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VentanaAbierta

  • La tragedia de Venezuela y su pueblo

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    Algo parecido a los sucesos que ocurren en Venezuela no lo habíamos presenciado los latinoamericanos en las dos centurias de vida independiente de nuestros países.

    Tenemos noticia de éxodos de miles de militantes perseguidos por dictaduras que implantaron regímenes de terror y persecución, de migraciones en gran escala de gentes que salen en busca de nuevos horizontes económicos ante la falta de empleo o la miseria insoluble.

    Pero, nada de lo que haya ocurrido en el pasado tiene los ribetes trágicos de lo que experimenta el pueblo venezolano en el momento actual. Si nos preguntamos a qué se debe que miles de miles de personas, quizás varios millones en un lapso relativamente corto de tiempo estén saliendo hacia los países vecinos realizando extensas caminatas, enfrentando las inclemencias del hambre, del clima y del desarraigo, escucharemos todo tipo de explicaciones según el lugar del espectro político desde el que se hable.

    Lo cierto del caso es que Venezuela, siendo uno de los países más ricos y poseedor de la mayor cantidad de reservas de petróleo del orbe, donde se dan el lujo de adquirir la gasolina más barata que el agua (como que con un dólar se pueden comprar 3,5 millones de litros de petróleo, ver http://www.el-nacional.com/noticias/sociedad/subir-gasolina-mas-barata-del-mundo-hasta-donde-puede-llegar-maduro_246704) hoy ha reducido su producción en más de 1,5 millones de barriles diarios, no hay medicinas, no hay oferta de alimentos en las cantidades y precios adecuados para sobrevivir.

    Pero, además de haber matado la gallina de los huevos de oro, el gobierno de ese país se empeñó en adelantar un proyecto de socialismo bolivariano, copiando el modelo castrista, atacando la empresa y la propiedad privada, persiguiendo a empresarios, causando la emigración forzada de los empleadores que, impotentes, presenciaron la nacionalización y expropiación de sus activos, bienes y patrimonio.

    El estatismo adoptado por Chávez y Maduro convirtió el agro productor de alimentos en un desierto y en materia política y electoral jugaron y atropellaron la constitución, organizaron fraudes para alterar los resultados y perpetuarse en el poder. Convirtieron su ideología y sus dogmas en política oficial, persiguieron y reprimieron sangrientamente las masivas protestas de la ciudadanía, encarcelaron decenas de líderes opositores, cerraron canales de tv, emisoras, diarios e hicieron del aparato educativo una tribuna de adoctrinamiento.

    Así que, detrás de las dolorosas imágenes de marchantes que desafían el cansancio, el frío, el calor, la lluvia y el dolor del alma,  no hay un error o una falla sino un modelo económico y un régimen de dominación política con los que se pretendió y se insiste en llevar a la práctica dogmas preciados de la reaccionaria izquierda latinoamericana plasmados en el programa del Foro de Sao Paulo, el mismo que se ha intentado en varios países de la región y que se logró imponer en muchos de ellos.

    Las consecuencias, todas disímiles pues en cada país en que se trató de implantar lo orientado por dicho Foro, las reacciones fueron diferentes, se reflejan con crudeza en el ámbito político y en la esfera económica.

    El populismo izquierdista una vez en el poder cocinó un plato explosivo y envenenado, que confirma su fracaso histórico y ningún éxito. En ningún país el socialismo en todas sus variantes pudo resolver el problema del hambre, de la pobreza extrema, del desempleo. Al cabo de décadas, desde la revolución comunista rusa en 1917, la economía planificada desde el estado, la abolición de la propiedad privada, el reemplazo de los empresarios por la burocracia partidista, sucumbió ante el empuje y la supervivencia del capitalismo como sistema económico sin alternativa a la vista ni en el corto ni en el mediano plazo.

    Es tan patético el desastre de los modelos socialistas que hasta los países más ortodoxos en su aplicación: China, Vietnam, Rusia, etc, se han visto obligados a reimplantar el capitalismo y la propiedad privada para suplir el hambre de sus poblaciones.

    El segundo factor propiciador de la crisis tiene que ver con la anulación de la democracia y de las libertades, con la manipulación de la constitución, con las restricciones a la libertad de prensa y con la desenfrenada corrupción de las altas esferas del “poder popular” que roban y esquilman lo poco que queda de riqueza.

    Auténticas mafias se han formado en el seno de los rígidos partidos comunistas y socialistas que pelechan a la sombra de las grandes definiciones. La corrupción en Venezuela se expresa en un gobierno mafioso que vive del robo de las rentas del petróleo y del narcotráfico, y ha desembocado en la formación de una burguesía lumpen, la boliburguesía, que rapta recursos inconmensurables a los proyectos sociales humillando la calidad de vida de la población.

    Hay mucho de criminal en la conducta de Maduro-Diosdado y su camarilla y eso tampoco es un desliz, es usual en los déspotas y dictadores.

    Así pues, que ojalá los sociólogos del socialismo no insistan en el cuento del error o falla del sistema, ni le den alas a la burda idea madurista de que todo se debe a un complot del imperialismo. Mejor que recuerden que la guerra del hambre fue una estrategia del dictador Stalin que llevó a la muerte por inanición a varios millones de rusos y ucranianos. Que la emigración masiva es forzada por el aparato político de los comunistas para deshacerse de millones de estómagos, tal como lo hizo en varias ocasiones Fidel Castro con el “Mariel” y otros éxodos forzados para aliviar sus cargas creándole problemas a los tan aborrecidos vecinos capitalistas y democráticos.

    Darío Acevedo Carmona, 10 de septiembre de 2018

  • En democracia cuando se gana es para no perder

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    Intento de manera infructuosa encontrar una explicación lógica al hecho de que sea imposible modificar, no hacer trizas, algunos puntos críticos del acuerdo firmado entre Juan Manuel Santos y las Farc. ¿Cómo es posible que se cumpla la sentencia que con ironía repitió el expresidente durante su larga despedida del mando en el sentido de que no se podría cambiar nada de ese acuerdo?

    ¿Por qué pudieron pasarse por la faja el triunfo del NO al acuerdo en mención en octubre de 2016? Los defensores del acuerdo de impunidad se apoyaron en razones flojas como la estrechez del resultado y haciéndole creer al país y al mundo que se habían acogido todas las críticas.

