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OPINION

  • A veinte días de las presidenciales

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    A escasas tres semanas de la primera vuelta por las presidenciales en Colombia dos temas siguen incidiendo con fuerza en las preferencias de la ciudadanía, de una parte, todo lo que está asociado a la suerte de los experimentos del socialismo bolivariano del siglo XXI y, de la otra, el enfermo acuerdo de paz Santos-Farc.

    Por mucho que les incomode a los intelectuales y académicos de las distintas izquierdas el término “castrochavismo” que, según ellos es esgrimido como fantasma para meter miedo, no está en la órbita del espiritismo sino en la dura realidad.

    Ese proyecto, nefasto para la democracia y para las libertades sigue con vida. Mírese no más, el favoritismo de López Obrador en México que de triunfar significaría nuevo oxígeno para el moribundo modelo y una mayúscula complicación para la política de cooperación migratoria con los Estados Unidos. Cambiar el rumbo de Venezuela está saliendo bien complicado ante una dictadura cada vez más atornillada en la corrupción, aferrada a la ilegalidad y una fuerza militar engolosinada con el negocio del narcotráfico, del dinero a manos llenas y de emolumentos escandalosos en medio de una pobreza extrema que atenta contra la disposición para salir a las calles.

    El agonizante modelo patalea aún en Brasil donde Lula Da Silva puede hallar la salida de la prisión lo que lo encumbraría a una victoria segura en elecciones. No basta con alegrarnos con el despertar del pueblo de Nicaragua que en cosa de unos días de protesta ha visto emerger el asesino que se esconde tras el cuerpo del corrupto y beodo Daniel Ortega ante la mirada impasible y cómplice de las izquierdas supuestamente democráticas.

    Gustavo Petro sigue siendo un peligro por todo lo que él representa y por las poderosas fuerzas que medran a su sombra, por eso no es recomendable abrigar una confianza exagerada en que el derrumbe del socialismo bolivariano y sus pésimos resultados en Venezuela vayan a tener repercusión automática en las presidenciales colombianas. Nadie quita, por ejemplo, que, como en los partidos de la Champions League, salga un árbitro a pitar un penalti en el último segundo. Sabemos que el presidente colombiano es irremediablemente amigo de las picardías y las trampas.

    Y aunque el amigo de Chávez y alumno de ese modelo en Colombia despertó de la modorra a una parte de la opinión con su alusión a las plantaciones de caña de azúcar del grupo Ardila Lulle, utilizando las mismas palabras de Hugo Chávez días antes de dar comienzo a su extravagante “exprópiese” provocando que algunos ingenuos seguidores se apearan del bus “bueno, bonito y gratuito” con aguacate incluido, logra sostenerse en el segundo lugar en las encuestas.

    Y en lo que respecta a la suerte del acuerdo de paz a raíz de los escándalos de corrupción con los dineros de la ayuda internacional y de los negocios de cocaína de alias “Santrich”, la reacción del gobierno de Colombia y de la parafernalia mamerta apunta a venderle a la opinión pública nacional e internacional la idea de un montaje de la DEA y en últimas del gobierno Trump para sabotear la paz. Circula profusa e impúdicamente la idea de que lo malo no es que un alto jefe de las Farc estuviera negociando diez toneladas de cocaína con el temible cartel de Sinaloa, sino que un juez norteamericano lo haya solicitado en extradición basado en pruebas “concluyentes y contundentes” recopiladas por la DEA

    Como si no se tratara de un crimen internacional, se anuncia la visita al incriminado por parte de la misión internacional de garantes del proceso conformada, entre otros, por José Mujica y Felipe González, señal inequívoca de la intención del presidente Santos y la cúpula de las Farc de “salvar” su paz al precio de hacer trizas la palabra empeñada, poner en peligro las relaciones entre Colombia y Estados Unidos y llegado el caso, sabotear las elecciones presidenciales.

    Tampoco es descartable que ciertas elites centralistas que han apoyado incondicionalmente a Santos en sus desatinos y vergüenzas brinden su respaldo a Petro “el único candidato amigo de la paz que puede derrotar a Duque”.

    Empresarios, intelectuales, sectores políticos, jerarcas eclesiásticos, Medios, han dado indicios en tal dirección. Piensan que Petro puede ser controlado en sus devaneos con el castrochavismo, que pueden engañarlo como han engañado a una parte de la opinión y a Uribe.  El pánico a la “la extrema derecha y a Uribe” es más fuerte en ellos que el temor a un gobierno populista.

