, trataron de hacerlo ver como un texto opuesto al del presidente Duque, cuando lo cierto es que se trataba de revivir la plena independencia de los poderes tan maltratada por el saliente mandatario, cada quien en su rol.

    De parte de Macías no hubo un calificativo grosero o vulgar ni un insulto ni un dato falso, como lo quisieron hacer ver algunos periodistas que disfrutaron ocho años de la jugosa mermelada publicitaria prodigada por Santos.

    El informe que acaba de presentar el Contralor General al Congreso sobre el penoso y peligroso estado de las finanzas públicas es una contundente refrendación de lo expresado por Macías, y nos da la razón a quienes hemos sostenido que Santos fue derrochón e irresponsable en su manejo.

    En derecho y siempre y cuando la nueva oposición no apele a la violencia, debe ser respetada a pesar de su línea de conducta agresiva. Ahí quedó para su implementación la Ley de la Oposición que dejó firmada a última hora su mecenas tras ocho años de haberles desconocido sus derechos a quienes la ejercieron siempre con respeto a la democracia.

    Coda: La decisión del presidente Duque de reversar el nombramiento de Claudia Ortiz en la dirección de la UNP debe ser vista, ante todo, como garantía para todas las personas en riesgo. Ojalá los miembros de Comisión de Verdad Histórica y de la JEP reconocidos por su militancia de izquierda renunciaran a sus cargos.

    Darío Acevedo Carmona, 13 de agosto de 2018

  • Juan Manuel Santos al desnudo

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    En una entrevista de antología realizada por la periodista Cayetana Álvarez de Toledo del diario español El Mundo (20/05/2018) al presidente Juan Manuel Santos, el mandatario colombiano expresa sin rubor, sin pena y con ínfulas de gloria todas las mentiras, las deformaciones y los cínicos sofismas que le sirvieron de base para justificar el impopular acuerdo de paz firmado con las Farc.

    Empecemos el encabezado con frase de Santos: "Exterminar hasta el último guerrillero era imposible, militarmente absurdo". Aquí omitió que ningún presidente llegó a decir tal cosa y que la política de Seguridad Democrática buscaba derrotar la pretensión de la guerrilla de tomarse el poder por medios violentos y obligarla a negociar bajo la supremacía del Estado colombiano.

    Santos insistió en una idea que le dio a las Farc un sentimiento de superioridad:  "No era posible derrotar a las FARC. La única alternativa era someter al país a otros 30 años de guerra, con millones de víctimas", la lógica del miedo a la supuesta guerra para eludir el cumplimiento del mandato constitucional de defender la honra y bienes de los ciudadanos.

    Más adelante dijo sin pudor que el costo pagado -la impunidad y demás premios- “fue muy pequeño en comparación con los beneficios. Salvar tantas vidas”. Confesión de aceptación del chantaje terrorista: ´si no nos dan lo que pedimos habrá guerra, destrucción y muertes´.

    Cuando la periodista le aclara que quien paga ese precio es “la democracia, las víctimas”, el presidente insinúa que el Sí ganó el plebiscito: “Las víctimas han sido las más entusiastas con el proceso. Yo pensé que serían las más críticas; que iban a oponerse a la Justicia transicional. Y cuál fue mi sorpresa cuando fue al revés”.

    Cayetana le pregunta con altivez: “Me sorprende que distinga entre justicia y paz. ¿Puede haber paz sin justicia? ¿O es la palabra paz un eufemismo de la abdicación democrática?” Santos responde con una evasiva y distorsionando el Estatuto de Roma: “¿Por qué cree que se negoció el Estatuto de Roma de la CPI? Para que se pudiera aplicar una Justicia transicional... El nuestro es el primer proceso que se negocia bajo el paraguas del Estatuto. Aquí, por primera vez, no habrá impunidad, sino una Justicia transicional.” ¡Con razón dicen que la palabra todo lo puede!