    ¿Por qué, si el cuestionamiento de aspectos álgidos del acuerdo fueron parte integral del programa de las campañas del Centro Democrático, los uribistas y amplios núcleos de la ciudadanía, y ese punto de vista triunfó en las parlamentarias y luego en las presidenciales, nada se puede modificar según dictamen de la Corte Constitucional?

    ¿Para qué, entonces, sirve la socorrida democracia? ¿o es que la democracia ha adquirido en nuestro país, por obra y gracia de la paz como dogma un significado inverso de que se gana para perder?

    Y me pregunto, con igual desconcierto ¿por qué de nada ha servido que la opinión se haya manifestado de manera sistemática en todas las encuestas, crítica y opuesta a los términos del acuerdo de paz a pesar de la gigantesca y abrumadora maquinaria publicitaria con que fueron divulgados los acuerdos?

    No quiero quedarme en respuestas meramente locales, pues tengo razones para incluir en mis inquietudes la suerte que están corriendo los derechos humanos, el derecho internacional humanitario y el estatuto de la Corte Penal Internacional en el mundo cuando la ONU, partera de importantes acuerdos y avances en esas materias en la posguerra, en buena medida ha dejado esas banderas en manos de tendencias de izquierda que solo tienen ojos contra las dictaduras de extrema derecha y se solazan con las de extrema izquierda. ¿En qué queda el sentido y el significado de la filosofía humanitaria cuando su defensa, promoción y vigilancia se deposita en organismos presididos por países con gobiernos que los violan sistemáticamente?

    ¿Dónde se ha escuchado la voz del Consejo de DDHH de la ONU para expresar algo con fuerza de mandato o intervención sobre los crímenes y la represión de las dictaduras sanguinarias de Maduro y Ortega en Venezuela y Nicaragua y contra la pervivencia de la dictadura castrocomunista en Cuba donde el gobierno policíaco restringe los derechos elementales de su pueblo desde hace 59 años?

    Tampoco entiendo que ese organismo haya solicitado a Brasil que se respete el derecho del expresidente Lula, condenado por corrupción oficial, delito internacional según la ONU, para hacer campaña presidencial.

    ¿Cómo va a explicarle la Corte Penal Internacional al mundo su ceguera ante la impunidad del acuerdo de paz colombiano que consagra premiar a responsables de crímenes de guerra y de lesa humanidad con curules en el Congreso y nada de cárcel?, ¿No tiene ninguna consecuencia que Colombia, parte integrante del estatuto de la CPI desde noviembre de 2009, deje de aplicar los incisos g y k del artículo 7 de su Estatuto?

    La relación que encuentro entre la impunidad de la paz Santos-Farc y las inconsecuencias de los organismos internacionales de derechos humanos no saltan a la vista, pero existe y no es fruto de un complot o una conspiración, se trata en mi parecer de una conjunción, afortunada para los reinventores del comunismo en América Latina, los del Foro de Sao Paulo y gobiernos y gobernantes que se desentendieron del rumbo sesgado dado a los DDHH.

    A pesar del cuadro tan adverso pienso que hay opciones por ensayar para no darnos por perdidos en el cumplimiento del legítimo anhelo y mandato otorgado por la ciudadanía al gobierno del presidente Iván Duque de modificar algunos puntos del cuestionado acuerdo.

    Me refiero, por supuesto a alternativas contempladas en nuestra constitución: 1. Tramitar una reforma constitucional vía Congreso para modificar el Acto Legislativo que avaló la impunidad para delitos atroces y otras medidas ajenas a nuestro ordenamiento legal. 2. Convocar un referendo derogatorio, y 3. Convocar una asamblea constituyente.

    Nada es fácil ni expedito, todos los caminos tienen sus pros y contras, pero, quedarnos quietos sentaría el nefasto precedente de que ganamos para perder o transmitir el mensaje de que nuestra lucha en contra de la impunidad no valió la pena.

    Coda: la inversión del sentido de triunfar por parte las izquierdas se pudo apreciar en su reacción eufórica cuando salieron a cantar victoria de la consulta anticorrupción no obstante no haber alcanzado el umbral legal requerido.

    Darío Acevedo Carmona, 3 de septiembre de 2018

  • Modificaciones al acuerdo de paz: nada fácil mas no imposible

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    Sin duda, el fallo adverso de la Corte Constitucional al juzgamiento de jefes de las Farc responsables de crímenes sexuales contra menores de edad por tribunales de la justicia ordinaria es un duro golpe a las expectativas de amplios núcleos de la población y a una de las pretensiones programáticas del presidente Duque y del Centro Democrático de introducir cambios al acuerdo de paz Santos-Farc.

    La decisión de la Corte ha dado y dará mucho que discutir desde el punto de vista de sus implicaciones morales y constitucionales. No obstante, puede uno pensar que el mensaje subyacente sobre la imposibilidad de modificar el acuerdo se puede subsanar en el plano político.

    Pero, si tenemos en cuenta que en la política democrática entra a jugar el factor ineludible de la correlación de fuerzas, es menester mirar la composición del Congreso de la república para no hacernos ilusiones al respecto.

    En ambas cámaras obtuvieron representación doce (12) partidos y movimientos. El Senado con 108 curules quedó integrado así: Centro Democrático 19, Cambio Radical 16, Liberal 14, Conservador 14, Partido de la U14, Alianza Verde 9, Polo Democrático 4, Petristas 4, Mira, 3, Farc 5, Comunidades Indígenas 2, Libres 3. La Cámara de Representantes tiene 172 congresistas originarios de los mismos partidos y movimientos y en similares proporciones.

    Estos datos nos indican que ningún partido cuenta con la mayoría absoluta, que las dos grandes alianzas que se han formado hasta el momento: CD, liberales, conservadores y Mira, de una parte, y, Cambio Radical, de la U, petristas, Verdes, Polo, Farc, de la otra, están muy parejas. Y en temas relacionados con el acuerdo de paz, la convergencia oficialista no tendrá el apoyo de congresistas liberales y conservadores.

    De manera que, al parecer, los partidarios de modificar el acuerdo de paz tenemos cerradas las puertas jurídicas y de contera las políticas y el expresidente Santos se habría salido con la suya cuando en tono retador, desafiante y burlesco afirmaba que no se le podía cambiar nada.

    ¿Qué camino nos queda entonces, si es que queremos insistir en las modificaciones que la ciudadanía, según reiteradas encuestas, quería hacerles a los términos de ese pacto de impunidad? ¿Hay alguna salida?

