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VentanaAbierta

  • EL AFÁN DE SANTOS Y LA SUERTE DE LA CONSTITUCIÓN

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    Enrique IV para poder acceder a la corona de Francia hubo de renegar de su protestantismo y acoger la religión católica, de ahí proviene la famosa frase atribuida a él: “París bien vale una misa”. Parodiando pero por lo bajo, podríamos decir, para desgracia nuestra, que para Juan Manuel Santos el Nobel de Paz bien valió hundir la institucionalidad y la Constitución Nacional.

    Todas las últimas salidas de Santos han estado marcadas por el afán del nobel de Paz, prisa que no mostró a lo largo de ese maratónico, tedioso y humillante proceso de 4 y medio años de conversaciones habaneras, con soldados y policías asesinados durante el mismo.  Hubo acelere para firmar el acuerdo que debió haberse dado en marzo pasado luego de una firma apresurada en diciembre del 2015. Luego, también a las carreras montó un espectáculo internacional para firmar otro documento incompleto en septiembre de este año.

    La fecha del plebiscito para validar o invalidar el Acuerdo fue fijada a las volandas, unos días antes del otorgamiento del Nobel, que daba por descontado así como el triunfo del SÍ. A las carreras y como acto subliminal y supremo de campaña por el SÍ realizó la grotesca ceremonia de Cartagena con Kfir incluido.

    Una vez perdido el plebiscito y sin plan B a la mano, en vez de renunciar como había planteado que haría en caso de perder, Santos y su Equipo negociador, que tampoco salió, como debió haber ocurrido en santa dignidad, virtud que desconocen, exigió “prontitud” en la renegociación porque ahora sí el cese al fuego peligraba.

    Consumada la etapa inicial del turbio plan B sacado del sombrero de mago, consistente en burlar el resultado del plebiscito dando la apariencia de ser receptivos con los voceros del NO, ya en un acto “más sobrio”, un teatro, propio para “actores del conflicto”, Santos y Timochenko, una vez más, ahora sí, refirman con tinta indeleble el supuesto nuevo acuerdo final y definitivo (NAFD).

    En el nuevo mamotreto de 310 páginas los temas sustanciales: narcotráfico como delito conexo al político, cárcel para delitos atroces, Jurisdicción Especial de Paz fuera del sistema judicial colombiano, carácter de tratado Internacional del Acuerdo, elegibilidad política sin restricciones para responsables de crímenes de lesa humanidad y de guerra, entre otros, fueron retocados cosméticamente o quedaron tal cual.

    A los colombianos se nos preguntó el 2 de octubre por el mamotreto de 297 páginas. Santos, De la Calle, Cristo y Jaramillo dijeron en su aplanadora campaña que si ganaba el NO se caía todo el Acuerdo, no habría más negociación, sería el fin del proceso, se levantaría la mesa y sobrevendría la más cruel de las guerras urbanas por fiel información que el Presidente dijo tener en sus manos.

    Contrario a lo que esperaban los perdedores, los líderes del NO propusieron renegociar, confiaron otra vez en un gobierno tramposo, y otra vez, ese gobierno hizo trampa. Dicen a toda hora con todas las voces y cajas de resonancia que “todas” las propuestas del NO fueron incorporadas al NAFD, lo que es totalmente falso, pues de haber sido así no habrían hecho  esguince al deber de darlo a conocer a los voceros del NO antes de firmarlo. Han dicho, contra toda evidencia que ese NAFD es inmodificable pero que lo llevarán al Congreso, órgano que por Constitución tiene la función de modificar o crear proyectos de ley o leyes.

    Pretende este gobierno sustituir la Constitución por las vías de hecho, haciendo aprobar fast track (o farc-trac, como dijo Osuna) todo tipo de leyes rompiendo el curso regular y el reglamento del Congreso. Se quiere, en dos días, aprobar un asunto trascendental para el presente y futuro del país. Se pretende, a las carreras, aprobar una amnistía general y abrir las puertas del Congreso a criminales de guerra como el Paisa o Romaña o Timochenko o cualquiera del Secretariado o los que ordenaron el asesinato a sangre fría de los Diputados del Valle.

    Solo queda una esperanza, que la Corte Constitucional sea capaz de estar a la altura de su función de guardiana de la Constitución. Pues de irse en contra de sí misma y “autosuicidarse”, no nos quedaría, a los del NO y otros ciudadanos, la opción de la resistencia civil y convocar un referendo para que el pueblo en su calidad de soberano y constituyente primario se pronuncie sobre los delicados temas en los que no hubo consenso.

    CODA: La muerte del dictador y tirano Fidel Castro no merece voces de lamento ni luto por parte de demócratas auténticos. Es un acontecimiento refrescante para Cuba y Latinoamérica.

    Darío Acevedo Carmona, 28 de noviembre de 2016

  • UN CONEJO ESPANTÓ A LA PALOMA

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    En columnas recientes y opiniones vía twitter había advertido que el Gobierno Santos estaba jugando doble en la renegociación del acuerdo de paz luego de la derrota del SÍ.

    Por un lado envió a Humberto de la Calle, Sergio Jaramillo y uno que otro ministro a reunirse con los voceros del NO. Estos últimos se habían ceñido a la idea de buscar un Gran Pacto Nacional para llevar a la mesa de La Habana las propuestas de quienes salieron vencedores en el plebiscito.

    Por otra parte, varios ministros del Gobierno Nacional como el del Interior, la Canciller y Defensa concedían a los Medios declaraciones acosadoras y minimizantes sobre la renegociación del Acuerdo que días antes del plebiscito habían declarado “inmodificable”.  A nivel diplomático, el presidente Santos inició una ofensiva visitando a varios gobiernos y haciendo gestiones con diversas autoridades y organismos multilaterales para reconstruir la perdida confianza en su propuesta de paz.

    La mesa entre delegados del Gobierno Nacional, por el SÍ,  y los diversos voceros del NO, inició trabajos al superarse la pretensión oficial de dividir a estos con invitaciones a Palacio a cada sector. Se estableció una metodología que tenía el propósito de actuar unificadamente en la defensa de propuestas a llevar a La Habana y en compartir de ida y vuelta los resultados de esas conversaciones.

    El presidente Santos manifestó en varias ocasiones la urgencia de firmar un nuevo acuerdo introduciendo un elemento de perturbación y afectando el espíritu de construcción del mismo que se había instalado en la mesa de Bogotá. Sectores del SÍ entre ellos grupos de izquierda, ONGs cercanas a estos, partidos de la Unidad Nacional y el propio gobierno terminaron instrumentalizando iniciales movilizaciones espontáneas por la paz en favor de una firma express de la misma.

