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socialismo bolivariano siglo xxi

  • La tragedia de Venezuela y su pueblo

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    Algo parecido a los sucesos que ocurren en Venezuela no lo habíamos presenciado los latinoamericanos en las dos centurias de vida independiente de nuestros países.

    Tenemos noticia de éxodos de miles de militantes perseguidos por dictaduras que implantaron regímenes de terror y persecución, de migraciones en gran escala de gentes que salen en busca de nuevos horizontes económicos ante la falta de empleo o la miseria insoluble.

    Pero, nada de lo que haya ocurrido en el pasado tiene los ribetes trágicos de lo que experimenta el pueblo venezolano en el momento actual. Si nos preguntamos a qué se debe que miles de miles de personas, quizás varios millones en un lapso relativamente corto de tiempo estén saliendo hacia los países vecinos realizando extensas caminatas, enfrentando las inclemencias del hambre, del clima y del desarraigo, escucharemos todo tipo de explicaciones según el lugar del espectro político desde el que se hable.

    Lo cierto del caso es que Venezuela, siendo uno de los países más ricos y poseedor de la mayor cantidad de reservas de petróleo del orbe, donde se dan el lujo de adquirir la gasolina más barata que el agua (como que con un dólar se pueden comprar 3,5 millones de litros de petróleo, ver http://www.el-nacional.com/noticias/sociedad/subir-gasolina-mas-barata-del-mundo-hasta-donde-puede-llegar-maduro_246704) hoy ha reducido su producción en más de 1,5 millones de barriles diarios, no hay medicinas, no hay oferta de alimentos en las cantidades y precios adecuados para sobrevivir.

    Pero, además de haber matado la gallina de los huevos de oro, el gobierno de ese país se empeñó en adelantar un proyecto de socialismo bolivariano, copiando el modelo castrista, atacando la empresa y la propiedad privada, persiguiendo a empresarios, causando la emigración forzada de los empleadores que, impotentes, presenciaron la nacionalización y expropiación de sus activos, bienes y patrimonio.

    El estatismo adoptado por Chávez y Maduro convirtió el agro productor de alimentos en un desierto y en materia política y electoral jugaron y atropellaron la constitución, organizaron fraudes para alterar los resultados y perpetuarse en el poder. Convirtieron su ideología y sus dogmas en política oficial, persiguieron y reprimieron sangrientamente las masivas protestas de la ciudadanía, encarcelaron decenas de líderes opositores, cerraron canales de tv, emisoras, diarios e hicieron del aparato educativo una tribuna de adoctrinamiento.

    Así que, detrás de las dolorosas imágenes de marchantes que desafían el cansancio, el frío, el calor, la lluvia y el dolor del alma,  no hay un error o una falla sino un modelo económico y un régimen de dominación política con los que se pretendió y se insiste en llevar a la práctica dogmas preciados de la reaccionaria izquierda latinoamericana plasmados en el programa del Foro de Sao Paulo, el mismo que se ha intentado en varios países de la región y que se logró imponer en muchos de ellos.

    Las consecuencias, todas disímiles pues en cada país en que se trató de implantar lo orientado por dicho Foro, las reacciones fueron diferentes, se reflejan con crudeza en el ámbito político y en la esfera económica.

    El populismo izquierdista una vez en el poder cocinó un plato explosivo y envenenado, que confirma su fracaso histórico y ningún éxito. En ningún país el socialismo en todas sus variantes pudo resolver el problema del hambre, de la pobreza extrema, del desempleo. Al cabo de décadas, desde la revolución comunista rusa en 1917, la economía planificada desde el estado, la abolición de la propiedad privada, el reemplazo de los empresarios por la burocracia partidista, sucumbió ante el empuje y la supervivencia del capitalismo como sistema económico sin alternativa a la vista ni en el corto ni en el mediano plazo.

    Es tan patético el desastre de los modelos socialistas que hasta los países más ortodoxos en su aplicación: China, Vietnam, Rusia, etc, se han visto obligados a reimplantar el capitalismo y la propiedad privada para suplir el hambre de sus poblaciones.