    Reconozco al menos tres opciones, veamos una por una. La primera es intentar, por vía del congreso, aprobar un Acto Legislativo reformatorio del Acto Legislativo que le dio vía libre al acuerdo de paz y rango constitucional a varios de sus componentes. Es un camino lleno de púas porque no hay mayorías aseguradas en el Congreso, porque tampoco es confiable la Corte Constitucional y porque el gobierno tendría que pagar un costo muy alto para ganar apoyos.

    La segunda es convocar una asamblea constituyente que puede conllevar no solo a reconsiderar el acuerdo de paz sino todo el ordenamiento. Se perciben ya algunos signos de fatiga en la población en razón de las intensas y prolongadas campañas precedentes.

    Y, por último, está la opción de convocar un referendo revocatorio parcial que por tal condición suscitaría menos reservas en las fuerzas de la alianza oficialista o gobiernista y la disposición del presidente Duque a hacer valer, sin reventar el país, una de las promesas más importantes de campaña con la que obtuvo el respaldo de sus electores. Es la manera más contundente de ponerle punto final a este asunto.

    De otra parte, de manera subsidiaria, no es descartable que organizaciones de derechos humanos y de víctimas de las Farc denuncien ante la Corte Penal Internacional la impunidad evidente y grosera subyacente en el acuerdo de paz. Sin embargo, en este terreno la suerte parece ser favorable al expresidente Santos, pues hasta el presente esa corte no cuenta con fuerza, poder, elementos e infraestructura para hacer valer su estatuto, mírese no más, su silencio y parálisis para intervenir sobre la crítica situación que atraviesan Venezuela y Nicaragua con la sanguinaria represión de sus dictadores Maduro y Ortega.

    Y al acudir a esta instancia, además del delito de violación de menores se debe incluir todos los contemplados en el artículo 7 de lesa humanidad y crímenes de guerra.

    Esa es la situación en términos realistas, Nada fácil mas no imposible.

    Darío Acevedo Carmona, 27 de agosto de 2018

  • Así es la democrcaia

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    Con apenas dos semanas en el cargo, el presidente Iván Duque ya ha recibido desafíos y juzgamientos que en común tienen el de ser apresurados y desproporcionados.

    El primer toque de corneta vino de las filas del populismo izquierdista de Gustavo Petro y sus aliados: oposición total y en toda la línea sin esperar siquiera a que su víctima se posesionara. Una semana después de la posesión, Jorge Enrique Robledo, un dirigente al que muchos consideran menos explosivo y moderado descalificó la gestión de Duque.

    La pluma untada de ají mexicano maya habanero de muchos columnistas sigue al rojo vivo, sin el menor cambio, ni que decir de lo que corre por las cloacas de los activistas incontrolables donde no hay señas para entablar alguna discusión seria.

    Por el campo de los seguidores del gobierno han surgido voces de disgusto, unas más radicales que otras, sobre las primeras medidas y nombramientos del presidente Duque.

    Los más moderados dicen estar desconcertados con la designación de personas que ejercieron alguna responsabilidad en el mandato de Juan Manuel Santos cuyo caso más emblemático es el del viceministro Víctor Saavedra. Cuando se les ha recordado que no se debe esperar que todos los funcionarios han de ser uribistas o del Centro Democrático, responden que no se trata de rechazar a personas ajenas al uribismo, como lo son muchos de los nombrados, tampoco ven problema en cargos dados a exfuncionarios de Santos que no han sido beligerantes en redes ni han tenido gran presencia política, sino que su descontento es con aquellos que, como en el caso de Saavedra, hasta hace poco lanzaron frases hirientes contra el líder del CD y el uribismo por las redes. Consideran que es una concesión exagerada.

    Otras personas más radicales que de tiempo atrás desconfiaban ya lo tildan de traidor a Uribe, utilizan los nombramientos mencionados para reafirmar esa desconfianza y sostener que ya empezó la desmarcada de Duque respecto de su mentor.

    En mi parecer, estos últimos, quiéranlo o no, terminan por hacerle juego a los radical-populistas de la Colombia Humana en el sentido de que conducen a deslegitimar el mandato de Duque prematuramente y le crean una atmósfera de hostilidad. Desconocen la importancia de hechos contundentes como retirar el país de UNASUR, taparle la boca al tirano nicaragüense, impulsar un bloque latinoamericano por el restablecimiento de la democracia en Venezuela, el lanzamiento de la campaña de seguridad y la inminencia de nuevas medidas que se adoptarán en los días venideros.

    La crítica constructiva y el descontento con algunas medidas es algo normal en las democracias. Agreguemos que en nuestro país la plena aplicación de la máxima: quien gana las elecciones gobierna quien las pierde hace oposición no es tan fácil como en regímenes bipartidistas.

    Hay que tener en cuenta que el Uribismo y el Centro Democrático no cuentan con la mayoría ni absoluta ni calificada para impulsar ciertos proyectos. Que tal circunstancia fue la que llevó a conformar una amplia alianza electoral que, además, precisa el concurso de otras fuerzas parlamentarias para sacar adelante una agenda atenuada por esa limitante propia de democracias pluripartidistas.

    Por otro lado, hay que tener presente las palabras del presidente en su discurso de posesión, en el que convocó a la unidad de los colombianos en torno a unos objetivos comunes y a dejar atrás las divisiones. Al margen de lo que se pueda pensar en cuanto a la factibilidad de esta bandera y dados los comportamientos irremediablemente adversos, el presidente Duque en cuanto cabeza de la nación y símbolo de la unidad del país, es el presidente de todos los colombianos y debe actuar en consonancia con esa filosofía y esa misión.

    En los nombramientos que han motivado el malestar entre algunos de sus seguidores, uno podría entrever, sin perjuicio de seguir alertas, que Duque está dando una señal de coherencia con su prédica y de que sí es factible andar ese camino de unidad cerrando heridas. Eso tiene sus riesgos, porque, y esto no se puede negar, la política siempre tiene el ingrediente de la confrontación y la democracia no siempre puede impedir los extremismos.

    Por ello, pienso que lo correcto de parte de quienes sienten insatisfacción no es silenciarse, sino entender que no es lo mismo ser candidato que gobernante y abrir un compás de espera, haciendo las críticas con mayor prudencia, tanto para no hacerle el juego a los extremistas como para que él presidente Duque, en su contacto con la población escuche esas voces que le manifiestan su disenso o sus inquietudes por alguna de sus acciones.

