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  • A veinte días de las presidenciales

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    A escasas tres semanas de la primera vuelta por las presidenciales en Colombia dos temas siguen incidiendo con fuerza en las preferencias de la ciudadanía, de una parte, todo lo que está asociado a la suerte de los experimentos del socialismo bolivariano del siglo XXI y, de la otra, el enfermo acuerdo de paz Santos-Farc.

    Por mucho que les incomode a los intelectuales y académicos de las distintas izquierdas el término “castrochavismo” que, según ellos es esgrimido como fantasma para meter miedo, no está en la órbita del espiritismo sino en la dura realidad.

    Ese proyecto, nefasto para la democracia y para las libertades sigue con vida. Mírese no más, el favoritismo de López Obrador en México que de triunfar significaría nuevo oxígeno para el moribundo modelo y una mayúscula complicación para la política de cooperación migratoria con los Estados Unidos. Cambiar el rumbo de Venezuela está saliendo bien complicado ante una dictadura cada vez más atornillada en la corrupción, aferrada a la ilegalidad y una fuerza militar engolosinada con el negocio del narcotráfico, del dinero a manos llenas y de emolumentos escandalosos en medio de una pobreza extrema que atenta contra la disposición para salir a las calles.

    El agonizante modelo patalea aún en Brasil donde Lula Da Silva puede hallar la salida de la prisión lo que lo encumbraría a una victoria segura en elecciones. No basta con alegrarnos con el despertar del pueblo de Nicaragua que en cosa de unos días de protesta ha visto emerger el asesino que se esconde tras el cuerpo del corrupto y beodo Daniel Ortega ante la mirada impasible y cómplice de las izquierdas supuestamente democráticas.

    Gustavo Petro sigue siendo un peligro por todo lo que él representa y por las poderosas fuerzas que medran a su sombra, por eso no es recomendable abrigar una confianza exagerada en que el derrumbe del socialismo bolivariano y sus pésimos resultados en Venezuela vayan a tener repercusión automática en las presidenciales colombianas. Nadie quita, por ejemplo, que, como en los partidos de la Champions League, salga un árbitro a pitar un penalti en el último segundo. Sabemos que el presidente colombiano es irremediablemente amigo de las picardías y las trampas.

    Y aunque el amigo de Chávez y alumno de ese modelo en Colombia despertó de la modorra a una parte de la opinión con su alusión a las plantaciones de caña de azúcar del grupo Ardila Lulle, utilizando las mismas palabras de Hugo Chávez días antes de dar comienzo a su extravagante “exprópiese” provocando que algunos ingenuos seguidores se apearan del bus “bueno, bonito y gratuito” con aguacate incluido, logra sostenerse en el segundo lugar en las encuestas.

    Y en lo que respecta a la suerte del acuerdo de paz a raíz de los escándalos de corrupción con los dineros de la ayuda internacional y de los negocios de cocaína de alias “Santrich”, la reacción del gobierno de Colombia y de la parafernalia mamerta apunta a venderle a la opinión pública nacional e internacional la idea de un montaje de la DEA y en últimas del gobierno Trump para sabotear la paz. Circula profusa e impúdicamente la idea de que lo malo no es que un alto jefe de las Farc estuviera negociando diez toneladas de cocaína con el temible cartel de Sinaloa, sino que un juez norteamericano lo haya solicitado en extradición basado en pruebas “concluyentes y contundentes” recopiladas por la DEA

    Como si no se tratara de un crimen internacional, se anuncia la visita al incriminado por parte de la misión internacional de garantes del proceso conformada, entre otros, por José Mujica y Felipe González, señal inequívoca de la intención del presidente Santos y la cúpula de las Farc de “salvar” su paz al precio de hacer trizas la palabra empeñada, poner en peligro las relaciones entre Colombia y Estados Unidos y llegado el caso, sabotear las elecciones presidenciales.

    Tampoco es descartable que ciertas elites centralistas que han apoyado incondicionalmente a Santos en sus desatinos y vergüenzas brinden su respaldo a Petro “el único candidato amigo de la paz que puede derrotar a Duque”.

    Empresarios, intelectuales, sectores políticos, jerarcas eclesiásticos, Medios, han dado indicios en tal dirección. Piensan que Petro puede ser controlado en sus devaneos con el castrochavismo, que pueden engañarlo como han engañado a una parte de la opinión y a Uribe.  El pánico a la “la extrema derecha y a Uribe” es más fuerte en ellos que el temor a un gobierno populista.

    Por fuera de toda posibilidad de asegurar su paz con De la Calle, Vargas Lleras o Fajardo, nada de raro tendría que en un acto de irresponsabilidad mayúscula convocaran a un “acuerdo” de “las fuerzas pro-paz”, con Petro en una eventual segunda vuelta. Así, por vez primera en nuestra historia un izquierdista populista y exguerrillero, defensor de propuestas que ahogarían la inversión con sus exóticas propuestas estaría ad-portas de ganar la presidencia. Este peligro es el que refuerza el reto de Iván Duque: ganar o ganar en primera vuelta.

    Darío Acevedo Carmona, 7 de mayo de 2018

  • Petro en el espejo

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    ¿Cuántas veces se mirará en el espejo Gustavo Petro antes de pronunciar un discurso de plaza pública, atender una entrevista o participar en un debate? Formulo la pregunta a sabiendas de que no habrá respuesta por parte de él, sino por la curiosidad de entender los contenidos de una estrategia de imagen bien pensada más no lograda.

    No porque sea raro que un político se mire en el espejo, lo hacen muchos, me imagino, y no propiamente para peinarse sino porque el elevado ego tiene que acicalarse. Lo hacía Gaitán según nos cuenta el historiador norteamericano y colombianista Herbert Braun en su novedoso libro Mataron a Gaitán, el perfil mejor logrado que yo haya leído sobre el caudillo.

    Y por supuesto, hemos de entender que la política es una especie de teatro y los políticos son actores, y estos tienen que prepararse. Sí, todos, y eso no los descalifica. Hay escuelas de preparación, publicistas, expertos en manejo de la imagen que saben qué es lo que le conviene a cada actor, el vestuario, la gestualidad, la mirada, el manejo de las reacciones, etc.

    Me ocupo de Petro porque todo lo anterior sumado a su innegable capacidad expositiva se ha condensado en una estrategia para venderle a la opinión pública y al electorado propio y ajeno un producto muy diferente al que conocemos. Los publicistas expertos nos pueden hacer ver el sol de noche, le pueden poner piel de oveja al lobo y vestir de seda a la mona.

