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colombia

  • Petro en el espejo

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    ¿Cuántas veces se mirará en el espejo Gustavo Petro antes de pronunciar un discurso de plaza pública, atender una entrevista o participar en un debate? Formulo la pregunta a sabiendas de que no habrá respuesta por parte de él, sino por la curiosidad de entender los contenidos de una estrategia de imagen bien pensada más no lograda.

    No porque sea raro que un político se mire en el espejo, lo hacen muchos, me imagino, y no propiamente para peinarse sino porque el elevado ego tiene que acicalarse. Lo hacía Gaitán según nos cuenta el historiador norteamericano y colombianista Herbert Braun en su novedoso libro Mataron a Gaitán, el perfil mejor logrado que yo haya leído sobre el caudillo.

    Y por supuesto, hemos de entender que la política es una especie de teatro y los políticos son actores, y estos tienen que prepararse. Sí, todos, y eso no los descalifica. Hay escuelas de preparación, publicistas, expertos en manejo de la imagen que saben qué es lo que le conviene a cada actor, el vestuario, la gestualidad, la mirada, el manejo de las reacciones, etc.

    Me ocupo de Petro porque todo lo anterior sumado a su innegable capacidad expositiva se ha condensado en una estrategia para venderle a la opinión pública y al electorado propio y ajeno un producto muy diferente al que conocemos. Los publicistas expertos nos pueden hacer ver el sol de noche, le pueden poner piel de oveja al lobo y vestir de seda a la mona.

     De manera que cuando Petro asume ese tono de voz magisterial, como sentando cátedra, y mira por encima de la nuca a sus rivales, mirando al infinito, al periodista o a las cámaras y camina en el escenario o se lleva las manos al mentón, quiere transmitir la imagen de un maestro, un docto o un sabio, y no la de un exguerrillero audaz ni la de un locuaz populista ordinario que es lo que es.

    Los gestos en él ayudan a darle peso a sus flojas y temerarias propuestas e ideas. Elucubra ante preguntas difíciles acudiendo a explicaciones gaseosas, como cuando dice que la paz no es solo el cese del fuego ni el acuerdo con las guerrillas, y para que no se le note mucho esa posición típica del izquierdismo, habla de la miseria, las injusticias, el sufrimiento por los odios y hasta de la violencia que otros, no él ni el M-19, propiciaron y nos legaron.

    Sus asesores lo han convencido para pulir sus vínculos con personajes, ideas y proyectos en desuso o fracasados, de ahí que hable mal de Maduro, del desastre económico de Venezuela, evite referirse a Hugo Chávez, su gran amigo, a la dictadura castrista, al socialismo del siglo XXI, y cuando lo cercan con esos temas se escabulle, se remite al pasado nacional, habla de la oligarquía, de cómo la clase dirigente ha creado un país injusto y se ha sostenido en el poder a través de la violencia y bla bla bla, y el asunto queda sin respuesta.

    Es astuto para no caer en las declaraciones favorables al chavismo y el “exprópiese” cuando el comandante estaba en su apogeo. A él y a Fidel les aprendió que en un terreno hostil es necesario y obligado mentir, incluso hablar mal de aquello que se quiere: “Fidel es un dictador” decía Chávez, Petro no lo califica y si se lo preguntan hace una extensa disertación sobre los logros de la revolución cubana.

    Para contrarrestar a quien es su principal enemigo ha apelado al pantano, a la bajeza, que también es recomendada por los asesores. Petro busca ofuscar a Iván Duque tocándole fibras sensibles que harían rabiar a una piedra, por ejemplo, cuando mencionó e involucró a su padre en las torturas que él habría sufrido en su época de guerrillero.

    Desestabilizar al rival puede dar sus frutos, entonces tilda a Duque de ser un títere de Álvaro Uribe Vélez, pólvora mojada y bala perdida porque si hay algo claro en la actual campaña presidencial colombiana es que Duque es persona muy bien estructurada y ha logrado mostrarse como un hombre de partido, leal y con estilo propio.