    Coda: La relativización del delito de lesa humanidad de violación de menores que en nombre de la paz acaba de dictaminar la Corte Constitucional, va en contravía del Estatuto de la Corte Penal Internacional (artículo 7, numeral g) del que Colombia es signatario pleno desde 2009 y que hace parte del llamado Bloque de Constitucionalidad.

    Darío Acevedo Carmona, 20 de agosto de 2018

  • Los puñales de Santos

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    Minutos antes de dejar el cargo, Juan Manuel Santos dijo que no iba a ponerle un puñal en la nuca a su sucesor. Una vez más reiteraba que terminado su mandato se alejaría de la política y dejaría gobernar en paz. La frase también iba dirigida, indirectamente, a Uribe, quien, según él, estuvo durante sus dos mandatos chuzándole la nuca.

    No me gusta hacer referencia a opiniones escritas en mis columnas, pero, en este caso debo recordar a mis lectores que en varias de las últimas hice alusión a la costumbre del expresidente Santos de desconocer el estatus de la oposición. Siempre se refirió a ella en términos desobligantes, la tildó de “despiadada, incisiva y mentirosa” como si no entendiera la importancia de esa figura en una democracia.

    También advertí que Santos, incapaz de renunciar a sus mañas, haría demostración de ellas hasta el último minuto de su mandato. Y en efecto, en burdo ejercicio de sus funciones, pisoteando normas elementales del decoro republicano, expidió decenas de decretos que comprometen las competencias y la libertad de acción del presidente entrante.

    Firmó una gran cantidad de nombramientos diplomáticos para hacerles favores a sus aliados y funcionarios más cercanos y en el colmo del desprecio por las normas de cortesía reconoció a escondidas al estado palestino después de que tiempo atrás se había comprometido en acto público a no hacerlo sin que se hubiese firmado la paz entre Israel y el pueblo palestino.

    No nos asombra que deshonre su palabra, pues como dicen graciosamente en las redes, es parte de su ADN. Pero lo que sí es muy grave es haber llevado el país a una crisis con Israel un importante aliado en muchos campos de trascendencia.

    Quedamos pues notificados, Santos seguirá faltando a su palabra y no guardará silencio como lo prometió. Y seamos claros, eso no es ninguna molestia, es, como dijimos arriba, parte del juego democrático, lo fastidioso es la reiteración de la mentira como método de comunicación.

    Y si no lo hace de frente tendrá, a manera cuchillos filudos en la nuca del presidente Duque, a una buena cantidad de viudos y nostálgicos de su mermelada. Ya los estamos viendo en acción incluso desde antes del 7 de agosto.

    Por ejemplo, el país fue notificado sobre el tipo de oposición promovida por Gustavo Petro y sus seguidores del partido Verde -cada día más rojo- y de las Farc: protesta tumultuaria, paros, huelgas, montajes judiciales, insultos, exigencias impropias, etc. Al llamado sincero del presidente Duque a un pacto para encarar los principales problemas de la nación la respuesta ha sido virulenta y agresiva.

    Desconcierta la hipocresía de algunos de sus voceros que rechazaron el nombramiento de la directora de la UNP, Claudia Ortiz, porque la consideran sesgada, pero que hayan aplaudido la integración de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y de la Comisión de la Verdad con personas que no brindan garantías de imparcialidad y objetividad.

    Es el tipo de oposición que le achacó al triunfo de Duque el incremento del asesinato de líderes sociales, que convocó marchas de protesta el día de su posesión, en señal de desconocimiento del resultado de la competencia electoral, que amenazó renunciar a la seguridad del estado: cuchillos en la nuca de un gobierno que apenas inicia.

    En las críticas al discurso del presidente del Congreso, Ernesto Macías, el día de la posesión de Iván Duque, leímos y escuchamos contra él, frases hirientes, desobligantes y tergiversadoras de parte de personas con rango que deberían dar ejemplo de respeto y tolerancia. A la vez, trataron de hacerlo ver como un texto opuesto al del presidente Duque, cuando lo cierto es que se trataba de revivir la plena independencia de los poderes tan maltratada por el saliente mandatario, cada quien en su rol.

    De parte de Macías no hubo un calificativo grosero o vulgar ni un insulto ni un dato falso, como lo quisieron hacer ver algunos periodistas que disfrutaron ocho años de la jugosa mermelada publicitaria prodigada por Santos.

    El informe que acaba de presentar el Contralor General al Congreso sobre el penoso y peligroso estado de las finanzas públicas es una contundente refrendación de lo expresado por Macías, y nos da la razón a quienes hemos sostenido que Santos fue derrochón e irresponsable en su manejo.

    En derecho y siempre y cuando la nueva oposición no apele a la violencia, debe ser respetada a pesar de su línea de conducta agresiva. Ahí quedó para su implementación la Ley de la Oposición que dejó firmada a última hora su mecenas tras ocho años de haberles desconocido sus derechos a quienes la ejercieron siempre con respeto a la democracia.

    Coda: La decisión del presidente Duque de reversar el nombramiento de Claudia Ortiz en la dirección de la UNP debe ser vista, ante todo, como garantía para todas las personas en riesgo. Ojalá los miembros de Comisión de Verdad Histórica y de la JEP reconocidos por su militancia de izquierda renunciaran a sus cargos.

    Darío Acevedo Carmona, 13 de agosto de 2018

  • ¿Cuál legado señor Santos?

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    Por fin concluye el octenio de Juan Manuel Santos Calderón, excepto que algo sobrenatural suceda en las últimas horas. Su despedida ha sido tan prolongada que da la impresión contraria.

    Desde que el país se enrutó en las elecciones para Congreso y Presidencia, Santos empezó a intervenir abierta y, sobre todo soterradamente, tratando de incidir en los resultados. En el colmo del indecoro le solicitó a Iván Duque, su sucesor, que cuidara su legado y, desafiante, le dijo que nadie podría modificar el acuerdo de paz que firmó con las Farc.

    Pero, no me voy a referir a la escenografía de su larga y tediosa despedida en la que abunda en viajes internacionales, ego-publicidad, campañas de auto elogio y hasta fruslerías y trivialidades como la que protagonizó como proyecto Youtuber bajo la dirección de Daniel Samper, uno de los bufones de su corte.