     De manera que cuando Petro asume ese tono de voz magisterial, como sentando cátedra, y mira por encima de la nuca a sus rivales, mirando al infinito, al periodista o a las cámaras y camina en el escenario o se lleva las manos al mentón, quiere transmitir la imagen de un maestro, un docto o un sabio, y no la de un exguerrillero audaz ni la de un locuaz populista ordinario que es lo que es.

    Los gestos en él ayudan a darle peso a sus flojas y temerarias propuestas e ideas. Elucubra ante preguntas difíciles acudiendo a explicaciones gaseosas, como cuando dice que la paz no es solo el cese del fuego ni el acuerdo con las guerrillas, y para que no se le note mucho esa posición típica del izquierdismo, habla de la miseria, las injusticias, el sufrimiento por los odios y hasta de la violencia que otros, no él ni el M-19, propiciaron y nos legaron.

    Sus asesores lo han convencido para pulir sus vínculos con personajes, ideas y proyectos en desuso o fracasados, de ahí que hable mal de Maduro, del desastre económico de Venezuela, evite referirse a Hugo Chávez, su gran amigo, a la dictadura castrista, al socialismo del siglo XXI, y cuando lo cercan con esos temas se escabulle, se remite al pasado nacional, habla de la oligarquía, de cómo la clase dirigente ha creado un país injusto y se ha sostenido en el poder a través de la violencia y bla bla bla, y el asunto queda sin respuesta.

    Es astuto para no caer en las declaraciones favorables al chavismo y el “exprópiese” cuando el comandante estaba en su apogeo. A él y a Fidel les aprendió que en un terreno hostil es necesario y obligado mentir, incluso hablar mal de aquello que se quiere: “Fidel es un dictador” decía Chávez, Petro no lo califica y si se lo preguntan hace una extensa disertación sobre los logros de la revolución cubana.

    Para contrarrestar a quien es su principal enemigo ha apelado al pantano, a la bajeza, que también es recomendada por los asesores. Petro busca ofuscar a Iván Duque tocándole fibras sensibles que harían rabiar a una piedra, por ejemplo, cuando mencionó e involucró a su padre en las torturas que él habría sufrido en su época de guerrillero.

    Desestabilizar al rival puede dar sus frutos, entonces tilda a Duque de ser un títere de Álvaro Uribe Vélez, pólvora mojada y bala perdida porque si hay algo claro en la actual campaña presidencial colombiana es que Duque es persona muy bien estructurada y ha logrado mostrarse como un hombre de partido, leal y con estilo propio.

    El señor Petro al mirarse en el espejo debe preguntarle, igual que la bruja en Blancanieves, “espejito, espejito dime…” y entonces, creyendo ver en la diatriba antiuribista el filón para destrozar a Duque, se ocupa de Uribe y vuelve a ser lo que siempre ha sido: un energúmeno y obseso antiuribista, y si alguien le recuerda que Uribe no ha sido condenado, escupe su sabiduría en derecho penal “aunque no lo hayan condenado tiene que demostrar su inocencia”, una perla fascista.

    Y le declara a una Vicki Dávila embelesada que él no odia a Uribe, no tiene empacho en decir, después de aplastarlo, que él quiere la reconciliación. Eso sí, a condición de que Uribe se declare culpable ante la JEP y confiese la “Verdad”, y, fíjense amables lectores lo que se encierra en este desliz que aún no debe haber pillado: Petro está proponiendo modificaciones al acuerdo de paz porque la JEP no puede investigar a ningún expresidente, de manera que su discurso contra la propuesta de Duque de hacerle modificaciones se cae por su propio peso.

    Concluyo, Petro está lavando, hasta donde le es posible, su imagen de izquierdista, aventurero, populista, amigo de Chávez y de Fidel y Raúl y Evo y Ortega y de instigador del odio de clases. Por eso lo vemos en una especie de trance en sus divagaciones seudointelectuales y seudoacadémicas, prolijas en generalidades y paradigmas anacrónicos.

    Como dirían por ahí en alguna esquina, su discurso es para “descrestar calentanos”, sus peroratas apelan a la ignorancia del pasado, se apoya en brigadas de choque y tiene gran habilidad para convocar a las turbas cuando alguna autoridad judicial procede en su contra.

    En este personaje, pues, cobra vida el aforismo: “la Mona, aunque se vista de seda, Mona se queda”.

    Darío Acevedo Carmona, 30 de abril de 2018

  • Santos y su lánguido legado

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    En plena campaña presidencial, como si buscara la reelección, Juan Manuel Santos ha desatado una nueva ofensiva publicitaria mostrando los grandes logros de su gestión de ocho años. En apariencia estamos viendo una rendición de cuentas, a manera de legado, para quien lo vaya a suceder, sin embargo, aún faltan largos tres meses y por ello surge la inquietud sobre el verdadero motivo de esta campaña y a quién quiere beneficiar.

    Siendo como sabemos que es, persona interesada y calculadora, y conociendo sus mañas y ardides, no es difícil encontrar la respuesta a nuestro interrogante. Ante el hundimiento inexorable de los candidatos Humberto De la Calle y Sergio Fajardo, con los que pretendía asegurar la continuidad de su obra, acudió a recuperar a marchas forzadas al díscolo Germán Vargas Lleras quien urgido de respaldos no vaciló en retornar al redil de Santos y aceptar el abrazo hipócrita del senador Benedetti que lo tildó de ladrón meses atrás y del senador que más vueltas ha dado en política, Roy Barreras.

    El cace de esta alianza pegada con babas y proyectada en defensa del presidente más impopular de nuestra historia, es, precisamente, lo que estamos viendo los colombianos en los medios y muy especialmente en la televisión, una avalancha publicitaria onerosa, pagada con dineros del estado que veladamente está al servicio de Vargas Lleras ungido ya candidato continuista.

    Desleal jugada, propia de tahúr de barrio bajero, con la que puede estar despidiéndose el señor Juan Manuel Santos, que, además, tiene la función de mantener enmermelados a los medios para maquillar cualquier otra trampa que le sea necesaria para que su “legado” quede a buen recaudo.

    Pero, preguntémonos ¿En qué consiste ese anchuroso y promisorio legado que ilustra a diario con pomposas cifras en impactantes cuñas? ¿será que tiene razón en mostrarse como un presidente incomprendido y en quejarse de haber sido víctima de “una oposición sin precedentes en nuestra historia reciente, por lo visceral y destructiva promotora de una repudiable polarización en el país que solo trae secuelas negativas”?

    ¿Acaso no fue él mismo el que sembró la cizaña tildando a los críticos de su paz impune de amigos de la guerra? ¿No fue él, en su afán de gloria y vanidad ilimitada, sordo e impertubable al clamor de una ciudadanía que le hacía saber a través de las innumerables encuestas que no estaba satisfecha con los términos con los que estaba negociando con las Farc?

