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gustavo petro

  • La izquierda populista engulle libertades y democracias

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    Del fin las oscuras, represivas y militaristas dictaduras que dominaron la geografía latinoamericana durante los años duros de la guerra fría suponíamos que la región habría iniciado una era feliz de retorno a la democracia y al pleno ejercicio de las libertades.

    En muchos países las tendencias extremistas de la derecha y la izquierda, con excepciones, parecían haberse debilitado. No había razones, a pesar del gran lunar castrista, para negarse a aplaudir los saludables vientos que se desprendían del derrumbe del mundo comunista y del auge de la política de derechos humanos impulsada por el presidente norteamericano Jimmy Carter.

    Las dictaduras del cono sur desaparecieron por sustracción de apoyo de sus pueblos y su figura simbólica, Augusto Pinochet, fue derrotada en un plebiscito memorable.

    En América Central las guerrillas castro-guevaristas de Guatemala y El Salvador negociaron luego de décadas de infructuosa rebelión armada, convirtiéndose en fuerzas legales, con programas reformistas y participando en elecciones.

    En Uruguay las distintas organizaciones de izquierda civiles y armadas se agruparon en el Frente Amplio. En Brasil el partido de los Trabajadores seguía insistiendo en la lucha electoral hasta que en la tercera ocasión triunfaron con Lulla Da Silva, luego de aligerar sus radicales propuestas socialistas. Sabemos lo que ocurrió en Venezuela hacia fines del siglo cuando el líder del fallido golpe de estado de 1992, Hugo Chávez, luego de amnistiado, obtuvo el poder vía elecciones democráticas.

    Todo apuntaba a un escenario de alguna forma similar al de las consolidadas y maduras democracias europeas, al juego de la disputa electoral por el poder, con alternancia en su ejercicio, a la cancelación de las aventuras militares de todo signo.

    Sin embargo, algunas sombras y nubarrones no fueron despejados. La dictadura de Fidel Castro se mantuvo invariable, en Colombia las guerrillas, agrupaciones paramilitares, con la excepción de algunas rebeldes y pequeñas facciones armadas, insistieron en la lucha armada.

    Al longevo dictador Fidel se le ocurrió que la manera de sobrevivir, en vez de reformar su gobierno era convocando a la conformación de una agrupación de las izquierdas marxistas, progresistas, verdes, socialdemócratas, y liberales, para decidir una estrategia consistente en seguir luchando por la “justicia social”, “la liberación nacional” y contra “el imperialismo yanqui”, en el marco de la democracia.

    Esta especie de internacional comunista conocida como Foro de Sao Paulo en sus reuniones anuales pasa revista a la situación del continente, diseña tareas, señala objetivos, medios y consignas para hacer realidad su proyecto de “La Patria Grande” y “el socialismo del siglo XXI”.

    En La Habana acaba de finalizar su XXIV congreso en que como de costumbre y lo comenta la disidente cubana Yohani Sánchez, la palabra comunismo se evita en los textos y proclamas, así como hacer referencias al marxismo leninismo y a todo aquello que pudiera espantar la curiosidad de las nuevas generaciones. Ese Foro concluyó con moción de aplausos a la sangrienta represión de Maduro y Ortega contra sus pueblos. El texto completo de Yohani titulado “El entierro de la izquierda revolucionaria” se puede consultar en: https://www.14ymedio.com/opinion/entierro-izquierda-revolucionaria

    Ese proyecto llegó a ser dominante por al menos una docena de años en nuestra región. Con la rapidez del viento, los gobiernos afectos a esta internacional mostraron sus verdaderas intenciones. Cambiaron y reformaron las constituciones a su amaño, con fraudes. Crearon nuevos organismos de cooperación para rivalizar con la OEA como el ALBA y UNASUR, acosaron la iniciativa privada, privilegiaron la economía estatal, persiguieron a la prensa libre, expropiaron empresas, los presidentes se perpetuaron en el poder convirtiéndose varios de ellos en auténticos dictadores, provocaron la ruina de sus economías y han llevado su ideal socialista al nivel de principio inalterable de Estado. Todo ello con diferencias de intensidad de uno a otro país.