    Quisiera aprovechar este espacio para expresar algunas opiniones sobre eso que él llama su “legado”, no en lo que tiene que ver con cifras y resultados cuantificables en que otros comentaristas han sido pródigos, sino en lo atinente a cuestiones de orden cualitativo.

    El mejor diagnóstico al respecto lo hizo el exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia, Jesús Vallejo Mejía, que en reciente escrito (blog Pianoforte) acotó: “Colombia se acerca a lo peor que puede sucederle a una comunidad política: una profunda crisis de legitimidad capaz de desquiciar su edificio institucional”.

    Muy grave que se haya deteriorado a fondo la imagen de la figura presidencial en un país presidencialista, que haya caído en picada la confianza en las instituciones que nos han regido, porque es en la confianza hacia ellas tejida a lo largo de la historia en donde reside la condición de posibilidad de existencia del cuerpo social civilizado.

    No es carreta ni odio ni exageración lo que ha llevado a casi el 80 por ciento de las gentes a tener una imagen negativa de Santos y su gobierno. No es por Uribe ni el Centro Democrático ni la Oposición que en sana ley como en cualquier democracia están en su derecho de criticar y oponerse, mientras Santos se hace el desentendido, se queja y pone cara de víctima e incomprendido.

    El país que nos deja Santos no puede ser peor no porque “mi dios es muy grande” sino porque este país, sus instituciones y su población, a pesar de todas las carencias, tragedias, injusticias y engaños poseen fortalezas nada fáciles de destrozar

    La lista de sus desastres no es corta, aquí algunas: 1. Traicionó el mandato que le entregaron en 2010 después de cabalgar a lomo de los votos y de la popularidad de Álvaro Uribe. 2. Declaró al dictador Hugo Chávez su “nuevo mejor amiguis”. 3. Se quedó lelo e inmóvil ante el arrebato de más de 75mil km cuadrados de mar continental a manos del dictador nica Daniel Ortega. 4. Defendió y agradeció al sanguinario dictador Nicolás Maduro y a última hora toma distancia.

    5. Mintió en materia grave sobre las concesiones hechas a las Farc: justicia, representación política, reformas a la Constitución, cultivos ilícitos, etc. 6. Desconoció el resultado del plebiscito, es decir, la voluntad del constituyente primario, se negó a un pacto nacional para mejorar el acuerdo dividiendo a la población entre amigos de la paz y partidarios de la guerra. 7. En 2010 y en 2014 hubo ingreso de dineros de Odebrecht a sus campañas. 8. Llevó a extremos inconcebibles la repartición de puestos públicos y prebendas (la mermelada) para ganarse el favor y el voto de congresistas y jueces. 9. Gastó sumas exorbitantes en publicidad oficial para ganarse el apoyo de los grandes medios. 10. Realizó ingentes gastos en sus innumerables viajes internacionales dedicados a vender su paz mientras se distanciaba de sus connacionales.

    Su relación con los otros poderes públicos no se dio en el marco del respeto y colaboración sino en el de las sombras, intrigas, montajes, intercambios, cuotas burocráticas y nombramiento de magistrados leales a él no a la nación ni a la constitución. 12. Manipuló el Congreso afectando su función legislativa y su independencia. 13. El caos político e institucional que germinó con sus políticas fue el caldo de cultivo del auge del líder populista y de la opción castrochavista que estuvo cercana a obtener el poder. 14. Deja una producción récord de cultivos de coca que nos ubica en el deshonroso primer país productor de cocaína en el orbe. 15. La violencia propiciada por bandas criminales, microtráfico, ELN, EPL, disidencia de las Farc, alcanza niveles de alarma.

    Esto y mucho más es lo que constituye para la mayoría de los colombianos que así lo han manifestado en muchísimas encuestas su “legado”.

    Cree Santos que la historia será más benévola con él que sus críticos y opositores del presente, desconoce que la Historia académica no es juez del pasado sino su intérprete y que nadie puede asegurar que dirán los historiadores dentro de 50 o más años.

    El país que recibe Iván Duque Márquez es el que acabamos de describir con ingredientes nada digeribles en materia económica, ambiental, relaciones internacionales, violencia, etc., un lastre que no le será fácil subsanar.

    Darío Acevedo Carmona, 6 de agosto de 2018

  • La gran cacería contra Álvaro Uribe Vélez

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    En la novela, El hombre que amaba a los perros, del escritor cubano Leonardo Padura y en la película, El elegido, dirigida por el español Antonio Chavarrías, se cuenta la historia de uno de los crímenes más resonantes del siglo XX, el asesinato del dirigente bolchevique León Trosky a manos de Ramón Mercader en México.

    La narración permite apreciar en todos sus detalles la minuciosa y meticulosa preparación del plan ordenado por José Stalin, archienemigo de Trosky, llevado a cabo por la inteligencia comunista de la NKVD antecesora de la tenebrosa KGB.

    El temible y sanguinario dictador José Stalin persiguió a Trosky, fundador del ejército Rojo, lo condenó al destierro, lo borró de la Historia Oficial, la verdadera de los comunistas, y luego, lo mandó matar. La persecución inició en 1924 y culminó con su asesinato al cabo de una incesante cacería el 21 de agosto de 1941. Sugiero a mis lectores leer la novela y ver la película que estoy seguro los atrapará.

    Traigo a cuento esa historia porque de alguna manera, guardadas las diferencias de tiempo, modo y lugar, de protagonistas y desenlaces, a lo que más se me parece lo que está ocurriendo con Álvaro Uribe Vélez en Colombia es a una cacería como la que le tendieron a León Trosky.

    Entre los cazadores principales hay personas que tiene formación ideológica estalinista, dogmáticos, duros, persistentes, desalmados, acuciosos, pacientes y meticulosos, dispersos en partidos, guerrillas y ONGs. Estos cazadores profesionales se han aliado con otros grupos entre los que hay cazadores furtivos y cuentan con una jauría de perros que olisquean los rastros de la presa.

    Los intríngulis del affaire Corte Suprema de Justicia-Uribe, según una crónica del portal de periodismo de investigación, Los Irreverentes, nos remiten hacia el palacio presidencial. ¿Complot de complots? presidente, vicepresidente, generales, magistrados, Jurisdicción Especial de Paz, senadores mamertos y populistas de extrema-izquierda, Farc, millones de dólares, a bordo. (Ver: https://elexpediente.co/el-expediente-revela-informe-de-contrainteligencia-sobre-supuesto-complot-criminal-contra-alvaro-uribe/)

    En la jauría hay periodistas destacados alejados de su misión profesional, jueces sin venda, maestros que en vez de educar adoctrinan, obispos que confunden cristianismo con comunismo, académicos anclados al marxismo, políticos no comunistas por ingenuidad u oportunismo.

