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plebiscito

  • UN CONEJO ESPANTÓ A LA PALOMA

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    En columnas recientes y opiniones vía twitter había advertido que el Gobierno Santos estaba jugando doble en la renegociación del acuerdo de paz luego de la derrota del SÍ.

    Por un lado envió a Humberto de la Calle, Sergio Jaramillo y uno que otro ministro a reunirse con los voceros del NO. Estos últimos se habían ceñido a la idea de buscar un Gran Pacto Nacional para llevar a la mesa de La Habana las propuestas de quienes salieron vencedores en el plebiscito.

    Por otra parte, varios ministros del Gobierno Nacional como el del Interior, la Canciller y Defensa concedían a los Medios declaraciones acosadoras y minimizantes sobre la renegociación del Acuerdo que días antes del plebiscito habían declarado “inmodificable”.  A nivel diplomático, el presidente Santos inició una ofensiva visitando a varios gobiernos y haciendo gestiones con diversas autoridades y organismos multilaterales para reconstruir la perdida confianza en su propuesta de paz.

    La mesa entre delegados del Gobierno Nacional, por el SÍ,  y los diversos voceros del NO, inició trabajos al superarse la pretensión oficial de dividir a estos con invitaciones a Palacio a cada sector. Se estableció una metodología que tenía el propósito de actuar unificadamente en la defensa de propuestas a llevar a La Habana y en compartir de ida y vuelta los resultados de esas conversaciones.

    El presidente Santos manifestó en varias ocasiones la urgencia de firmar un nuevo acuerdo introduciendo un elemento de perturbación y afectando el espíritu de construcción del mismo que se había instalado en la mesa de Bogotá. Sectores del SÍ entre ellos grupos de izquierda, ONGs cercanas a estos, partidos de la Unidad Nacional y el propio gobierno terminaron instrumentalizando iniciales movilizaciones espontáneas por la paz en favor de una firma express de la misma.

    Mientras los voceros del NO continuaban trabajando de buena fe, el Presidente, sin que nadie se lo demandara, denigró del resultado del plebiscito en el parlamento inglés, dando señales de su doble juego.

    A todas estas, dos acontecimientos acrecentaron los afanes de Santos: la sorprendente elección de Trump a la presidencia de los Estados Unidos, contra la que él se había manifestado, ya que podría dar al traste con el apoyo incondicional de la Casa Blanca a las concesiones a las FARC. Así mismo, la salida al aire del escándalo del Hacker y de la infiltración oficial de espías en la campaña de Óscar Iván Zuluaga que apuntan a que el triunfo de Santos en 2014 fue producto de una estratagema cuyas novedades empiezan a salir a flote.

    ¿Qué otra cosa puede explicar que el Gobierno haya dejado de jugar a varias cartas para optar por el engaño monstruoso que precipitó el fin de semana pasado? Estaba lejos la fecha del 31 de diciembre como límite para el cese bilateral de hostilidades. Las comisiones del SÍ y del NO mantenían un buen clima de discusión, se hablaba de avances importantes y se estaba a la espera de nuevas consultas.

    De pronto, el exministro de Justicia, Yesid Reyes, en entrevista a un diario español hizo declaraciones que pusieron los pelos de punta, manifestó que no sería necesario una refrendación vía plebiscito del nuevo acuerdo. Dos días después, sábado 12 de noviembre, a un mes de recibir el nobel en Oslo, Santos busca sorpresivamente al expresidente Uribe para darle “la gran noticia” del nuevo acuerdo. El expresidente le plantea no darlo por definitivo hasta tanto no haber estudiado el contenido con los representantes del NO.

    Horas más tarde y sin que el texto hubiera sido redactado totalmente, el Presidente habló por televisión sin atender el pedido de Uribe. Ya había procedido igual varias veces dando noticias de asuntos no ocurridos o inconclusos. Insistía en su estilo de impactar a la opinión con los hechos cumplidos. Al día siguiente, Humberto de la Calle, experto en dar a entender lo inentendible y en hacer ver lo que no existe, redondeó el oso enseñando en un video cómo se trabajaba aún, arduamente “en el ensamblaje de todos los puntos”.