    El señor Petro al mirarse en el espejo debe preguntarle, igual que la bruja en Blancanieves, “espejito, espejito dime…” y entonces, creyendo ver en la diatriba antiuribista el filón para destrozar a Duque, se ocupa de Uribe y vuelve a ser lo que siempre ha sido: un energúmeno y obseso antiuribista, y si alguien le recuerda que Uribe no ha sido condenado, escupe su sabiduría en derecho penal “aunque no lo hayan condenado tiene que demostrar su inocencia”, una perla fascista.

    Y le declara a una Vicki Dávila embelesada que él no odia a Uribe, no tiene empacho en decir, después de aplastarlo, que él quiere la reconciliación. Eso sí, a condición de que Uribe se declare culpable ante la JEP y confiese la “Verdad”, y, fíjense amables lectores lo que se encierra en este desliz que aún no debe haber pillado: Petro está proponiendo modificaciones al acuerdo de paz porque la JEP no puede investigar a ningún expresidente, de manera que su discurso contra la propuesta de Duque de hacerle modificaciones se cae por su propio peso.

    Concluyo, Petro está lavando, hasta donde le es posible, su imagen de izquierdista, aventurero, populista, amigo de Chávez y de Fidel y Raúl y Evo y Ortega y de instigador del odio de clases. Por eso lo vemos en una especie de trance en sus divagaciones seudointelectuales y seudoacadémicas, prolijas en generalidades y paradigmas anacrónicos.

    Como dirían por ahí en alguna esquina, su discurso es para “descrestar calentanos”, sus peroratas apelan a la ignorancia del pasado, se apoya en brigadas de choque y tiene gran habilidad para convocar a las turbas cuando alguna autoridad judicial procede en su contra.

    En este personaje, pues, cobra vida el aforismo: “la Mona, aunque se vista de seda, Mona se queda”.

    Darío Acevedo Carmona, 30 de abril de 2018

  • Santos y su lánguido legado

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    En plena campaña presidencial, como si buscara la reelección, Juan Manuel Santos ha desatado una nueva ofensiva publicitaria mostrando los grandes logros de su gestión de ocho años. En apariencia estamos viendo una rendición de cuentas, a manera de legado, para quien lo vaya a suceder, sin embargo, aún faltan largos tres meses y por ello surge la inquietud sobre el verdadero motivo de esta campaña y a quién quiere beneficiar.

    Siendo como sabemos que es, persona interesada y calculadora, y conociendo sus mañas y ardides, no es difícil encontrar la respuesta a nuestro interrogante. Ante el hundimiento inexorable de los candidatos Humberto De la Calle y Sergio Fajardo, con los que pretendía asegurar la continuidad de su obra, acudió a recuperar a marchas forzadas al díscolo Germán Vargas Lleras quien urgido de respaldos no vaciló en retornar al redil de Santos y aceptar el abrazo hipócrita del senador Benedetti que lo tildó de ladrón meses atrás y del senador que más vueltas ha dado en política, Roy Barreras.

    El cace de esta alianza pegada con babas y proyectada en defensa del presidente más impopular de nuestra historia, es, precisamente, lo que estamos viendo los colombianos en los medios y muy especialmente en la televisión, una avalancha publicitaria onerosa, pagada con dineros del estado que veladamente está al servicio de Vargas Lleras ungido ya candidato continuista.

    Desleal jugada, propia de tahúr de barrio bajero, con la que puede estar despidiéndose el señor Juan Manuel Santos, que, además, tiene la función de mantener enmermelados a los medios para maquillar cualquier otra trampa que le sea necesaria para que su “legado” quede a buen recaudo.

