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  • Sí señores, Duque es el nuevo presidente de Colombia

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    La elección presidencial colombiana marca varios hitos en la historia del país. Por primera vez un candidato supera la barrera de diez millones de votos, por primera vez una mujer es elegida vicepresidente de la República y por primera vez un candidato de la izquierda supera los ocho millones de votos.

    Otros hechos destacables de la jornada fueron, por ejemplo, la confirmación del declive profundo de los partidos Liberal y Conservador y el vacío de presidenciables en sus filas, la consolidación del Centro Democrático como una colectividad disciplinada y con gran acogida que da para pensar que no es coyuntural sino que llegó para quedarse, y, la refrendación de la vigencia política de Álvaro Uribe Vélez como gran elector y líder en lo corrido de este siglo no obstante la animadversión de poderosos rivales y enemigos.

    Iván Duque con esa votación histórica despejó todas las dudas que circularon en el sentido de carecer de fuerza y carisma propios. Su inexperiencia en las lides electorales fue compensada por su talento intelectual, su amplio conocimiento de los problemas nacionales y su capacidad para controlarse ante los ataques de sus rivales.

    Hizo escuela a través de la campaña en la que se enfrentó a otros cuatro candidatos del Centro Democrático a quienes superó luego de un gran número de talleres públicos en los que los aspirantes debatían sus programas en formación de cara a los ciudadanos y escuchando a dirigentes sociales de las distintas regiones.

    Luego compitió con Martha Lucía Ramírez, líder de un sector del partido Conservador, y con el también dirigente conservador y exprocurador general de la nación, Alejandro Ordoñez, en una alianza en la que confluyeron los expresidentes Álvaro Uribe Vélez y Andrés Pastrana, resultando vencedor en una consulta amplia regulada por las autoridades electorales del país.

    Como candidato oficial venció con holgura a cuatro aspirantes en la primera vuelta y en la segunda y definitiva venció al candidato de la izquierda populista, Gustavo Petro, con una votación y ventaja a todas luces inobjetable.

    De manera que Duque, una persona sin mácula, sin experiencia como gobernante, pero reconocido por sus colegas del Congreso como el mejor Senador en 2016 y 2017, libre de corrupción, que expresó con franqueza y claridad admirable sus propuestas, que recibió adhesiones sin cambiar ni modificar su programa y sin hacer promesas de cupos ni mermelada oficial, fue el vencedor, sí, el vencedor y es el presidente de Colombia.

    Remarco su triunfo no con el fin de restregárselo en la cara a los derrotados, sí, a los derrotados, sino para ver si se entiende de una buena vez que la lucha política en democracia es una competencia en la que alguien resulta vencedor mientras el rival o rivales pierden.

    Y porque al principal derrotado, embriagado por su innegable alta votación, Gustavo Petro, le ha dado por imitar a Andrés Manuel López Obrador, su conmilitón mexicano del Foro de Sao Paulo, que se apropió varias veces y por mucho tiempo de la Plaza del Zócalo, espacio público simbólico de la política y del gobierno azteca, para ejercer desde la calle su oposición beligerante e incitando a la multitud, para hacer lo mismo en varias plazas centrales de Colombia.

    Petro, al peor estilo de los populistas del continente, pretende -y a la vez ofende- a sus votantes al convertirlos en monigotes de su estrategia populachera, basado en la creencia de que los ocho millones son todos suyos y lo seguirán siendo para todo lo que él disponga.

    Petro se quiso graduar de caudillo haciendo cursos intensivos para acomodarse a exigencias programáticas de sus aliados que le exigieron firmar en mármol las “nuevas tablas de la ley” las mismas que hizo trizas horas después de conocer su derrota.

    Su discurso no fue, ni de lejos, el de un demócrata sino el de un resentido, minimizó el triunfo de Duque, lo invitó a traicionar a Uribe, lo amenazó con movilizaciones y luchas callejeras, en suma, retomó su alma de populista aventurero que había escondido para la segunda vuelta.

    Ahora, sin razón válida ni fuerza parlamentaria, se quiere autoproclamar cabeza de la oposición, atropellando a sus amigos y aliados que de hecho tienen más presencia en el Congreso que la suya.

    Mientras Petro deforma la imagen de antiguos caudillos de nuestra historia y quiere parecerse a ellos, el nuevo presidente en su característica ponderación inició la labor de empalme sin soberbia y con serenidad, pero, eso sí, dando muestras de que va a cumplir con sus anuncios, pues fue con ellos y no con los de sus rivales con los que se ganó la presidencia, como acaba de verse con sus orientaciones para aplazar la definición de funciones de la Jurisdicción Especial de Paz, tema medular de su programa, y como leí en el trino de una amiga twitera: “poner orden en la casa, enderezar el rumbo, restablecer la institucionalidad y hacer cumplir las leyes”.

    Coda: Descresta en demasía el sentido de supremacía moral y sabiduría de intelectuales que, en presencia del reguero de sangre en Venezuela y Nicaragua a manos de un par de tiranos y asesinos, desean posicionar como mesías de Colombia a Gustavo Petro, fiel y leal amigo de esas granujas.

    Darío Acevedo Carmona, 25 de junio de 2018

  • Inquietante panorama de la autonomía universitaria

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    Hace un siglo que los estudiantes universitarios de Córdoba, Argentina, realizaron un movimiento que cobró dimensiones continentales y extendidas en el tiempo. Protestaban por la excesiva injerencia del Estado, la política y otros factores e instancias de los poderes establecidos en los centros de estudios y querían desatar todas las trabas que obstaculizaban la actividad académica.

    Ese malestar se hizo positivo en dos grandes banderas que signaron de a pocos el devenir de las universidades, en particular las públicas, en América Latina, la libertad de cátedra para salvaguardar de las miradas ajenas al conocimiento y de los juicios de valor y la censura la actividad docente e investigativa. Esa función debía estar en manos únicamente del profesorado y de los órganos universitarios. Y la otra fue la consigna de la autonomía de la universidad que, como su nombre lo indica, buscaba evitar la interferencia de agentes y poderes externos y la utilización de la universidad con fines políticos, partidistas, religiosos o ideológicos.

    Esas dos banderas han tenido desarrollos muy desiguales en cada país y en cada centro de educación superior. Quiero referirme en especial a la noción de autonomía académica que ha sido la más atenuada, primero, por los estados que finalmente se han ocupado de la financiación en tanto dejar ese asunto en manos de inexpertos es cosa utópica, ello se ha traducido, a su vez, en la presencia de agentes y delegados de los ejecutivos en su gobierno.

    Y, segundo, por la intensa actividad adelantada por grupos de izquierda que en muchos casos han convertido a algunas de ellas en centros de formación de cuadros, cooptación de militantes y divulgación de ideas y programas de corte comunista en todas sus versiones.    