    Vinieron luego las declaraciones, al unísono, de ministros afanados por dejar algo para la historia, Cristo, Villegas, el astuto Presidente, el indudable Iván Cepeda, Iván Márquez y Leyva Durán el vocero que no sabemos si tendrá que desmovilizarse en razón de sus servicios prestados a una banda criminal, que recitaban de modo terminante: “esta es la versión final, no hay marcha atrás, no habrá más negociaciones, aquí se cierra todo, no habrá consultas con los del NO”.

    El expresidente Pastrana hizo un buen retrato de la situación: “expidieron un decreto”, agregaría yo, un ultimátum dictatorial. Dejaron plantados a los voceros del NO, con la única opción, como antes del plebiscito, de adherir o plegarse.  Se pasaron por la faja la idea de Pacto Nacional, se quieren burlar de la ciudadanía que los derrotó al optar por una refrendación por la vía de un Congreso emasculado, untado de mermelada y temeroso de llegar manivacíos a las elecciones de 2018.

    Sabemos que en su infinito cinismo pueden burlarse de la democracia y humillar a la población para que Santos reciba su Nobel a costa de entregar el país en un acuerdo tan humillante como el derrotado el 2 de octubre. Ese y no la paz es el afán de cerrar cualquier posibilidad de un Acuerdo Nacional.

    Coda: El conejo que ahuyenta a la paloma es una caricatura del genial Osuna en elespectador.com de noviembre 6.

    Darío Acevedo Carmona, 21 de noviembre de 2016

  • LA CALLE CONTRA LAS URNAS

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    El Gobierno Santos  adelanta una estrategia integral que tiene por objeto dejar sin piso el resultado adverso que su acuerdo de paz tuvo en las urnas.

    Que se sepa, en los casinos cuando un jugador se juega los restos y pierde, se retira de la mesa sin opción de reparar su ruina. El Presidente Santos, dizque buen poquerista, cree que, después de haber hecho entender a don Raimundo y todo el mundo que en el plebiscito se apostaba el “todo o nada”, que el Acuerdo “era inmodificable”, que, como afirmó Humberto de la Calle en un extraño arrebato de contundencia “si gana el NO el acuerdo se cae”, puede violar las reglas del juego.

    La estrategia contempla varios frentes: en el interno intenta capitalizar las marchas juveniles para presionar a los del No para que presenten propuestas “realistas” y a gusto de las FARC, por otra parte, a través de demandas, procura derogar el resultado del plebiscito así ello implique que un tribunal o la Constitucional descubran, a posteriori, que la citación del mismo fue irregular.

    En el externo, el que quedó más maltrecho, intenta recomponer apoyos como el que vino a darle en nombre de la debilitada UNASUR el resucitado Ernesto Samper o el que le hizo el New York Times con su agresivo e irrespetuoso editorial antiuribista. Quizás el que le ha devuelto a la vida, así lo cree él, es el nobel de Paz, por intervención calculada del gobierno noruego.

    Entre las acciones más destacadas que dan muestra de la desesperada estrategia está la carga de caballería de sus ministros del Interior y Cancillería, la propuesta del disparatado senador Benedetti de repetir el plebiscito, la instrumentalización en su favor y con ayuda de las izquierdas de las movilizaciones ya no tan juveniles alimentando consignas en apariencia incuestionables: “paz ya”, “implementación del Acuerdo ya”. Mención aparte merece la andanada de los beligerantes columnistas que cada ocho días dan ejemplo de tolerancia, reconciliación y paz… con las FARC y de sevicia contra el Centro Democrático y el expresidente Uribe.  

    Al estimular la insubordinación contra el resultado del hecho democrático plebiscitario y el fallo de la Constitucional, Santos atropella la democracia. Algo muy diferente es que en apoyo del SÍ se hubieran realizado movilizaciones de sus partidarios antes de la votación, pero realizada esta, desvirtuar el resultado es hacerle el juego al golpismo y a la irresponsabilidad de ciertos líderes de izquierda que apelan a “movilizar las masas” para desconocer sus derrotas y a las FARC para las que, según Iván Márquez: La verdadera refrendación del Acuerdo Final para una paz estable y duradera está en la calle”. Que no les quepa la menor duda a los jóvenes de que están siendo utilizados.