    Pero, preguntémonos ¿En qué consiste ese anchuroso y promisorio legado que ilustra a diario con pomposas cifras en impactantes cuñas? ¿será que tiene razón en mostrarse como un presidente incomprendido y en quejarse de haber sido víctima de “una oposición sin precedentes en nuestra historia reciente, por lo visceral y destructiva promotora de una repudiable polarización en el país que solo trae secuelas negativas”?

    ¿Acaso no fue él mismo el que sembró la cizaña tildando a los críticos de su paz impune de amigos de la guerra? ¿No fue él, en su afán de gloria y vanidad ilimitada, sordo e impertubable al clamor de una ciudadanía que le hacía saber a través de las innumerables encuestas que no estaba satisfecha con los términos con los que estaba negociando con las Farc?

    Su gran legado, la paz, a la que le apostó todo y por la que puso en peligro la unidad de la nación y la estabilidad de las instituciones, es hoy un triste embeleco, hecho trizas en acción colectiva por las Farc con el escándalo Santrich y sus negocios de narcotráfico en gran escala, por la supuesta disidencia que continúa secuestrando y asesinando inocentes, y por la ineptitud del Santos para cumplir los acuerdos y garantizar un manejo pulcro de los recursos internacionales para la paz.

    ¿Paz? Es hoy palabra mágica tan esquiva como en el pasado. Porque lo que mal empieza mal termina. España nos acaba de dar una lección de dignidad del estado y de las instituciones democráticas al no haber sido negociadas con la banda terrorista ETA que no tuvo más remedio que desintegrarse. Lo que hizo el gobierno Santos con las Farc, sin razón, fue otorgarles un estatus inmerecido, agrandarlas, reconocerles un poder del que carecían y eximirlas de castigo violando tratados internacionales y deshonrando la pertenencia de Colombia a la Corte Penal Internacional.

    Esa paz también está siendo hecha añicos por el ELN que ha ocupado espacios dejados por las Farc y propiciado una oleada de acciones terroristas con el claro propósito de ablandar a un gobierno que saben que al final cederá al chantaje. Lección aprendida del proceso en comento.

    Gracias a ese pacifismo resucitó la última facción del desaparecido EPL, grupo dedicado por entero a los negocios de narcotráfico y la minería ilegal. Y también ganaron fuerza, presencia y notoriedad las bandas criminales que se nutren del narcotráfico y son amos y señores en el Catatumbo, el Golfo de Urabá, Tumaco, Buenaventura, el sur del Putumayo, los departamentos de Cauca, Nariño y Arauca donde se guerrean y se alían según el momento con aquellos.

    En la publicidad se omite hablar del récord de los cultivos de coca -doscientas mil hectáreas- la gasolina principal de la nueva guerra entre todos esos grupos bandas, clanes y bandolas. Fue gracias a una concesión de Santos a las Farc que se llegó a esta situación, cuando para congraciarse con las Farc ordenó suspender la fumigación aérea, pagar por la sustitución voluntaria y eliminar castigo a quienes tuviesen sembradas hasta 4 hectáreas.

    Pasando al ítem electoral, no podemos dejar de mencionar la gran contribución de Santos al deterioro de la confianza pública en la democracia, cuando en 2014 irrigó toneles de mermelada en la costa Atlántica para favorecer su candidatura a través de fraudes y compraventa de votos tal como consta en declaraciones de los gamonales electorales Musa Besaile y el “Ñoño” Elías. Y por supuesto, con el montaje del hacker con el que lograron enredar el triunfo de Óscar Iván Zuluaga.

    Y como las vacas ladronas que no olvidan el portillo ajeno, en octubre de 2016 se burló del resultado adverso del plebiscito a su acuerdo de paz, convirtiendo por arte de birlibirloque su derrota en una victoria.

    Dejemos para una nueva entrega el vistazo a otro gran legado de Juan Manuel Santos, la relativa a la actual disputa por la presidencia en la que por vez primera un populista de extrema izquierda, Gustavo Petro, es firme opcionado, según las encuestas, a ganar la presidencia.