    Mientras los voceros del NO continuaban trabajando de buena fe, el Presidente, sin que nadie se lo demandara, denigró del resultado del plebiscito en el parlamento inglés, dando señales de su doble juego.

    A todas estas, dos acontecimientos acrecentaron los afanes de Santos: la sorprendente elección de Trump a la presidencia de los Estados Unidos, contra la que él se había manifestado, ya que podría dar al traste con el apoyo incondicional de la Casa Blanca a las concesiones a las FARC. Así mismo, la salida al aire del escándalo del Hacker y de la infiltración oficial de espías en la campaña de Óscar Iván Zuluaga que apuntan a que el triunfo de Santos en 2014 fue producto de una estratagema cuyas novedades empiezan a salir a flote.

    ¿Qué otra cosa puede explicar que el Gobierno haya dejado de jugar a varias cartas para optar por el engaño monstruoso que precipitó el fin de semana pasado? Estaba lejos la fecha del 31 de diciembre como límite para el cese bilateral de hostilidades. Las comisiones del SÍ y del NO mantenían un buen clima de discusión, se hablaba de avances importantes y se estaba a la espera de nuevas consultas.

    De pronto, el exministro de Justicia, Yesid Reyes, en entrevista a un diario español hizo declaraciones que pusieron los pelos de punta, manifestó que no sería necesario una refrendación vía plebiscito del nuevo acuerdo. Dos días después, sábado 12 de noviembre, a un mes de recibir el nobel en Oslo, Santos busca sorpresivamente al expresidente Uribe para darle “la gran noticia” del nuevo acuerdo. El expresidente le plantea no darlo por definitivo hasta tanto no haber estudiado el contenido con los representantes del NO.

    Horas más tarde y sin que el texto hubiera sido redactado totalmente, el Presidente habló por televisión sin atender el pedido de Uribe. Ya había procedido igual varias veces dando noticias de asuntos no ocurridos o inconclusos. Insistía en su estilo de impactar a la opinión con los hechos cumplidos. Al día siguiente, Humberto de la Calle, experto en dar a entender lo inentendible y en hacer ver lo que no existe, redondeó el oso enseñando en un video cómo se trabajaba aún, arduamente “en el ensamblaje de todos los puntos”.

    Vinieron luego las declaraciones, al unísono, de ministros afanados por dejar algo para la historia, Cristo, Villegas, el astuto Presidente, el indudable Iván Cepeda, Iván Márquez y Leyva Durán el vocero que no sabemos si tendrá que desmovilizarse en razón de sus servicios prestados a una banda criminal, que recitaban de modo terminante: “esta es la versión final, no hay marcha atrás, no habrá más negociaciones, aquí se cierra todo, no habrá consultas con los del NO”.

    El expresidente Pastrana hizo un buen retrato de la situación: “expidieron un decreto”, agregaría yo, un ultimátum dictatorial. Dejaron plantados a los voceros del NO, con la única opción, como antes del plebiscito, de adherir o plegarse.  Se pasaron por la faja la idea de Pacto Nacional, se quieren burlar de la ciudadanía que los derrotó al optar por una refrendación por la vía de un Congreso emasculado, untado de mermelada y temeroso de llegar manivacíos a las elecciones de 2018.

    Sabemos que en su infinito cinismo pueden burlarse de la democracia y humillar a la población para que Santos reciba su Nobel a costa de entregar el país en un acuerdo tan humillante como el derrotado el 2 de octubre. Ese y no la paz es el afán de cerrar cualquier posibilidad de un Acuerdo Nacional.

    Coda: El conejo que ahuyenta a la paloma es una caricatura del genial Osuna en elespectador.com de noviembre 6.

    Darío Acevedo Carmona, 21 de noviembre de 2016

  • TRUMP

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    Ante el inesperado triunfo del candidato vapuleado por los Medios, la opinión internacional oscila entre el asombro, el rechazo y la prudente espera. La reacción del presidente Obama y de Hillary Clinton da cuenta de la madurez democrática de la política estadounidense.

    Una reflexión inicial obligatoria debe girar en torno al papel de los medios masivos que se volcaron a favor de la candidata demócrata. La revista Newseek, por ejemplo, editó miles de ejemplares cantando la victoria de Clinton con una foto de ella autografiada. Lo del Brexit en Inglaterra, el plebiscito en Colombia y la elección presidencial en USA, debería ser suficiente material para un análisis profundo sobre el rumbo editorial  de la prensa,  la distorsión agresiva de la ética periodística y el pisoteo a la función orientadora e informativa que debe cumplir.

    Las inquietudes y preguntas sobre lo que puede suceder en la política interna y en la internacional, con nuestro continente y con Colombia son numerosas y de gran envergadura. Expresiones hirientes y ligeras del empresario contra inmigrantes y organismos como la ONU y la OTAN son fuente de temores y rechazos.

    Los mandatarios de Europa y miembros de la OTAN, por ejemplo, se pusieron nerviosos convocando una reunión tipo crisis en vez de felicitar al triunfador. China y Rusia, en cambio, enviaron congratulaciones que ayudaron a tranquilizar mercados y relaciones diplomáticas delicadas. Pero también desconcierta la reacción de sectores de opinión radical que se han lanzado a las calles desatendiendo el mensaje conciliador y el llamado a la unidad de la Nación de los jefes Demócratas.

    La situación que se viene es bien compleja y eso obliga a no ser ligeros en los análisis sobre el significado y perspectivas de esta elección. Recomendable hacer lecturas más cuidadosas sobre lo que representa el hecho político en tanto cuestión central de la existencia humana, por un lado, y por el otro, sobre las dinámicas, advertidas por lúcidos antropólogos, filósofos y semiólogos  en el sentido de que la lucha política toca no solo con la exposición racional de programas e ideas sino también con las pasiones, las expectativas, las emociones y los sentimientos. La política es asimilable a un teatro y los políticos, de alguna forma, son actores. Trump hizo su campaña como si estuviera haciendo una campaña de marketing. Eso no justifica, en modo alguno, pasar por alto las barbaridades que dijo en campaña.

    El alarmismo con las tensiones e insultos, la polarización, las acusaciones destempladas, frases hirientes, y demás conductas biliares, prolijas en todas las campañas, no es buen consejero para comprender la política. No es criterio suficiente para invalidar al ganador puesto que los contendientes apelaron a las mismas armas. El hecho democrático soporta esas bajezas aunque no sean deseables y vayan en detrimento de la caballerosidad.