    Literalmente son fuerzas depredadoras de la democracia, las libertades y la legalidad. Véase el caso del expresidente Lula quien pretende, desde la cárcel a la que fue condenado en firme por corrupción, ser de nuevo candidato presidencial, la situación de la expresidente de Argentina, Cristina Kirchner, a punto de ser enjuiciada por corrupción y sospechas del asesinato del fiscal Alberto Nisman.

    Y lo más grave, arruinaron a Venezuela, uno de los países más ricos del mundo donde pulula la más descarada corrupción oficial que hizo del petróleo una piñata. Y allá como en Nicaragua las protestas de la población están siendo ahogadas en un mar de muerte y sangre.

    En Colombia, una guerrilla derrotada, las Farc, logra en la mesa de negociaciones con anuencia de un presidente vanidoso e irresponsable, las concesiones que no pudo en más de 50 años de lucha armada: nada de cárcel, curules en el congreso, dinero, sin reparar a sus víctimas.

    Y el candidato de la izquierda populista, Gustavo Petro, en vez de acatar el resultado declara una oposición total y desmadrada de movilizaciones y concentraciones callejeras, contra el presidente electo al que asocian, sin posesionarse, con el asesinato de líderes populares.

    No le pide cuentas a Santos el presidente en ejercicio del que fue aliado y al que apoyó en su fracasada paz. Es tan obtusa la izquierda populista y comunista colombiana que ni siquiera firmó la carta de un grupo de intelectuales de izquierda contra la conducta represiva y sanguinaria de Daniel Ortega y desoyó la voz del expresidente uruguayo José Mojica condenando a este dictador.

    Es el sino fatal de una izquierda reaccionaria, destructiva que bien podríamos asociar, por su fiereza, con el tiranosaurio rex.

    Darío Acevedo Carmona, 23 de julio de 2018

  • ¿A qué estamos retados los colombianos en la segunda vuelta?

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    Cual pájaro agorero el presidente Santos envió una mala señal al país de cara a la segunda vuelta por la presidencia. Como si fuera un analista de tendencias y no el primer mandatario de los colombianos, convirtió en victoria su derrota el pasado 17 de mayo.

    ¿Cómo lo hizo? Burdamente y sin inmutarse, sumó los votos de Petro, Fajardo, Vargas Lleras y hasta los de De la Calle, que según él son los candidatos de la paz y juntos representan casi el 60 por ciento de la votación. Con total descaro pretendió disponer de la voluntad de millones de electores que ante la eliminación de sus candidatos estarán retados a votar por Duque o Petro o en blanco o abstenerse. Usurpa el liderazgo de esos aspirantes y de los movimientos que los apoyaban al ungirse ganador.

    Si se quedara quieto en esa maniobra, veríamos esa acción como una más dentro su amplio repertorio de picardías. Sin embargo, conociendo de todo lo que es capaz para impedir la derrota de su “logro” más preciado, se justifica estar advertidos de una probable nueva trampa como las que usó en ocasiones pasadas, aunque esta vez le resultará más difícil.

    En la entrevista con la periodista Cayetana Álvarez del diario español El Mundo, soltó su lengua señalándole límites al próximo presidente, “fuere quien fuere, tendrá (ni siquiera en condicional) que respetar” el acuerdo firmado entre él y las Farc que nadie podrá cambiarlo o hacerle reformas durante los siguientes doce años.

    ¿Cómo olvidar las artimañas que hizo en las elecciones de 2014 con el montaje del hacker y la votación “atípica” gracias a la montaña de mermelada que untó en diversas regiones del país para hacer de la derrota su victoria?

    Y lo que hizo con el plebiscito del 2016 cuyo resulto desconoció engañando a la nación y cubriendo sus mañas con el manto de la palabra mágica “paz”.

    Santos confundió la primera vuelta del pasado 27 de mayo con un juego de ruleta apostando a varias casillas, juego en el que se puede agregar una más aún en movimiento. Jugó por de De la Calle, por Vargas Lleras y viéndose perdido en la última semana, optó por Fajardo.

    Para la segunda vuelta, su proceder deja en claro que, en nombre de su paz, se sumará a las huestes de Petro, el candidato que representa el desastroso modelo castrochavista con el que supuestamente dice tener contradicciones profundas.