    Darío Acevedo Carmona, 23 de abril de 2018

  • ¿Tenemos identidad los colombianos? (I)

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    Sobre el problema de la identidad de los colombianos han llovido ríos de tinta, sobre todo en el mundo académico e intelectual, sin que pueda afirmarse que hayamos adoptado una fórmula de entendimiento. Prima entre los estudiosos una visión negacionista sobre el ser de los colombianos.

    Algunos riñen con la idea que en otros países se ha abierto paso con más facilidad para comprender qué significa ser miembro de una nación, a saber, que el sentimiento de pertenencia tiene que ver con la existencia de un relato común, así sobre dicho relato existan diferencias de interpretación y matices. Sentirse parte de un territorio delimitado que se expresa en un mapa que se nos enseña a dibujar desde pequeños. Tiene que ver con las leyes que rigen en ese territorio que son diferentes a las de otros países. Y también con un conjunto de instituciones y aparatos que expresan la concreción del estado moderno, es decir la manera como nosotros le dimos vida a los ideales de la Ilustración en una época en que en todo era un ensayo.

    En este listado no se puede dejar de lado la comunidad de lengua y de religión, aunque a este respecto la identidad puede alcanzar una cobertura mayor a la de un solo país. Por último, hay que considerar el universo simbólico específico de cada pueblo condensado en su simbólica, la bandera, el escudo, el himno y en un campo más amplio de certezas, hábitos y códigos funcionales sólo para quienes habitan determinado país, la moneda, las fiestas, los productos típicos, los carnavales, la gastronomía y mucho más.

    Concluimos con ligereza que somos una comunidad infundada, irreal, incompleta, que no ha habido proyecto de nación, que el estado es fallido, que no tenemos idea de lo que es ser colombianos. No tenemos identidad afirma el historiador Jorge Orlando Melo, a su vez, Marco Palacios sostiene que no somos uno sino tres países: el de los paramilitares, el de las guerrillas y el central en la región andina.

    La próxima celebración del bicentenario de la batalla de Boyacá debería acercarnos a una noción más comprehensiva y positiva de lo que es nuestra identidad, de lo que significa ser colombianos. En vez de chocarnos en la búsqueda inútil de complejas y sofisticadas teorías, deberíamos lanzarnos a la indagación y análisis de procesos que dieron lugar al forjamiento de la nación y del estado y a describirlos de la manera más detallada posible.

    Ello quiere decir que hay que reconocer la inoperancia de modelos virtuosos de construcción de nación y estado, pues cada país sigue una ruta y acumula una experiencia diferente y con ritmos desiguales. Mírense no más las diferencias entre el caso inglés, el francés y el norteamericano. Si dejamos de pensar en la dinámica de que las cosas debieron haber sido de tal forma u otra, nos liberaremos de prejuicios reaccionarios que impiden la incorporación de datos elementales y sencillos en el estudio del problema.

    Sobre estas nociones, la historia, entendida como devenir, no nos proporciona un manual de instrucciones como el usado para armar máquinas y aparatos. Quizás si aceptamos que no hay un derrotero, que no hay un modelo, que no obstante la existencia de preocupaciones y de objetivos más o menos comunes como la construcción de la democracia, la separación de poderes, las libertades, la república, etc., comprenderíamos que no hay razón para pensar que cada país estaba obligado a seguir un libreto preestablecido. El fatalismo histórico o historicismo es un anacronismo. Pensar que todos los países han de recorrer el mismo camino y siguiendo una ruta determinada para alcanzar una meta es pensar la historia como destino.

    Reconocer elementos de juicio, materiales y virtuales, simbólicos e imaginarios daría para ser menos lacerantes con nuestra identidad, por ejemplo, que nos enoja ser vistos como narcotraficantes en los aeropuertos del mundo y que sentir la ofensa es parte de la existencia de un fuerte sentimiento de pertenencia. Que nos alegremos cuando nuestros deportistas triunfan en el exterior o nuestros artistas ganan fama y reconocimiento. O que nos ufanemos de tener un premio nobel de literatura. O que nos regodeamos con los festejos del bicentenario o que se nos considere como uno de los pueblos más felices de la tierra a pesar de todos nuestros sufrimientos.