    El segundo factor propiciador de la crisis tiene que ver con la anulación de la democracia y de las libertades, con la manipulación de la constitución, con las restricciones a la libertad de prensa y con la desenfrenada corrupción de las altas esferas del “poder popular” que roban y esquilman lo poco que queda de riqueza.

    Auténticas mafias se han formado en el seno de los rígidos partidos comunistas y socialistas que pelechan a la sombra de las grandes definiciones. La corrupción en Venezuela se expresa en un gobierno mafioso que vive del robo de las rentas del petróleo y del narcotráfico, y ha desembocado en la formación de una burguesía lumpen, la boliburguesía, que rapta recursos inconmensurables a los proyectos sociales humillando la calidad de vida de la población.

    Hay mucho de criminal en la conducta de Maduro-Diosdado y su camarilla y eso tampoco es un desliz, es usual en los déspotas y dictadores.

    Así pues, que ojalá los sociólogos del socialismo no insistan en el cuento del error o falla del sistema, ni le den alas a la burda idea madurista de que todo se debe a un complot del imperialismo. Mejor que recuerden que la guerra del hambre fue una estrategia del dictador Stalin que llevó a la muerte por inanición a varios millones de rusos y ucranianos. Que la emigración masiva es forzada por el aparato político de los comunistas para deshacerse de millones de estómagos, tal como lo hizo en varias ocasiones Fidel Castro con el “Mariel” y otros éxodos forzados para aliviar sus cargas creándole problemas a los tan aborrecidos vecinos capitalistas y democráticos.

    Darío Acevedo Carmona, 10 de septiembre de 2018

  • Petro en el espejo

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    ¿Cuántas veces se mirará en el espejo Gustavo Petro antes de pronunciar un discurso de plaza pública, atender una entrevista o participar en un debate? Formulo la pregunta a sabiendas de que no habrá respuesta por parte de él, sino por la curiosidad de entender los contenidos de una estrategia de imagen bien pensada más no lograda.

    No porque sea raro que un político se mire en el espejo, lo hacen muchos, me imagino, y no propiamente para peinarse sino porque el elevado ego tiene que acicalarse. Lo hacía Gaitán según nos cuenta el historiador norteamericano y colombianista Herbert Braun en su novedoso libro Mataron a Gaitán, el perfil mejor logrado que yo haya leído sobre el caudillo.

    Y por supuesto, hemos de entender que la política es una especie de teatro y los políticos son actores, y estos tienen que prepararse. Sí, todos, y eso no los descalifica. Hay escuelas de preparación, publicistas, expertos en manejo de la imagen que saben qué es lo que le conviene a cada actor, el vestuario, la gestualidad, la mirada, el manejo de las reacciones, etc.

    Me ocupo de Petro porque todo lo anterior sumado a su innegable capacidad expositiva se ha condensado en una estrategia para venderle a la opinión pública y al electorado propio y ajeno un producto muy diferente al que conocemos. Los publicistas expertos nos pueden hacer ver el sol de noche, le pueden poner piel de oveja al lobo y vestir de seda a la mona.

     De manera que cuando Petro asume ese tono de voz magisterial, como sentando cátedra, y mira por encima de la nuca a sus rivales, mirando al infinito, al periodista o a las cámaras y camina en el escenario o se lleva las manos al mentón, quiere transmitir la imagen de un maestro, un docto o un sabio, y no la de un exguerrillero audaz ni la de un locuaz populista ordinario que es lo que es.

    Los gestos en él ayudan a darle peso a sus flojas y temerarias propuestas e ideas. Elucubra ante preguntas difíciles acudiendo a explicaciones gaseosas, como cuando dice que la paz no es solo el cese del fuego ni el acuerdo con las guerrillas, y para que no se le note mucho esa posición típica del izquierdismo, habla de la miseria, las injusticias, el sufrimiento por los odios y hasta de la violencia que otros, no él ni el M-19, propiciaron y nos legaron.

    Sus asesores lo han convencido para pulir sus vínculos con personajes, ideas y proyectos en desuso o fracasados, de ahí que hable mal de Maduro, del desastre económico de Venezuela, evite referirse a Hugo Chávez, su gran amigo, a la dictadura castrista, al socialismo del siglo XXI, y cuando lo cercan con esos temas se escabulle, se remite al pasado nacional, habla de la oligarquía, de cómo la clase dirigente ha creado un país injusto y se ha sostenido en el poder a través de la violencia y bla bla bla, y el asunto queda sin respuesta.