    El uso de estrategias publicitarias que apelan al miedo, a la desconfianza y a sus antónimos, es usual en toda competencia política. No obstante esta realidad aplastante, hay quienes, posando de puritanos, se alarman y condenan al vencedor por haber apelado a tales métodos como si los derrotados, en los tres casos mencionados, no hubieran hecho gala de superioridad moral y artilugios denigrantes para estigmatizar a los que resultaron triunfadores.

    Recomendable pues, la espera razonable solicitada por Clinton, en el entendido de que una cosa es la retórica y otra la acción, una cosa la promesa y otra el cumplimiento, una cosa es ser candidato y otra gobernante.

    En todo caso, el mundo está a la espera de cambios importantes en el modelo económico y en el terreno diplomático, ya que Trump está convencido del desgaste del Modelo apaciguador de la política exterior de Obama y de la ineficacia de sus propuestas de políticas públicas en las esferas del bienestar, la salud y control de la inmigración.

    En lo que respecta a Colombia, debemos tener en cuenta que aunque las relaciones entre los dos países han gozado de respaldo bipartidista, no ocurre igual con el proceso de paz. Los republicanos son más estrictos y exigentes sobre aplicación de justicia, extradición y lucha contra el narcotráfico, aspectos cruciales en las negociaciones con las guerrillas.

    Un factor que da tranquilidad es tener presente que  la democracia americana no funciona como los regímenes populistas del socialismo bolivariano que se oponen al relevo del poder, usan métodos dictatoriales y desconocen las libertades. Sobre eso la opinión “progre” y de izquierda nada ha dicho y han callado ante el deprimente espectáculo del régimen de Ortega en Nicaragua.

    Coda: El presidente Santos anunció un nuevo Acuerdo sin haberlo presentado a consideración previa de los dirigentes del NO, por eso hay que esperar el juicioso análisis de estos.  Es evidente que el afán personal de Santos para recibir el Nobel de paz con un nuevo acuerdo viola el más elemental principio de cordura. Las FARC ya salieron a quejarse de distorsión por parte del Presidente, que tercamente, insiste en su fatal costumbre de presentar la paz como un hecho cumplido.

    Darío Acevedo Carmona, 14 de noviembre de 2016

  • ¿PUEDE UNA MINORÍA TOMAR EL PODER Y DOMINAR A LAS MAYORÍAS?

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    La respuesta es positiva. Hay multitud de ejemplos en la historia mundial.

    En Sudáfrica la minoría blanca no solo gobernó ese país por siglos sino que impuso el odiado régimen del Apartheid desde 1948 consistente en la separación de la población por razas, una detestable segregación y una humillante discriminación de las mayorías negras.

    En Rusia, 1917, varias fuerzas políticas intentaron derrocar el zarismo para instaurar la república y la democracia. Lo lograron en febrero, pero en octubre, en medio de una profunda crisis, división de la sociedad, pobreza, miedo, cansancio con la guerra, una fuerza minoritaria pero muy disciplinada, la facción mayoritaria del partido obrero socialdemócrata ruso (comunista), realizó un golpe de estado, asumió el poder y se consolidó en él ejerciendo una terrible persecución y aniquilamiento contra sus adversarios, partidos de todas las tendencias incluso contra los de izquierda que no compartían su proyecto y sus métodos.

    En 1933 en Alemania, el minúsculo y risible partido nacional socialista (Nazi) que agitaba una retórica revanchista y denunciaba por humillante el pacto de Versalles que había establecido la paz con la que se puso término a la primera guerra mundial, que preconizaba el retorno a la grandeza alemana y la superioridad de la raza aria, asumió el poder cuando Hindenburg, presidente del país, lo llamó a formar gobierno a pesar de haber ocupado el tercer lugar en las elecciones.  Meses y años después el nazismo suprimió la democracia y desató una rabiosa carrera armamentística, persiguió a los judíos causando la muerte de más de seis millones en campos de concentración y desató la peor de todas las guerras hasta hoy conocidas de la historia.

    En Cuba, una dictadura militar fue derrocada por un amplio movimiento de fuerzas democráticas a cuya cabeza estaba un grupo minoritario, la guerrilla Movimiento 26 de Julio liderada por los hermanos Fidel y Raúl Castro, Camilo Cienfuegos y Ernesto el Ché Guevara que se puso al frente del gobierno y habiéndose declarado no comunista y prometido la realización de elecciones, un año después se descubrió como comunista, se alió con la URSS y adelantó una sistemática y cruel represión a través del fusilamiento de exfuncionarios del régimen anterior y contra dirigentes de los partidos que habiendo apoyado la revolución se opusieron a la instauración del comunismo, por medio del temible “Paredón” donde fueron fusilados miles de críticos y opositores.

    Una minoría totalitaria no requiere, pues, ser mayoría para acceder al poder, para ella no hay barreras morales ni legales que lo impidan. Esas minorías violentas no aspiran a imponerse solo por triunfos electorales.

    Los métodos usados por las minorías totalitarias varían según las circunstancias. La violencia siempre será un recurso en su táctica, bien para esgrimirla en forma de amenaza o bien para ejercerla en toda su crudeza. También apelan a las elecciones en democracia, se alían con otras tendencias, se camuflan, se infiltran, engañan al electorado escondiendo sus verdaderos propósitos e incluso presentándose como demócratas consecuentes.

    En la China ocupada por los japoneses, los comunistas se unieron con el partido nacionalista Kuomintang en la lucha por expulsar al invasor y crear la república. Derrotado el imperio japonés en la segunda guerra mundial el consecuente debilitamiento de las tropas de ocupación facilitó la liberación china, y fue justo ahí cuando, a la manera bolchevique, desataron la guerra civil contra sus aliados nacionalistas y conquistaron el poder instaurando el sistema comunista. Hubo millones de muertos por la represión política, la persecución a los opositores y por hambre.

    En Venezuela la toma del poder se dio por vía democrática y por triunfo en unas elecciones. Pareciera una excepción a la regla. Un coronel que fracasó en un golpe de estado, condenado luego, obtuvo el perdón y una vez libre aprovechó la grave crisis moral generada por gobiernos corruptos. El entusiasmo se apoderó de las multitudes e incluso muchos empresarios, líderes de opinión, antiguos militantes de los partidos tradicionales depositaron sus esperanzas de cambio en el nuevo caudillo.

    Hugo Chávez negó ser comunista, como Fidel en Cuba, lo acusó de dictador. Ya en  el poder inició una política de arrasamiento de las instituciones, cambió la constitución, se eternizó en la presidencia, obtuvo el control de todos los poderes, ganó con métodos turbios y fraudulentos decenas de elecciones y cuando perdió un plebiscito lo desconoció después. Estatizó la economía, repartió las jugosas ganancias petroleras a sus amigos en el exterior y se hizo el de la vista gorda con el enriquecimiento de la llamada boliburguesía, quebró la unidad del ejército y convirtió a los generales en jefes del socialismo bolivariano. La lista es demasiado extensa como para dar cuenta aquí de todos los desastres.