    Su gran legado, la paz, a la que le apostó todo y por la que puso en peligro la unidad de la nación y la estabilidad de las instituciones, es hoy un triste embeleco, hecho trizas en acción colectiva por las Farc con el escándalo Santrich y sus negocios de narcotráfico en gran escala, por la supuesta disidencia que continúa secuestrando y asesinando inocentes, y por la ineptitud del Santos para cumplir los acuerdos y garantizar un manejo pulcro de los recursos internacionales para la paz.

    ¿Paz? Es hoy palabra mágica tan esquiva como en el pasado. Porque lo que mal empieza mal termina. España nos acaba de dar una lección de dignidad del estado y de las instituciones democráticas al no haber sido negociadas con la banda terrorista ETA que no tuvo más remedio que desintegrarse. Lo que hizo el gobierno Santos con las Farc, sin razón, fue otorgarles un estatus inmerecido, agrandarlas, reconocerles un poder del que carecían y eximirlas de castigo violando tratados internacionales y deshonrando la pertenencia de Colombia a la Corte Penal Internacional.

    Esa paz también está siendo hecha añicos por el ELN que ha ocupado espacios dejados por las Farc y propiciado una oleada de acciones terroristas con el claro propósito de ablandar a un gobierno que saben que al final cederá al chantaje. Lección aprendida del proceso en comento.

    Gracias a ese pacifismo resucitó la última facción del desaparecido EPL, grupo dedicado por entero a los negocios de narcotráfico y la minería ilegal. Y también ganaron fuerza, presencia y notoriedad las bandas criminales que se nutren del narcotráfico y son amos y señores en el Catatumbo, el Golfo de Urabá, Tumaco, Buenaventura, el sur del Putumayo, los departamentos de Cauca, Nariño y Arauca donde se guerrean y se alían según el momento con aquellos.

    En la publicidad se omite hablar del récord de los cultivos de coca -doscientas mil hectáreas- la gasolina principal de la nueva guerra entre todos esos grupos bandas, clanes y bandolas. Fue gracias a una concesión de Santos a las Farc que se llegó a esta situación, cuando para congraciarse con las Farc ordenó suspender la fumigación aérea, pagar por la sustitución voluntaria y eliminar castigo a quienes tuviesen sembradas hasta 4 hectáreas.

    Pasando al ítem electoral, no podemos dejar de mencionar la gran contribución de Santos al deterioro de la confianza pública en la democracia, cuando en 2014 irrigó toneles de mermelada en la costa Atlántica para favorecer su candidatura a través de fraudes y compraventa de votos tal como consta en declaraciones de los gamonales electorales Musa Besaile y el “Ñoño” Elías. Y por supuesto, con el montaje del hacker con el que lograron enredar el triunfo de Óscar Iván Zuluaga.

    Y como las vacas ladronas que no olvidan el portillo ajeno, en octubre de 2016 se burló del resultado adverso del plebiscito a su acuerdo de paz, convirtiendo por arte de birlibirloque su derrota en una victoria.

    Dejemos para una nueva entrega el vistazo a otro gran legado de Juan Manuel Santos, la relativa a la actual disputa por la presidencia en la que por vez primera un populista de extrema izquierda, Gustavo Petro, es firme opcionado, según las encuestas, a ganar la presidencia.

    Darío Acevedo Carmona, 23 de abril de 2018

  • ¿Tenemos identidad los colombianos? y II

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    En línea con el razonamiento de la columna anterior, habría aceptar que ninguna historia o relato del pasado nacional tiene sello de garantía o de inmutabilidad y que no tenemos la opción de ocultar nada.

    Entender, por ejemplo, que nuestro país, como casi todos en el mundo, no tiene un solo hito fundacional ni una historia sin sobresaltos. Además del impactante 20 de julio o del heroico 7 de agosto hay que rememorar otros hechos capitales de nuestra existencia que, al margen de doctas polémicas y sesudas investigaciones sobre detalles y circunstancias, han marcado el proceso de formación de nuestra nacionalidad e instituciones.

    Todo ha sido fruto de una búsqueda y de muchísimos ensayos tal como ocurría en muchas regiones de Occidente, desde la Francia de 1789, pasando por la independencia norteamericana de 1776 y la misma España en donde las Cortes de Cádiz debatían entre una monarquía constitucional o una república.

    ¿Acaso no es de resaltar que el Congreso de Cúcuta de 1821 haya optado por la organización republicana y democrática del país? ¿Cómo desconocer, por ejemplo, la importancia de la revolución liberal de mediados del siglo XIX, liderada por el caudillo José Hilario López que sepultó los restos del Régimen Colonial y abolió todo vestigio de esclavitud antes de que lo hiciera Lincoln en Estados Unidos?

    Hombres, movimientos y partidos políticos propusieron tantas constituciones como guerras civiles o conflictos internos hubo en ese siglo XIX que bien podríamos llamar el siglo de los ensayos. El país tuvo varios nombres, hubo varias guerras internas, pero no todas de extensa duración ni de gran destrucción. Las elites daban la impresión de estar perdidas en el marasmo de sus intereses o en el afán por copiar los modelos que sobresalían entonces.

    No para consolarnos sino para entender bien el asunto, en toda América Latina ocurrían procesos y experiencias similares, al fin de cuentas veníamos de una situación y de una historia común y el signo de la época era el de la invención de las naciones y de la república.

    México y Brasil crearon monarquías, en muchos otros se impuso la mano tosca y represiva de dictadores que trataron de imponer el orden buscado a costa del sacrificio de las libertades, los mapas cambiaban con frecuencia, el continente sufrió guerras e injusticias.

    Pero, en medio de tal “anarquía continental”, nuestro país, con sus distintos nombres: La Gran Colombia, Confederación Granadina o Estados Unidos de Colombia, mantuvo, mal que bien y muy acorde con lo instaurado en esos momentos, una adhesión a los principios republicanos y a la democracia. En todas las constituciones siempre encontramos la huella de esos principios con sus avances y retrocesos. Como bien lo dice un gran estudioso de la democracia colombiana, Eduardo Posada Carbó, en la historia de Colombia se puede dar fe de la realización constante de elecciones.

    De manera que no es cierto ni es correcto ni riguroso reducir nuestro pasado a años de guerras, a tradiciones militares, a levantamientos a la violencia. Los hubo, son carne de nuestra carne, pero no fue lo único ni lo más influyente que nos constituyó. Es tan pernicioso el reduccionismo histórico de la visión angelical como el de la fatalista.