    Por fuera de toda posibilidad de asegurar su paz con De la Calle, Vargas Lleras o Fajardo, nada de raro tendría que en un acto de irresponsabilidad mayúscula convocaran a un “acuerdo” de “las fuerzas pro-paz”, con Petro en una eventual segunda vuelta. Así, por vez primera en nuestra historia un izquierdista populista y exguerrillero, defensor de propuestas que ahogarían la inversión con sus exóticas propuestas estaría ad-portas de ganar la presidencia. Este peligro es el que refuerza el reto de Iván Duque: ganar o ganar en primera vuelta.

    Darío Acevedo Carmona, 7 de mayo de 2018

  • Petro en el espejo

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    ¿Cuántas veces se mirará en el espejo Gustavo Petro antes de pronunciar un discurso de plaza pública, atender una entrevista o participar en un debate? Formulo la pregunta a sabiendas de que no habrá respuesta por parte de él, sino por la curiosidad de entender los contenidos de una estrategia de imagen bien pensada más no lograda.

    No porque sea raro que un político se mire en el espejo, lo hacen muchos, me imagino, y no propiamente para peinarse sino porque el elevado ego tiene que acicalarse. Lo hacía Gaitán según nos cuenta el historiador norteamericano y colombianista Herbert Braun en su novedoso libro Mataron a Gaitán, el perfil mejor logrado que yo haya leído sobre el caudillo.

    Y por supuesto, hemos de entender que la política es una especie de teatro y los políticos son actores, y estos tienen que prepararse. Sí, todos, y eso no los descalifica. Hay escuelas de preparación, publicistas, expertos en manejo de la imagen que saben qué es lo que le conviene a cada actor, el vestuario, la gestualidad, la mirada, el manejo de las reacciones, etc.

    Me ocupo de Petro porque todo lo anterior sumado a su innegable capacidad expositiva se ha condensado en una estrategia para venderle a la opinión pública y al electorado propio y ajeno un producto muy diferente al que conocemos. Los publicistas expertos nos pueden hacer ver el sol de noche, le pueden poner piel de oveja al lobo y vestir de seda a la mona.

     De manera que cuando Petro asume ese tono de voz magisterial, como sentando cátedra, y mira por encima de la nuca a sus rivales, mirando al infinito, al periodista o a las cámaras y camina en el escenario o se lleva las manos al mentón, quiere transmitir la imagen de un maestro, un docto o un sabio, y no la de un exguerrillero audaz ni la de un locuaz populista ordinario que es lo que es.

    Los gestos en él ayudan a darle peso a sus flojas y temerarias propuestas e ideas. Elucubra ante preguntas difíciles acudiendo a explicaciones gaseosas, como cuando dice que la paz no es solo el cese del fuego ni el acuerdo con las guerrillas, y para que no se le note mucho esa posición típica del izquierdismo, habla de la miseria, las injusticias, el sufrimiento por los odios y hasta de la violencia que otros, no él ni el M-19, propiciaron y nos legaron.

    Sus asesores lo han convencido para pulir sus vínculos con personajes, ideas y proyectos en desuso o fracasados, de ahí que hable mal de Maduro, del desastre económico de Venezuela, evite referirse a Hugo Chávez, su gran amigo, a la dictadura castrista, al socialismo del siglo XXI, y cuando lo cercan con esos temas se escabulle, se remite al pasado nacional, habla de la oligarquía, de cómo la clase dirigente ha creado un país injusto y se ha sostenido en el poder a través de la violencia y bla bla bla, y el asunto queda sin respuesta.

    Es astuto para no caer en las declaraciones favorables al chavismo y el “exprópiese” cuando el comandante estaba en su apogeo. A él y a Fidel les aprendió que en un terreno hostil es necesario y obligado mentir, incluso hablar mal de aquello que se quiere: “Fidel es un dictador” decía Chávez, Petro no lo califica y si se lo preguntan hace una extensa disertación sobre los logros de la revolución cubana.

    Para contrarrestar a quien es su principal enemigo ha apelado al pantano, a la bajeza, que también es recomendada por los asesores. Petro busca ofuscar a Iván Duque tocándole fibras sensibles que harían rabiar a una piedra, por ejemplo, cuando mencionó e involucró a su padre en las torturas que él habría sufrido en su época de guerrillero.

    Desestabilizar al rival puede dar sus frutos, entonces tilda a Duque de ser un títere de Álvaro Uribe Vélez, pólvora mojada y bala perdida porque si hay algo claro en la actual campaña presidencial colombiana es que Duque es persona muy bien estructurada y ha logrado mostrarse como un hombre de partido, leal y con estilo propio.