    La víctima fue señalada desde 1986, pero, la campaña tomó forma en 1995, cuando al asumir la gobernación de Antioquia y basado en un decreto expedido por el presidente César Gaviria, con autorización del ministro de Gobierno Horacio Serpa y del presidente Ernesto Samper, todos liberales, aprobó la creación de cooperativas de seguridad conocidas como Convivir. Eran tiempos de auge de las guerrillas y de grupos paramilitares que ya operaban desde la década anterior y aquellos gobernantes habían decidido apelar a la cooperación legal de los civiles en los asuntos de seguridad.

    La presa de los estalinistas colombianos encaró con firmeza la lucha contra el flagelo de la violencia política. Luego se proyectó con sus críticas al proceso de paz de Pastrana con las Farc y alcanzó la presidencia en 2002 con la promesa de restablecer la seguridad perdida sin afectar la democracia, resumida en la Seguridad Democrática, le devolvió a la Fuerza Pública el monopolio de las armas, desactivó el paramilitarismo y les propinó durísimos golpes estratégicos a las guerrillas.

    Eso lo convirtió en la presa más deseada de las guerrillas, sus milicianos y colaboradores o paraguerrilleros en la civilidad.

    La estrategia de los cazadores se adelanta en tres frentes complementarios. El político con una campaña de denuncias, publicitada ampliamente a través de ONGs humanitaristas colonizadas por sus milicianos, que lo convirtieron en el responsable de varios asesinatos y de algunas masacres para desfigurarlo ética y moralmente y mostrarlo como promotor del paramilitarismo. La campaña se ha estado haciendo nacional e internacionalmente. Los cazadores, en este campo, en general, no se presentan ni se asumen como comunistas, sino como víctimas del Estado colombiano y defensores de derechos humanos. No portan armas de fuego, pero, se adueñaron de esa bandera para usarla de careta en la cacería.

    El otro frente, el militar, es en el que han fracasado todas las veces que han intentado darle el tiro de gracia. Llevan a cuestas más de diez atentados contra el ágil felino que se les escabulle.

    Y el frente judicial, el del momento, en el que están cifradas sus esperanzas para coronar a su presa. Dieron el giro de las armas a negociar la paz y a predicar la reconciliación, en su estilo, dejando disidencia armada de reserva. Ya son congresistas sin pagar cárcel, y son tratados como justicieros y personajes de la vida nacional.

    Reciben la generosa colaboración de la jauría leal, que olfatea el rastro de la víctima a la que creen débil, dicen tenerla cercada. En esa jauría hay perros de raza que se pasean por las cárceles buscando testigos, otros conspiran con magistrados, uno viene de un palacio, algunos se parapetan en salas de redacción y disparan teclas, y muchos más son puras urracas. Unos ladran otros gaguean, y en la espesura del bosque una manada de loros y loras repite “A la cárcel a la cárcel”, mientras millones de espectadores que no quieren ver sucumbir a la víctima miran expectantes la película…

    Darío Acevedo Carmona, 30 de julio de 2018

  • La izquierda populista engulle libertades y democracias

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    Del fin las oscuras, represivas y militaristas dictaduras que dominaron la geografía latinoamericana durante los años duros de la guerra fría suponíamos que la región habría iniciado una era feliz de retorno a la democracia y al pleno ejercicio de las libertades.

    En muchos países las tendencias extremistas de la derecha y la izquierda, con excepciones, parecían haberse debilitado. No había razones, a pesar del gran lunar castrista, para negarse a aplaudir los saludables vientos que se desprendían del derrumbe del mundo comunista y del auge de la política de derechos humanos impulsada por el presidente norteamericano Jimmy Carter.

    Las dictaduras del cono sur desaparecieron por sustracción de apoyo de sus pueblos y su figura simbólica, Augusto Pinochet, fue derrotada en un plebiscito memorable.

    En América Central las guerrillas castro-guevaristas de Guatemala y El Salvador negociaron luego de décadas de infructuosa rebelión armada, convirtiéndose en fuerzas legales, con programas reformistas y participando en elecciones.

    En Uruguay las distintas organizaciones de izquierda civiles y armadas se agruparon en el Frente Amplio. En Brasil el partido de los Trabajadores seguía insistiendo en la lucha electoral hasta que en la tercera ocasión triunfaron con Lulla Da Silva, luego de aligerar sus radicales propuestas socialistas. Sabemos lo que ocurrió en Venezuela hacia fines del siglo cuando el líder del fallido golpe de estado de 1992, Hugo Chávez, luego de amnistiado, obtuvo el poder vía elecciones democráticas.

    Todo apuntaba a un escenario de alguna forma similar al de las consolidadas y maduras democracias europeas, al juego de la disputa electoral por el poder, con alternancia en su ejercicio, a la cancelación de las aventuras militares de todo signo.

    Sin embargo, algunas sombras y nubarrones no fueron despejados. La dictadura de Fidel Castro se mantuvo invariable, en Colombia las guerrillas, agrupaciones paramilitares, con la excepción de algunas rebeldes y pequeñas facciones armadas, insistieron en la lucha armada.

    Al longevo dictador Fidel se le ocurrió que la manera de sobrevivir, en vez de reformar su gobierno era convocando a la conformación de una agrupación de las izquierdas marxistas, progresistas, verdes, socialdemócratas, y liberales, para decidir una estrategia consistente en seguir luchando por la “justicia social”, “la liberación nacional” y contra “el imperialismo yanqui”, en el marco de la democracia.

    Esta especie de internacional comunista conocida como Foro de Sao Paulo en sus reuniones anuales pasa revista a la situación del continente, diseña tareas, señala objetivos, medios y consignas para hacer realidad su proyecto de “La Patria Grande” y “el socialismo del siglo XXI”.