    El fallo de la Constitucional señaló los alcances del plebiscito y las consecuencias de su resultado: “La Corte resaltó que el objetivo del plebiscito especial no es someter a refrendación popular el contenido y alcance del derecho a la paz, sino solamente auscultar la voluntad del electorado sobre la decisión pública contenida en el Acuerdo Final”. Más adelante estipuló que “si el plebiscito no es aprobado… el efecto es la imposibilidad jurídica de implementar el Acuerdo Final, comprendido como una política pública específica… manteniéndose incólumes las competencias de los diferentes órganos del Estado, entre ellas la facultad del Presidente para mantener el orden público, incluso a través de la negociación con grupos armados ilegales, tendiente a lograr otros acuerdos de paz”.

    La Corte no habla de maquillar, pulir, corregir o ajustar el Acuerdo. Tampoco estableció plazos perentorios o con afanes para firmar uno nuevo. Por eso el ataque masivo lanzado contra los del NO por los líderes del SÍ y los grandes Medios, es una infamia, pues, en vez de brindar acogida a la propuesta de los vencedores para buscar un consenso nacional, se han dedicado a atacar con vulgaridad a los líderes del NO.

    La Corte también falló que el Acuerdo es asimilable a una política pública, lo que nos indica que la puja entre defensores y opositores del Acuerdo es de naturaleza política. Implica asumir que el debate acerca del rumbo a seguir y la interpretación de cómo llegar a un acuerdo nacional para renegociar con las guerrillas, es, indefectiblemente, un asunto de alta política. Por esta razón resulta incomprensible la convocatoria de los rectores de las universidades públicas y privadas de salir a las calles, ofreciendo permisos y adhiriendo a consignas que han dejado de representar a la población en general y que se identifican con las orientaciones del Gobierno Nacional y con las declaraciones de las FARC. No es gratuito que el Presidente haya invitado a líderes estudiantiles a Palacio y haya ido a la marcha para saludar y agradecer a los rectores.

    La idea de Universidad es ajena a intervenir en los asuntos de la política a la cual se concurre en calidad de ciudadanos simpatizantes o militantes de un partido o de una causa. La ciencia, la academia, el saber científico, la docencia y la investigación,  no pueden estar atravesados por intereses políticos. A lo sumo y es lo deseable, las universidades pueden y deben abrir sus espacios para el debate sobre los diversos puntos de vista acerca de problemas o cuestiones políticas, pero nunca en un sentido movilizador o de activismo porque se lesiona su espíritu de universalidad y diversidad.

    CODA: A propósito de mentiras y manipulaciones recordemos algunas del Gobierno: Invitó a votar por la paz contrariando fallo de la Constitucional. Pregonó el miedo hablando de una cruel guerra urbana si ganaba el NO. Cubrió con millonarios recursos del erario público la publicidad a favor del sí. Reunió a alcaldes y gobernadores para “hablarles” del plebiscito y de las partidas presupuestales. Estigmatizó a los partidarios del NO de guerreristas. Asustó a los votantes diciendo que si ganaba el NO el Acuerdo se caía y retornaría la guerra. Para desestimular a los escépticos y críticos del Acuerdo dijo que era inmodificable. El Presidente redactó la pregunta “que se le dio la gana”. Santos dijo que si ganaba el NO se vería obligado a renunciar. Firmó el Acuerdo final antes de la votación saltándose mandato de la Corte.

    Darío Acevedo Carmona, 17 de octubre de 2016

  • LA PREGUNTA DEL PLEBISCITO, VERDADES Y MENTIRAS

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    A pesar de que fue la Corte Constitucional la que aclaró en su fallo sobre el plebiscito que no se estaría votando el derecho a la paz sino una política pública impulsada por el presidente de la República, este y los voceros de los partidos oficialistas, los negociadores y la nube de columnistas que impulsan el SÍ, burlan el dictamen al insistir que el 2 de octubre se votará por la paz o la guerra.