    Se me ocurre hacer esta especulación pensando en otro tema mucho más grueso y preocupante en grado superlativo cual es el referido a la misión de la universidad y la colonización y, por ende, deformación por parte de diferentes grupos y tendencias políticas que han convertido gran cantidad de instituciones y espacios académicos en plataformas de acción política.

    Se ha convertido en paraguas de tal situación la idea según la cual la universidad no puede ser ajena a los problemas de la sociedad, circunscribiendo estos a los relativos a la igualdad, la justicia, la revolución como deber juvenil, etc.

    No se tiene en cuenta que una cosa es que la universidad contribuya con sus conocimientos a la resolución de los problemas de la sociedad y muy otra que se ponga al servicio de una facción partidista o ideal político. De esa forma, el principio de la autonomía universitaria termina siendo desfigurado cuya consecuencia más notable es que se borra la tenue y frágil línea que separa la academia de la política faccional.

    Traigo a cuento estas reflexiones a propósito de la decisión de la Universidad Nacional de Colombia de comprometerse con la política de paz del gobierno Santos y su acuerdo con las Farc. Un problema político bastante polémico que ha ocasionado la división de la sociedad y cuyos contenidos fueron calificados por la Corte Constitucional como una política pública.

    Ello se ha dado quizás por desconocimiento o a pesar de lo que se consagra en la Misión de la principal universidad colombiana: “Como Universidad de la nación fomenta el acceso con equidad al sistema educativo colombiano, provee la mayor oferta de programas académicos, forma profesionales competentes y socialmente responsables. Contribuye a la elaboración y resignificación del proyecto de nación, estudia y enriquece el patrimonio cultural, natural y ambiental del país. Como tal lo asesora en los órdenes científico, tecnológico, cultural y artístico con autonomía académica e investigativa.”

    En su Visión encontramos estas metas:

    “La Universidad Nacional de Colombia… debe fortalecer su carácter nacional mediante la articulación de proyectos nacionales y regionales, que promuevan el avance en los campos social, científico, tecnológico, artístico y filosófico del país… Así mismo, la Universidad fortalecerá los programas de extensión o integración con la sociedad… Usará el conocimiento generado para producir a través de sus egresados y de los impactos de la investigación y extensión bienestar, crecimiento y desarrollo económico y social con equidad. Será una universidad que se piense permanentemente y reflexione sobre los problemas estructurales del país.”

    En reciente columna la nueva rectora, Dolly Montoya, sentó un punto de vista que refrenda la tendencia de pérdida del valor filosófico de la autonomía universitaria “…La vocación de su proyecto cultural de nación de la Universidad Nacional es dinamizar y hacer realidad los espacios para la construcción de una Colombia justa, equitativa, motor de diálogo y deliberación. Debemos promover el perdón y la reconciliación mediante la formulación de nuevos caminos de paz con posturas de reconocimiento y respeto por el otro, abriendo nuevos espacios ciudadanos dentro de marcos de justicia y equidad.” (El Espectador 09/06/2018)

    Loable interpretación para justificar el enlace con una política gubernamental que, quiérase o no, es objeto de profundas discusiones y objeciones de naturaleza política partidista, jurídica y filosófica.

    La Universidad, dice la rectora, cuenta “con 14 centros de pensamiento, de los cuales cinco tienen como nicho, mediante su labor académica, contribuir a la paz y formar nuevas ciudadanías.” Si hasta aquí el tema es urticante, ¿qué otras sorpresas no podríamos llevarnos si se pudiera evaluar cómo es que se está llevando a cabo esa “labor académica” con la que se quiere filar una comunidad compuesta por miles de personas de diversas tendencias, unida e identificada alrededor de tareas del saber, las artes y la educación, en torno a la paz convertida en dogma de dogmas.

    Darío Acevedo Carmona, 18 de junio de 2018

  • Les puede el odio, no la razón

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    El próximo domingo 17 de junio tendrá lugar la votación definitiva para elegir el nuevo presidente de Colombia. Por opinión y convicción, hablando en positivo, sin reatos morales, sin salvamento de votos ni lavadas de manos, votaré como millones de colombianos por Iván Duque Márquez.

    Entre quienes van a votar por Petro, el nuevo Moisés, quien de la noche a la mañana se cambió de traje y que, siendo un ateo utiliza ese icono religioso por mero oportunismo, habrá quienes lo voten porque creen en él, sea lo que él sea, socialista o capitalista, dictador o demócrata, ángel o demonio, castrochavista o libertario.

    En cambio, un selecto sector de la intelectualidad de izquierda y progre ha revelado en días anteriores el drama existencial que les produce tener que votar por Petro, en negativo, con dudas profundas, en contra de lo que han dicho de él, con el fin de evitar el triunfo del que consideran, contra toda evidencia fáctica, una marioneta de Uribe, la extrema derecha y el peligro de la guerra.

    Antonio Caballero, por ejemplo, en la más lograda caracterización del caudillo, dijo cosas que espantarían al mismo demonio: “Lo malo del candidato presidencial Gustavo Petro no es su programa, que es probablemente el más atractivo… es un programa para cuarenta años de gobierno… Petro es… un político megalómano… Lo malo de Petro no es su teoría: sino su práctica. La que le conocimos en sus años de alcalde de Bogotá, de ineptitud y de rencor, de caprichos despóticos y de autosatisfacción desmesurada. Su arrogancia, su prepotencia. Su personalidad paranoica de caudillo providencial, mesiánico, señalado por el Destino para salvar no solo al pueblo de Colombia de sus corruptas clases dominantes sino al planeta Tierra… sé de su incapacidad para tener o conservar amigos: lo han denunciado como tramposo y desleal sus compañeros del M-19 (Antonio Navarro, Daniel García Peña), y los del Polo Democrático (Carlos Gaviria, Jorge Robledo, Clara López), que se sintieron todos engañados por él en su voraz ambición personalista… no (es) una buena persona, sincera y franca. Más bien lo veo como una mala persona… No le creo ni ‘el amor’ de que tanto habla. Ni ‘el saber’ que pretende transmitir. Ni ‘la humanidad’ que campea en los nombres de sus campañas. Todo eso me parece ficticio e impostado… tiene un temperamento autoritario, inocultablemente de derechas, inspirado en el ‘cesarismo democrático’… que copiaron luego Hugo Chávez y Nicolás Maduro… Petro gusta de equipararse con los mártires… Sucre, Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán… Pero se parece más a su tocayo el general Gustavo Rojas Pinilla, golpista dictador y jefe de la Anapo, de cuya pintoresca y demagógica ‘dialéctica de la yuca’ copia su propia ‘dialéctica del aguacate’. (Semana 19/05/2018)

    Dos semanas fueron suficientes para dar marcha atrás sin hundir el clutch, votará por el que deshilachó en esas líneas: "Voy a votar contra Duque y contra Uribe, me parecen peligrosísimos. Como votar en blanco es votar a favor de Duque, votaré por Petro aunque no me guste". ¡recontrachanfle!