    El señor Petro al mirarse en el espejo debe preguntarle, igual que la bruja en Blancanieves, “espejito, espejito dime…” y entonces, creyendo ver en la diatriba antiuribista el filón para destrozar a Duque, se ocupa de Uribe y vuelve a ser lo que siempre ha sido: un energúmeno y obseso antiuribista, y si alguien le recuerda que Uribe no ha sido condenado, escupe su sabiduría en derecho penal “aunque no lo hayan condenado tiene que demostrar su inocencia”, una perla fascista.

    Y le declara a una Vicki Dávila embelesada que él no odia a Uribe, no tiene empacho en decir, después de aplastarlo, que él quiere la reconciliación. Eso sí, a condición de que Uribe se declare culpable ante la JEP y confiese la “Verdad”, y, fíjense amables lectores lo que se encierra en este desliz que aún no debe haber pillado: Petro está proponiendo modificaciones al acuerdo de paz porque la JEP no puede investigar a ningún expresidente, de manera que su discurso contra la propuesta de Duque de hacerle modificaciones se cae por su propio peso.

    Concluyo, Petro está lavando, hasta donde le es posible, su imagen de izquierdista, aventurero, populista, amigo de Chávez y de Fidel y Raúl y Evo y Ortega y de instigador del odio de clases. Por eso lo vemos en una especie de trance en sus divagaciones seudointelectuales y seudoacadémicas, prolijas en generalidades y paradigmas anacrónicos.

    Como dirían por ahí en alguna esquina, su discurso es para “descrestar calentanos”, sus peroratas apelan a la ignorancia del pasado, se apoya en brigadas de choque y tiene gran habilidad para convocar a las turbas cuando alguna autoridad judicial procede en su contra.

    En este personaje, pues, cobra vida el aforismo: “la Mona, aunque se vista de seda, Mona se queda”.

    Darío Acevedo Carmona, 30 de abril de 2018

  • Santos y su lánguido legado

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    En plena campaña presidencial, como si buscara la reelección, Juan Manuel Santos ha desatado una nueva ofensiva publicitaria mostrando los grandes logros de su gestión de ocho años. En apariencia estamos viendo una rendición de cuentas, a manera de legado, para quien lo vaya a suceder, sin embargo, aún faltan largos tres meses y por ello surge la inquietud sobre el verdadero motivo de esta campaña y a quién quiere beneficiar.

    Siendo como sabemos que es, persona interesada y calculadora, y conociendo sus mañas y ardides, no es difícil encontrar la respuesta a nuestro interrogante. Ante el hundimiento inexorable de los candidatos Humberto De la Calle y Sergio Fajardo, con los que pretendía asegurar la continuidad de su obra, acudió a recuperar a marchas forzadas al díscolo Germán Vargas Lleras quien urgido de respaldos no vaciló en retornar al redil de Santos y aceptar el abrazo hipócrita del senador Benedetti que lo tildó de ladrón meses atrás y del senador que más vueltas ha dado en política, Roy Barreras.

    El cace de esta alianza pegada con babas y proyectada en defensa del presidente más impopular de nuestra historia, es, precisamente, lo que estamos viendo los colombianos en los medios y muy especialmente en la televisión, una avalancha publicitaria onerosa, pagada con dineros del estado que veladamente está al servicio de Vargas Lleras ungido ya candidato continuista.

    Desleal jugada, propia de tahúr de barrio bajero, con la que puede estar despidiéndose el señor Juan Manuel Santos, que, además, tiene la función de mantener enmermelados a los medios para maquillar cualquier otra trampa que le sea necesaria para que su “legado” quede a buen recaudo.

    Pero, preguntémonos ¿En qué consiste ese anchuroso y promisorio legado que ilustra a diario con pomposas cifras en impactantes cuñas? ¿será que tiene razón en mostrarse como un presidente incomprendido y en quejarse de haber sido víctima de “una oposición sin precedentes en nuestra historia reciente, por lo visceral y destructiva promotora de una repudiable polarización en el país que solo trae secuelas negativas”?

    ¿Acaso no fue él mismo el que sembró la cizaña tildando a los críticos de su paz impune de amigos de la guerra? ¿No fue él, en su afán de gloria y vanidad ilimitada, sordo e impertubable al clamor de una ciudadanía que le hacía saber a través de las innumerables encuestas que no estaba satisfecha con los términos con los que estaba negociando con las Farc?