    La Corte sentenció que “el plebiscito no es un mecanismo de reforma constitucional y legal. En consecuencia… el contenido del mandato popular expresado mediante dicho instrumento es de índole política, no normativa. Por este mismo motivo, a través del plebiscito no pueden someterse a refrendación popular el contenido y alcance de los derechos fundamentales”. De manera que podemos reclamar a este Gobierno, aunque suena a imposible, juego limpio, no engañen a la ciudadanía.

    Unas líneas más adelante la Corte: “resaltó que el objetivo del plebiscito especial no es someter a refrendación popular el contenido y alcance del derecho a la paz, sino solamente auscultar la voluntad del electorado sobre la decisión pública contenida en el Acuerdo Final”.

    La retórica oficial de paz es falsa porque el acuerdo sobre el que se va a votar se refiere a una negociación solo con las FARC. Esta semana el ELN dio a conocer en un comunicado que siguen en su “guerra” y reafirmó la continuidad de su lucha por sus propios objetivos. Por otra parte, quedan en actividad ilegal poderosos grupos como las Bacrim, que extorsionan a la población, cometen crímenes y trafican drogas ilícitas, con las que no se ha entablado una negociación. De modo que el mensaje de paz total, tal como está fijado en la tendenciosa pregunta del plebiscito, es falso de toda falsedad ya que, en plata blanca y sin ambigüedades, lo que se va a votar en el plebiscito no es ni puede ser la paz, es un acuerdo con las FARC.

    Las siglas de esta organización fueron omitidas en la pregunta por cálculo mezquino. El Gobierno sacrificó la pregunta correcta en razón del alto costo político que le representaría especificar que el tratado a aprobar era solo con la guerrilla más desprestigiada del país. Por eso es claro que el Gobierno se burla del mandato de la Corte y, para colmos, parece que esta no va a exigir respeto por su fallo.

    Cuando los negociadores del Gobierno declaran sin inmutarse que el Acuerdo es inmutable, inmodificable, innegociable, que si no lo aprobamos vendrán otros 50 años de guerra, están convirtiendo ese acuerdo en un dogma que queda por encima de la Constitución y del constituyente primario que es el único que puede fijar límites en cualquier materia de leyes fundamentales.

    Ese dogmatismo traído de los cabellos pretende desestimular el voto por el NO en el plebiscito. Se le está diciendo a la opinión que el NO nos conduce a una vacío, que no es claro qué pasaría en caso de ganar el NO. Como si la propia Corte Constitucional no hubiese fijado posición a ese respecto, leamos lo que dice el fallo: “…si el plebiscito no es aprobado, bien porque no se cumple con el umbral aprobatorio o cumpliéndose los ciudadanos votan mayoritariamente por el “no”, el efecto es la imposibilidad jurídica de implementar el Acuerdo Final, comprendido como una política pública específica. Por ende, si se parte de considerar que el plebiscito no reforma la Constitución, entonces una potencial desaprobación del Acuerdo Final tiene incidencia únicamente respecto de la implementación de esa decisión de política pública en específico, manteniéndose incólumes las competencias de los diferentes órganos del Estado, entre ellas la facultad del Presidente para mantener el orden público, incluso a través de la negociación con grupos armados ilegales, tendiente a lograr otros acuerdos de paz” (página 7).

    A pesar de la incuestionable claridad, el Gobierno y sus respaldos en vez de entender que el triunfo del “NO” significa un mandato popular para que el Presidente y los otros órganos del poder continúen adelantando negociaciones de paz, y en este caso, que se plantee un viraje en los términos concedidos a las FARC, en vez de entender eso, insisten, tendenciosa y maliciosamente, en que el triunfo del “NO” es lo mismo que optar por la guerra.

    Y, para darle mayor solidez y blindaje de acero al Acuerdo, han distorsionado el derecho constitucional a la paz, al asimilarlo a un acuerdo específico. Nos quieren decir que Acuerdo es lo mismo que paz en contravía de lo fallado por la Corte y de ahí concluyen, sin razón, que el Acuerdo es inmodificable como si los negociadores de La Habana fuesen superiores al Constituyente Primario.