    ¡Cuánta falta hace un Procurador que lo conmine a cesar su abierta participación en el debate electoral y en los asuntos de campaña con su aritmética de dudosa técnica!

    La campaña de Iván Duque y Martha Lucía Ramírez debe tomar nota de los pasos que da el presidente saliente y mantener la guardia en alto en la vigilancia de la jornada del 17 de junio para evitar sorpresas desagradables.

    Hay que remarcar la flaqueza de la estrategia petrista que buscará presentar la lucha entre Duque y Petro como un duelo entre la centro-izquierda petrista y la extrema-derecha, entre partidarios de la guerra y seguidores de la paz.

    Argumentos hay de sobra para salirle al paso a esos falsos dilemas puesto que el fondo de la lucha reside en la confrontación de la propuesta de la izquierda radical y populista, aventurera e irresponsable con la opción democrática-reformista, es el duelo entre la paz con impunidad, rechazada por la gran mayoría de los ciudadanos y la paz con justicia que conlleva a realizar ajustes al acuerdo Santos-Farc.

    Es el enfrentamiento entre quienes son adversos a la iniciativa privada y quienes sostienen la necesidad de abrirle espacios y dar facilidades a la inversión y creación de empresas como motores del empleo, entre quienes plantean demagógicamente que toda la salud y toda la educación sea pública y gratuita y quienes pensamos que la igualdad así concebida es la comida de hoy y el hambre de mañana, entre quienes amenazan expropiaciones por vía directa o de elevación de impuestos y quienes propugnan por el respeto a la propiedad bien habida.

    Es de esperar, igualmente, que Duque continúe, con muy pocas variantes, en las líneas gruesas de acción con las que obtuvo el triunfo en primera vuelta. Y si hay adhesiones y alianzas, de gran importancia para garantizar la gobernabilidad y la realización del programa, que sean pública y plenamente explicadas.

    Deseable que se envíen mensajes especiales a los votantes cuyos candidatos quedaron fuera de juego y a los abstencionistas insistiendo en que Duque es la opción del presente-futuro reformable y mejorable mientras la de Petro es la del presente-pasado, fracasado y empobrecedor.

    Darío Acevedo Carmona, 4 de junio de 2018

  • Petro en el espejo

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    ¿Cuántas veces se mirará en el espejo Gustavo Petro antes de pronunciar un discurso de plaza pública, atender una entrevista o participar en un debate? Formulo la pregunta a sabiendas de que no habrá respuesta por parte de él, sino por la curiosidad de entender los contenidos de una estrategia de imagen bien pensada más no lograda.

    No porque sea raro que un político se mire en el espejo, lo hacen muchos, me imagino, y no propiamente para peinarse sino porque el elevado ego tiene que acicalarse. Lo hacía Gaitán según nos cuenta el historiador norteamericano y colombianista Herbert Braun en su novedoso libro Mataron a Gaitán, el perfil mejor logrado que yo haya leído sobre el caudillo.

    Y por supuesto, hemos de entender que la política es una especie de teatro y los políticos son actores, y estos tienen que prepararse. Sí, todos, y eso no los descalifica. Hay escuelas de preparación, publicistas, expertos en manejo de la imagen que saben qué es lo que le conviene a cada actor, el vestuario, la gestualidad, la mirada, el manejo de las reacciones, etc.

    Me ocupo de Petro porque todo lo anterior sumado a su innegable capacidad expositiva se ha condensado en una estrategia para venderle a la opinión pública y al electorado propio y ajeno un producto muy diferente al que conocemos. Los publicistas expertos nos pueden hacer ver el sol de noche, le pueden poner piel de oveja al lobo y vestir de seda a la mona.

     De manera que cuando Petro asume ese tono de voz magisterial, como sentando cátedra, y mira por encima de la nuca a sus rivales, mirando al infinito, al periodista o a las cámaras y camina en el escenario o se lleva las manos al mentón, quiere transmitir la imagen de un maestro, un docto o un sabio, y no la de un exguerrillero audaz ni la de un locuaz populista ordinario que es lo que es.