    Es astuto para no caer en las declaraciones favorables al chavismo y el “exprópiese” cuando el comandante estaba en su apogeo. A él y a Fidel les aprendió que en un terreno hostil es necesario y obligado mentir, incluso hablar mal de aquello que se quiere: “Fidel es un dictador” decía Chávez, Petro no lo califica y si se lo preguntan hace una extensa disertación sobre los logros de la revolución cubana.

    Para contrarrestar a quien es su principal enemigo ha apelado al pantano, a la bajeza, que también es recomendada por los asesores. Petro busca ofuscar a Iván Duque tocándole fibras sensibles que harían rabiar a una piedra, por ejemplo, cuando mencionó e involucró a su padre en las torturas que él habría sufrido en su época de guerrillero.

    Desestabilizar al rival puede dar sus frutos, entonces tilda a Duque de ser un títere de Álvaro Uribe Vélez, pólvora mojada y bala perdida porque si hay algo claro en la actual campaña presidencial colombiana es que Duque es persona muy bien estructurada y ha logrado mostrarse como un hombre de partido, leal y con estilo propio.

    El señor Petro al mirarse en el espejo debe preguntarle, igual que la bruja en Blancanieves, “espejito, espejito dime…” y entonces, creyendo ver en la diatriba antiuribista el filón para destrozar a Duque, se ocupa de Uribe y vuelve a ser lo que siempre ha sido: un energúmeno y obseso antiuribista, y si alguien le recuerda que Uribe no ha sido condenado, escupe su sabiduría en derecho penal “aunque no lo hayan condenado tiene que demostrar su inocencia”, una perla fascista.

    Y le declara a una Vicki Dávila embelesada que él no odia a Uribe, no tiene empacho en decir, después de aplastarlo, que él quiere la reconciliación. Eso sí, a condición de que Uribe se declare culpable ante la JEP y confiese la “Verdad”, y, fíjense amables lectores lo que se encierra en este desliz que aún no debe haber pillado: Petro está proponiendo modificaciones al acuerdo de paz porque la JEP no puede investigar a ningún expresidente, de manera que su discurso contra la propuesta de Duque de hacerle modificaciones se cae por su propio peso.

    Concluyo, Petro está lavando, hasta donde le es posible, su imagen de izquierdista, aventurero, populista, amigo de Chávez y de Fidel y Raúl y Evo y Ortega y de instigador del odio de clases. Por eso lo vemos en una especie de trance en sus divagaciones seudointelectuales y seudoacadémicas, prolijas en generalidades y paradigmas anacrónicos.

    Como dirían por ahí en alguna esquina, su discurso es para “descrestar calentanos”, sus peroratas apelan a la ignorancia del pasado, se apoya en brigadas de choque y tiene gran habilidad para convocar a las turbas cuando alguna autoridad judicial procede en su contra.

    En este personaje, pues, cobra vida el aforismo: “la Mona, aunque se vista de seda, Mona se queda”.

    Darío Acevedo Carmona, 30 de abril de 2018

  • Fantasmas, miedo y política

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    Claro que hay fantasmas que asustan a las gentes en la actividad política. Fueron Marx y Engels, fundadores del comunismo, quienes en el manifiesto que publicaron en 1848 acuñaron la famosa frase “Un fantasma recorre el mundo” para ironizar el miedo que, supuestamente, sentía la burguesía ante el avance de la doctrina comunista.

    No les faltaba razón, el miedo es un sentimiento de vital importancia en las lides políticas, no tiene color político pues lo sienten quienes creen que van a perder el poder o su estatus o sus libertades o quienes temen persecuciones, retaliaciones y quienes estando en el poder temen ver derruida su obra.

    En esa situación, la noción de “fantasma” no es más que un recurso semántico para hacer inteligible o más eficaz el temor que se quiere despertar. Y es del caso tener presente este uso porque en sentido literal un fantasma según los diccionarios es una “figura irreal, imaginaria o fantástica, normalmente incorpórea, que alguien cree ver; especialmente, imagen de una persona fallecida que se aparece a alguien (también) imagen o idea irreal creada por la imaginación.”