    CODA: Suele ocurrir que nadie escarmienta con las desgracias ajenas. El fantasma al que tememos tiene vida real en Venezuela. La suerte del pueblo venezolano es bien trágica: él solo luchando contra una dictadura que en principio no vieron como tal ni como un peligro. ¿Será que tenemos que pasar por las mismas para entender a qué tipo de gente y de movimientos se les quiere otorgar concesiones sin término?  

    Darío Acevedo Carmona, septiembre 5 de 2016

  • LA POLARIZACIÓN NO ES EL PROBLEMA

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    No somos el único pueblo sobre la tierra ni el primero que se polariza ante cuestión dilemática o que convierta la definición de un problema en motivo de álgidas disquisiciones e irreconciliables posiciones. No lo digo para consolarnos sino para que reflexionemos sobre esa fastidiosa costumbre de autoflagelarnos y creer que la lucha política puede llegar a ser totalmente cristalina y aséptica.

    Nada ganamos con quejarnos de la polarización que se ha creado en torno a las conversaciones de paz y el  plebiscito. Es cierto que circulan argumentos falaces, mentiras a rajatabla, rumores infundados, insultos, burlas, matoneo, pero también contamos con exposiciones serias, pensamientos y reflexiones en cada uno de los polos en los que ahora estamos ubicados la mayoría de los colombianos.

    Así pues, si en el debate hay de todo, quien quiera entrar en él, elige los términos con los que habrá de intervenir y las corrientes de opinión o exponentes con las que entablará su discusión. Y ojalá quienes se quejan de matoneo, haciéndoselo al contradictor, tónica de un buen número de columnistas, opten por una prosa más elaborada.

    Hay personas de las que uno esperaría que no acudan a las mentiras, como ocurrió en días pasados con declaraciones del expresidente César Gaviria Trujillo, quien sostuvo que en la negociación con paramilitares hubo total impunidad y que había miles de ellos en las calles, citando el caso de uno de los capos de esas organizaciones caminando tranquilamente por una calle céntrica de la capital. Voceros del gobierno y de partidos han sostenido lo mismo. La cuestión es de fácil respuesta y no hay que citar a ningún teórico de las ciencias sociales: Hubo cárcel para responsables de delitos de lesa humanidad, en principio se contempló la posibilidad de que pagaran penas en lugares diferentes a cárcel común, la Corte Suprema se opuso y ordenó castigos con prisión efectiva, el gobierno acató. Por tanto hubo una posición de Estado. Hoy, por el contrario, el presidente no contempla que se toquen los preacuerdos.

    Hubo extradición de jefes que incumplieron compromisos, no se les dio representación ni elegibilidad política. Confesaron muchas verdades, pidieron perdón, resarcieron, si bien es cierto a medias, a sus víctimas, y a pesar de muchas objeciones, el país no fue dividido ni fue materia de negociación las FF MM, la Agenda Nacional, la Constitución, ningún Órgano Judicial fue suplantado como ocurre en el actual proceso. Y el jefe paramilitar personaje que caminaba por calle capitalina pagó una pena de 8 años, los de las FARC caminarán por doquier sin ir un solo día a prisión.

    Un asunto que atiza la “polarización” es el relativo al ¿qué pasará? según el resultado del plebiscito. Quienes impulsan el SÍ sostienen que de ser victoriosos el presidente queda habilitado para adelantar la implementación de los acuerdos. Hasta ahí, todos podemos coincidir, es una decisión del constituyente primario que se debe acatar. Si lo que se lleve a la realidad conviene o no al país es otro asunto a cuyo alrededor proseguirá la controversia.

    Los partidarios del sí aseguran que de triunfar el NO el país volverá a la guerra, el presidente Santos y el expresidente Gaviria siembran miedo con esa amenaza. El primero pretende generar una atmósfera de pánico diciendo que esa guerra tendría como epicentro las grandes ciudades y sería más letal que las anteriores.