    Su gran legado, la paz, a la que le apostó todo y por la que puso en peligro la unidad de la nación y la estabilidad de las instituciones, es hoy un triste embeleco, hecho trizas en acción colectiva por las Farc con el escándalo Santrich y sus negocios de narcotráfico en gran escala, por la supuesta disidencia que continúa secuestrando y asesinando inocentes, y por la ineptitud del Santos para cumplir los acuerdos y garantizar un manejo pulcro de los recursos internacionales para la paz.

    ¿Paz? Es hoy palabra mágica tan esquiva como en el pasado. Porque lo que mal empieza mal termina. España nos acaba de dar una lección de dignidad del estado y de las instituciones democráticas al no haber sido negociadas con la banda terrorista ETA que no tuvo más remedio que desintegrarse. Lo que hizo el gobierno Santos con las Farc, sin razón, fue otorgarles un estatus inmerecido, agrandarlas, reconocerles un poder del que carecían y eximirlas de castigo violando tratados internacionales y deshonrando la pertenencia de Colombia a la Corte Penal Internacional.

    Esa paz también está siendo hecha añicos por el ELN que ha ocupado espacios dejados por las Farc y propiciado una oleada de acciones terroristas con el claro propósito de ablandar a un gobierno que saben que al final cederá al chantaje. Lección aprendida del proceso en comento.

    Gracias a ese pacifismo resucitó la última facción del desaparecido EPL, grupo dedicado por entero a los negocios de narcotráfico y la minería ilegal. Y también ganaron fuerza, presencia y notoriedad las bandas criminales que se nutren del narcotráfico y son amos y señores en el Catatumbo, el Golfo de Urabá, Tumaco, Buenaventura, el sur del Putumayo, los departamentos de Cauca, Nariño y Arauca donde se guerrean y se alían según el momento con aquellos.

    En la publicidad se omite hablar del récord de los cultivos de coca -doscientas mil hectáreas- la gasolina principal de la nueva guerra entre todos esos grupos bandas, clanes y bandolas. Fue gracias a una concesión de Santos a las Farc que se llegó a esta situación, cuando para congraciarse con las Farc ordenó suspender la fumigación aérea, pagar por la sustitución voluntaria y eliminar castigo a quienes tuviesen sembradas hasta 4 hectáreas.

    Pasando al ítem electoral, no podemos dejar de mencionar la gran contribución de Santos al deterioro de la confianza pública en la democracia, cuando en 2014 irrigó toneles de mermelada en la costa Atlántica para favorecer su candidatura a través de fraudes y compraventa de votos tal como consta en declaraciones de los gamonales electorales Musa Besaile y el “Ñoño” Elías. Y por supuesto, con el montaje del hacker con el que lograron enredar el triunfo de Óscar Iván Zuluaga.

    Y como las vacas ladronas que no olvidan el portillo ajeno, en octubre de 2016 se burló del resultado adverso del plebiscito a su acuerdo de paz, convirtiendo por arte de birlibirloque su derrota en una victoria.

    Dejemos para una nueva entrega el vistazo a otro gran legado de Juan Manuel Santos, la relativa a la actual disputa por la presidencia en la que por vez primera un populista de extrema izquierda, Gustavo Petro, es firme opcionado, según las encuestas, a ganar la presidencia.

    Darío Acevedo Carmona, 23 de abril de 2018

  • La increíble vigencia de Álvaro Uribe Vélez

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    La reciente encuesta Invamer Gallup (marzo/2018) resultó sorprendente por la amplia ventaja que toma Iván Duque sobre sus rivales. Pero, además, por un dato que desconcierta y hace rabiar a personajes poderosos de la vida colombiana: el expresidente Uribe goza de un 61 por ciento de imagen positiva.

    No es algo inusual en él puesto que desde el año 2002 mantiene cifras favorables siempre por encima del 50 por ciento, incluso en algunos momentos alcanzó un 85 por ciento. No hay forma de dudar de la firma encuestadora mucho menos de pensar que quienes ordenaron la encuesta, medios críticos y opuestos a él, hayan querido favorecerle.

    Es increíble que los especialistas en los estudios de imagen y los académicos que se ocupan de analizar los hechos políticos no se hayan interesado de estudiar la extensa duración de estos niveles de aceptación a pesar de las más intensas campañas de desprestigio y sistemáticas acusaciones adelantadas en su contra.

    Sus detractores han ensayado las más rebuscadas explicaciones, desde la de sostener que es un hábil manipulador del culto a la personalidad, mostrarse como un mesías o infundir miedo, sin que ninguna logre encajar con los hechos de su vida. No tiene un aparato de propaganda y publicidad, no defiende ideas esencialistas o fundamentalistas ni ha ejercido el poder por fuera de los márgenes democráticos.