    Los gestos en él ayudan a darle peso a sus flojas y temerarias propuestas e ideas. Elucubra ante preguntas difíciles acudiendo a explicaciones gaseosas, como cuando dice que la paz no es solo el cese del fuego ni el acuerdo con las guerrillas, y para que no se le note mucho esa posición típica del izquierdismo, habla de la miseria, las injusticias, el sufrimiento por los odios y hasta de la violencia que otros, no él ni el M-19, propiciaron y nos legaron.

    Sus asesores lo han convencido para pulir sus vínculos con personajes, ideas y proyectos en desuso o fracasados, de ahí que hable mal de Maduro, del desastre económico de Venezuela, evite referirse a Hugo Chávez, su gran amigo, a la dictadura castrista, al socialismo del siglo XXI, y cuando lo cercan con esos temas se escabulle, se remite al pasado nacional, habla de la oligarquía, de cómo la clase dirigente ha creado un país injusto y se ha sostenido en el poder a través de la violencia y bla bla bla, y el asunto queda sin respuesta.

    Es astuto para no caer en las declaraciones favorables al chavismo y el “exprópiese” cuando el comandante estaba en su apogeo. A él y a Fidel les aprendió que en un terreno hostil es necesario y obligado mentir, incluso hablar mal de aquello que se quiere: “Fidel es un dictador” decía Chávez, Petro no lo califica y si se lo preguntan hace una extensa disertación sobre los logros de la revolución cubana.

    Para contrarrestar a quien es su principal enemigo ha apelado al pantano, a la bajeza, que también es recomendada por los asesores. Petro busca ofuscar a Iván Duque tocándole fibras sensibles que harían rabiar a una piedra, por ejemplo, cuando mencionó e involucró a su padre en las torturas que él habría sufrido en su época de guerrillero.

    Desestabilizar al rival puede dar sus frutos, entonces tilda a Duque de ser un títere de Álvaro Uribe Vélez, pólvora mojada y bala perdida porque si hay algo claro en la actual campaña presidencial colombiana es que Duque es persona muy bien estructurada y ha logrado mostrarse como un hombre de partido, leal y con estilo propio.

    El señor Petro al mirarse en el espejo debe preguntarle, igual que la bruja en Blancanieves, “espejito, espejito dime…” y entonces, creyendo ver en la diatriba antiuribista el filón para destrozar a Duque, se ocupa de Uribe y vuelve a ser lo que siempre ha sido: un energúmeno y obseso antiuribista, y si alguien le recuerda que Uribe no ha sido condenado, escupe su sabiduría en derecho penal “aunque no lo hayan condenado tiene que demostrar su inocencia”, una perla fascista.

    Y le declara a una Vicki Dávila embelesada que él no odia a Uribe, no tiene empacho en decir, después de aplastarlo, que él quiere la reconciliación. Eso sí, a condición de que Uribe se declare culpable ante la JEP y confiese la “Verdad”, y, fíjense amables lectores lo que se encierra en este desliz que aún no debe haber pillado: Petro está proponiendo modificaciones al acuerdo de paz porque la JEP no puede investigar a ningún expresidente, de manera que su discurso contra la propuesta de Duque de hacerle modificaciones se cae por su propio peso.

    Concluyo, Petro está lavando, hasta donde le es posible, su imagen de izquierdista, aventurero, populista, amigo de Chávez y de Fidel y Raúl y Evo y Ortega y de instigador del odio de clases. Por eso lo vemos en una especie de trance en sus divagaciones seudointelectuales y seudoacadémicas, prolijas en generalidades y paradigmas anacrónicos.

    Como dirían por ahí en alguna esquina, su discurso es para “descrestar calentanos”, sus peroratas apelan a la ignorancia del pasado, se apoya en brigadas de choque y tiene gran habilidad para convocar a las turbas cuando alguna autoridad judicial procede en su contra.

    En este personaje, pues, cobra vida el aforismo: “la Mona, aunque se vista de seda, Mona se queda”.

    Darío Acevedo Carmona, 30 de abril de 2018

  • Continuismo o cambio, el mensaje de la jornada del 11 marzo

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    De la jornada electoral del pasado 11 de marzo cabe destacar la muy amplia votación por el expresidente Uribe a quien muchos de sus detractores querían ver hundido. Uribe Vélez obtuvo la más alta votación individual en la historia de las parlamentarias demostrando su vigencia de manera contundente.