    Al fin de cuentas ser o pertenecer a un país o a una nación no es necesariamente algo que tenga que ver con elevados despliegues filosóficos o enredadas teorías sociológicas, sino con experiencias que no por elementales guardan un alto nivel de sublimidad y regocijo. No bastan los folios de un libro para dar cuenta de todo lo que nos puede hacer sentir colombianos, desde Bolívar a Sucre pasando por Santander, hasta los conflictos nuestros y únicamente nuestros, desde el himno hasta las canciones de Shakira, Juanes y las de tantos otros juglares.

    Desde la bandera hasta el uniforme de la selección de fútbol, desde unas fechas sólo válidas para nosotros hasta el orgullo que sentimos por producir el mejor café del mundo. Desde los equívocos en la búsqueda de nuestro nombre y los vacíos y contingencias en la construcción de las instituciones hasta la satisfacción de sabernos uno de los países más ricos del mundo en biodiversidad. Así de sencillo y así de complejo…

    Darío Acevedo Carmona, 9 de julio de 2018

  • Del miedo que todos sentimos

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    El miedo, como he sostenido en columnas anteriores, es un factor que junto con otros sentimientos e ideas es crucial en las lides políticas y afecta a todos los movimientos y tendencias del espectro político, campea hoy en las toldas de todos los que ven en Iván Duque un peligro o una amenaza.

    De esta manera se cae de su propio peso lo que ellos les critican a quienes, mirando los alcances del proyecto castrista, la expansión real e inducida del modelo chavista, la presencia de líderes de la izquierda colombiana en todas sus variantes que simpatizan abiertamente con Hugo Chávez y guardan silencio ante las atrocidades del dictador Maduro, el desastre económico del socialismo del siglo xxi y las directrices del Foro de Sao Paulo, se atreven a advertir el peligro de que Colombia se deje seducir por ese engendro.

    Ellos, los de la “Revancha del Sí”, los que echan en su morral todos los votos de sus listas al congreso como si fueran un respaldo al Sí derrotado en el plebiscito del 2016, los que llaman guerreristas a quienes plantean modificaciones institucionales profundas al Acuerdo Santos-Farc, los que nos quieren asustar con una “guerra urbana” más brutal que todas las anteriores, los que buscan afanosamente conjurar sus egos para unirse contra Álvaro Uribe y el uribismo, todos ellos, apelan al miedo ante el avance categórico de la fórmula presidencial Iván Duque-Martha Lucía Ramírez.

    Ese miedo a la derecha o a la extrema derecha, a los “enemigos de la paz”, pregonado por excelsos representantes de las elites fracasadas como el columnista Rudolf Hommes, los expresidentes Gaviria y Samper, para no hablar de los paranoicos eternos de las izquierdas colombianas, es considerado justo, apropiado y razonable.

    Es por eso que en esta campaña por la presidencia, en ellos, en Petro, en De la Calle, en el Polo, en las Farc, en los enmermelados del partido santista tipo Roy Barreras, expertos en campañas negras, en insultar con altura, en difundir mentiras y rumores, en revivir viejos entuertos contra Uribe y el Centro Democrático, vemos, no una lluvia sino un auténtico diluvio de improperios y maledicencias.

    En la bandera que las huestes temerosas del avance de un Duque que ya alcanza entre un 40 y un 46 por ciento de intención de voto han inscrito su consigna central: mostrar a Iván Duque Márquez como un títere de Álvaro Uribe. Es el miedo sazonado con una buena dosis de insidia y a bajezas como la de Petro en el debate en la Universidad de Columbia en New York al acusar al padre de Duque, gobernador de Antioquia, de ser cómplice de las torturas que le habrían propinado agentes de seguridad.