    Esa película, con variaciones y recortes se vivió en Brasil y Argentina que a tiempo reaccionaron, y se vive aún en Bolivia, Ecuador, Nicaragua, El Salvador. Los venezolanos hoy no son libres, su democracia está convertida en una caricatura, hay presos políticos por montones, el pueblo carece de alimentos y medicinas y el poder reside en una insignificante minoría que recibe el apoyo de un truhán colombiano secretario de UNASUR y el silencio cómplice de los gobiernos democráticos de América Latina.

    En Colombia, los partidarios de ese ominoso experimento son una minoría. Grupos guerrilleros y civiles quieren aplicar la receta, cuentan con líderes sobresalientes que militan en diferentes partidos. Sus áulicos escribientes se burlan de quienes advierten el peligro y minimizan el riesgo hasta hacerlo ver ridículo. Otros no creen que tal cosa nos llegue a suceder. Pero, como dice el proverbio “guerra avisada no mata soldado y si lo mata es por descuidado”.

    Darío Acevedo Carmona, 7 de noviembre de 2016

  • SINDROME DE ESTOCOLMO

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    En el discurso oficial y en las columnas de opinión sobre las negociaciones de paz con las FARC abundan las ideas que dan cuenta del desencanto y fatiga con esta “guerra que lleva 52 años… guerra sin sentido, que nadie ganó, sin vencedores ni vencidos, que nos avergüenza” y con las que se apunta a explicar y a justificar las generosas y copiosas concesiones hechas a esa guerrilla en el Acuerdo rechazado en el plebiscito.

    Del flanco guerrillero la versión es diametralmente opuesta. Tanto en las innumerables declaraciones dadas a la prensa nacional e internacional como cuando vienen a hacer “pedagogía de paz” en sus frentes y en lo que se pudo conocer de la Conferencia del Yarí, los comandantes hablan sin tapujos, sin rubor, sin pena ni arrepentimiento de su “heroica gesta” de su “esfuerzo titánico en pro de la revolución redentora”, de su indoblegable espíritu y de su incuestionable compromiso con la lucha por la “Patria Grande”.

    Así pues, tenemos el balance de la confrontación en dos canales: En el primer canal, está la versión de los que sienten vergüenza por haber dilapidado tantas vidas y tantos recursos para nada, de los que piensan que se hizo mal en responder a los ataques terroristas que no eran tales sino acciones desesperadas de campesinos sin tierra víctimas de la exclusión y de la ausencia de democracia.  

    Es decir, el discurso de la derrota de la institucionalidad, del estado de derecho, de la Constitución, de un Ejército que se sacrificó por nada que valiera la pena. En suma, la declinación del que podríamos llamar la bandera o el leit motiv de la que se supone es la motivación que da legitimidad a la defensa de las leyes y las instituciones que nos rigen.

    Capitulación de hecho porque cuando  se desconoce haber actuado en defensa de una causa justa, como lo es la defensa de la democracia, la libertad y la república, nos colocamos en el terreno de la barbarie y la sinrazón. Imaginemos que los Aliados en la Segunda Guerra Mundial hubieran procedido con ese tipo de sentimientos ante la agresión del nazismo, ¿qué sería hoy del Mundo? La entrega de la razón política y moral al “otro” es pues, el principio de la derrota total.

    En cambio, por el otro canal hablan los que se hacen llamar “excluidos” de la democracia, del bienestar y de la justicia. Ellos honran a sus héroes caídos en combate, justifican todas sus acciones militares puesto que son representantes del pueblo y como su guerra es de los desposeídos, acuden al secuestro que llaman retención y al narcotráfico para financiarse. Sus masacres no son masacres y sus bombazos a iglesias, clubes sociales y pueblos son actos de heroísmo. Ellos sí defienden la justeza de su causa y por eso se niegan a pedir perdón y cuando lo hacen dicen que son daños colaterales.

    Aunque perdieron en el terreno militar toda posibilidad de alcanzar el poder, ganaron la que, de suyo, es la batalla principal, la de imponer su relato y que este haya sido acogido por una parte del establecimiento, varios partidos y movimientos políticos de todo el espectro, sectores de la Iglesia católica, uno que otro general de la República, sectores empresariales y, por muy amplios sectores académicos e intelectuales que piensan que esta es una democracia de papel y que las guerrillas son fruto de las grandes desigualdades sociales.

    Al lado de esta entrega, todas las demás, de todo orden, contempladas en las 297 páginas del derrotado Acuerdo, tienen su lógica, la de la inversión de la culpa por la que el victimario es convertido en víctima, por la que la paz se vale lo que sea con tal de que no nos hagan más daño. Es lo que se conoce como el “síndrome de Estocolmo”, llamado así en razón de una experiencia de la vida real cuando los secuestrados en un asalto terminaron congraciados con sus victimarios porque no los habían matado.

    Dicho síndrome se manifiesta, por ejemplo, en la afirmación del alcalde de Cali que llamó a pedirle perdón a las FARC, o cuando a un secuestrado por la guerrilla declara haber sido bien tratado después de años de humillación en la selva, o cuando a la exigencia de Justicia se le denigra llamándola venganza o cuando se quiere hacer ver que los colombianos nos estamos matando, estamos absolutamente divididos o “todos somos culpables de la violencia”.  

    De manera que las mayorías nacionales que queremos este país a pesar de todas sus falencias e injusticias, que preferimos ésta débil y enferma democracia al futuro rosa prometido por las guerrillas, estamos, si nos descuidamos, ad portas de sufrir las secuelas del síndrome de culpa de unas elites irresponsables que piensan alcanzar la expiación de su falla histórica y de sus yerros, entregando a los victimarios lo que a todos nos pertenece.

    Darío Acevedo Carmona, 31 de octubre de 2016

  • PELIGRO LATENTE

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    La cancelación del referendo revocatorio ordenada por el Régimen de Nicolás Maduro constituye un gran gravísimo atentado a la democracia, las consecuencias de tal medida debe llevarnos a reflexionar sobre sus implicaciones en el vecindario y de manera especial en Colombia.

    Quienes alegan que advertir sobre el peligro castrochavista en nuestro país es fantasioso, carente de fundamento, una exageración o un artilugio para generar miedo, tendrán que revisar sus argumentos puesto que son innegables los lazos políticos, ideológicos y hasta militares de guerrillas y políticos colombianos con el gobierno líder del socialismo del siglo 21.  