    Con Uribe, su partido, el Centro Democrático, perdió un senador, pero pasó de 19 a 32 Representantes, logró encumbrarse como la primera fuerza política en el nuevo Congreso. Con Cambio Radical fue el único de los grandes partidos que incrementó su bancada. No le será suficiente para la aprobación de todos sus proyectos y de todos sus contenidos por lo que tendrá que configurar una alianza más robusta que la que tiene con un sector del conservatismo.

    A su vez, Iván Duque Márquez del Centro Democrático ganó de manera amplia la consulta que definía la candidatura de la Gran Alianza por Colombia. 

    La pérdida de senadores en los partidos que han apoyado hasta el presente la gestión de Santos, liberales 3 curules, conservadores 4, Partido de la U 7, aunque se puede ver como consecuencia de su apoyo a un gobierno impopular, aún quedan con oxígeno que pueden tranzar en favor de alguno de los candidatos a la presidencia.

    Al final de cuentas cinco formaciones políticas registran una representación muy pareja: CD 19 senadores, Conservadores 15, Cambio Radical, liberalismo y Partido de Unión Nacional santista 14 cada uno, resultado que se puede entender al menos de dos maneras: una, que la elección parlamentaria está muy ceñida a dinámicas clientelares, de votación amarrada o influenciada por liderazgos y gestiones locales y regionales, en donde juegan más las lealtades primarias, y dos, que el país sigue aferrado a un fenómeno multipartidista que desmiente rotundamente la idea fantasmal de la polarización agitada por quienes levantan como bandera principal la reconciliación en detrimento de la controversia, y además, que la colombiana es una sociedad que prefiere la democracia a pesar de sus carencias y fallas a los experimentos estatizantes, autoritarios y populistas.

    Por otra parte, aunque los resultados dejan entrever un lógico nivel de incertidumbre para las presidenciales, no es descartable un desenlace en primera vuelta. Varios analistas, entre ellos el lúcido director del portal DEBATE, Libardo Botero, consideran que la ventaja de Iván Duque podría ser definitiva.

    En efecto, Iván Duque, candidato de la Gran Coalición por el Cambio en compañía de Martha Lucía Ramírez, destacada dirigente del conservatismo como fórmula vicepresidencial, sale del partidor con una votación cercana a los seis millones de votos mientras su más cercano rival hasta el momento, el populista de izquierda Gustavo Petro, lo hace con cerca de tres y medio millones. 

    Un elemento adicional que cuenta a favor de Duque es que su alianza con Martha Lucía Y Alejandro Ordoñez ya está sellada y al parecer, sin mucho esfuerzo, recibirá nuevas adhesiones, mientras que Petro, Vargas Lleras, Fajardo y De la Calle buscan desesperadamente la formación de alianzas de último momento para contrarrestar a Duque. Además, de Petro se puede colegir que ha llegado a su tope. La única opción de estos últimos es que haya segunda vuelta, en cuyo caso habrá que revisar las posibilidades de los dos finalistas.

    Las alianzas que se están promoviendo entre tendencias de diverso signo ideológico indican que la controversia difícilmente se puede caracterizar como un duelo entre derecha e izquierda sino entre el continuismo y el cambio, es decir, entre quienes se proponen continuar el “legado” santista, consistente en la implementación del acuerdo de paz de un lado y quienes propugnan por cambios profundos en la orientación que lleva el país.

    La parte oscura de esta interesante competencia es que a los expertos en mañas, empezando por el presidente en ejercicio, les de por armar una bribonada para alterar los resultados tal como lo hicieron en la segunda vuelta del 2014, a todas luces una victoria trampeada con hackers e irrigación multimillonaria de dinero para compra de votos en la costa Atlántica.

    No soy amigo de los pronósticos, pero creo que hay elementos de juicio y hechos políticos contundentes que pueden desembocar en una definición en primera vuelta, y, en tal evento, no hay duda de que el único que podría alcanzar ese umbral es Iván Duque, un candidato que arrastra votos entre seguidores de otras fuerzas políticas.

    Darío Acevedo Carmona, 19 de marzo de 2018