    No se si la campaña de Duque haya analizado todo lo que se le viene encima y, por tanto, si han elaborado su hoja de ruta para no dejarse provocar ni enredar por las descargas lanzadas desde las líneas de fuego de las campañas de Petro, Fajardo, el PD, las Farc, Santos, y los directores de algunos medios, que intentarán colocar al joven y promisorio candidato de la centro-derecha a la defensiva e irritarlo para sacarlo de casillas. Y es ahí, en ese punto, en el que la campaña de Duque y el propio Duque tendrán que estar muy atentos.

    Querrán arrinconarlo por su cercanía con el expresidente Uribe con preguntas torticeras que solo pretenden llevarlo a que emita declaraciones que quebranten la confianza de los uribistas.

    Con su convincente y tranquila retórica, con la seguridad demostrada en la defensa y sustentación de sus propuestas de gobierno, Duque no debe tener problemas en salir bien librado de los guijarros que le lancen en los foros y entrevistas.

    Caer en la trampa de tomar distancia de Uribe, de su partido y del uribismo, sería un desacierto con fatales consecuencias. Recuerdo como en la campaña de 2010, cuando aún no advertíamos la traición de Juan Manuel Santos, que él inició una campaña en la que borró sus lazos con el uribismo. En pocas semanas se encontraba por debajo de su oponente Antanas Mockus. Solo al volver a agitar la figura y la presencia de Uribe y la defensa de su obra de gobierno pudo recuperar el terreno perdido y ganar la elección.

    En síntesis, pienso que el miedo en las huestes opuestas a Duque les está causando estragos monumentales y un efecto bumerang que lo está catapultando hacia el triunfo en primera vuelta, meta que podrá alcanzar si sabe eludir la cizaña que le van a arrojar en estos dos meses venideros.

    Coda: De la campaña Duque-Ramírez se espera que tomen todas las medidas de seguridad y vigilancia para evitar las trampas y triquiñuelas que pueda intentar el presidente Santos.

    Darío Acevedo Carmona, 26 de marzo de 2018

  • Fantasmas, miedo y política

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    Claro que hay fantasmas que asustan a las gentes en la actividad política. Fueron Marx y Engels, fundadores del comunismo, quienes en el manifiesto que publicaron en 1848 acuñaron la famosa frase “Un fantasma recorre el mundo” para ironizar el miedo que, supuestamente, sentía la burguesía ante el avance de la doctrina comunista.

    No les faltaba razón, el miedo es un sentimiento de vital importancia en las lides políticas, no tiene color político pues lo sienten quienes creen que van a perder el poder o su estatus o sus libertades o quienes temen persecuciones, retaliaciones y quienes estando en el poder temen ver derruida su obra.

    En esa situación, la noción de “fantasma” no es más que un recurso semántico para hacer inteligible o más eficaz el temor que se quiere despertar. Y es del caso tener presente este uso porque en sentido literal un fantasma según los diccionarios es una “figura irreal, imaginaria o fantástica, normalmente incorpórea, que alguien cree ver; especialmente, imagen de una persona fallecida que se aparece a alguien (también) imagen o idea irreal creada por la imaginación.”

    Hago la aclaración para precisar que el sentido exacto de la advertencia que se da a la amenaza del “castrochavismo” o cualquiera otra de sus denominaciones por parte de las fuerzas opositoras al gobierno Santos y al pacto de paz de este con las Farc, no tiene que ver con una figura irreal, imaginaria o fantástica o incorpórea o con un fenómeno creado por la imaginación.

    Un destacado director de noticias radiales refiriéndose al viaje de la candidata presidencial Martha Lucía Ramírez a Caracas la semana que pasó, comentó en términos irónicos que ella quería sacar partido de la matazón oficial en la que pereció el exoficial Óscar Pérez y provecho de la tragedia para buscar el fantasma “castrochavista” y seguir metiendo miedo sobre su peligro. Este periodista como muchos otros de los grandes medios usa la palabra fantasma en su significado literal con el propósito de desvirtuar las denuncias sobre esa amenaza para Colombia dando a entender que es fruto de la imaginación malévola de sus promotores, algo carente de sustento y, simplemente, un recurso fantasmal, para asustar a las gentes.