    Agregan que el NO deja sin alternativa al presidente de la república, o sea, el NO es el camino del desastre ya que no es posible rediscutir lo ya acordado. En cambio, más sutiles aunque, no se puede confiar en lo que dicen, las FARC manifestaron que ellos no se levantarían de la mesa.

    ¿Qué dicen los defensores del NO en caso de triunfar? Que el presidente no tiene porqué levantarse de la mesa pues ese no es el significado del NO. Se vota NO a todo porque el gobierno canceló el referendo que hubiese permitido formular varias preguntas en las que sería factible votar afirmativamente.

    Por disposición constitucional, el presidente tiene la obligación de seguir buscando la paz, de manera que lo que se desprende del NO en el plebiscito es que el presidente entienda el resultado como un mandato de la ciudadanía para que reencauce las negociaciones. Y si las FARC u otros grupos armados ilegales siguen en su plan de combatir con las armas a la institucionalidad, el presidente está obligado a responder con las armas legítimas de la República cualquier perturbación o amenaza a la seguridad nacional. Así está escrito en el Título VII Rama Ejecutiva, artículos 188 y 189 numerales 3, 4, 5 y 6. Un presidente no puede alegar miedo, objeción de conciencia o cansancio ante los deberes allí consignados.

    De manera que si el presidente ante una amenaza de retorno a las armas se asusta o muestra miedo puede ser acusarlo de cobardía. Está obligado a cumplir la ley y si le parece muy horrible el mandato constitucional de enfrentar todo desafío armado o violento al orden establecido, le queda la opción de RENUNCIAR al cargo para que el vicepresidente asuma esos deberes.

    Darío Acevedo Carmona, 22 de agosto de 2016

  • ¿QUIÉN DIJO MIEDO?

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    Sin que se baje la bandera para dar inicio a la campaña por el plebiscito ya están en marcha las campañas por el SI y por el NO. Y en ambiente de intensa controversia emerge a lado y lado el recurso del MIEDO.

    El debate ha tenido altos y bajos niveles de argumentación en medio de una aplastante ventaja para el oficialismo que ha gastado sumas millonarias del presupuesto nacional en publicidad a favor de su posición. Y aunque la Corte Constitucional en su fallo dejó sentada la exigencia de que la pregunta no debe girar en torno a la paz sino a los Acuerdos, el combustible que está tensionando el ambiente es el dilema que se impone incontrolablemente.

    De un lado los que apostando por el SÍ atacan a los defensores del NO acusándolos de guerreristas y hasta amenazando, con fines de crear MIEDO, con la prolongación de la guerra por otros 50 años y su impacto sobre todo en los centros urbanos.

    Del otro lado, se señala a los partidarios del SÍ de haber sido demasiado condescendientes con la guerrilla al haber puesto en cuestión aspectos sustanciales de la vida nacional, y se agrega, también para que las gentes teman por el futuro y con razones ampliamente difundidas, que este proceso le abre las puertas al modelo castrochavista o socialismo bolivariano del siglo XXI.

    Como quiera que a los críticos de las negociaciones en La Habana se nos tilda de exagerados al decir que este peligro está latente, pues el comunismo colombiano es débil en apoyos y en unas elecciones libres serían ampliamente derrotados, vale la pena insistir en la racionalidad del temor que sentimos, que en vez de amilanarnos, nos lleva a impulsar el movimiento por el NO en el plebiscito.

    En todos los países del mundo donde han triunfado los comunistas ha sido a través de las armas, de golpes de estado, de insurrecciones o alianzas con fuerzas socialdemócratas, liberales o progres que no creyeron que podían perder el poder y ser luego eliminados del escenario político por aquellos.

    La experiencia comunista desde la URSS, pasando por China y por países que no renuncian a la dictadura del proletariado, como Cuba y Corea del Norte, ha sido un desastre total. Sin embargo, en América Latina y liderado por los Castro y el Foro de Sao Paulo, el comunismo se reinventó y camuflado en mil causas desde las ecológicas, la democracia, los derechos humanos y hasta las de género, lograron crear un bloque de países gobernados por ideas que aunque no se presentan de comunistas, tienden a ese ideal fracasado.