    Salomón Kalmanovitz, afirmó (El Espectador 3/06/2018): “Yo le veo problemas serios de personalidad egocéntrica, autoritaria y voluntariosa a Petro”, sin embargo, le dará su voto, porque “…son más graves los de Uribe. Mientras Petro no ha tenido vínculos con la ilegalidad…”. Omite referirse a Duque y no sé si piensa que el M-19 era un coro celestial.

    Y el pontífice del derecho constitucional flexibilizado a la izquierda, Rodrigo Uprimny (El Espectador 3/06/2018), explicó su voto por Petro apelando al trompo quiñador de siempre: “Y si Duque es presidente, no solo estaría en riesgo la paz, sino también el Estado(sic) de derecho y la democracia” y echándole anatemas al uribismo, razona: “Algunos de los temores frente a Petro son justificados; tiene un estilo caudillista…que alimenta la polarización, pero, no creo que Petro y el uribismo sean iguales”. Meter miedo vale si ellos lo hacen.

    Un colega del anterior, Mauricio García Villegas, después de afirmar que Duque y su grupo representan lo peor del dogmatismo y la injusticia social, los dos grandes males del país, en gesto de confesión alumbra: “voy a depositar mi voto, trémulo y desganado, por Petro”, una acción de deposito titilante, temblorosa, paniaguada. Y para salvar la conciencia de culpa aclara el porqué de su indecisa decisión: “evitar de que aquella victoria (la de Duque) no sea demasiada amplia” (El Espectador, 09/05/2018). ¡Trás duditativo y tembloroso, derrotista!

    Sobresale en esas voces la descalificación moral y la negación del Otro, es decir, de Duque, en contravía de lo que alegan cuando escriben sobre la importancia de la tolerancia y de reconocer al otro como rival y no como enemigo absoluto citando decenas de filósofos y llamando a la reconciliación.

    Concluyo: el discurso de estos señores es beligerante, de odio, de exterminio. Esa intelectualidad de izquierda y progre confiesa, sin pena, que votará por un “paranoico, autoritario, megalómano, arrogante, caprichoso, prepotente, ficticio, impostado, mala persona”, porque le pesa más su odio irracional, profundo, obsesivo e irremediable contra Uribe (a pesar no ser él el candidato) el uribismo, Duque, aunque el país se vaya al abismo.

    Coda: Si a Claudia López no le gusta de Petro “su estilo mesiánico, caudillista y un poco autoritario…que toda la vida ha apoyado a Chávez y respaldado a Maduro…Si la gente quiere más ojitos con Venezuela pues puede elegir a Petro” ¿cómo es que se alió con él?

    Darío Acevedo Carmona, 11 de junio de 2018

  • ¿A qué estamos retados los colombianos en la segunda vuelta?

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    Cual pájaro agorero el presidente Santos envió una mala señal al país de cara a la segunda vuelta por la presidencia. Como si fuera un analista de tendencias y no el primer mandatario de los colombianos, convirtió en victoria su derrota el pasado 17 de mayo.

    ¿Cómo lo hizo? Burdamente y sin inmutarse, sumó los votos de Petro, Fajardo, Vargas Lleras y hasta los de De la Calle, que según él son los candidatos de la paz y juntos representan casi el 60 por ciento de la votación. Con total descaro pretendió disponer de la voluntad de millones de electores que ante la eliminación de sus candidatos estarán retados a votar por Duque o Petro o en blanco o abstenerse. Usurpa el liderazgo de esos aspirantes y de los movimientos que los apoyaban al ungirse ganador.

    Si se quedara quieto en esa maniobra, veríamos esa acción como una más dentro su amplio repertorio de picardías. Sin embargo, conociendo de todo lo que es capaz para impedir la derrota de su “logro” más preciado, se justifica estar advertidos de una probable nueva trampa como las que usó en ocasiones pasadas, aunque esta vez le resultará más difícil.

    En la entrevista con la periodista Cayetana Álvarez del diario español El Mundo, soltó su lengua señalándole límites al próximo presidente, “fuere quien fuere, tendrá (ni siquiera en condicional) que respetar” el acuerdo firmado entre él y las Farc que nadie podrá cambiarlo o hacerle reformas durante los siguientes doce años.

    ¿Cómo olvidar las artimañas que hizo en las elecciones de 2014 con el montaje del hacker y la votación “atípica” gracias a la montaña de mermelada que untó en diversas regiones del país para hacer de la derrota su victoria?

    Y lo que hizo con el plebiscito del 2016 cuyo resulto desconoció engañando a la nación y cubriendo sus mañas con el manto de la palabra mágica “paz”.

    Santos confundió la primera vuelta del pasado 27 de mayo con un juego de ruleta apostando a varias casillas, juego en el que se puede agregar una más aún en movimiento. Jugó por de De la Calle, por Vargas Lleras y viéndose perdido en la última semana, optó por Fajardo.

    Para la segunda vuelta, su proceder deja en claro que, en nombre de su paz, se sumará a las huestes de Petro, el candidato que representa el desastroso modelo castrochavista con el que supuestamente dice tener contradicciones profundas.

    ¡Cuánta falta hace un Procurador que lo conmine a cesar su abierta participación en el debate electoral y en los asuntos de campaña con su aritmética de dudosa técnica!

    La campaña de Iván Duque y Martha Lucía Ramírez debe tomar nota de los pasos que da el presidente saliente y mantener la guardia en alto en la vigilancia de la jornada del 17 de junio para evitar sorpresas desagradables.

    Hay que remarcar la flaqueza de la estrategia petrista que buscará presentar la lucha entre Duque y Petro como un duelo entre la centro-izquierda petrista y la extrema-derecha, entre partidarios de la guerra y seguidores de la paz.

    Argumentos hay de sobra para salirle al paso a esos falsos dilemas puesto que el fondo de la lucha reside en la confrontación de la propuesta de la izquierda radical y populista, aventurera e irresponsable con la opción democrática-reformista, es el duelo entre la paz con impunidad, rechazada por la gran mayoría de los ciudadanos y la paz con justicia que conlleva a realizar ajustes al acuerdo Santos-Farc.

    Es el enfrentamiento entre quienes son adversos a la iniciativa privada y quienes sostienen la necesidad de abrirle espacios y dar facilidades a la inversión y creación de empresas como motores del empleo, entre quienes plantean demagógicamente que toda la salud y toda la educación sea pública y gratuita y quienes pensamos que la igualdad así concebida es la comida de hoy y el hambre de mañana, entre quienes amenazan expropiaciones por vía directa o de elevación de impuestos y quienes propugnan por el respeto a la propiedad bien habida.

    Es de esperar, igualmente, que Duque continúe, con muy pocas variantes, en las líneas gruesas de acción con las que obtuvo el triunfo en primera vuelta. Y si hay adhesiones y alianzas, de gran importancia para garantizar la gobernabilidad y la realización del programa, que sean pública y plenamente explicadas.