    La Constitución de Rionegro de 1863 que consagró el ideal de los radicales liberales fue un ensayo de federalismo extremo cuyos magros resultados económicos y su fracaso en reafirmar la unidad nacional desembocó en otro momento trascendental de nuestra historia, la constitución de 1886 vigente hasta 1991 que bajo el emblema “Libertad y Orden” influyó notablemente en la personalidad histórica de los colombianos.

    Libertad sin orden es inviable e indeseable, orden sin libertad es inaceptable es el mensaje consignado en el escudo nacional. Impresentable desconocer los aportes de ese lema en esos años y en los siguientes. La adopción del himno nacional escrito por Rafael Nuñez llenó un vacío, elemento importante en la construcción de identidad en todos los países. Sin que debamos negar o excusar la mano de hierro y las restricciones impuestas por los primeros gobernantes de la llamada Regeneración conservadora.

    Podríamos extender esta enumeración a hechos fundamentales de ocurrencia en el siglo XX, pero en aras de síntesis, baste decir que el país se mantuvo fiel a los principios republicanos y democráticos a pesar de escaramuzas ocasionales y de la trágica violencia liberal-conservadora de mitad de siglo.

    Concluyo estas breves notas reiterando la importancia de volver la mirada a dos hechos capitales de nuestra historia, de un lado, la batalla de Boyacá cuyo bicentenario celebraremos el año entrante, paso significativo en el orden militar que aseguró la independencia definitiva de Colombia. Y, de otra parte, la realización del Congreso de Cúcuta en 1821, dos años después, como el evento fundacional del estado republicano regido por una Constitución sobre bases democráticas, usuales por ese entonces.

    E insistiendo en que la formación de una Nación, de un Estado, de un País, de sus instituciones, de la democracia y de la identidad de un pueblo, no discurre por camino señalado de antemano o ideal y por eso habría que romper con la idealización sobre un pasado inmaculado u otro fatalista, como si nos hubiésemos salido de un libreto.

    Darío Acevedo Carmona, 16 de abril de 2018

  • ¿Tenemos identidad los colombianos? (I)

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    Sobre el problema de la identidad de los colombianos han llovido ríos de tinta, sobre todo en el mundo académico e intelectual, sin que pueda afirmarse que hayamos adoptado una fórmula de entendimiento. Prima entre los estudiosos una visión negacionista sobre el ser de los colombianos.

    Algunos riñen con la idea que en otros países se ha abierto paso con más facilidad para comprender qué significa ser miembro de una nación, a saber, que el sentimiento de pertenencia tiene que ver con la existencia de un relato común, así sobre dicho relato existan diferencias de interpretación y matices. Sentirse parte de un territorio delimitado que se expresa en un mapa que se nos enseña a dibujar desde pequeños. Tiene que ver con las leyes que rigen en ese territorio que son diferentes a las de otros países. Y también con un conjunto de instituciones y aparatos que expresan la concreción del estado moderno, es decir la manera como nosotros le dimos vida a los ideales de la Ilustración en una época en que en todo era un ensayo.

    En este listado no se puede dejar de lado la comunidad de lengua y de religión, aunque a este respecto la identidad puede alcanzar una cobertura mayor a la de un solo país. Por último, hay que considerar el universo simbólico específico de cada pueblo condensado en su simbólica, la bandera, el escudo, el himno y en un campo más amplio de certezas, hábitos y códigos funcionales sólo para quienes habitan determinado país, la moneda, las fiestas, los productos típicos, los carnavales, la gastronomía y mucho más.

    Concluimos con ligereza que somos una comunidad infundada, irreal, incompleta, que no ha habido proyecto de nación, que el estado es fallido, que no tenemos idea de lo que es ser colombianos. No tenemos identidad afirma el historiador Jorge Orlando Melo, a su vez, Marco Palacios sostiene que no somos uno sino tres países: el de los paramilitares, el de las guerrillas y el central en la región andina.

    La próxima celebración del bicentenario de la batalla de Boyacá debería acercarnos a una noción más comprehensiva y positiva de lo que es nuestra identidad, de lo que significa ser colombianos. En vez de chocarnos en la búsqueda inútil de complejas y sofisticadas teorías, deberíamos lanzarnos a la indagación y análisis de procesos que dieron lugar al forjamiento de la nación y del estado y a describirlos de la manera más detallada posible.

    Ello quiere decir que hay que reconocer la inoperancia de modelos virtuosos de construcción de nación y estado, pues cada país sigue una ruta y acumula una experiencia diferente y con ritmos desiguales. Mírense no más las diferencias entre el caso inglés, el francés y el norteamericano. Si dejamos de pensar en la dinámica de que las cosas debieron haber sido de tal forma u otra, nos liberaremos de prejuicios reaccionarios que impiden la incorporación de datos elementales y sencillos en el estudio del problema.

    Sobre estas nociones, la historia, entendida como devenir, no nos proporciona un manual de instrucciones como el usado para armar máquinas y aparatos. Quizás si aceptamos que no hay un derrotero, que no hay un modelo, que no obstante la existencia de preocupaciones y de objetivos más o menos comunes como la construcción de la democracia, la separación de poderes, las libertades, la república, etc., comprenderíamos que no hay razón para pensar que cada país estaba obligado a seguir un libreto preestablecido. El fatalismo histórico o historicismo es un anacronismo. Pensar que todos los países han de recorrer el mismo camino y siguiendo una ruta determinada para alcanzar una meta es pensar la historia como destino.

    Reconocer elementos de juicio, materiales y virtuales, simbólicos e imaginarios daría para ser menos lacerantes con nuestra identidad, por ejemplo, que nos enoja ser vistos como narcotraficantes en los aeropuertos del mundo y que sentir la ofensa es parte de la existencia de un fuerte sentimiento de pertenencia. Que nos alegremos cuando nuestros deportistas triunfan en el exterior o nuestros artistas ganan fama y reconocimiento. O que nos ufanemos de tener un premio nobel de literatura. O que nos regodeamos con los festejos del bicentenario o que se nos considere como uno de los pueblos más felices de la tierra a pesar de todos nuestros sufrimientos.

    Al fin de cuentas ser o pertenecer a un país o a una nación no es necesariamente algo que tenga que ver con elevados despliegues filosóficos o enredadas teorías sociológicas, sino con experiencias que no por elementales guardan un alto nivel de sublimidad y regocijo. No bastan los folios de un libro para dar cuenta de todo lo que nos puede hacer sentir colombianos, desde Bolívar a Sucre pasando por Santander, hasta los conflictos nuestros y únicamente nuestros, desde el himno hasta las canciones de Shakira, Juanes y las de tantos otros juglares.