    Hago la aclaración para precisar que el sentido exacto de la advertencia que se da a la amenaza del “castrochavismo” o cualquiera otra de sus denominaciones por parte de las fuerzas opositoras al gobierno Santos y al pacto de paz de este con las Farc, no tiene que ver con una figura irreal, imaginaria o fantástica o incorpórea o con un fenómeno creado por la imaginación.

    Un destacado director de noticias radiales refiriéndose al viaje de la candidata presidencial Martha Lucía Ramírez a Caracas la semana que pasó, comentó en términos irónicos que ella quería sacar partido de la matazón oficial en la que pereció el exoficial Óscar Pérez y provecho de la tragedia para buscar el fantasma “castrochavista” y seguir metiendo miedo sobre su peligro. Este periodista como muchos otros de los grandes medios usa la palabra fantasma en su significado literal con el propósito de desvirtuar las denuncias sobre esa amenaza para Colombia dando a entender que es fruto de la imaginación malévola de sus promotores, algo carente de sustento y, simplemente, un recurso fantasmal, para asustar a las gentes.

    Pues bien, quienes se ubican en esta matriz de interpretación nos tendrán que demostrar que tan fantasmas son personas de carne y hueso, unos muertos y otros vivos como Chávez, Maduro, Diosdado, Evo, Correa, Ortega, Lula, Fidel y Raúl Castro y qué tan imaginario es el Foro de Sao Paulo y las Conferencias Continentales donde se reúnen sus seguidores para diseñar programas y estrategias de tipo continental en las que Colombia figura como una de las preseas más valiosas para su proyecto de extensión de la “revolución bolivariana”.

    Y si su pléyade de aparatos, movimientos sociales, Ongs y sindicatos ideologizados e instrumentalizados, y si las guerrillas FARC, ELN y el ejército bolivariano de Venezuela, etc., son organizaciones imaginadas. Y si sus ideas colectivistas, igualitaristas, anticapitalistas y antidemocráticas, y su fracaso económico y el hambre causada son fantasmas creados por la derecha para retomar el poder.

    De manera que el tal “castrochavismo” o cualquier cosa parecida no es una invención de las derechas y el imperialismo si no un proyecto de la extrema izquierda que cuenta con el obsecuente apoyo de las izquierdas “moderadas” y hasta de liberales, progres, apolíticos, decentes, y uno que otro ingenuón.

    El miedo nuestro a todo lo que huela a comunismo en todas sus versiones, tiene su explicación. No es que se piense que el PC o el PC3 o las FARC o el ELN o la Unión Patriótica o la Farc o la Marcha Patriótica van a triunfar por vía electoral, pueden en cambio sumarse a una alianza con quienes como Fajardo o De la Calle se presten para “abrirles espacios” a esas fuerzas “excluidas”.

    Timochenko, Iván Márquez y los otros miembros del Secretariado, los jefes del ELN, el senador Iván Cepeda, Piedad Córdoba, Petro, los milicianos infiltrados, poseen un inmenso andamiaje e influencia en los medios, tienen opíparos recursos económicos, su poder es tan real como real es el hecho de que ellos han reconocido públicamente que quieren replicar en Colombia la revolución chavista y puesto a Venezuela de ejemplo.

    El miedo puede generar parálisis, desconcierto, pesimismo, pero, también puede ser convertido en fuerza movilizadora. En la coyuntura electoral que se avecina los colombianos estamos retados a pensar si la amenaza “castrochavista” es fruto de la imaginación, es un fantasma para hacer propaganda, o si por el contrario, es algo real, personificado en líderes, en hechos, en desastres en el vecindario, en proyectos continentales y en fuerzas políticas internas como las mencionadas.

    Quienes sostienen que nuestros miedos son fantasmales, irracionales e injustificados no tienen ningún reato para estimular el miedo ante el “fantasma” de la derecha y la ultraderecha, ante el peligro del neoliberalismo, y a que los “enemigos de la paz” lleguen a obtener el triunfo este año y den al traste con su, esa sí, fantasmal “paz”.

    Darío Acevedo Carmona, 22 de enero de 2018