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legalidad

  • Un permiso tóxico, pero no ilegal

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    Si hay algo en lo que durante largos años he aprendido con total certeza es que la política es absolutamente imposible entenderla con plena certeza.

    A raíz del bullicio que se ha suscitado en el país por el otorgamiento de un permiso de salida al exterior del expresidente Gustavo Petro, y dadas las tensiones y crispación alrededor de la gestión del mandatario salido y las sospechas sobre los líos propiciados durante su desastrosa y cuestionable gestión, así como las no resueltas divergencias entre el partido Centro Democrático y un sector muy combativo del nuevo partido creado alrededor de la figura del presidente De la Espriella, consideré pertinente solicitar explicaciones a la bancada del Centro Democrático y opiniones y análisis de especialistas.

    La primera que pude leer en la noche del pasado jueves, fue la del presidente Uribe, luego algunas columnas, entre ellas destaco la del exmagistrado Jesús Vallejo en La linterna Azul, la de Arley Sánchez en Vanguardia, la de Santiago Vélez en El Espectador. Muchas otras voces han plasmado sus puntos de vista negativos, ácidos, de apoyo, burlescos, descalificadores en las redes. No han faltado las caricaturas que por su naturaleza se mofan de la situación. También han hecho sentir su voz congresistas de diferentes agrupaciones.

    Como quiera que el tema tiene que ver con una disposición contemplada por la hoy muy socorrida y defendida Constitución, veamos qué es lo que dice al respeto el inciso tercero del artículo 192: “El Presidente de la República, o quien haya ocupado la Presidencia a título de encargado, no podrá salir del país dentro del año siguiente a la fecha en que cesó en el ejercicio de sus funciones, sin permiso previo del senado”.

    Esto quiere decir que los senadores por las razones que ellos mismos se formen votan por el sí o por el no la petición de un expresidente. En ningún caso incurrirán en falta penal o disciplinaria, en ningún caso podrán ser acusados de negligencia, complicidad, simpatía, apoyo o cualquiera otra valoración subjetiva. La negativa no puede suponer una negación del buen nombre ni de algún derecho vigente ni una condena sin juicio del exmandatario. Cada senador es libre de votar según su motivación.

    Pienso, después de reflexionar sobre todo lo que se ha dicho y escrito que el escándalo se desató en un ambiente político crispado, por las desavenencias entre abelardistas y uribistas y por las malas sensaciones y sospechas de corrupción, inmoralidad, nepotismo, comprobado exceso de topes de gastos en la campaña por la presidencia, ineptitud y vulgaridad del presidente Petro.

    Pero lo que puede ser razonable en justicia y derecho puede resultar de efectos fatales en política que no es una ciencia y una actividad de fácil comprensión racional en la que pueden ser más decisivas las pasiones que las razones.

    La coyuntura ha sido explotada al máximo por quienes desde las propias filas del uribismo y del Centro Democrático tildan al expresidente de “traidor”, de “amiguis” de Petro y otros fulminantes epítetos y quienes aprovechan para engrandecer las toldas del partido que consideran como de auténtica derecha “Defensores de la Patria”.

    Ofrezco mi punto de vista: primero y ante todo, el hecho en cuestión no tiene porqué dar lugar a que se vilipendie y se mancille el buen nombre, la honra, la trayectoria exitosa del Gran Colombiano, a que se desconozca su heroica derrota del terrorismo fariano y que bajo su liderazgo se haya evitado que el país cayera en manos del terrorismo comunista. El expresidente Uribe no es ni presume ser un dios, no predica dogmas sino principios, se reconoce a sí mismo como sujeto de errores, pero no hay en su vida pública nada que se le pueda endilgar como debilidad o entrega o complicidad con el castrochavismo o de colegaje con Petro por gestos que cualquier demócrata puede tener con sus opositores o contradictores.

    Tampoco es justo condenar al mayor de los oprobios a los senadores del Centro Democrático y al partido que representan porque nada que pueda humillar sus carreras que en la mayoría de los casos es una experiencia novedosa.

    Es desacertado que algunos sectores se dejen llevar hacia un cisma entre gobierno y congresistas del CD a pesar de encuentros que han tenido lugar. No se ha debilitado el mensaje del CD de actuar del lado del gobierno, así que lo que se les puede demandar a los más enconados críticos de Uribe y del CD es  que le bajen a los decibeles y dejen de magnificar o distorsionar acuerdos sobre aspectos de mecánica o de procedimiento o  de actos que pueden ir en la dirección de que la idea u objetivo de un demócrata no consiste borrar o eliminar del escenario político a sus contradictores. Así lo demostró el expresidente Uribe cuando dispuso la mayor protección a opositores amenazados durante sus dos mandatos, incluyendo a dirigentes como Petro.