    Hay quienes piensan que en términos electorales, las posibilidades de un triunfo de esas tendencias son casi nulas en el inmediato futuro. Que unas guerrillas marxista-leninistas derrotadas en su intento de generar una guerra civil para tomarse el poder han dejado de ser un peligro para la democracia. Y que el amplio rechazo de la opinión pública hacia las guerrillas es un factor para estar tranquilos. Todo se conjuga para ofrecer un cuadro de debilidad para concluir que nada hay por temer.

    No obstante esa debilidad, pienso que la amenaza subsiste y que es razonable estar alertas ya que Colombia no está ni al margen ni a salvo de lo que sucede en la región circundante ni es infranqueable a las influencias y luchas que en ella tienen lugar.

    De entrada es preciso entender que los defensores del modelo que conduce a la estatalización de la economía, a la anulación de la separación de poderes y a la destrucción de la  democracia, es de inspiración comunista. En apariencia, no habría problema que esta ideología tenga seguidores, al fin y al cabo hay que ser consecuentes con la libertad de pensamiento.

     El Manifiesto Comunista, la biblia de los comunistas, orienta, entre otras tareas, la destrucción del régimen político de las libertades y la democracia burguesa en cuanto apunta a subyugar y explotar a las masas trabajadoras. En su reemplazo proponen crear la dictadura del proletariado basado en el partido único. Esto debería justificar ser cautelosos.

    Todas las experiencias comunistas desde la revolución bolchevique en Rusia en 1917 han sido auténticos fracasos económicos, ocasionaron la muerte de decenas de millones de personas por hambre y persecución política, la destrucción de la democracia y de las instituciones tildadas de burguesas. Razón adicional para tomar precauciones.

    Buena parte de los países que sufrieron esa desgracia tratan hoy de rehacer sus economías, sus libertades y su democracia en medio de grandes esfuerzos. Solo Cuba y Corea del Norte gobernados por dictadores y tiranos megalómanos y extravagantes que se sostienen en el poder por medio de terribles persecuciones contra los opositores, insisten tercamente en el sistema.

    En América Latina, los comunistas cubanos para evitar su derrumbe definitivo después del fin de la “guerra fría” y de la caída de la Unión Soviética, su principal sostén, forjaron el Foro de Sao Paulo para mantener vigente su proyecto. Desde ese espacio y realizando cambios en su lenguaje han logrado instalarse en el poder en Venezuela a través del movimiento encabezado por el caudillo Hugo Chávez, en Bolivia, Ecuador, Nicaragua, Brasil, Argentina, El Salvador. En dichos países su ascenso al poder no siempre fue de frente o de una vez, negaron su militancia comunista, ganaron aliados en sectores demo-liberales ingenuos, propusieron reformas y más adelante, una vez consolidados, llevaron a cabo una auténtica demolición de la democracia y las libertades. Consta en sus declaraciones que Colombia está en la mira.

    Los comunistas colombianos no han renunciado a sus tesis totalitarias, su vocación democrática es dudosa, pues es similar a la usada por sus camaradas en otras partes para evitar ser vistos como lo que son. Su debilidad en el momento actual la suplirán haciendo alianzas con grupos y personalidades de otras fuerzas políticas que les abrirán el camino para ir escalonando la toma del poder. No es irreal.

    De manera que plantear la existencia del peligro castrochavista en cabeza de las guerrillas marxistas y guevaristas colombianas no es algo traído de los cabellos. En varias reuniones del Foro de Sao Paulo se hace mención a la lucha heroica de esas guerrillas, a la importancia estratégica de Colombia para el proyecto del socialismo bolivariano y a la lucha por “la patria grande” que no es otra cosa que la realización del sueño castro-guevarista para América Latina. Somos una presa muy deseada.

    ¿Qué de lo que está ocurriendo en nuestro país tiene relación con ese modelo? Por ahora, varias movidas se ven en el campo de juego: las excesivas concesiones otorgadas a las FARC en las negociaciones de paz, la división profunda en que se halla el país institucional, la amplia acogida y simpatía con la que se refieren a las guerrillas líderes de opinión que soslayan el peligro y que en nombre de la paz avalan una dosis inexplicable de impunidad.

    Para colmos, el Gobierno Santos está replicando métodos arbitrarios propios de los gobiernos “bolivarianos”, en este momento está cocinando a fuego no tan lento que alguno de los estrados judiciales tumbe el resultado del plebiscito. Por eso es oportuno recordar que Hugo Chávez cuando fue derrotado en un plebiscito con el que pretendía poderes absolutos, le dijo a la Oposición victoriosa “Su triunfo les sabrá a mierda” sabemos que se salió con la suya.

    Darío Acevedo Carmona, 24 de octubre de 2016

  • LA CALLE CONTRA LAS URNAS

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    El Gobierno Santos  adelanta una estrategia integral que tiene por objeto dejar sin piso el resultado adverso que su acuerdo de paz tuvo en las urnas.

    Que se sepa, en los casinos cuando un jugador se juega los restos y pierde, se retira de la mesa sin opción de reparar su ruina. El Presidente Santos, dizque buen poquerista, cree que, después de haber hecho entender a don Raimundo y todo el mundo que en el plebiscito se apostaba el “todo o nada”, que el Acuerdo “era inmodificable”, que, como afirmó Humberto de la Calle en un extraño arrebato de contundencia “si gana el NO el acuerdo se cae”, puede violar las reglas del juego.

    La estrategia contempla varios frentes: en el interno intenta capitalizar las marchas juveniles para presionar a los del No para que presenten propuestas “realistas” y a gusto de las FARC, por otra parte, a través de demandas, procura derogar el resultado del plebiscito así ello implique que un tribunal o la Constitucional descubran, a posteriori, que la citación del mismo fue irregular.

    En el externo, el que quedó más maltrecho, intenta recomponer apoyos como el que vino a darle en nombre de la debilitada UNASUR el resucitado Ernesto Samper o el que le hizo el New York Times con su agresivo e irrespetuoso editorial antiuribista. Quizás el que le ha devuelto a la vida, así lo cree él, es el nobel de Paz, por intervención calculada del gobierno noruego.

    Entre las acciones más destacadas que dan muestra de la desesperada estrategia está la carga de caballería de sus ministros del Interior y Cancillería, la propuesta del disparatado senador Benedetti de repetir el plebiscito, la instrumentalización en su favor y con ayuda de las izquierdas de las movilizaciones ya no tan juveniles alimentando consignas en apariencia incuestionables: “paz ya”, “implementación del Acuerdo ya”. Mención aparte merece la andanada de los beligerantes columnistas que cada ocho días dan ejemplo de tolerancia, reconciliación y paz… con las FARC y de sevicia contra el Centro Democrático y el expresidente Uribe.  