    Deseable que se envíen mensajes especiales a los votantes cuyos candidatos quedaron fuera de juego y a los abstencionistas insistiendo en que Duque es la opción del presente-futuro reformable y mejorable mientras la de Petro es la del presente-pasado, fracasado y empobrecedor.

    Darío Acevedo Carmona, 4 de junio de 2018

  • Juan Manuel Santos al desnudo

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    En una entrevista de antología realizada por la periodista Cayetana Álvarez de Toledo del diario español El Mundo (20/05/2018) al presidente Juan Manuel Santos, el mandatario colombiano expresa sin rubor, sin pena y con ínfulas de gloria todas las mentiras, las deformaciones y los cínicos sofismas que le sirvieron de base para justificar el impopular acuerdo de paz firmado con las Farc.

    Empecemos el encabezado con frase de Santos: "Exterminar hasta el último guerrillero era imposible, militarmente absurdo". Aquí omitió que ningún presidente llegó a decir tal cosa y que la política de Seguridad Democrática buscaba derrotar la pretensión de la guerrilla de tomarse el poder por medios violentos y obligarla a negociar bajo la supremacía del Estado colombiano.

    Santos insistió en una idea que le dio a las Farc un sentimiento de superioridad:  "No era posible derrotar a las FARC. La única alternativa era someter al país a otros 30 años de guerra, con millones de víctimas", la lógica del miedo a la supuesta guerra para eludir el cumplimiento del mandato constitucional de defender la honra y bienes de los ciudadanos.

    Más adelante dijo sin pudor que el costo pagado -la impunidad y demás premios- “fue muy pequeño en comparación con los beneficios. Salvar tantas vidas”. Confesión de aceptación del chantaje terrorista: ´si no nos dan lo que pedimos habrá guerra, destrucción y muertes´.

    Cuando la periodista le aclara que quien paga ese precio es “la democracia, las víctimas”, el presidente insinúa que el Sí ganó el plebiscito: “Las víctimas han sido las más entusiastas con el proceso. Yo pensé que serían las más críticas; que iban a oponerse a la Justicia transicional. Y cuál fue mi sorpresa cuando fue al revés”.

    Cayetana le pregunta con altivez: “Me sorprende que distinga entre justicia y paz. ¿Puede haber paz sin justicia? ¿O es la palabra paz un eufemismo de la abdicación democrática?” Santos responde con una evasiva y distorsionando el Estatuto de Roma: “¿Por qué cree que se negoció el Estatuto de Roma de la CPI? Para que se pudiera aplicar una Justicia transicional... El nuestro es el primer proceso que se negocia bajo el paraguas del Estatuto. Aquí, por primera vez, no habrá impunidad, sino una Justicia transicional.” ¡Con razón dicen que la palabra todo lo puede!

    En un arranque de franqueza Santos confiesa que la JEP fue una concesión a las FARC, pues como “no creían en nuestra justicia… Necesitaban una Justicia en la que ellos creyeran”.

    Cayetana pregunta con acierto “¿Entonces la Justicia transicional es una justicia a la medida de las FARC?” y Santos reconoce haber igualado el Estado con las Farc: “Es la primera vez que dos partes de un conflicto negocian la Justicia y se someten a ella. Eso es lo que el mundo ahora admira y aplaude.” Léase bien “el mundo” porque Colombia no.

    A los requerimientos de la periodista sobre tanta largueza a una guerrilla al borde de la derrota, Santos cae en exabruptos, se auto magnifica y distorsiona: “Yo fui la persona que más duro golpeó las FARC… que más las combatió y con más éxito” No fue Uribe ni las Fuerzas Armadas, solo él. Y agrega “a mí me eligieron con el mayor número de votos en la historia de Colombia por mis éxitos en esa guerra” ¡Gulp! tamaña mentira, es vox populi que fue por el apoyo de Uribe.

    No sin razón la periodista le increpa “¿No bastaban la convicción democrática del pueblo colombiano y la fuerza de su Estado de Derecho?… que no se modifique la Constitución por exigencia de sus agresores. Que las penas sean proporcionales a los crímenes. ¡Los acuerdos de paz regalan escaños a las FARC sin mediar la más mínima condena!”

    Santos, cercado, busca escudarse “¿Y en qué proceso de paz no ha sucedido eso?” La periodista no le da tregua “Que tenga precedentes no significa que sea ético o eficaz… El hecho de que criminales de lesa humanidad obtengan escaños de forma automática, sin pisar la cárcel, resulta chocante” Y se desborda en cinismo: “A usted le choca, pero a los colombianos no.”

    Al hablar sobre el plebiscito y luego de que Santos insinuara que el No ganó engañando a las gentes, ella le riposta: “¿Seis millones y medio de colombianos se dejaron engañar? ¿No tenían capacidad crítica propia?”

    “Yo no he dicho eso.”

    “Ha dicho que votaron engañados. Por tanto, se dejaron engañar o no tenían capacidad crítica propia.”

    “Sí, fueron engañados.”

    Cayetana insiste, “Usted decidió convocar un plebiscito sobre la paz. Ganó el No. Y sin embargo siguió adelante con el proceso… Si sólo iba a acatar el plebiscito en caso de ganarlo, ¿para qué lo convocó?”

    Santos afirmó: “Dejar el proceso a la deriva habría sido una inmensa irresponsabilidad. Por eso invité a todos los voceros del 'No' a que nos sentáramos para analizar sus objeciones. Introdujimos el 95% y logramos un mejor acuerdo, que luego fue avalado por la Corte constitucional, como exige la democracia colombiana. Y ahora estamos gozando de la paz.” Todo un récord de mentiras por párrafo cuadrado.

    Al siguiente comentario de Santos "Me habría gustado que las FARC hubiesen sacado un mejor resultado en las legislativas de marzo". Cayetana le pregunta: “¿Por qué?” Y él con pesadumbre dice: “Las FARC sólo sacaron 50.000 votos, menos del 0,5% del total. Les fue muy mal. Creo que habrían tenido más juego si hubieran sacado más votos… yo creo que la democracia colombiana se habría fortalecido más de lo que ya se ha fortalecido con un mayor apoyo electoral a las FARC”. Tomen aire, ¡puf!

    Sobre el próximo presidente dice cosas atrevidas: “El próximo presidente de Colombia tendrá que seguir cumpliendo los acuerdos… Hemos fijado un plazo de 15 años para esta tarea y ningún presidente podrá rehuirla… los acuerdos son irreversibles, da igual quién llegue al poder. No podrán modificarse hasta dentro de tres mandatos.”

    Respetado lector, si Usted no está suficientemente asombrado e indignado y necesita más pruebas para estarlo lea la entrevista completa en el link: http://www.elmundo.es/internacional/2018/05/20/5afff7f0e5fdead9738b456f.html allí encontrará su versión sobre otros temas: caso Santrich, Farc-narcotráfico, cultivos de coca, Venezuela, Maduro, Iván Márquez, su “legado”, Lorent Saleh, etc.