    Con paciencia infinita, los comunistas abren espacios entre fuerzas que subestiman su carácter peligroso. La revolución cubana mandó al paredón a quienes antes la aplaudieron desde orillas cirineas. En Venezuela hasta las elites políticas, los intelectuales y los empresarios, creyeron ciegamente en Chávez. Ni este ni Fidel declararon su fe comunista en principio, solo lo hicieron cuando se habían asegurado el control del poder.

    Los comunistas en todas partes conspiran para crear desorden, divisiones, desconcierto, temores, incertidumbres en su estrategia de toma del poder. Aprovechar la crisis de las clases dominantes y sus fuerzas armadas es parte del libreto. No han declinado en su lucha por la dictadura del proletariado, expropiar a los terratenientes y hacendados, estatizar la economía, abolir la propiedad privada y usar el aparato educativo para crear el pensamiento único adoctrinando a los niños y jóvenes.

    La principal fuerza comunista en Colombia está representada por las FARC que en La Habana ha reafirmado sus tesis marxista-leninistas detrás de las que justifican todos sus crímenes. No han renunciado a ellas ni lo harán, pero, para ingresar en sociedad las relegarán, por un tiempo, a planos muy secundarios. Aborrecen la democracia que consideran burguesa y la usan como escalón para acceder a puestos de privilegio desde donde atacarán la fortaleza enemiga.

    El Foro de Sao Paulo es hoy día el epicentro de la estrategia que apunta a la instauración del comunismo en la región. En Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, conquistaron el poder sin mayor oposición y con el visto bueno de alegres solidarios que no previeron el peligro. Arrasaron el orden constitucional para perpetuarse en el poder, arruinaron la separación de poderes y restringieron la libertad de prensa, además del gran desastre de la economía en Venezuela uno de los países más ricos del mundo.

    Que Colombia sea un país objetivo en ese plan y que la Cuba de los tenebrosos dictadores Castro no elimine el Departamento América (encargado de propagar su revolución continental) de su partido comunista, refuerza el temor. El miedo deja de estar en el horizonte para entrar en el juego de las posibilidades a través de unas negociaciones en que se les entrega demasiadas ventajas.

    El miedo surge también de la gestión de gobernantes de la talla de Juan Manuel Santos que confunde el país con un casino y de la dirigencia de partidos como el lánguido y plutocrático liberalismo, un empresariado acobardado y ciego ante los nubarrones y sordo a las advertencias, una prensa entregada a la millonaria pauta publicitaria oficial y un Ejército descabezado y sin mística al que le acaban de cambiar su doctrina (exigencia de las FARC).

    Me pregunto: ¿es o no es razonable sentir miedo, sentimiento profundamente humano, y decírselo a los colombianos para que entiendan que solo luchando contra los infames y entreguistas acuerdos de La Habana podemos iniciar el camino de recomponer las negociaciones de tal forma que la paz no signifique el hundimiento del país en nuevas violencia, en el caos y poner en riesgo, sin necesidad, la democracia y las libertades?

    Darío Acevedo Carmona, 8 de agosto de 2016

  • LAS FALLAS DEL FALLO SOBRE EL PLEBISCITO

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    Los términos del fallo de la Corte Constitucional sobre el plebiscito nos confirma la presunción de que el proceso de paz del Gobierno Santos apunta a cambiar profundamente todo el ordenamiento del país, incluido el himno nacional.

    Nunca se le prestó suficiente atención en el debate sobre las negociaciones de paz a la tesis esgrimida por el Alto Comisionado de Paz, el filósofo Sergio Jaramillo, según la cual para hacer la paz es necesario tomar medidas extraordinarias y excepcionales en el periodo de transición que estaría ya comenzando y que consiste en crear las condiciones para realizar todo lo acordado en La Habana: “La excepcionalidad. Los efectos de 50 años de conflicto no se pueden reversar funcionando en la normalidad. Tenemos que redoblar esfuerzos y echar mano de todo tipo de medidas y mecanismos de excepción: medidas jurídicas, recursos extraordinarios, instituciones nuevas en el terreno que trabajen con suficiente intensidad e impacto para lograr las metas de la transición”. En este postulado cabe desde la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) con su Tribunal omnímodo, hasta un golpe de estado.