    En un arranque de franqueza Santos confiesa que la JEP fue una concesión a las FARC, pues como “no creían en nuestra justicia… Necesitaban una Justicia en la que ellos creyeran”.

    Cayetana pregunta con acierto “¿Entonces la Justicia transicional es una justicia a la medida de las FARC?” y Santos reconoce haber igualado el Estado con las Farc: “Es la primera vez que dos partes de un conflicto negocian la Justicia y se someten a ella. Eso es lo que el mundo ahora admira y aplaude.” Léase bien “el mundo” porque Colombia no.

    A los requerimientos de la periodista sobre tanta largueza a una guerrilla al borde de la derrota, Santos cae en exabruptos, se auto magnifica y distorsiona: “Yo fui la persona que más duro golpeó las FARC… que más las combatió y con más éxito” No fue Uribe ni las Fuerzas Armadas, solo él. Y agrega “a mí me eligieron con el mayor número de votos en la historia de Colombia por mis éxitos en esa guerra” ¡Gulp! tamaña mentira, es vox populi que fue por el apoyo de Uribe.

    No sin razón la periodista le increpa “¿No bastaban la convicción democrática del pueblo colombiano y la fuerza de su Estado de Derecho?… que no se modifique la Constitución por exigencia de sus agresores. Que las penas sean proporcionales a los crímenes. ¡Los acuerdos de paz regalan escaños a las FARC sin mediar la más mínima condena!”

    Santos, cercado, busca escudarse “¿Y en qué proceso de paz no ha sucedido eso?” La periodista no le da tregua “Que tenga precedentes no significa que sea ético o eficaz… El hecho de que criminales de lesa humanidad obtengan escaños de forma automática, sin pisar la cárcel, resulta chocante” Y se desborda en cinismo: “A usted le choca, pero a los colombianos no.”

    Al hablar sobre el plebiscito y luego de que Santos insinuara que el No ganó engañando a las gentes, ella le riposta: “¿Seis millones y medio de colombianos se dejaron engañar? ¿No tenían capacidad crítica propia?”

    “Yo no he dicho eso.”

    “Ha dicho que votaron engañados. Por tanto, se dejaron engañar o no tenían capacidad crítica propia.”

    “Sí, fueron engañados.”

    Cayetana insiste, “Usted decidió convocar un plebiscito sobre la paz. Ganó el No. Y sin embargo siguió adelante con el proceso… Si sólo iba a acatar el plebiscito en caso de ganarlo, ¿para qué lo convocó?”

    Santos afirmó: “Dejar el proceso a la deriva habría sido una inmensa irresponsabilidad. Por eso invité a todos los voceros del 'No' a que nos sentáramos para analizar sus objeciones. Introdujimos el 95% y logramos un mejor acuerdo, que luego fue avalado por la Corte constitucional, como exige la democracia colombiana. Y ahora estamos gozando de la paz.” Todo un récord de mentiras por párrafo cuadrado.

    Al siguiente comentario de Santos "Me habría gustado que las FARC hubiesen sacado un mejor resultado en las legislativas de marzo". Cayetana le pregunta: “¿Por qué?” Y él con pesadumbre dice: “Las FARC sólo sacaron 50.000 votos, menos del 0,5% del total. Les fue muy mal. Creo que habrían tenido más juego si hubieran sacado más votos… yo creo que la democracia colombiana se habría fortalecido más de lo que ya se ha fortalecido con un mayor apoyo electoral a las FARC”. Tomen aire, ¡puf!

    Sobre el próximo presidente dice cosas atrevidas: “El próximo presidente de Colombia tendrá que seguir cumpliendo los acuerdos… Hemos fijado un plazo de 15 años para esta tarea y ningún presidente podrá rehuirla… los acuerdos son irreversibles, da igual quién llegue al poder. No podrán modificarse hasta dentro de tres mandatos.”