    Al estimular la insubordinación contra el resultado del hecho democrático plebiscitario y el fallo de la Constitucional, Santos atropella la democracia. Algo muy diferente es que en apoyo del SÍ se hubieran realizado movilizaciones de sus partidarios antes de la votación, pero realizada esta, desvirtuar el resultado es hacerle el juego al golpismo y a la irresponsabilidad de ciertos líderes de izquierda que apelan a “movilizar las masas” para desconocer sus derrotas y a las FARC para las que, según Iván Márquez: La verdadera refrendación del Acuerdo Final para una paz estable y duradera está en la calle”. Que no les quepa la menor duda a los jóvenes de que están siendo utilizados.

    El fallo de la Constitucional señaló los alcances del plebiscito y las consecuencias de su resultado: “La Corte resaltó que el objetivo del plebiscito especial no es someter a refrendación popular el contenido y alcance del derecho a la paz, sino solamente auscultar la voluntad del electorado sobre la decisión pública contenida en el Acuerdo Final”. Más adelante estipuló que “si el plebiscito no es aprobado… el efecto es la imposibilidad jurídica de implementar el Acuerdo Final, comprendido como una política pública específica… manteniéndose incólumes las competencias de los diferentes órganos del Estado, entre ellas la facultad del Presidente para mantener el orden público, incluso a través de la negociación con grupos armados ilegales, tendiente a lograr otros acuerdos de paz”.

    La Corte no habla de maquillar, pulir, corregir o ajustar el Acuerdo. Tampoco estableció plazos perentorios o con afanes para firmar uno nuevo. Por eso el ataque masivo lanzado contra los del NO por los líderes del SÍ y los grandes Medios, es una infamia, pues, en vez de brindar acogida a la propuesta de los vencedores para buscar un consenso nacional, se han dedicado a atacar con vulgaridad a los líderes del NO.

    La Corte también falló que el Acuerdo es asimilable a una política pública, lo que nos indica que la puja entre defensores y opositores del Acuerdo es de naturaleza política. Implica asumir que el debate acerca del rumbo a seguir y la interpretación de cómo llegar a un acuerdo nacional para renegociar con las guerrillas, es, indefectiblemente, un asunto de alta política. Por esta razón resulta incomprensible la convocatoria de los rectores de las universidades públicas y privadas de salir a las calles, ofreciendo permisos y adhiriendo a consignas que han dejado de representar a la población en general y que se identifican con las orientaciones del Gobierno Nacional y con las declaraciones de las FARC. No es gratuito que el Presidente haya invitado a líderes estudiantiles a Palacio y haya ido a la marcha para saludar y agradecer a los rectores.

    La idea de Universidad es ajena a intervenir en los asuntos de la política a la cual se concurre en calidad de ciudadanos simpatizantes o militantes de un partido o de una causa. La ciencia, la academia, el saber científico, la docencia y la investigación,  no pueden estar atravesados por intereses políticos. A lo sumo y es lo deseable, las universidades pueden y deben abrir sus espacios para el debate sobre los diversos puntos de vista acerca de problemas o cuestiones políticas, pero nunca en un sentido movilizador o de activismo porque se lesiona su espíritu de universalidad y diversidad.

    CODA: A propósito de mentiras y manipulaciones recordemos algunas del Gobierno: Invitó a votar por la paz contrariando fallo de la Constitucional. Pregonó el miedo hablando de una cruel guerra urbana si ganaba el NO. Cubrió con millonarios recursos del erario público la publicidad a favor del sí. Reunió a alcaldes y gobernadores para “hablarles” del plebiscito y de las partidas presupuestales. Estigmatizó a los partidarios del NO de guerreristas. Asustó a los votantes diciendo que si ganaba el NO el Acuerdo se caía y retornaría la guerra. Para desestimular a los escépticos y críticos del Acuerdo dijo que era inmodificable. El Presidente redactó la pregunta “que se le dio la gana”. Santos dijo que si ganaba el NO se vería obligado a renunciar. Firmó el Acuerdo final antes de la votación saltándose mandato de la Corte.

    Darío Acevedo Carmona, 17 de octubre de 2016

  • NOBEL DE PAZ SIN PAZ

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    Reconozco que me sorprendió el otorgamiento del Nobel de Paz al presidente Juan Manuel Santos por cuanto la paz colombiana no logra llegar a su punto final. Y también porque quedaron por fuera dos grandes favoritos: los habitantes de las islas griegas que han salvado miles de vidas de refugiados y dado una lección de humanidad al mundo, y, los negociadores de lo nuclear iraní, clave para desactivar un peligro atómico en el Medio Oriente.

    Pero, en medio de la atmósfera virulenta que se ha formado entre los líderes y columnistas favorables al SÍ a raíz de la derrota sufrida en la jornada plebiscitaria, es de esperar que esos espíritus belicosos y esas plumas enardecidas dejen de descalificar el resultado, tornen a la calma, se aPAZigüen y comprendan que el camino de conversaciones iniciado el pasado lunes 3 de octubre merece continuar.

    Jolgorio aparte, sería un error garrafal que los promotores del SÍ pretendan retrotraer el debate al estadio anterior al 2 de octubre o que piensen ahora que Nobel de Paz mata plebiscito y que tal distinción significa la resurrección del cuestionado Acuerdo. La declaración del presidente Santos al anunciar el premio Nobel de Paz, diciendo que hará lo imposible para implementar el Acuerdo es una pésima señal.

    Una lectura más plausible de las razones que tuvo el Comité del Nobel de Paz para concedérselo al presidente Santos es que el Gobierno Noruego, en su calidad de garante y acompañante de las negociaciones de La Habana, no se iba a quedar expectante frente al resultado del plebiscito, el país promotor del Nobel no iba a aceptar una estruendosa derrota diplomática al cabo de más de 5 años de gestiones. En ese sentido el premio noruego tiene la clara finalidad política salvar a Santos del desastre y evitarle  a ese país un oso internacional.

    No obstante, es preciso entender el alcance limitado que tiene una distinción que ha sido otorgada en inconclusos procesos de paz, como con el nobel a la paz entre palestinos e israelíes en 1994, que 24 años después no ha sido sellado. Automáticamente no se van a deshacer los nudos que impiden la firma pronta del Acuerdo definitivo de paz ni las partes que desde la institucionalidad están buscando la construcción de un consenso nacional quitarán del camino obstáculos que no son de carácter cosmético. A lo mejor, puede influir para que se evite una ruptura del proceso sin que se haya intentado la renegociación.