    En conclusión, pienso que hubo un error al no haber calculado el daño político por la aprobación del permiso de salida para Petro y que creyeron erróneamente que haberlo negado significaba una violación de su derecho a defenderse o una condena anticipada.

    Darío Acevedo Carmona, 14 de agosto de 2026

  • Ojalá no nos coja la noche

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    El presidente Petro no solo se defiende, sino que contraataca sin escrúpulos y con mucha fuerza a las denuncias que se le están formulando desde diversos flancos y medios por hechos de corrupción y las críticas al carácter destructivo de sus proyectos de “cambio”.

    Petro reafirma su compromiso con grupos criminales ofreciendo a sus jefes medidas como la excarcelación, el “perdón social”, la liberación de miles de mujeres cabeza de familia, la invasión de tierras, el nombramiento de gestores de paz y el pago de un millón de pesos a jóvenes que hayan asesinado para que no lo vuelvan a hacer.

    Sin duda, se trata de cumplirles las promesas a los capos que, según su hermano, movieron el electorado a votar masivamente por Petro en regiones en las que la presencia o influencia de él y su Pacto Histórico era nula o insignificante.

    No me referiré a la violación de los principios éticos y morales que deben legitimar los actos de un primer mandatario. Tampoco me ocuparé de criticar el desgastado y oportunista recurso que encubre irresponsabilidad e incoherencia al justificar estas alianzas porque en el pasado otros las hicieron, aunque es fácil decir que entonces los parapolíticos fueron privados de su investidura de congresistas y penalizados con años de cárcel, mientras que Petro, los ensalza, los renombra, los envía a embajadas, los perdona.

    Expondré cómo, a la luz de las ideologías revolucionarias de las izquierdas marxistas y neocomunistas, el compromiso con la revolución es total, sin esguinces, por ella, el militante se debe sacrificar en lo personal y en lo familiar. Nada puede estar más allá o por encima de la lealtad con la revolución, ni siquiera la propia vida ni el círculo familiar.

    De tales actitudes encontramos abundante y detallada información en textos literarios e históricos que revelan las maneras del individuo común absorbido por la masa o multitud que pierde su sentido crítico. Como también la manipulación promovida desde las altas esfera del poder que, en nombre de ella, venden hasta humo y caspa. Un Stalin, un Mao, un Hitler, un Mussolinni, un Fidel un Ché, etc., fueron maestros en este tipo de experticias idiotizantes.

    En China durante la Revolución Cultural de Mao en los años 60 del siglo pasado, jóvenes aculturados en la religión maoísta realizaban jornadas de masas de linchamiento mediático contra descendientes de los shenshi malvados (terratenientes). En la URSS de Stalin los comunistas primero repartieron tierra y una vez consolidado su poder la colectivizaron. En Cuba crearon una guardia revolucionaria que vigilaba lo que sucedía en cada cuadra y barrio. En Alemania del Este (comunista) la vigilancia oficial afectaba hasta las familias cuyos miembros se delataban entre sí para obtener favores. Pol Pot en Cambodia desocupó las ciudades y envió a sus habitantes al campo para que aprendieran lo duro que era trabajar la tierra. Se dice que Fidel ordenó, en medio de la pobreza de su pueblo por el derrumbe de la URSS, a un general y varios oficiales traficar cocaína con la condición de que, en caso de ser pillados, ellos se tenían que inmolar asumiendo toda la culpa.

    Esto para no hablar de otras actividades lumpen, robos, corrupción, abuso de poder, favoritismo, paralización de la Fuerza Pública, alianzas con mafias y bandas criminales, perdón de delitos comunes y crímenes de guerra, etc., que se justifican porque se cometen para hacer avanzar la revolución, y, si a la vez, como está ocurriendo en nuestra Colombia en manos  de la pandilla revolucionaria, se aprueban medidas como las que impulsan Petro y sus ministros para destruir la democracia, las libertades, el estado, la propiedad privada y las Fuerzas Militares y de Policía, la conclusión, para caer en cuenta del abismo al que caímos, es que este estado de cosas no tiene mejor nombre que el de ser una revolución.

    No hay constitución que marque el límite de su accionar, no hay instancias judiciales y de control que se sientan capaces de intervenir, mostrar y parar el desastre y la humillación de las reglas del juego político, económico y cultural. No contamos con una oposición organizada y unida en torno a la defensa de la nación.

    Los integrantes de este gobierno, todos a una como en Fuenteovejuna, o como como Rolando y su cueva de ladrones, se juntan para hacer fiesta con los recursos públicos, como cuando los neo ricos coronan un envío de drogas tirando la casa por la ventana.

    Entender la gravedad del momento y saber que vendrán cosas peores, nos debe servir para reaccionar y actuar en defensa de nuestros más preciados valores, de nuestro tejido social, de la libertad y de la democracia, de nuestra Fuerza Pública con la mayor contundencia posible.

    Darío Acevedo Carmona, 10 de septiembre de 2023