    El fallo es, en tal dirección, un paso significativo en el propósito de refundar el Estado colombiano promovido e impuesto por las FARC, pues lo que diga la Corte es incuestionable y por lo mismo, los acuerdos quedarán blindados excepto que suceda algo extraordinario, como que en el plebiscito triunfe de manera aplastante el NO. La Corte, no sé si en conciencia, se clavó un mortífero puñal puesto que cuando entre en funciones el Tribunal de la JEP, el sistema judicial colombiano queda subordinado o suplantado.

    Pero, la principal falla del fallo radica en haber aceptado, so pretexto de que la ley no dice nada al respecto, que una minoría (13%) tome decisiones trascendentales para el país. Se olvidó la Corte que cuando la ley no dice nada sobre una cuestión se debe aplicar el criterio utilizado en caso similar. En cambio, la Corte nos deja un pésimo ejemplo de democracia al estatuir que las minorías son más poderosas que las mayorías.

    Otro problema que la Corte dejó sin resolver fue el relativo a la pregunta del plebiscito, que en todo caso será una sola, negándole a la ciudadanía la opción de expresar su parecer con un sí o un no sobre temas muy diversos y de distinto calibre, de discernir para votar sí en unos casos y no en otros.

    Un último fallo es el referente a la decisión de prohibir la financiación estatal de las campañas, en cuanto el sector que apoya el SI es claramente beneficiario desde hace buen tiempo de prerrogativas que se derivan del ejercicio del poder: publicidad de todos las dependencias oficiales a favor de la paz gubernamental, asignación de partidas de inversión (mermelada) vía congresistas, amenazas veladas y directas a alcaldes y gobernadores de cancelación de obras y compromisos en caso de no colaborar con el sí.

    El panorama y las condiciones son pues ampliamente favorables al presidente Santos. El Congreso arrodillado, la Constitucional a su favor, los grandes medios ni se diga, el empresariado temeroso de represalias. Y por eso, la batalla por obtener el apoyo ciudadano por el NO se librará en condiciones bastante adversas.

     No obstante, considero que aislarnos de las gentes, de esa opinión con la que podemos aspirar a la derrota de la paz entreguista, sería un error gravísimo. Perderíamos una oportunidad y un espacio para hacernos escuchar en el país y en el exterior. Si nos abstenemos no podremos preciarnos de nada y le dejaremos la vía libre a la paz impune. La abstención  en Colombia es un mal crónico que deslegitima la democracia y que, además, deja el camino expedito a quienes, así sea con pocos votos, imponen sus propuestas.

    La abstención en este caso, nos aislaría de millones de seguidores que están alertas en la defensa de los valores republicanos, de la justicia y de la democracia. Decirle a esa opinión que nos vamos a abstener es como paralizarlos, ponerlos en el lugar de espectadores de un gran fraude que legitimará el triunfo del sí sin resistencia.

    El plebiscito, no obstante sus limitaciones, es una oportunidad para hablar con las gentes, para llegar donde no hemos podido ir, para darle a conocer al mundo y a la nación las poderosas razones que tenemos para decirle NO a una paz impune. El plebiscito es una de las tantas batallas que habremos de librar para evitar el triunfo de la paz engañosa y entreguista Santos-FARC.

    Coincido con quienes caracterizan esta convocatoria como fraudulenta, también eran fraudulentas las que hacía el chavismo en Venezuela, pero, tengamos en cuenta que si no apostamos a ganar con el NO, el gobierno ganará más fácil el plebiscito y en tal sentido, nuestra Resistencia Civil tendremos que librarla en peores condiciones y con menos garantías.

    Lo correcto, entonces, es participar en el evento, no dejarle el camino libre al Gobierno. Los que consideramos que este proceso quedó mal hecho y es inconveniente para la nación, debemos oponernos por la vía civilista, y el plebiscito es una de ellas.

    Darío Acevedo Carmona, julio 25 de 2016