    Más sensato sería que las intolerantes voces y agresivos escritos que se han dejado venir lanza en ristre, inclementes y rabiosas contra las mayorías, apoyados en razones mezquinas, cesaran el bullicio y contribuyeran a mejorar el ambiente para un consenso nacional. No entiende uno que hablen de paz, reconciliación, convivencia, tolerancia y moderación y que a la vez asuman un rol belicista e insultante contra los promotores del NO. No comprende uno por qué se inclinan reverentes ante la dirigencia de las FARC a cuyos jefes aclamaron en Cartagena y les ofrezcan un ramo de flores mientras tratan como enemigos absolutos a sus opositores en democracia. No es razonable que se dediquen a azuzar desde posiciones de liderazgo y de mando estatal la movilización de masas con el claro fin de revertir la decisión de las mayorías. Ni el premio Nobel ni la calle deben ser usados como baza o ventaja para ese protervo fin.

    Disfruten, celebren, pero, por favor, que no se les suban los humos para reimponer esa atmósfera triunfalista de las semanas previas al plebiscito, ese ambiente de trato desigual, la amenaza de guerra urbana, de estigmatizarnos como guerreristas, el unanimismo de los Medios y las encuestas manipuladas y mentirosas. Háganle honor a ese premio aPAZiguando sus espíritus.

    Sobre todo, tápenle la boca al deslenguado repentista Armando Benedetti, ese que incitó a que fusilaran a quienes criticamos el Acuerdo y que ahora propone repetir el plebiscito. Y no se sientan eximidos de presentar renuncia irrevocable el ministro del Interior y la Canciller que han sembrado dudas sobre la verdadera disposición del Gobierno Nacional a buscar un consenso para hacerle reformas al Acuerdo.

    Que el filósofo Sergio Jaramillo entienda, de una vez por todas, que su proyecto de corte claudicante parta negociar con las FARC fracasó y que el Nobel no remedia ese fracaso ya que no tiene la potestad ni la función de silenciar a los que nos pronunciamos en favor de renegociar y enmendar todo el daño causado a la Justicia y a la Constitución consignado en el mamotreto de 297 páginas.

    Darío Acevedo Carmona, 10 de octubre de 2016

     

     

  • NO AL ACUERDO SÍ A LA RENEGOCIACIÓN

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    Este es el mensaje que puso en juego la campaña por el NO a los acuerdos Santos-FARC y que resultó triunfante en el plebiscito.

    Contra viento y marea, contra una abrumadora desigualdad de recursos, contra magnificentes shows publicitarios, contra la opinión de figuras y entidades internacionales, contra la voz del Papa usada a última hora cuando se sintieron perdidos, contra la apabullante y descarada publicidad oficial que impidió dar garantías y trato igual a los del NO, contra el chantaje a gobernadores y alcaldes con partidas presupuestales a cambio del sí, contra la sucia campaña que nos calificó de guerreristas y belicistas a los del NO, contra el uso y el abuso de dineros públicos, contra las mil y un promesas de última hora que hicieron por todas partes prometiendo el país de Jauja, contra un mamotreto ilegible por farragoso, contra el chantaje de una pavorosa guerra que sobrevendría en caso de ganar el NO, contra la idea de que el NO significaba el fin de las conversaciones y el levantamiento de la mesa, contra esas y otras predicciones de mal agüero, los colombianos tuvieron la entereza y el coraje de no dejarse amilanar y sacaron a relucir la dignidad que, no obstante el dolor y las humillaciones sufridas, aún les queda.

    Bien, por fuera de los insultos de los extremistas y dogmáticos que se niegan a reconocer la derrota, nos corresponde decir, como siempre lo hemos sostenido, que lo que debe venir no es el retorno a las hostilidades ni el fin del cese multilateral, ni siquiera se exigía que el presidente Santos renunciara tal como lo había dicho en entrevista con la cadena inglesa BBC en marzo pasado en caso de triunfar el NO.

    Los del NO a los acuerdos queremos ser escuchados de verdad, ser tenidos en cuenta de modo serio en las conversaciones de paz que se adelantan con las FARC en el entendido de que solo un gran acuerdo político de las fuerzas institucionales puede dar validez, credibilidad y sostenibilidad a las mismas y a las que se puedan y deban realizar con el ELN y otros grupos armados al margen de la ley.

    Queremos la paz como también la desea ese 49.76 por ciento de quienes votaron por el SÍ, pero hemos hecho, al margen  de la publicidad confrontacional, una serie de observaciones que deben ser tenidas en cuenta para que el proceso tenga bases más firmes.

    Hay que decirlo, ojalá para que no se vuelva a repetir, que en este tipo de eventos democráticos y de cara a problemas trascendentales para la sociedad, no es deseable que los grandes medios asuman posiciones sesgadas en labor informativa, que los demás órganos del poder republicano se dejen utilizar o mancillar y que  las grandes encuestadoras no cedan a las presiones del gobierno de turno pues el resultado de ayer las deja mal paradas en su prestigio. Sus previsiones fueron equivocadas en materia grave.

    Tampoco es deseable que se ponga en riesgo la institucionalidad y se manipule hasta el descaro la condición de detentadores del poder Ejecutivo y que se continúe haciendo alarde de esa funesta práctica de viciar el ejercicio de la política con dádivas y canonjías. La “mermelada” tiene que ser desterrada de nuestras prácticas políticas.

    Quiero insistir, habiendo escuchado el ambivalente discurso del presidente y sin haber oído las palabras del indudable líder del NO, el expresidente Uribe, en que no habrá, como afirmó acertadamente el exvicepresidente Francisco Santos, una actitud triunfalista.

    Nobleza obliga a buscar nuevos entendimientos, así sea a través de terceros, para recomponer el camino. Los amigos dogmáticos del sí a toda costa, deben recapacitar, dejar de echarle combustible al fuego, ser consecuentes con su idea de reconciliación y colaborar para que se logre ese gran acuerdo nacional por la paz. Se requiere de los malos perdedores sindéresis y madurez en vez de esa palabrería insultante e injuriosa.

    Quiero interpretar la voz de los victoriosos del NO, no como la invitación a que siga la guerra sino a que las guerillas y demás organizaciones armadas ilegales entiendan que un acuerdo de paz no puede hacerse a expensas de márgenes permisibles de impunidad ni en contra de más de la mitad del país. Estoy seguro de que esas serán las directrices de los dirigentes del Centro Democrático y de otras fuerzas y personalidades que apostaron a hacer recambios en las negociaciones de paz.