    Respetado lector, si Usted no está suficientemente asombrado e indignado y necesita más pruebas para estarlo lea la entrevista completa en el link: http://www.elmundo.es/internacional/2018/05/20/5afff7f0e5fdead9738b456f.html allí encontrará su versión sobre otros temas: caso Santrich, Farc-narcotráfico, cultivos de coca, Venezuela, Maduro, Iván Márquez, su “legado”, Lorent Saleh, etc.

    Darío Acevedo Carmona, 28 de mayo de 2018

  • De ETA a las FARC, de Rajoy a Santos

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    La temible banda terrorista del país vasco, ETA, acaba de anunciar su desmovilización total, sin negociaciones previas, sin regalos, sin reconocimientos, sin impunidad. Reconoce su fin y se disuelve, así de sencillo. Si hubiesen sido tercos habrían prolongado su agonía por años, pero, al cabo de más de medio siglo de buscar el apoyo del pueblo vasco, en vez de éxitos obtuvieron su repudio y derrotas militares por parte del estado español con ayuda del francés.

    De tamaño superlativo fue la útil actitud de la ciudadanía española, incluida las mayorías vascuences que, a cada aleve y cobarde atentado de la banda contra la población civil, agentes y funcionarios del estado, se movilizaba multitudinariamente para manifestar su rechazo.

    La banda nunca pudo alcanzar el apoyo de aquellos a quienes quiso y dijo representar, su discurso separatista, aunque coincidiera con el de otras fuerzas civiles, llegó a un punto de estancamiento que hizo inviable la meta de la independencia. La banda no gastó tiempo en cavilaciones como las que nos han metido en Colombia: como el Estado no derrotó a las Farc, entonces son iguales…

    Inquietudes como: ¿qué va a pasar con las víctimas, con los miles de damnificados, sobrevivientes, huérfanos, viudas, lisiados? ¿Su disolución implica que cada miembro tomará el rumbo que elija? ¿qué va a suceder con los responsables de crímenes de lesa humanidad?, fueron respondidas por Mariano Rajoy.

    El presidente del gobierno español fue claro y categórico: continuarán las investigaciones y habrá castigo, pues la banda se rindió ante la eficaz y eficiente acción de los organismos policiales, de inteligencia y militares y no hubo negociación interpartes, no recibió estatus de beligerancia. El estado español no renunció a su superioridad moral contra el terrorismo, por eso no habrá beneficios tipo amnistía o indulto para los jefes, la democracia no sufrió mengua, no se les otorgó representación en la Cámara de Diputados, la Constitución no fue modificada ni se crearon organismos paralelos al estado.

    Aunque España no es Colombia, ni ETA es igual a las FARC y, por supuesto, Mariano Rajoy no se parece a Juan Manuel Santos, no deja de ser tentadora la idea de establecer un parangón entre el manejo dado por cada gobierno a una amenaza de tipo terrorista.

    El final de ETA y la situación político-militar de las FARC momentos previos al inicio de negociaciones tienen muchas similitudes. Ambas habían perdido su capacidad estratégica de tomarse el poder o lograr su cometido, ambas habían cosechado por sus acciones de terror un amplio repudio entre la población. Los dos estados, a su vez, habían propinado golpes demoledores de tipo militar contra jefes, estructuras y planes de esas organizaciones.

    Lo curioso es que el estado y el gobierno español en vez de abrir una puerta a la negociación solicitada por ETA optó por exigirles su disolución mientras en Colombia el gobierno Santos antes que cobrar duro los golpes dados a las FARC desde el inicio de la Seguridad Democrática y del Plan Colombia, decidió iniciar “conversaciones en medio del conflicto”, otorgarles rango de contraparte y estatus de beligerancia, lo cual se tradujo en que durante cuatro años las fuerzas del orden sufrieran crueles ataques y bajas sensibles, acometidas para presionar al gobierno a asumir compromisos impensables en el pasado.