    Desde la bandera hasta el uniforme de la selección de fútbol, desde unas fechas sólo válidas para nosotros hasta el orgullo que sentimos por producir el mejor café del mundo. Desde los equívocos en la búsqueda de nuestro nombre y los vacíos y contingencias en la construcción de las instituciones hasta la satisfacción de sabernos uno de los países más ricos del mundo en biodiversidad. Así de sencillo y así de complejo…

    Darío Acevedo Carmona, 9 de julio de 2018

  • La increíble vigencia de Álvaro Uribe Vélez

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    La reciente encuesta Invamer Gallup (marzo/2018) resultó sorprendente por la amplia ventaja que toma Iván Duque sobre sus rivales. Pero, además, por un dato que desconcierta y hace rabiar a personajes poderosos de la vida colombiana: el expresidente Uribe goza de un 61 por ciento de imagen positiva.

    No es algo inusual en él puesto que desde el año 2002 mantiene cifras favorables siempre por encima del 50 por ciento, incluso en algunos momentos alcanzó un 85 por ciento. No hay forma de dudar de la firma encuestadora mucho menos de pensar que quienes ordenaron la encuesta, medios críticos y opuestos a él, hayan querido favorecerle.

    Es increíble que los especialistas en los estudios de imagen y los académicos que se ocupan de analizar los hechos políticos no se hayan interesado de estudiar la extensa duración de estos niveles de aceptación a pesar de las más intensas campañas de desprestigio y sistemáticas acusaciones adelantadas en su contra.

    Sus detractores han ensayado las más rebuscadas explicaciones, desde la de sostener que es un hábil manipulador del culto a la personalidad, mostrarse como un mesías o infundir miedo, sin que ninguna logre encajar con los hechos de su vida. No tiene un aparato de propaganda y publicidad, no defiende ideas esencialistas o fundamentalistas ni ha ejercido el poder por fuera de los márgenes democráticos.

    Algún comentarista se atrevió a decir que Uribe, dotado de un megáfono y de twitter, venció a todos los poderes que apoyaban el sí en el plebiscito del 2016.

    Tiendo a pensar que hay al menos cuatro razones a las que se presta poca atención para entender este fenómeno llamado Álvaro Uribe Vélez: sus amplias capacidades de liderazgo, sus conocimientos de los asuntos del Estado, su temperamento fuerte que lo hace resistente a los ataques y la torpeza de sus rivales y enemigos que lo han endiosado convirtiéndolo en invulnerable.

    A Uribe le han fabricado rumores y acusaciones desde que fue alcalde de Medellín en las horas oscuras del nacimiento y expansión incontrolable del narcotráfico y los carteles mafiosos.

    Trataron de aplastarlo por ser el promotor de la Ley 100 y de otras leyes que, como senador del partido liberal, sustentó en el Congreso de la República. No se le bajaba de neoliberal y más derechista que el presidente de la apertura económica, César Gaviria y su ministro de Hacienda Rudolf Hommes hoy en las toldas del liberalismo socialista.

    Como gobernador de Antioquia (1995-1997) lideró una política de autoridad y orden que fue tildada de guerrerista y autoritaria por sus rivales. Fue señalado de haber fundado cuando no de ser el jefe de las autodefensas o grupos paramilitares por haber permitido las cooperativas de seguridad, las convivir, apoyado en leyes de César Gaviria y en decretos de Ernesto Samper y Horacio Serpa.

    Desde entonces, las izquierdas de todos los matices, obviando el dato del origen presidencial de esa directiva, organizaron contra él una campaña de denuncia sistemática, denigrante e implacable que aún perdura.

    Finalizando un siglo e iniciando el otro, confluyeron en tal “misión” todas las izquierdas, todas las guerrillas, un sinnúmero de ONGs defensoras de derechos humanos, los principales medios, columnistas, poetas y congresistas mamertos, liberales y progres y la intelectualidad socialbacana. El objetivo era y sigue siendo hundir a Uribe tal como lo expresó el congresista electo del petrismo y cineasta Gustavo Bolívar.

    Siendo presidente y habiendo puesto en marcha su exitosa política de Seguridad Democrática, la campaña escaló, le hicieron montajes, le inventaron historias tétricas, escribieron libros, crónicas, brochures, carpetas lujosas, boletines, sobre su “oscura y criminal trayectoria”. Le realizaron mítines en Colombia y en el exterior, lo sabotearon en universidades negándole la palabra.

    Sin embargo, a sus perseguidores nada les dice que al cabo de esos treinta años de acuciosa vocinglería, organizada con lujo de recursos, con una avasalladora propaganda y publicidad que envidiarían nazis, comunistas y fascistas, no hayan podido llevarlo a los estrados judiciales.

    Un exjefe militar del M-19 que escaló posiciones en la magistratura le aplicó la teoría Roxin consistente en atribuir a un hombre superpoderoso la emisión de políticas y órdenes criminales, con la que fueron enjuiciados los comandantes nazis.

    Apoyado en la etérea noción de contexto, ese magistrado presentó como prueba reina contra Uribe una metáfora: “¿Cómo es posible que alguien se lance a una piscina y no se moje?” similar a la que nos aplican a los colombianos en el exterior cuando nos tildan de narcotraficantes por ser nuestro país el mayor exportador mundial de cocaína.

    Uribe tendría todas las de perder porque se mete en todas las candelas, no guarda agua en la boca, se desaliña, se ofusca, se le desliza la lengua y reconoce ser un gamín de la política, y, además, cuenta con la animadversión de la Corte Suprema de Justicia, de Fiscales generales, de senadores encumbrados como Carlos Gaviria, Gustavo Petro, Iván Cepeda, etc., de los grandes medios, de reconocidos periodistas como Darío Arizmendi, Yamid Amat, Néstor Morales, Félix de Bedout, Julio Sánchez que desayunan, almuerzan y cenan con Uribe de menú, de guerrilleros reinsertados convertidos en faros morales como León Valencia, de sociólogos de la lucha armada como Alfredo Molano, de poetas y escritores extraviados de su vocación como William Ospina, de columnistas que se ensañan cada ocho días contra él como perros rabiosos tipo Ramiro Bejarano, Antonio Caballero, Cecilia Orozco, Cristina de la Torre y familia, y de un numeroso club de loros aprendices del rumor, la insidia y la calumnia que imitan a Daniel Coronell.