    En La Habana acaba de finalizar su XXIV congreso en que como de costumbre y lo comenta la disidente cubana Yohani Sánchez, la palabra comunismo se evita en los textos y proclamas, así como hacer referencias al marxismo leninismo y a todo aquello que pudiera espantar la curiosidad de las nuevas generaciones. Ese Foro concluyó con moción de aplausos a la sangrienta represión de Maduro y Ortega contra sus pueblos. El texto completo de Yohani titulado “El entierro de la izquierda revolucionaria” se puede consultar en: https://www.14ymedio.com/opinion/entierro-izquierda-revolucionaria

    Ese proyecto llegó a ser dominante por al menos una docena de años en nuestra región. Con la rapidez del viento, los gobiernos afectos a esta internacional mostraron sus verdaderas intenciones. Cambiaron y reformaron las constituciones a su amaño, con fraudes. Crearon nuevos organismos de cooperación para rivalizar con la OEA como el ALBA y UNASUR, acosaron la iniciativa privada, privilegiaron la economía estatal, persiguieron a la prensa libre, expropiaron empresas, los presidentes se perpetuaron en el poder convirtiéndose varios de ellos en auténticos dictadores, provocaron la ruina de sus economías y han llevado su ideal socialista al nivel de principio inalterable de Estado. Todo ello con diferencias de intensidad de uno a otro país.

    Literalmente son fuerzas depredadoras de la democracia, las libertades y la legalidad. Véase el caso del expresidente Lula quien pretende, desde la cárcel a la que fue condenado en firme por corrupción, ser de nuevo candidato presidencial, la situación de la expresidente de Argentina, Cristina Kirchner, a punto de ser enjuiciada por corrupción y sospechas del asesinato del fiscal Alberto Nisman.

    Y lo más grave, arruinaron a Venezuela, uno de los países más ricos del mundo donde pulula la más descarada corrupción oficial que hizo del petróleo una piñata. Y allá como en Nicaragua las protestas de la población están siendo ahogadas en un mar de muerte y sangre.

    En Colombia, una guerrilla derrotada, las Farc, logra en la mesa de negociaciones con anuencia de un presidente vanidoso e irresponsable, las concesiones que no pudo en más de 50 años de lucha armada: nada de cárcel, curules en el congreso, dinero, sin reparar a sus víctimas.

    Y el candidato de la izquierda populista, Gustavo Petro, en vez de acatar el resultado declara una oposición total y desmadrada de movilizaciones y concentraciones callejeras, contra el presidente electo al que asocian, sin posesionarse, con el asesinato de líderes populares.

    No le pide cuentas a Santos el presidente en ejercicio del que fue aliado y al que apoyó en su fracasada paz. Es tan obtusa la izquierda populista y comunista colombiana que ni siquiera firmó la carta de un grupo de intelectuales de izquierda contra la conducta represiva y sanguinaria de Daniel Ortega y desoyó la voz del expresidente uruguayo José Mojica condenando a este dictador.

    Es el sino fatal de una izquierda reaccionaria, destructiva que bien podríamos asociar, por su fiereza, con el tiranosaurio rex.

    Darío Acevedo Carmona, 23 de julio de 2018

  • Santos: traición de principio a fin

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    A punto de dejar su cargo Juan Manuel Santos quiere ratificarnos la validez del dicho popular: “el que la hace a la entrada la hace a la salida”, al ordenar entregarle a la “Comisión de la Verdad” toda la información confidencial de las FF MM desde el año 1953.

    Esos documentos irían a manos del ente dirigido por el sacerdote jesuita Francisco De Roux y creado por el acuerdo de paz entre las Farc y el presidente Santos, expresión de una de las más graves concesiones a esa guerrilla con la que se pretendería validar y legitimar la narrativa comunista de los problemas centrales del país y muy especialmente los de la violencia política.

    Quienes hemos leído a Marx y a sus principales intérpretes sabemos que su teoría predica una visión fatalista de la Historia signada por la lucha de clases entre opresores y oprimidos, explotados y explotadores que concluiría en la utópica sociedad de iguales, el comunismo.

    En el Manifiesto Comunista escrito por Marx y Engels (1848) y en los primeros congresos internacionales quedó consagrada la idea de un programa único e igual para todos los partidos comunistas del mundo y se escribió sobre mármol que dicha teoría era la verdad verdadera porque el marxismo era una ciencia.

    Convertida en ideología, la narrativa marxista en nuestro país se ha movido alrededor de paradigmas a manera de hilos conductores de toda nuestra historia. La reforma agraria irrealizada, la seudo democracia que nos rige, la lucha contra el imperialismo yanqui y la oligarquía por la liberación nacional, etc.

    La intelectualidad roja, hoy apersonada de la Comisión de la Verdad, no le presta atención a ciertos hechos históricos que afectarían su visión programada del pasado. Por ejemplo, que la violencia guerrillera iniciada en 1964 no fue producto de un levantamiento campesino por la tierra y de resistencia al régimen excluyente y dictatorial del Frente Nacional sino una decisión político-militar de dirigentes de grupos que competían entre sí por liderar la “revolución colombiana”.

    No admite que tal decisión fue adoptada por minúsculos círculos revolucionarios que discutían si ese era el momento de ir a las armas y de cómo convocar a la población. Al jesuita Francisco De Roux o a Alfredo Molano, que tienen en sus cerebros escrita la verdad, no se les ha ocurrido solicitar las actas de sesiones del Comité Central del comunismo prosoviético ni la de las reuniones del ELN de su grupo fundador Vásquez Castaño cuando en Cuba se comprometieron con la consigna guevarista de hacer en Latinoamérica muchos Vietnam, ni las de los maoístas del EPL para adelantar la “guerra popular prolongada” en Colombia.

    Los “camaradas y compañeros” de la Comisión de la Verdad la tienen clara, es su verdad, no se mueven un milímetro. Exigen los archivos de las FF. MM. para darle sustento a su versión de la guerra como método de la oligarquía para dominar el pueblo y de unas guerrillas vanguardia del pueblo en la lucha por la justicia. El objetivo de la petición de esos archivos, pues, no es otro que señalar al Estado colombiano y a las clases dominantes de responsables de todas las desgracias del país, hasta de la existencia de las guerrillas y de los crímenes por ellas cometidos.

    Esa verdad que exime de culpa a quienes en nombre de una revolución no deseada cometieron crímenes de lesa humanidad es a la que Santos les abrió las puertas creando esa Comisión presidida por un camilista impulsor de la teología de la liberación, acomodación contra-natura del marxismo en las entrañas del catolicismo.