    Al final, Santos, De la Calle y Sergio Jaramillo, firmaron un tratado que obliga al país y a varios gobiernos por espacio de al menos 12 años, crea instituciones nuevas como la Justicia Especial de Paz, regala 10 curules en el Congreso para las Farc, asegura financiación a su partido,  eso y mucho más al coste de sacrificar instituciones, humillar las fuerzas militares, ofender la dignidad de los colombianos y en especial el de las víctimas y desconocer el resultado del plebiscito en el que fue derrotado dicho pacto.

    El gobierno colombiano y sus adláteres se acogieron a un discurso según el cual la lucha por la democracia y las libertades no fue necesaria, fue inútil y por eso, no debe ser motivo de orgullo y se le entregó la construcción de la verdad y la aplicación de justicia a órganos y personas afectos o cercanas a las guerrillas.

    En España las principales fuerzas políticas y sociales se movilizaron unidas contra la banda. En Colombia, el gobierno en vez de estimular la unidad y el consenso ante un asunto tan delicado prefirió darle rienda suelta al ego de Santos de pasar a la historia como el presidente de la paz y obtener el nobel de paz.

    Rajoy en su discurso ratificó la entereza de la democracia y la fortaleza del estado, se comprometió a aplicar justicia y forzar el reconocimiento de las víctimas. El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, terminará su gobierno sorteando el doble juego de las FARC, la pervivencia del narcotráfico por parte de su dirigencia, arriesgando la buena amistad con los EE. UU. y repitiendo los mismos errores con el ELN, dejando como legado un estado débil y una sociedad dividida enfrentada al peligro de caer en manos del fallido populismo bolivariano.

    Sin embargo, las elecciones presidenciales permiten avizorar una luz de esperanza en el sentido de que es posible y sensato corregir los errores del acuerdo, restablecer la integridad de la Justicia, reconocer y reparar a las víctimas, evitar la impunidad sobre delitos de lesa humanidad y exigir la total desarticulación y desmovilización de los grupos armados al margen de la ley.

    Darío Acevedo Carmona, 14 de mayo de 2018

  • Santos y su lánguido legado

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    En plena campaña presidencial, como si buscara la reelección, Juan Manuel Santos ha desatado una nueva ofensiva publicitaria mostrando los grandes logros de su gestión de ocho años. En apariencia estamos viendo una rendición de cuentas, a manera de legado, para quien lo vaya a suceder, sin embargo, aún faltan largos tres meses y por ello surge la inquietud sobre el verdadero motivo de esta campaña y a quién quiere beneficiar.

    Siendo como sabemos que es, persona interesada y calculadora, y conociendo sus mañas y ardides, no es difícil encontrar la respuesta a nuestro interrogante. Ante el hundimiento inexorable de los candidatos Humberto De la Calle y Sergio Fajardo, con los que pretendía asegurar la continuidad de su obra, acudió a recuperar a marchas forzadas al díscolo Germán Vargas Lleras quien urgido de respaldos no vaciló en retornar al redil de Santos y aceptar el abrazo hipócrita del senador Benedetti que lo tildó de ladrón meses atrás y del senador que más vueltas ha dado en política, Roy Barreras.

    El cace de esta alianza pegada con babas y proyectada en defensa del presidente más impopular de nuestra historia, es, precisamente, lo que estamos viendo los colombianos en los medios y muy especialmente en la televisión, una avalancha publicitaria onerosa, pagada con dineros del estado que veladamente está al servicio de Vargas Lleras ungido ya candidato continuista.

    Desleal jugada, propia de tahúr de barrio bajero, con la que puede estar despidiéndose el señor Juan Manuel Santos, que, además, tiene la función de mantener enmermelados a los medios para maquillar cualquier otra trampa que le sea necesaria para que su “legado” quede a buen recaudo.

    Pero, preguntémonos ¿En qué consiste ese anchuroso y promisorio legado que ilustra a diario con pomposas cifras en impactantes cuñas? ¿será que tiene razón en mostrarse como un presidente incomprendido y en quejarse de haber sido víctima de “una oposición sin precedentes en nuestra historia reciente, por lo visceral y destructiva promotora de una repudiable polarización en el país que solo trae secuelas negativas”?