    ¿De qué material está hecho este hombre que resiste tamaña embestida, siendo que en su contra han coincidido los grandes poderes del país? Quienes predican la reconciliación nacional lo excluyen a él, a su familia también vituperada y a sus millones de seguidores de tal propósito. Y hay miembros de las elites tradicionales y empresarios poderosísimos que para cerrarle el paso apoyan proyectos y líderes populistas y de extrema izquierda.

    ¿Será que hay alguien que estudie, sin insultar, este fenómeno de la política colombiana y latinoamericana, que, muy a pesar de todos sus enemigos, es el dirigente político más querido por los colombianos? No lo digo yo, las encuestas en los últimos 16 años.

    Darío Acevedo Carmona, 2 de abril de 2018

  • Del miedo que todos sentimos

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    El miedo, como he sostenido en columnas anteriores, es un factor que junto con otros sentimientos e ideas es crucial en las lides políticas y afecta a todos los movimientos y tendencias del espectro político, campea hoy en las toldas de todos los que ven en Iván Duque un peligro o una amenaza.

    De esta manera se cae de su propio peso lo que ellos les critican a quienes, mirando los alcances del proyecto castrista, la expansión real e inducida del modelo chavista, la presencia de líderes de la izquierda colombiana en todas sus variantes que simpatizan abiertamente con Hugo Chávez y guardan silencio ante las atrocidades del dictador Maduro, el desastre económico del socialismo del siglo xxi y las directrices del Foro de Sao Paulo, se atreven a advertir el peligro de que Colombia se deje seducir por ese engendro.

    Ellos, los de la “Revancha del Sí”, los que echan en su morral todos los votos de sus listas al congreso como si fueran un respaldo al Sí derrotado en el plebiscito del 2016, los que llaman guerreristas a quienes plantean modificaciones institucionales profundas al Acuerdo Santos-Farc, los que nos quieren asustar con una “guerra urbana” más brutal que todas las anteriores, los que buscan afanosamente conjurar sus egos para unirse contra Álvaro Uribe y el uribismo, todos ellos, apelan al miedo ante el avance categórico de la fórmula presidencial Iván Duque-Martha Lucía Ramírez.

    Ese miedo a la derecha o a la extrema derecha, a los “enemigos de la paz”, pregonado por excelsos representantes de las elites fracasadas como el columnista Rudolf Hommes, los expresidentes Gaviria y Samper, para no hablar de los paranoicos eternos de las izquierdas colombianas, es considerado justo, apropiado y razonable.

    Es por eso que en esta campaña por la presidencia, en ellos, en Petro, en De la Calle, en el Polo, en las Farc, en los enmermelados del partido santista tipo Roy Barreras, expertos en campañas negras, en insultar con altura, en difundir mentiras y rumores, en revivir viejos entuertos contra Uribe y el Centro Democrático, vemos, no una lluvia sino un auténtico diluvio de improperios y maledicencias.

    En la bandera que las huestes temerosas del avance de un Duque que ya alcanza entre un 40 y un 46 por ciento de intención de voto han inscrito su consigna central: mostrar a Iván Duque Márquez como un títere de Álvaro Uribe. Es el miedo sazonado con una buena dosis de insidia y a bajezas como la de Petro en el debate en la Universidad de Columbia en New York al acusar al padre de Duque, gobernador de Antioquia, de ser cómplice de las torturas que le habrían propinado agentes de seguridad.

    No se si la campaña de Duque haya analizado todo lo que se le viene encima y, por tanto, si han elaborado su hoja de ruta para no dejarse provocar ni enredar por las descargas lanzadas desde las líneas de fuego de las campañas de Petro, Fajardo, el PD, las Farc, Santos, y los directores de algunos medios, que intentarán colocar al joven y promisorio candidato de la centro-derecha a la defensiva e irritarlo para sacarlo de casillas. Y es ahí, en ese punto, en el que la campaña de Duque y el propio Duque tendrán que estar muy atentos.

    Querrán arrinconarlo por su cercanía con el expresidente Uribe con preguntas torticeras que solo pretenden llevarlo a que emita declaraciones que quebranten la confianza de los uribistas.

    Con su convincente y tranquila retórica, con la seguridad demostrada en la defensa y sustentación de sus propuestas de gobierno, Duque no debe tener problemas en salir bien librado de los guijarros que le lancen en los foros y entrevistas.

    Caer en la trampa de tomar distancia de Uribe, de su partido y del uribismo, sería un desacierto con fatales consecuencias. Recuerdo como en la campaña de 2010, cuando aún no advertíamos la traición de Juan Manuel Santos, que él inició una campaña en la que borró sus lazos con el uribismo. En pocas semanas se encontraba por debajo de su oponente Antanas Mockus. Solo al volver a agitar la figura y la presencia de Uribe y la defensa de su obra de gobierno pudo recuperar el terreno perdido y ganar la elección.

    En síntesis, pienso que el miedo en las huestes opuestas a Duque les está causando estragos monumentales y un efecto bumerang que lo está catapultando hacia el triunfo en primera vuelta, meta que podrá alcanzar si sabe eludir la cizaña que le van a arrojar en estos dos meses venideros.

    Coda: De la campaña Duque-Ramírez se espera que tomen todas las medidas de seguridad y vigilancia para evitar las trampas y triquiñuelas que pueda intentar el presidente Santos.

    Darío Acevedo Carmona, 26 de marzo de 2018

  • Continuismo o cambio, el mensaje de la jornada del 11 marzo

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    De la jornada electoral del pasado 11 de marzo cabe destacar la muy amplia votación por el expresidente Uribe a quien muchos de sus detractores querían ver hundido. Uribe Vélez obtuvo la más alta votación individual en la historia de las parlamentarias demostrando su vigencia de manera contundente.

    Con Uribe, su partido, el Centro Democrático, perdió un senador, pero pasó de 19 a 32 Representantes, logró encumbrarse como la primera fuerza política en el nuevo Congreso. Con Cambio Radical fue el único de los grandes partidos que incrementó su bancada. No le será suficiente para la aprobación de todos sus proyectos y de todos sus contenidos por lo que tendrá que configurar una alianza más robusta que la que tiene con un sector del conservatismo.

    A su vez, Iván Duque Márquez del Centro Democrático ganó de manera amplia la consulta que definía la candidatura de la Gran Alianza por Colombia. 

    La pérdida de senadores en los partidos que han apoyado hasta el presente la gestión de Santos, liberales 3 curules, conservadores 4, Partido de la U 7, aunque se puede ver como consecuencia de su apoyo a un gobierno impopular, aún quedan con oxígeno que pueden tranzar en favor de alguno de los candidatos a la presidencia.