    Darío Acevedo Carmona, octubre 3 de 2016

  • PLEBISCITO COLOMBIANO: ENTRE LA DEMAGOGIA CON LA PAZ Y LA VIGENCIA DE LA JUSTICIA

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    Hoy 2 de octubre los colombianos acudiremos a las urnas a un plebiscito en el que se nos pregunta si apoyamos o no el acuerdo firmado entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las FARC. Estaremos entre el embrujo de la “paz” y el chantaje con la continuidad de la “guerra”.

    Lo más impresentable de tal evento es que de un potencial de 34,5 millones de electores, basta que 4,5 voten a favor del sí y haya más votos que por el no, para que se considere aprobado. Hablamos de tan solo un 13 por ciento, toda una caricaturización de la democracia.

    Sectores importantes de la comunidad internacional, incluida la ONU, han avalado el Acuerdo, igual que varios gobiernos entre ellos todos los del “socialismo bolivariano”. La palabra paz ha ejercido un poderoso poder de atracción primaria, y como el presidente Santos le otorgó a la acción terrorista de las FARC el calificativo de guerra desastrosa, absurda y sin sentido de 52 años y afirmó que “estamos cansados de la guerra”, con mayor razón, por fuera del país se escuchan aplausos y anotaciones tan exóticas como la de Felipe González que comparó la “paz” colombiana con el derrumbe del Muro de Berlín.

    ¿Cuáles son, en suma, las razones que nos llevan a optar por el NO en el plebiscito?, razones de orden militar, político, institucional, y de justicia. Hay más pero creo que el espacio no da para extendernos demasiado.

    En lo relativo al primer aspecto resalto el despropósito del Gobierno Santos de darle a las FARC un estatus de igualdad con el Estado, una guerrilla calificada de terrorista, que además, estaba prácticamente derrotada en el plano militar, desprestigiada políticamente con índices repetidos de favorabilidad de un 3 por ciento y en franca estampida en razón de la paranoia sembrada en sus filas por los delatores.

    En este punto Santos aceptó convertir el Acuerdo en un tratado interpartes de humanización de la guerra (no de su fin) que implica su incorporación en calidad de artículo inmodificable a la Constitución política. Eso quiere decir que los negociadores de las partes fungieron como constituyentes. De esa inexplicable concesión se desprenden todos los puntos incorporados en un farragoso texto de 297 páginas que tan solo un 7 por ciento de los probables votantes dice haber leído.

    En el orden institucional el Acuerdo contempla la creación de 25 organismos, comités y sistemas que vigilarán el desarrollo de lo acordado, replicando instancias ya existentes, con lo que tendríamos un paraEstado. También se aprobó la adopción de 14 grandes planes de tipo económico social cuando se había dicho que los problemas centrales del país no serían negociados en La Habana

    En el ámbito político se les otorgará a las FARC cinco curules en el Senado y 5 en la Cámara de Representantes por 8 años, que si no pueden ser alcanzadas vía sufragio les serán reconocidas. Además, alterando el equilibrio electoral del país se crearán 16 circunscripciones electorales en zonas de influencia de la guerrilla para elegir un congresista por cada una y donde ningún partido ajeno al lugar podrá presentar candidatos. Aún falta definir cuántos de sus miembros tendrán curules en corporaciones departamentales y municipales. A todas estas, y demasiado grave, no se estipulan impedimentos de elegibilidad para responsables de crímenes atroces y de lesa humanidad.

    Capítulo especial merece lo que se daría en caso de ganar el sí. El Gobierno llevaría al Congreso para aprobación expres el Acto Legislativo de la Paz, que legitimará con leyes todos los compromisos. El presidente recibirá poderes especiales, a la manera de las leyes habilitantes de Hugo Chávez, por 6 meses prorrogable otros 6. Sus iniciativas solo podrán recibir del Congreso un sí o un no pues dicho Acto conlleva a la castración de su poder y función legislativa. Con razón, dicen expertos constitucionalistas, estamos ante un golpe de estado adornado y justificado con la palabra paz.

    Habrá financiamiento especial para la actividad político-partidista de las Farc en detrimento del trato dado a los partidos que han respetado la institucionalidad. También se les otorgará 33 emisores a su control y espacios amplios de televisión para divulgación de su programa.

    En el terreno de la Justicia es en el que se aprecian las concesiones más graves. En primer lugar se crea una Jurisdicción Especial de Paz (JEP) con 72 magistrados, 14 de ellos extranjeros, y que formará un Tribunal de Paz de 24 miembros, 4 de ellos extranjeros, para enjuiciar a los miembros de las FARC y a todos aquellos que directa o indirectamente tomaron parte en el conflicto. Ese organismo es completamente ajeno a nuestras tradiciones y a nuestro ordenamiento jurídico, fue creado por elementos ajenos al Congreso que es el único órgano con derecho a hacerlo. La JEP estaría por encima de todo el sistema judicial colombiano de sus altos tribunales y altas cortes. Tiene la facultad de saltarse el principio de la cosa juzgada, actuará sin ningún control, sus fallos serán inapelables. Sin fecha de término para concluir sus labores, mantendrá en ascuas a empresarios, militares y opositores de las FARC para obligarlos a declararse culpables para merecer los beneficios de la Justicia Transicional o alegar su inocencia corriendo el riesgo de ser condenados a 20 años de prisión.

    Ese Tribunal tiene en sus manos el instrumento de la impunidad pues a los guerrilleros que confiesen delitos de lesa humanidad y crímenes de guerra, no se les condenará a prisión, tal como ordena la Corte Penal Internacional, sino que les será restringida la movilidad en un área geográfica, podrán ser nombrados congresistas y realizar algunos trabajos comunitarios.

    De paso, las FARC se niegan a reparar integralmente a sus víctimas alegando no tener recursos, de forma que será el Estado el obligado a hacerlo.

    Con razón el grupo terrorista español ETA reclamó a su gobierno y al PSOE que así como habían apoyado el Acuerdo colombiano, les dieran a ellos un trato similar. No lo tendrán porque ni ellos ni los gobiernos de USA, Francia e Inglaterra, aceptarían ir tan lejos para desmovilizar a los terroristas de ISIS y AL QAEDA. Como quien dice, la impunidad es buena en las repúblicas “banana” como nos catalogan, pero no para ellos.

    Y razón no le falta al doctor Vivanco presidente de Humans Rigths Watch quien sostiene que ese Acuerdo es violatorio de los parámetros de la justicia humanitaria internacional. De manera que la lección que se le está dando al mundo es que el Derecho Internacional Humanitario y los Derechos Humanos pueden ser pisoteados en nombre de la paz.

    Darío Acevedo Carmona, octubre 2 de 2016