    Darío Acevedo Carmona, 28 de mayo de 2018

  • Mi voto por Iván Duque, sin duda

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    En Las redes se dicen muchas cosas, desde cualquier flanco, con las cuales no es posible ni deseable entablar algún debate. Prefiero el terreno de la confrontación argumental y desde ahí quiero sustentar mi voto por Iván Duque.

    Duque se ganó a pulso limpio la candidatura del Centro Democrático en competencia y debate leal con otros cuatro aspirantes y en el marco de un proceso de amplio contacto con ciudadanos de todas las regiones.

    Ese fue un inédito ejercicio de democracia que derivó en la construcción de su programa de gobierno y en la adopción de una estrategia de alianzas para realizarlo. Por eso se dio a la tarea de buscar afinidades con otras fuerzas encontrando en Martha Lucía Ramírez y Alejandro Ordoñez líderes de sectores importantes del partido Conservador, puntos de vista comunes con los cuales decidieron someterse a una consulta abierta en la que resultó vencedor.

    De Iván Duque se puede decir que ha sido eficaz en ganarse el apoyo de las bases de su propio partido, y en especial de las uribistas, pero también, que sabe llegar con sus ideas y propuestas a amplios sectores y seguidores de las bases del liberalismo, el conservatismo, independientes y otros sectores con sus propuestas de cambio y renovación.

    Ha sorteado con éxito el señalamiento de los opositores que lo acusan de ser de extrema derecha, neoliberal y uribista, demostrando con creces que tiene criterio propio sin caer en el falso dilema al que lo han querido llevar sus rivales: ser un títere del expresidente Uribe o apartarse de él.

    Duque ha demostrado solvencia conceptual, capacidad para explicar sus propuestas, conocimiento de los problemas nacionales, manejo de datos, cifras y estadísticas en los asuntos que copan el interés de la mayoría de los colombianos.

    Iván Duque reúne, además, condiciones personales importantes para el éxito como la calidez en el trato con las gentes, un gran carisma, inspira confianza y sinceridad porque no ofrece soluciones imposibles ni pinta pajaritos en el aire para engañar incautos, no se deja provocar por ataques arteros y de baja ralea por parte de otros candidatos y de periodistas sesgados.

    Duque se define y lo aclara en cada ocasión, que es un hombre del centro político lo cual quiere decir que evita ir a las fórmulas extremistas y radicales del viejo antagonismo entre derecha e izquierda, sin que ello signifique la anulación de las naturales discrepancias de la vida política ni la intención de emitir el engañoso mensaje de evadir fijar posiciones en temas o problemas críticos.

    Y es precisamente en este aspecto en el que Iván Duque, dejando por sentado su respeto por las libertades y por la democracia, manifiesta sin tapujos su intención de intervenir con propuestas sometidas al escrutinio público e institucional en los problemas más críticos como los relativos a las cargas tributarias, el aumento del salarios, la disminución radical de los gastos oficiales en publicidad, la austeridad en el gasto público, la promoción de la equidad social, el impulso a la inversión y la recuperación de la legalidad estropeada con infortunio en nombre de la paz por el actual gobierno.

    En su discurso no tiene cabida el llamado idílico a borrar las diferencias naturales en toda sociedad, pero tampoco hay espacio para atizar el odio entre las clases sociales. De la misma forma y consecuente con esa filosofía, y con respeto natural hacia una de las características más valiosas de la democracia, invita a la más amplia unión de voluntades en torno a sus propuestas de cambio, reforma y ajustes dejando un mensaje explícito sobre la prudencia que guardará con las formalidades de la democracia y los procedimientos regulares en el trámite de sus iniciativas.

    En relación con el acuerdo de paz, por ejemplo, ha expresado con firmeza que hará ajustes y modificaciones, respetando y aplicando aquellos puntos en los que no hay mayor discordia y, en particular, aplicando justicia para corregir la impunidad en delitos de lesa humanidad, y reconocimiento y reparación de las víctimas. Así toma distancia real de la consigna de hacer trizas el acuerdo. Y en lo atinente a negociaciones en curso o futuras con organizaciones como el ELN, exige que esos grupos se concentren, cesen en su accionar bélico y, a cambio, ofrece reducción de penas.

    Una bandera que puede resultar muy efectiva en la lucha contra la corrupción es la propuesta de establecer un procedimiento express de extinción de dominio de los bienes de corruptos y narcotráficantes. Restablecer la fumigación de los cultivos ilícitos, combatir el microtráfico descargando el peso de la ley sobre los “jíbaros” y cumplir con la extradición de los guerrilleros que reincidan en el delito, completan un conjunto de medidas que apuntan a recuperar la seguridad ciudadana y la protección de la niñez, la juventud y la integridad de la familia.

    En educación propone gratuidad para les estratos uno, dos y tres y adecuada financiación para posgraduandos, Además, la doble capacitación del bachiller para proseguir sus estudios y o un arte u oficio para emplearse.

    Difícil referirnos a todos los puntos de su programa, pero, la opinión que lo ha escuchado y visto en los debates sabe a qué acciones y medidas nos atendríamos una vez elegido primer mandatario de los colombianos.

    Darío Acevedo Carmona, 21 de mayo de 2018

  • De ETA a las FARC, de Rajoy a Santos

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    La temible banda terrorista del país vasco, ETA, acaba de anunciar su desmovilización total, sin negociaciones previas, sin regalos, sin reconocimientos, sin impunidad. Reconoce su fin y se disuelve, así de sencillo. Si hubiesen sido tercos habrían prolongado su agonía por años, pero, al cabo de más de medio siglo de buscar el apoyo del pueblo vasco, en vez de éxitos obtuvieron su repudio y derrotas militares por parte del estado español con ayuda del francés.

    De tamaño superlativo fue la útil actitud de la ciudadanía española, incluida las mayorías vascuences que, a cada aleve y cobarde atentado de la banda contra la población civil, agentes y funcionarios del estado, se movilizaba multitudinariamente para manifestar su rechazo.

    La banda nunca pudo alcanzar el apoyo de aquellos a quienes quiso y dijo representar, su discurso separatista, aunque coincidiera con el de otras fuerzas civiles, llegó a un punto de estancamiento que hizo inviable la meta de la independencia. La banda no gastó tiempo en cavilaciones como las que nos han metido en Colombia: como el Estado no derrotó a las Farc, entonces son iguales…

    Inquietudes como: ¿qué va a pasar con las víctimas, con los miles de damnificados, sobrevivientes, huérfanos, viudas, lisiados? ¿Su disolución implica que cada miembro tomará el rumbo que elija? ¿qué va a suceder con los responsables de crímenes de lesa humanidad?, fueron respondidas por Mariano Rajoy.