    Pues bien, quienes se ubican en esta matriz de interpretación nos tendrán que demostrar que tan fantasmas son personas de carne y hueso, unos muertos y otros vivos como Chávez, Maduro, Diosdado, Evo, Correa, Ortega, Lula, Fidel y Raúl Castro y qué tan imaginario es el Foro de Sao Paulo y las Conferencias Continentales donde se reúnen sus seguidores para diseñar programas y estrategias de tipo continental en las que Colombia figura como una de las preseas más valiosas para su proyecto de extensión de la “revolución bolivariana”.

    Y si su pléyade de aparatos, movimientos sociales, Ongs y sindicatos ideologizados e instrumentalizados, y si las guerrillas FARC, ELN y el ejército bolivariano de Venezuela, etc., son organizaciones imaginadas. Y si sus ideas colectivistas, igualitaristas, anticapitalistas y antidemocráticas, y su fracaso económico y el hambre causada son fantasmas creados por la derecha para retomar el poder.

    De manera que el tal “castrochavismo” o cualquier cosa parecida no es una invención de las derechas y el imperialismo si no un proyecto de la extrema izquierda que cuenta con el obsecuente apoyo de las izquierdas “moderadas” y hasta de liberales, progres, apolíticos, decentes, y uno que otro ingenuón.

    El miedo nuestro a todo lo que huela a comunismo en todas sus versiones, tiene su explicación. No es que se piense que el PC o el PC3 o las FARC o el ELN o la Unión Patriótica o la Farc o la Marcha Patriótica van a triunfar por vía electoral, pueden en cambio sumarse a una alianza con quienes como Fajardo o De la Calle se presten para “abrirles espacios” a esas fuerzas “excluidas”.

    Timochenko, Iván Márquez y los otros miembros del Secretariado, los jefes del ELN, el senador Iván Cepeda, Piedad Córdoba, Petro, los milicianos infiltrados, poseen un inmenso andamiaje e influencia en los medios, tienen opíparos recursos económicos, su poder es tan real como real es el hecho de que ellos han reconocido públicamente que quieren replicar en Colombia la revolución chavista y puesto a Venezuela de ejemplo.

    El miedo puede generar parálisis, desconcierto, pesimismo, pero, también puede ser convertido en fuerza movilizadora. En la coyuntura electoral que se avecina los colombianos estamos retados a pensar si la amenaza “castrochavista” es fruto de la imaginación, es un fantasma para hacer propaganda, o si por el contrario, es algo real, personificado en líderes, en hechos, en desastres en el vecindario, en proyectos continentales y en fuerzas políticas internas como las mencionadas.

    Quienes sostienen que nuestros miedos son fantasmales, irracionales e injustificados no tienen ningún reato para estimular el miedo ante el “fantasma” de la derecha y la ultraderecha, ante el peligro del neoliberalismo, y a que los “enemigos de la paz” lleguen a obtener el triunfo este año y den al traste con su, esa sí, fantasmal “paz”.

    Darío Acevedo Carmona, 22 de enero de 2018

  • A Gobierno cobarde guerrilla bravucona

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    En su afán por redondear la faena de la paz con las principales guerrillas, el presidente Juan Manuel Santo además de haber aceptado una agenda de entregas y concesiones inadmisibles para las mayorías nacionales, cometió errores cuyas consecuencias está pagando.

    Uno de ellos consistió en haber facilitado dos reuniones, una en La Habana y otra en Quito de los jefes de las FARC y el ELN, la primera sin que se hubiese firmado el Acuerdo Final de Paz y la segunda cuando aún era, como es hoy en día, muy incierta la negociación con los elenos.