    ¿Acaso no fue él mismo el que sembró la cizaña tildando a los críticos de su paz impune de amigos de la guerra? ¿No fue él, en su afán de gloria y vanidad ilimitada, sordo e impertubable al clamor de una ciudadanía que le hacía saber a través de las innumerables encuestas que no estaba satisfecha con los términos con los que estaba negociando con las Farc?

    Su gran legado, la paz, a la que le apostó todo y por la que puso en peligro la unidad de la nación y la estabilidad de las instituciones, es hoy un triste embeleco, hecho trizas en acción colectiva por las Farc con el escándalo Santrich y sus negocios de narcotráfico en gran escala, por la supuesta disidencia que continúa secuestrando y asesinando inocentes, y por la ineptitud del Santos para cumplir los acuerdos y garantizar un manejo pulcro de los recursos internacionales para la paz.

    ¿Paz? Es hoy palabra mágica tan esquiva como en el pasado. Porque lo que mal empieza mal termina. España nos acaba de dar una lección de dignidad del estado y de las instituciones democráticas al no haber sido negociadas con la banda terrorista ETA que no tuvo más remedio que desintegrarse. Lo que hizo el gobierno Santos con las Farc, sin razón, fue otorgarles un estatus inmerecido, agrandarlas, reconocerles un poder del que carecían y eximirlas de castigo violando tratados internacionales y deshonrando la pertenencia de Colombia a la Corte Penal Internacional.

    Esa paz también está siendo hecha añicos por el ELN que ha ocupado espacios dejados por las Farc y propiciado una oleada de acciones terroristas con el claro propósito de ablandar a un gobierno que saben que al final cederá al chantaje. Lección aprendida del proceso en comento.

    Gracias a ese pacifismo resucitó la última facción del desaparecido EPL, grupo dedicado por entero a los negocios de narcotráfico y la minería ilegal. Y también ganaron fuerza, presencia y notoriedad las bandas criminales que se nutren del narcotráfico y son amos y señores en el Catatumbo, el Golfo de Urabá, Tumaco, Buenaventura, el sur del Putumayo, los departamentos de Cauca, Nariño y Arauca donde se guerrean y se alían según el momento con aquellos.

    En la publicidad se omite hablar del récord de los cultivos de coca -doscientas mil hectáreas- la gasolina principal de la nueva guerra entre todos esos grupos bandas, clanes y bandolas. Fue gracias a una concesión de Santos a las Farc que se llegó a esta situación, cuando para congraciarse con las Farc ordenó suspender la fumigación aérea, pagar por la sustitución voluntaria y eliminar castigo a quienes tuviesen sembradas hasta 4 hectáreas.

    Pasando al ítem electoral, no podemos dejar de mencionar la gran contribución de Santos al deterioro de la confianza pública en la democracia, cuando en 2014 irrigó toneles de mermelada en la costa Atlántica para favorecer su candidatura a través de fraudes y compraventa de votos tal como consta en declaraciones de los gamonales electorales Musa Besaile y el “Ñoño” Elías. Y por supuesto, con el montaje del hacker con el que lograron enredar el triunfo de Óscar Iván Zuluaga.

    Y como las vacas ladronas que no olvidan el portillo ajeno, en octubre de 2016 se burló del resultado adverso del plebiscito a su acuerdo de paz, convirtiendo por arte de birlibirloque su derrota en una victoria.

    Dejemos para una nueva entrega el vistazo a otro gran legado de Juan Manuel Santos, la relativa a la actual disputa por la presidencia en la que por vez primera un populista de extrema izquierda, Gustavo Petro, es firme opcionado, según las encuestas, a ganar la presidencia.

    Darío Acevedo Carmona, 23 de abril de 2018