    Al final de cuentas cinco formaciones políticas registran una representación muy pareja: CD 19 senadores, Conservadores 15, Cambio Radical, liberalismo y Partido de Unión Nacional santista 14 cada uno, resultado que se puede entender al menos de dos maneras: una, que la elección parlamentaria está muy ceñida a dinámicas clientelares, de votación amarrada o influenciada por liderazgos y gestiones locales y regionales, en donde juegan más las lealtades primarias, y dos, que el país sigue aferrado a un fenómeno multipartidista que desmiente rotundamente la idea fantasmal de la polarización agitada por quienes levantan como bandera principal la reconciliación en detrimento de la controversia, y además, que la colombiana es una sociedad que prefiere la democracia a pesar de sus carencias y fallas a los experimentos estatizantes, autoritarios y populistas.

    Por otra parte, aunque los resultados dejan entrever un lógico nivel de incertidumbre para las presidenciales, no es descartable un desenlace en primera vuelta. Varios analistas, entre ellos el lúcido director del portal DEBATE, Libardo Botero, consideran que la ventaja de Iván Duque podría ser definitiva.

    En efecto, Iván Duque, candidato de la Gran Coalición por el Cambio en compañía de Martha Lucía Ramírez, destacada dirigente del conservatismo como fórmula vicepresidencial, sale del partidor con una votación cercana a los seis millones de votos mientras su más cercano rival hasta el momento, el populista de izquierda Gustavo Petro, lo hace con cerca de tres y medio millones. 

    Un elemento adicional que cuenta a favor de Duque es que su alianza con Martha Lucía Y Alejandro Ordoñez ya está sellada y al parecer, sin mucho esfuerzo, recibirá nuevas adhesiones, mientras que Petro, Vargas Lleras, Fajardo y De la Calle buscan desesperadamente la formación de alianzas de último momento para contrarrestar a Duque. Además, de Petro se puede colegir que ha llegado a su tope. La única opción de estos últimos es que haya segunda vuelta, en cuyo caso habrá que revisar las posibilidades de los dos finalistas.

    Las alianzas que se están promoviendo entre tendencias de diverso signo ideológico indican que la controversia difícilmente se puede caracterizar como un duelo entre derecha e izquierda sino entre el continuismo y el cambio, es decir, entre quienes se proponen continuar el “legado” santista, consistente en la implementación del acuerdo de paz de un lado y quienes propugnan por cambios profundos en la orientación que lleva el país.

    La parte oscura de esta interesante competencia es que a los expertos en mañas, empezando por el presidente en ejercicio, les de por armar una bribonada para alterar los resultados tal como lo hicieron en la segunda vuelta del 2014, a todas luces una victoria trampeada con hackers e irrigación multimillonaria de dinero para compra de votos en la costa Atlántica.

    No soy amigo de los pronósticos, pero creo que hay elementos de juicio y hechos políticos contundentes que pueden desembocar en una definición en primera vuelta, y, en tal evento, no hay duda de que el único que podría alcanzar ese umbral es Iván Duque, un candidato que arrastra votos entre seguidores de otras fuerzas políticas.

    Darío Acevedo Carmona, 19 de marzo de 2018

  • En una democracia

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    Como método para formar gobierno, la democracia contemporánea es el procedimiento que mejor responde a las expectativas de los ciudadanos que prevalidos de sus derechos quieren participar, a través de elecciones, en el nombramiento de sus gobernantes y sus representantes.

    No es perfecto y se caracteriza también porque el cambio de líderes, partidos y movimientos en el poder presupone siempre un cierto nivel de incertidumbre. Sin embargo, en los países que han optado por ella se estipula un conjunto de condiciones básicas que así no siempre se cumplan en su totalidad, tiene el sentido de señalar lo más deseable, algo así como un faro que guía a quienes dirigen la nave del estado en el mar embravecido de las tormentas políticas, sociales e ideológicas propias de las sociedades humanas.

    En una democracia, pues, cabe siempre esperar que quienes ejercen el gobierno garanticen la pureza del sufragio ofreciéndoles a los competidores y a los electores toda la seguridad y la transparencia para que realicen sus campañas, se realicen las elecciones en orden, se cuenten los votos con métodos confiables y, sobre todo, se respete el resultado.

    Puede ser un lugar común, incluso, una formalidad, de esas que por ser tales no son menos trascendentales, decir que el electorado y en general la ciudadanía, aun la que no vota, tenga la certeza de que el resultado es fiable.

    En una democracia republicana cabe esperar que los partidos y movimientos que concurren a la competencia electoral, una vez formado el gobierno, respetarán, en nombre de la nación y de las instituciones vigentes, la separación de poderes entre las tres ramas del poder.

    Ello quiere decir que jueces, gobernantes y legisladores habrán de estudiar, analizar y debatir, cada uno en su esfera, las competencias, pertinencia y legalidad de las iniciativas, leyes y proyectos que surten los pasos para que sean finalmente acogidos y ejecutados. Que no puede haber interferencias ni presiones ni ofrecimientos ni gabelas ni tráfico de influencias entre dichas ramas pues de hacerse se derrumbaría la confianza pública en el sistema democrático que exige sin atenuantes el respeto a la autonomía de cada poder para evitar la formación de roscas, gavillas, mafias u otras modalidades de poder arbitrario y dictatorial.

    En una democracia se espera que el Congreso, después de recibir las propuestas del gobierno y de escuchar la sustentación de las mismas, entre a deliberar libre de opresión externa que pueda derivar en una degeneración de sus funciones o ser consueta de iniciativas arbitrarias. Es decir, un congreso o parlamento que se respete puede llegar a través de la discusión y el análisis a denegar o modificar iniciativas del ejecutivo.

    En una democracia, el ejecutivo, cualquiera que sea su modalidad, ha de respetar las funciones y competencias de legisladores y jueces en vez de suponer o pretender que todas sus iniciativas reciban el visto bueno. Mucho menos, ha de buscar la imposición de ellas por medio de la seducción con dádivas.

    En una democracia no es admisible ni tiene presentación que el poder ejecutivo se gane la aprobación de sus leyes y decretos a través de componendas de tipo clientelar con las altas cortes y con sus magistrados, que en palabras castizas quiere decir corromper el poder judicial, piedra angular de cualquier democracia. Si la Justicia se deja comprar, si se deja intimidar, si es sesgada, si sirve incondicionalmente a otros poderes y a otras instancias diferentes a las contempladas por la ley, deja de ser justicia y se quiebra la confianza pública en ella abriéndose campo, con su mal ejemplo, a la arbitrariedad, a la violencia y a la justicia por mano propia.