    Aunque no se sabe el contenido real de las conversaciones, de las que tampoco, al parecer, quedó documento escrito, cabe deducir que el secreto que rodeó dichas sesiones tiene que ver con temas de alto calibre en el que cabe todo tipo de especulaciones como por ejemplo que el ELN le esté haciendo el favor a las FARC de cubrir sus negocios y ocupar sus territorios a manera de una especie de retaguardia que tendría por objeto asegurar el retorno de aquella a las hostilidades en caso de un fracaso en la llamada “implementación de los acuerdos”.

    Sin embargo, cabe precisar que la suspensión de las negociaciones de Quito no son todas atribuibles a los pactos secretos entre las dos organizaciones irregulares. El ELN se ha distinguido por su diletantismo en los procesos de negociación que se han intentado con ellos.

    Muchos analistas coinciden en señalar que su evasiva para concretar acuerdos tiene que ver con la existencia de un espíritu confederado de sus frentes y una jefatura de cinco personajes que, a falta de un líder máximo, tiene que funcionar por consenso y por ende lidiando con los egos de cada uno.

    Me atrevo a insinuar otros factores, unos internos y otros externos que pueden explicar la gran dificultad para llegar a entendimientos con esta guerrilla. El ELN se mira al espejo para reafirmarse en su papel de vanguardia de la población, ello explica que su política negociadora contemple una serie de consultas y reuniones directas con la sociedad civil en el supuesto de que es esta la que validaría en últimas los acuerdos, de ahí la insistencia en que se convoque una asamblea nacional para ratificarlos.

    Por otra parte, los elenos como sus pares de las FARC, pretenden convertir la mesa de negociaciones en una tribuna de agitación política, en un amplificador de sus ideas y propuestas de redención social, de su visión revolucionaria de la sociedad y de su narrativa justificadora de la lucha armada. Imagínense el hartazgo de los negociadores oficiales al tener que escuchar sus largas peroratas ideológicas y la reiteración de exigencias de principio con las que alargan indefinidamente las reuniones y las hacen inoperantes e inútiles.

    Hay otras cuestiones de dinámica interna a considerar, por ejemplo, la dificultad de alcanzar consensos estables entre sus propias filas. La indisciplina o excesiva autonomía de los frentes, la lucha por el liderazgo, las ansias de heroísmo y fortaleza que cada jefe quiere dejar sentada para la historia.

    En el plano externo lo primero que incide en el comportamiento de los elenos es la debilidad y la cobardía del gobierno que da muestras anticipadas de que por la paz, como principio supremo, es capaz de ceder en cuestiones relevantes. Ni tontos que fueran, aprovechan a cabalidad ese mensaje, saben que el gobierno cede ante la presión armada y los actos de terrorismo.

    Tienen a su favor, tal como sucedió en el proceso con las FARC, la opinión positiva de importantes sectores de la intelectualidad y de los medios que obvian o solapan sus actos terroristas en un relativismo moral y de los derechos humanos, que justifican teóricamente su insurgencia, y hasta comparten la idea de que la paz no es el simple cese de fuego sino la satisfacción de las aspiraciones populares a través de las reformas sociales razón de ser del “levantamiento armado”.

    En varios programas de opinión y de noticias comentadas se puedo apreciar que la atención durante los días siguientes a la ruptura del cese se puso en la necesidad de mantener las conversaciones y no en el rechazo a los atentados contra la infraestructura petrolera, contra el medio ambiente, contra unidades del ejército y la policía y secuestro extorsivo de civiles, hechos a los que se referían con desdén, minimizando su gravedad.

    El mensaje es inconfundible, es el mismo de la experiencia habanera, por la paz todo se vale, hasta la humillación del Estado. Por eso suena destemplada la voz de combate de Santos y de su ministro de Defensa llamando a las tropas a dar golpes contundentes al ELN.

    Darío Acevedo Carmona, 15 de enero de 2018