    El presidente del gobierno español fue claro y categórico: continuarán las investigaciones y habrá castigo, pues la banda se rindió ante la eficaz y eficiente acción de los organismos policiales, de inteligencia y militares y no hubo negociación interpartes, no recibió estatus de beligerancia. El estado español no renunció a su superioridad moral contra el terrorismo, por eso no habrá beneficios tipo amnistía o indulto para los jefes, la democracia no sufrió mengua, no se les otorgó representación en la Cámara de Diputados, la Constitución no fue modificada ni se crearon organismos paralelos al estado.

    Aunque España no es Colombia, ni ETA es igual a las FARC y, por supuesto, Mariano Rajoy no se parece a Juan Manuel Santos, no deja de ser tentadora la idea de establecer un parangón entre el manejo dado por cada gobierno a una amenaza de tipo terrorista.

    El final de ETA y la situación político-militar de las FARC momentos previos al inicio de negociaciones tienen muchas similitudes. Ambas habían perdido su capacidad estratégica de tomarse el poder o lograr su cometido, ambas habían cosechado por sus acciones de terror un amplio repudio entre la población. Los dos estados, a su vez, habían propinado golpes demoledores de tipo militar contra jefes, estructuras y planes de esas organizaciones.

    Lo curioso es que el estado y el gobierno español en vez de abrir una puerta a la negociación solicitada por ETA optó por exigirles su disolución mientras en Colombia el gobierno Santos antes que cobrar duro los golpes dados a las FARC desde el inicio de la Seguridad Democrática y del Plan Colombia, decidió iniciar “conversaciones en medio del conflicto”, otorgarles rango de contraparte y estatus de beligerancia, lo cual se tradujo en que durante cuatro años las fuerzas del orden sufrieran crueles ataques y bajas sensibles, acometidas para presionar al gobierno a asumir compromisos impensables en el pasado.

    Al final, Santos, De la Calle y Sergio Jaramillo, firmaron un tratado que obliga al país y a varios gobiernos por espacio de al menos 12 años, crea instituciones nuevas como la Justicia Especial de Paz, regala 10 curules en el Congreso para las Farc, asegura financiación a su partido,  eso y mucho más al coste de sacrificar instituciones, humillar las fuerzas militares, ofender la dignidad de los colombianos y en especial el de las víctimas y desconocer el resultado del plebiscito en el que fue derrotado dicho pacto.

    El gobierno colombiano y sus adláteres se acogieron a un discurso según el cual la lucha por la democracia y las libertades no fue necesaria, fue inútil y por eso, no debe ser motivo de orgullo y se le entregó la construcción de la verdad y la aplicación de justicia a órganos y personas afectos o cercanas a las guerrillas.

    En España las principales fuerzas políticas y sociales se movilizaron unidas contra la banda. En Colombia, el gobierno en vez de estimular la unidad y el consenso ante un asunto tan delicado prefirió darle rienda suelta al ego de Santos de pasar a la historia como el presidente de la paz y obtener el nobel de paz.

    Rajoy en su discurso ratificó la entereza de la democracia y la fortaleza del estado, se comprometió a aplicar justicia y forzar el reconocimiento de las víctimas. El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, terminará su gobierno sorteando el doble juego de las FARC, la pervivencia del narcotráfico por parte de su dirigencia, arriesgando la buena amistad con los EE. UU. y repitiendo los mismos errores con el ELN, dejando como legado un estado débil y una sociedad dividida enfrentada al peligro de caer en manos del fallido populismo bolivariano.

    Sin embargo, las elecciones presidenciales permiten avizorar una luz de esperanza en el sentido de que es posible y sensato corregir los errores del acuerdo, restablecer la integridad de la Justicia, reconocer y reparar a las víctimas, evitar la impunidad sobre delitos de lesa humanidad y exigir la total desarticulación y desmovilización de los grupos armados al margen de la ley.

    Darío Acevedo Carmona, 14 de mayo de 2018

  • A veinte días de las presidenciales

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    A escasas tres semanas de la primera vuelta por las presidenciales en Colombia dos temas siguen incidiendo con fuerza en las preferencias de la ciudadanía, de una parte, todo lo que está asociado a la suerte de los experimentos del socialismo bolivariano del siglo XXI y, de la otra, el enfermo acuerdo de paz Santos-Farc.

    Por mucho que les incomode a los intelectuales y académicos de las distintas izquierdas el término “castrochavismo” que, según ellos es esgrimido como fantasma para meter miedo, no está en la órbita del espiritismo sino en la dura realidad.

    Ese proyecto, nefasto para la democracia y para las libertades sigue con vida. Mírese no más, el favoritismo de López Obrador en México que de triunfar significaría nuevo oxígeno para el moribundo modelo y una mayúscula complicación para la política de cooperación migratoria con los Estados Unidos. Cambiar el rumbo de Venezuela está saliendo bien complicado ante una dictadura cada vez más atornillada en la corrupción, aferrada a la ilegalidad y una fuerza militar engolosinada con el negocio del narcotráfico, del dinero a manos llenas y de emolumentos escandalosos en medio de una pobreza extrema que atenta contra la disposición para salir a las calles.

    El agonizante modelo patalea aún en Brasil donde Lula Da Silva puede hallar la salida de la prisión lo que lo encumbraría a una victoria segura en elecciones. No basta con alegrarnos con el despertar del pueblo de Nicaragua que en cosa de unos días de protesta ha visto emerger el asesino que se esconde tras el cuerpo del corrupto y beodo Daniel Ortega ante la mirada impasible y cómplice de las izquierdas supuestamente democráticas.

    Gustavo Petro sigue siendo un peligro por todo lo que él representa y por las poderosas fuerzas que medran a su sombra, por eso no es recomendable abrigar una confianza exagerada en que el derrumbe del socialismo bolivariano y sus pésimos resultados en Venezuela vayan a tener repercusión automática en las presidenciales colombianas. Nadie quita, por ejemplo, que, como en los partidos de la Champions League, salga un árbitro a pitar un penalti en el último segundo. Sabemos que el presidente colombiano es irremediablemente amigo de las picardías y las trampas.

    Y aunque el amigo de Chávez y alumno de ese modelo en Colombia despertó de la modorra a una parte de la opinión con su alusión a las plantaciones de caña de azúcar del grupo Ardila Lulle, utilizando las mismas palabras de Hugo Chávez días antes de dar comienzo a su extravagante “exprópiese” provocando que algunos ingenuos seguidores se apearan del bus “bueno, bonito y gratuito” con aguacate incluido, logra sostenerse en el segundo lugar en las encuestas.