    En una democracia, se espera que los medios de comunicación observen una adecuada distancia respecto de los integrantes de los poderes públicos, pues si se dejan atraer a la lógica del sobre, a canonjías y exclusividad de información oficial desfiguran la función más importante de ellos en una democracia que consiste en brindar información veraz, oportuna y sin sesgos sobre los hechos del poder y el acontecer político.

    En una democracia la constitución o ley de leyes, pieza maestra del edificio constitucional, no se cambia a cada momento ni por motivos egoístas ni de modo caprichoso, como puede hacerse con una ley ordinaria. La Constitución en una democracia consagra los lineamientos básicos y los principios que alumbran el camino de una sociedad libre.

    En una democracia los altos dirigentes del estado tienen la obligación de ser decentes, pulcros, respetuosos, bien formados, en el manejo de los problemas públicos. Hay un asunto llamado el pudor democrático consistente en la obligación de presentar razones y argumentos en vez de proceder bruscamente imponiendo criterios por el hecho de hacer parte de una mayoría. Presidente, ministros, congresistas, magistrados y jueces, etc., tienen la obligación de respetar los procedimientos y las formalidades de la democracia.

    Por eso, en una democracia que se respete y se enorgullezca de ello, quienes la deterioren con sus conductas corruptas deben recibir como castigo principal la muerte política.

    Son solo algunas de las muchas reflexiones que se me ocurren ad portas de las elecciones parlamentaria sobre el modelo de gobierno por el que optamos desde el Congreso de Cúcuta de 1821, refrendado a través de los años y que tenemos la obligación de defender.

    Darío Acevedo Carmona, 12 de marzo de 2018

  • El fin se acerca

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    El domingo 11 de marzo se realizará la primera gran jornada electoral de este año glorioso en el que los colombianos estaremos más cerca del fin de la desastrosa gestión de Juan Manuel Santos.

    En esta ocasión elegiremos las dos cámaras del congreso de la República, Senado y Cámara de Representantes, y, además, dos consultas para definir candidato presidencial.

    La elección para formar el congreso arrastra muchos problemas que podrían ser un factor desestimulante de participación o, por el contrario, una oportunidad para buscar la elección de nuevos dirigentes, alejados de las corruptas práctica clientelistas y reafirmar la presencia de aquellos parlamentarios que hicieron una labor destacada o acorde con las expectativas y que se hayan presentado a la reelección.

    En lo relativo a los factores negativos basta con mirar en las sucesivas encuestas de opinión de distintas firmas que el congreso es una de las instituciones más desprestigiadas, que generan mayor desconfianza y sentimientos de frustración en la ciudadanía. Paradójicamente, ello juega en favor de los gamonales que tienen un electorado cultivado con base en relaciones de tipo feudal como favores, puestos, rifas, ya que el desprestigio incrementa el ánimo abstencionista y de acuerdo con lo visto en oportunidades anteriores, a mayor abstención, mayor consolidación de la politiquería gamonalista.

    Desafortunadamente, en el sentido contrario, es decir, en el de que se produzca una gran participación para elegir a personas con conocimientos de los problemas nacionales y que se destaquen por su probidad, liderazgo natural y honradez, el resultado no siempre ha sido el mejor.

    Habrá que pensar, entonces, en esta esta segunda línea. Y una primera reflexión que se me ocurre es que debemos conversar con familiares, amigos y colegas o compañeros de trabajo acerca de la importancia capital de escoger el partido y los candidatos que se proyecten como apoyo al candidato presidencial que propone la bandera del cambio de rumbo del país, por cuanto en el espíritu republicano que nos rige, el presidente, en tanto figura cimera del poder ejecutivo representa una de las tres ramas del poder público, y por ello, la obra de un presidente depende en amplia medida del apoyo de una buena y mayoritaria bancada que comparta las líneas gruesas de su programa de gobierno.

    De nada vale que votemos, por ejemplo, por Iván Duque o Martha Lucía Ramírez o Alejandro Ordoñez, uno de los cuales será el candidato de la Gran Alianza por Colombia, si no entendemos que hay que votar por candidatos al congreso que se identifiquen con el programa acordado por dicha alianza. Para recomponer, ajustar o incluso “hacer trizas” el acuerdo definitivo de paz, quien sea electo presidente tendrá que buscar y optar por caminos y procedimientos legales, ajustados a la legalidad vigente, pues no se puede alegar el respeto a la constitución y a la ley cuando se está en la oposición y luego, cuando se es gobierno, proceder de la manera que se criticaba.

    Requerimos pues, un Senado y una Cámara conformadas por dirigentes nacionales y regionales que hayan dado muestras de conocimiento y de compromiso con las banderas del candidato a la presidencia.

    Desde mi perspectiva, lo correcto en esta crucial coyuntura es votar por el Centro Democrático y en la lista de 60 aspirantes marcar, preferentemente, el nombre de Álvaro Uribe Vélez, por todo lo que él representa en materia de recuperación del rumbo y de lucha por la seguridad, contra el terrorismo, etc., y para fortalecerlo ante los embates de sus enemigos que quieren llevarlo a prisión con sus refritos de siempre.

    Hay otros respetables aspirantes en la lista del CD, de tal forma que el elector puede, en vez de marcar el nombre de Uribe, escoger el de sus mayores cercanías y confianza. Este último criterio es el que se debe observar en la lista para la Cámara de Representantes que es de una conformación de tipo departamental. Se debe marcar casilla del CD y el integrante de la lista con el que se sienta identificado.

    Por otra parte, los electores tendremos la opción de solicitar uno de los dos tarjetones sobre consulta para presidente. En lo que a mi respecta, se debe escoger la que contiene los aspirantes de la Gran Consulta por Colombia: Duque, Ramírez y Ordoñez.

    Invito a marcar la casilla de Iván Duque en este tarjetón por los amplios y serios conocimientos que tiene de los problemas del país, por su firmeza en la defensa del programa y objetivos del Centro Democrático, por su lealtad para con el máximo líder y orientador del partido, Álvaro Uribe, por su juventud, por su carisma y su capacidad de hablarles y llegarles a las gentes de todos los estratos.

    Abrigo la esperanza, la misma de millones de colombianos, que una buena fórmula de congreso y presidencia son claves para reiniciar en firme la recomposición del mal rumbo que lleva el país de la mano del más inepto presidente de nuestra historia.

    Con el Centro Democrático, con la Gran Alianza por Colombia, con Iván Duque y con la orientación y el inmenso liderazgo de Álvaro Urbe Vélez, daremos inicio al fin de la comedia de errores y el entreguismo que sufrimos durante los dos mandatos de Juan Manuel Santos.

    Darío Acevedo Carmona, 5 de marzo de 2018