    La pretensión más insolente de De Roux, el camarada Alfredo Molano, lumbrera académica del mamertismo, de una señora de la que solo se recuerda haber confesado que compartía los principios de las Farc y un médico salubrista radicalmente izquierdista, no es otra que convertirse en el tribunal de la verdad revelada, decretar la verdad oficial, en tiempos en que la disciplina histórica se aparta de ese tipo de ideas por ser propias de dictaduras, del pensamiento totalitario y porque la Historia, con mayúscula, es una disciplina de interpretación reservada a la academia y ajena a intereses partidistas, dogmas e ideologías.

    Para congraciarse con los “camaradas” Santos da un paso más en el abismo en que quiere dejar el país. No se si lo hace por complicidad, ingenuidad, ignorancia o por bronca o por todas las anteriores motivaciones. El hecho claro es que si su voluntad se cumple habrá cometido el peor de los delitos que puede cometer un presidente: traicionar a su patria.

    Alguien tiene que interponerse a este exabrupto que dejaría al descubierto secretos y políticas de estado que sin la llave legal que las protege, expondría la nación colombiana ante poderosos enemigos internos y externos. Sería el plato delicatessen de jefes guerrilleros en receso y activos, mafiosos, jefes de bandas criminales, dictadores de Cuba, Venezuela, y Nicaragua, por decir lo menos.

    Ahora bien, si lo que se quiere es establecer la responsabilidad penal sobre hechos y conductas criminales, para eso están los tribunales y los jueces de la rama judicial, sobran las Comisiones y los pontífices que las integran.

    Darío Acevedo Carmona, 16 de julio de 2018

  • López Obrador, México y la izquierda latinoamericana

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    El triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las presidenciales mexicanas es un buen motivo para reflexionar sobre las izquierdas latinoamericanas y su acceso al poder por vía electoral, y lo primero que se me ocurre pensar es en la similitud de las situaciones previas vividas tanto por México como por Venezuela veinte años de diferencia de por medio.

    En ambos casos amplios núcleos de la población se mostraban cansadas, aburridas y desencantadas con la corrupción en gran escala y generalizada de las elites que tradicionalmente habían ejercido el gobierno así como con la persistencia de problemas sociales y económicos sin solución a la vista como el desempleo y los altos costos de la salud y la educación.

    Fuertes sectores de la población tornaron sus miradas y expectativas hacia nuevos líderes y discursos que esgrimían programas de corte izquierdista y populista abundantes en promesas de justicia social, dignidad, salud, educación, etc. Dichas opciones fueron abanderados por partidos de izquierda que se recomponían del fracaso del comunismo optando por la lucha democrática así como un discurso que hizo a un lado los pesados e impopulares axiomas del marxismo leninismo. Fue en ese contexto en que el Foro de Sao Paulo se convirtió en el nuevo oráculo de los revolucionarios de todos los matices devenidos en reformistas.

    Hacia fines del siglo pasado todo hacía presagiar que las izquierdas del subcontinente al fin entenderían que insistir en fórmulas fracasadas y en actitudes de confrontación radical de clases era el suicidio político. El cambio de horizonte, a su manera, lo expresó Lula da Silva al referirse a la razón de su victoria en Brasil en la tercera ocasión en que se lo propuso: la izquierda tenía que limarse sus colmillos para dejar de producir miedo en las clases medias y altas.

     La ola de triunfos del modelo que impulsó con gran energía y radicalismo Hugo Chávez y que se denominó socialismo bolivariano del siglo XXI, se extendió por Ecuador, Bolivia, Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay, Perú, Chile, El Salvador, Nicaragua y algunos países antillanos.

    Una vez en el poder y con elites tradicionales en crisis de liderazgo, los gobiernos de izquierda dieron rienda suelta a su antigua vocación revolucionaria, autoritaria y antidemocrática, retorciendo las constituciones, anulando o restringiendo las libertades, perpetuándose en el poder, amañando resultados electorales y en muchos casos tomando medidas que por populares no dejaron de producir resultados desastrosos como las expropiaciones y, además, involucrados en escándalos de la corrupción que prometieron acabar.

    Al momento varios presidentes de esa línea han sido encarcelados o están siendo investigados por diversos delitos, Brasil y Argentina se apartaron de ese camino, Colombia no cayó en la tentación, Maduro se comporta como el más vulgar, inepto y represivo dictador, lo mismo que su colega nicaragüense, el deprimente Daniel Ortega, estos últimos apoyados en sanguinarios y desalmados grupos de choque.

    Veinte años después el modelo, también conocido como castrochavista, se encuentra en franco retroceso. La izquierda que lo implantó fue inferior a las expectativas de que en Latinoamérica podríamos llegar a tener enfrentamientos civilizados, sin mayores temores entre la derecha y la izquierda, de que esta última se hubiera comportado sin esas ínfulas adanistas y sin ese espíritu de convertir unos cambios en un compromiso revolucionario de obligatorio cumplimiento para toda la sociedad.

    Tal curso de los hechos es lo que nos lleva a pensar que la teoría del dominó no se puede aplicar mecánicamente a la política en todos los casos. Lo de López Obrador es una clara muestra de ello, y que más bien, lo que si queda claro es que ante el desastre de los gobernantes que se supone han de reafirmar la democracia con equidad, con progreso y sin corrupción, la opción populista emerge a pesar de sus experiencias fallidas en el vecindario, como quien dice, nadie aprende por experiencia ajena.

    López Obrador, como Lula, gana en la tercera oportunidad, lo hace agitando promesas de purificación y humildad republicana, como Chávez, como Lula, como Ortega. Sin embargo, cabe mantener un rayo de esperanza para que la sociedad mexicana pueda interponer sus fortalezas y frenos al nuevo mesías.

    Una de las cosas que puede asombrar a muchos observadores es el hecho de que López Obrador cuenta con el respaldo de varios empresarios y grupos económicos muy ricos y poderosos. Eso ha alimentado la idea de que hay garantías de que no va a incrementar el gigantismo de estado ni a afectar el desarrollo de la iniciativa y el emprendimiento privado. ¿Qué podemos decir al respecto? Dos respuestas: una, que es una apuesta arriesgada de estos señores pues se engañan creyendo que podrán controlar los desafueros del presidente López ya en acción, y dos, que debemos entender que hay capitalistas desalmados, sin frenos y sin reatos morales que de seguro aprovecharán para hacer negocios con un estado elefantiásico, como lo hicieron en Venezuela los famosos boliburgueses.

    Darío Acevedo Carmona, 9 de julio de 2017