    Y en lo que respecta a la suerte del acuerdo de paz a raíz de los escándalos de corrupción con los dineros de la ayuda internacional y de los negocios de cocaína de alias “Santrich”, la reacción del gobierno de Colombia y de la parafernalia mamerta apunta a venderle a la opinión pública nacional e internacional la idea de un montaje de la DEA y en últimas del gobierno Trump para sabotear la paz. Circula profusa e impúdicamente la idea de que lo malo no es que un alto jefe de las Farc estuviera negociando diez toneladas de cocaína con el temible cartel de Sinaloa, sino que un juez norteamericano lo haya solicitado en extradición basado en pruebas “concluyentes y contundentes” recopiladas por la DEA

    Como si no se tratara de un crimen internacional, se anuncia la visita al incriminado por parte de la misión internacional de garantes del proceso conformada, entre otros, por José Mujica y Felipe González, señal inequívoca de la intención del presidente Santos y la cúpula de las Farc de “salvar” su paz al precio de hacer trizas la palabra empeñada, poner en peligro las relaciones entre Colombia y Estados Unidos y llegado el caso, sabotear las elecciones presidenciales.

    Tampoco es descartable que ciertas elites centralistas que han apoyado incondicionalmente a Santos en sus desatinos y vergüenzas brinden su respaldo a Petro “el único candidato amigo de la paz que puede derrotar a Duque”.

    Empresarios, intelectuales, sectores políticos, jerarcas eclesiásticos, Medios, han dado indicios en tal dirección. Piensan que Petro puede ser controlado en sus devaneos con el castrochavismo, que pueden engañarlo como han engañado a una parte de la opinión y a Uribe.  El pánico a la “la extrema derecha y a Uribe” es más fuerte en ellos que el temor a un gobierno populista.

    Por fuera de toda posibilidad de asegurar su paz con De la Calle, Vargas Lleras o Fajardo, nada de raro tendría que en un acto de irresponsabilidad mayúscula convocaran a un “acuerdo” de “las fuerzas pro-paz”, con Petro en una eventual segunda vuelta. Así, por vez primera en nuestra historia un izquierdista populista y exguerrillero, defensor de propuestas que ahogarían la inversión con sus exóticas propuestas estaría ad-portas de ganar la presidencia. Este peligro es el que refuerza el reto de Iván Duque: ganar o ganar en primera vuelta.

    Darío Acevedo Carmona, 7 de mayo de 2018

  • Petro en el espejo

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    ¿Cuántas veces se mirará en el espejo Gustavo Petro antes de pronunciar un discurso de plaza pública, atender una entrevista o participar en un debate? Formulo la pregunta a sabiendas de que no habrá respuesta por parte de él, sino por la curiosidad de entender los contenidos de una estrategia de imagen bien pensada más no lograda.

    No porque sea raro que un político se mire en el espejo, lo hacen muchos, me imagino, y no propiamente para peinarse sino porque el elevado ego tiene que acicalarse. Lo hacía Gaitán según nos cuenta el historiador norteamericano y colombianista Herbert Braun en su novedoso libro Mataron a Gaitán, el perfil mejor logrado que yo haya leído sobre el caudillo.

    Y por supuesto, hemos de entender que la política es una especie de teatro y los políticos son actores, y estos tienen que prepararse. Sí, todos, y eso no los descalifica. Hay escuelas de preparación, publicistas, expertos en manejo de la imagen que saben qué es lo que le conviene a cada actor, el vestuario, la gestualidad, la mirada, el manejo de las reacciones, etc.

    Me ocupo de Petro porque todo lo anterior sumado a su innegable capacidad expositiva se ha condensado en una estrategia para venderle a la opinión pública y al electorado propio y ajeno un producto muy diferente al que conocemos. Los publicistas expertos nos pueden hacer ver el sol de noche, le pueden poner piel de oveja al lobo y vestir de seda a la mona.

     De manera que cuando Petro asume ese tono de voz magisterial, como sentando cátedra, y mira por encima de la nuca a sus rivales, mirando al infinito, al periodista o a las cámaras y camina en el escenario o se lleva las manos al mentón, quiere transmitir la imagen de un maestro, un docto o un sabio, y no la de un exguerrillero audaz ni la de un locuaz populista ordinario que es lo que es.

    Los gestos en él ayudan a darle peso a sus flojas y temerarias propuestas e ideas. Elucubra ante preguntas difíciles acudiendo a explicaciones gaseosas, como cuando dice que la paz no es solo el cese del fuego ni el acuerdo con las guerrillas, y para que no se le note mucho esa posición típica del izquierdismo, habla de la miseria, las injusticias, el sufrimiento por los odios y hasta de la violencia que otros, no él ni el M-19, propiciaron y nos legaron.

    Sus asesores lo han convencido para pulir sus vínculos con personajes, ideas y proyectos en desuso o fracasados, de ahí que hable mal de Maduro, del desastre económico de Venezuela, evite referirse a Hugo Chávez, su gran amigo, a la dictadura castrista, al socialismo del siglo XXI, y cuando lo cercan con esos temas se escabulle, se remite al pasado nacional, habla de la oligarquía, de cómo la clase dirigente ha creado un país injusto y se ha sostenido en el poder a través de la violencia y bla bla bla, y el asunto queda sin respuesta.

    Es astuto para no caer en las declaraciones favorables al chavismo y el “exprópiese” cuando el comandante estaba en su apogeo. A él y a Fidel les aprendió que en un terreno hostil es necesario y obligado mentir, incluso hablar mal de aquello que se quiere: “Fidel es un dictador” decía Chávez, Petro no lo califica y si se lo preguntan hace una extensa disertación sobre los logros de la revolución cubana.

    Para contrarrestar a quien es su principal enemigo ha apelado al pantano, a la bajeza, que también es recomendada por los asesores. Petro busca ofuscar a Iván Duque tocándole fibras sensibles que harían rabiar a una piedra, por ejemplo, cuando mencionó e involucró a su padre en las torturas que él habría sufrido en su época de guerrillero.

    Desestabilizar al rival puede dar sus frutos, entonces tilda a Duque de ser un títere de Álvaro Uribe Vélez, pólvora mojada y bala perdida porque si hay algo claro en la actual campaña presidencial colombiana es que Duque es persona muy bien estructurada y ha logrado mostrarse como un hombre de partido, leal y con estilo propio.

    El señor Petro al mirarse en el espejo debe preguntarle, igual que la bruja en Blancanieves, “espejito, espejito dime…” y entonces, creyendo ver en la diatriba antiuribista el filón para destrozar a Duque, se ocupa de Uribe y vuelve a ser lo que siempre ha sido: un energúmeno y obseso antiuribista, y si alguien le recuerda que Uribe no ha sido condenado, escupe su sabiduría en derecho penal “aunque no lo hayan condenado tiene que demostrar su inocencia”, una perla fascista.

    Y le declara a una Vicki Dávila embelesada que él no odia a Uribe, no tiene empacho en decir, después de aplastarlo, que él quiere la reconciliación. Eso sí, a condición de que Uribe se declare culpable ante la JEP y confiese la “Verdad”, y, fíjense amables lectores lo que se encierra en este desliz que aún no debe haber pillado: Petro está proponiendo modificaciones al acuerdo de paz porque la JEP no puede investigar a ningún expresidente, de manera que su discurso contra la propuesta de Duque de hacerle modificaciones se cae por su propio peso.

    Concluyo, Petro está lavando, hasta donde le es posible, su imagen de izquierdista, aventurero, populista, amigo de Chávez y de Fidel y Raúl y Evo y Ortega y de instigador del odio de clases. Por eso lo vemos en una especie de trance en sus divagaciones seudointelectuales y seudoacadémicas, prolijas en generalidades y paradigmas anacrónicos.

    Como dirían por ahí en alguna esquina, su discurso es para “descrestar calentanos”, sus peroratas apelan a la ignorancia del pasado, se apoya en brigadas de choque y tiene gran habilidad para convocar a las turbas cuando alguna autoridad judicial procede en su contra.

    En este personaje, pues, cobra vida el aforismo: “la Mona, aunque se vista de seda, Mona se queda”.

    Darío Acevedo Carmona, 30 de abril de 2018

  • Santos y su lánguido legado

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    En plena campaña presidencial, como si buscara la reelección, Juan Manuel Santos ha desatado una nueva ofensiva publicitaria mostrando los grandes logros de su gestión de ocho años. En apariencia estamos viendo una rendición de cuentas, a manera de legado, para quien lo vaya a suceder, sin embargo, aún faltan largos tres meses y por ello surge la inquietud sobre el verdadero motivo de esta campaña y a quién quiere beneficiar.

    Siendo como sabemos que es, persona interesada y calculadora, y conociendo sus mañas y ardides, no es difícil encontrar la respuesta a nuestro interrogante. Ante el hundimiento inexorable de los candidatos Humberto De la Calle y Sergio Fajardo, con los que pretendía asegurar la continuidad de su obra, acudió a recuperar a marchas forzadas al díscolo Germán Vargas Lleras quien urgido de respaldos no vaciló en retornar al redil de Santos y aceptar el abrazo hipócrita del senador Benedetti que lo tildó de ladrón meses atrás y del senador que más vueltas ha dado en política, Roy Barreras.

    El cace de esta alianza pegada con babas y proyectada en defensa del presidente más impopular de nuestra historia, es, precisamente, lo que estamos viendo los colombianos en los medios y muy especialmente en la televisión, una avalancha publicitaria onerosa, pagada con dineros del estado que veladamente está al servicio de Vargas Lleras ungido ya candidato continuista.

    Desleal jugada, propia de tahúr de barrio bajero, con la que puede estar despidiéndose el señor Juan Manuel Santos, que, además, tiene la función de mantener enmermelados a los medios para maquillar cualquier otra trampa que le sea necesaria para que su “legado” quede a buen recaudo.

    Pero, preguntémonos ¿En qué consiste ese anchuroso y promisorio legado que ilustra a diario con pomposas cifras en impactantes cuñas? ¿será que tiene razón en mostrarse como un presidente incomprendido y en quejarse de haber sido víctima de “una oposición sin precedentes en nuestra historia reciente, por lo visceral y destructiva promotora de una repudiable polarización en el país que solo trae secuelas negativas”?

    ¿Acaso no fue él mismo el que sembró la cizaña tildando a los críticos de su paz impune de amigos de la guerra? ¿No fue él, en su afán de gloria y vanidad ilimitada, sordo e impertubable al clamor de una ciudadanía que le hacía saber a través de las innumerables encuestas que no estaba satisfecha con los términos con los que estaba negociando con las Farc?

    Su gran legado, la paz, a la que le apostó todo y por la que puso en peligro la unidad de la nación y la estabilidad de las instituciones, es hoy un triste embeleco, hecho trizas en acción colectiva por las Farc con el escándalo Santrich y sus negocios de narcotráfico en gran escala, por la supuesta disidencia que continúa secuestrando y asesinando inocentes, y por la ineptitud del Santos para cumplir los acuerdos y garantizar un manejo pulcro de los recursos internacionales para la paz.

    ¿Paz? Es hoy palabra mágica tan esquiva como en el pasado. Porque lo que mal empieza mal termina. España nos acaba de dar una lección de dignidad del estado y de las instituciones democráticas al no haber sido negociadas con la banda terrorista ETA que no tuvo más remedio que desintegrarse. Lo que hizo el gobierno Santos con las Farc, sin razón, fue otorgarles un estatus inmerecido, agrandarlas, reconocerles un poder del que carecían y eximirlas de castigo violando tratados internacionales y deshonrando la pertenencia de Colombia a la Corte Penal Internacional.

    Esa paz también está siendo hecha añicos por el ELN que ha ocupado espacios dejados por las Farc y propiciado una oleada de acciones terroristas con el claro propósito de ablandar a un gobierno que saben que al final cederá al chantaje. Lección aprendida del proceso en comento.

    Gracias a ese pacifismo resucitó la última facción del desaparecido EPL, grupo dedicado por entero a los negocios de narcotráfico y la minería ilegal. Y también ganaron fuerza, presencia y notoriedad las bandas criminales que se nutren del narcotráfico y son amos y señores en el Catatumbo, el Golfo de Urabá, Tumaco, Buenaventura, el sur del Putumayo, los departamentos de Cauca, Nariño y Arauca donde se guerrean y se alían según el momento con aquellos.

    En la publicidad se omite hablar del récord de los cultivos de coca -doscientas mil hectáreas- la gasolina principal de la nueva guerra entre todos esos grupos bandas, clanes y bandolas. Fue gracias a una concesión de Santos a las Farc que se llegó a esta situación, cuando para congraciarse con las Farc ordenó suspender la fumigación aérea, pagar por la sustitución voluntaria y eliminar castigo a quienes tuviesen sembradas hasta 4 hectáreas.

    Pasando al ítem electoral, no podemos dejar de mencionar la gran contribución de Santos al deterioro de la confianza pública en la democracia, cuando en 2014 irrigó toneles de mermelada en la costa Atlántica para favorecer su candidatura a través de fraudes y compraventa de votos tal como consta en declaraciones de los gamonales electorales Musa Besaile y el “Ñoño” Elías. Y por supuesto, con el montaje del hacker con el que lograron enredar el triunfo de Óscar Iván Zuluaga.

    Y como las vacas ladronas que no olvidan el portillo ajeno, en octubre de 2016 se burló del resultado adverso del plebiscito a su acuerdo de paz, convirtiendo por arte de birlibirloque su derrota en una victoria.

    Dejemos para una nueva entrega el vistazo a otro gran legado de Juan Manuel Santos, la relativa a la actual disputa por la presidencia en la que por vez primera un populista de extrema izquierda, Gustavo Petro, es firme opcionado, según las encuestas, a ganar la presidencia.

    Darío Acevedo Carmona, 23 de abril de 2018