    Algún comentarista se atrevió a decir que Uribe, dotado de un megáfono y de twitter, venció a todos los poderes que apoyaban el sí en el plebiscito del 2016.

    Tiendo a pensar que hay al menos cuatro razones a las que se presta poca atención para entender este fenómeno llamado Álvaro Uribe Vélez: sus amplias capacidades de liderazgo, sus conocimientos de los asuntos del Estado, su temperamento fuerte que lo hace resistente a los ataques y la torpeza de sus rivales y enemigos que lo han endiosado convirtiéndolo en invulnerable.

    A Uribe le han fabricado rumores y acusaciones desde que fue alcalde de Medellín en las horas oscuras del nacimiento y expansión incontrolable del narcotráfico y los carteles mafiosos.

    Trataron de aplastarlo por ser el promotor de la Ley 100 y de otras leyes que, como senador del partido liberal, sustentó en el Congreso de la República. No se le bajaba de neoliberal y más derechista que el presidente de la apertura económica, César Gaviria y su ministro de Hacienda Rudolf Hommes hoy en las toldas del liberalismo socialista.

    Como gobernador de Antioquia (1995-1997) lideró una política de autoridad y orden que fue tildada de guerrerista y autoritaria por sus rivales. Fue señalado de haber fundado cuando no de ser el jefe de las autodefensas o grupos paramilitares por haber permitido las cooperativas de seguridad, las convivir, apoyado en leyes de César Gaviria y en decretos de Ernesto Samper y Horacio Serpa.

    Desde entonces, las izquierdas de todos los matices, obviando el dato del origen presidencial de esa directiva, organizaron contra él una campaña de denuncia sistemática, denigrante e implacable que aún perdura.

    Finalizando un siglo e iniciando el otro, confluyeron en tal “misión” todas las izquierdas, todas las guerrillas, un sinnúmero de ONGs defensoras de derechos humanos, los principales medios, columnistas, poetas y congresistas mamertos, liberales y progres y la intelectualidad socialbacana. El objetivo era y sigue siendo hundir a Uribe tal como lo expresó el congresista electo del petrismo y cineasta Gustavo Bolívar.

    Siendo presidente y habiendo puesto en marcha su exitosa política de Seguridad Democrática, la campaña escaló, le hicieron montajes, le inventaron historias tétricas, escribieron libros, crónicas, brochures, carpetas lujosas, boletines, sobre su “oscura y criminal trayectoria”. Le realizaron mítines en Colombia y en el exterior, lo sabotearon en universidades negándole la palabra.

    Sin embargo, a sus perseguidores nada les dice que al cabo de esos treinta años de acuciosa vocinglería, organizada con lujo de recursos, con una avasalladora propaganda y publicidad que envidiarían nazis, comunistas y fascistas, no hayan podido llevarlo a los estrados judiciales.

    Un exjefe militar del M-19 que escaló posiciones en la magistratura le aplicó la teoría Roxin consistente en atribuir a un hombre superpoderoso la emisión de políticas y órdenes criminales, con la que fueron enjuiciados los comandantes nazis.

    Apoyado en la etérea noción de contexto, ese magistrado presentó como prueba reina contra Uribe una metáfora: “¿Cómo es posible que alguien se lance a una piscina y no se moje?” similar a la que nos aplican a los colombianos en el exterior cuando nos tildan de narcotraficantes por ser nuestro país el mayor exportador mundial de cocaína.

    Uribe tendría todas las de perder porque se mete en todas las candelas, no guarda agua en la boca, se desaliña, se ofusca, se le desliza la lengua y reconoce ser un gamín de la política, y, además, cuenta con la animadversión de la Corte Suprema de Justicia, de Fiscales generales, de senadores encumbrados como Carlos Gaviria, Gustavo Petro, Iván Cepeda, etc., de los grandes medios, de reconocidos periodistas como Darío Arizmendi, Yamid Amat, Néstor Morales, Félix de Bedout, Julio Sánchez que desayunan, almuerzan y cenan con Uribe de menú, de guerrilleros reinsertados convertidos en faros morales como León Valencia, de sociólogos de la lucha armada como Alfredo Molano, de poetas y escritores extraviados de su vocación como William Ospina, de columnistas que se ensañan cada ocho días contra él como perros rabiosos tipo Ramiro Bejarano, Antonio Caballero, Cecilia Orozco, Cristina de la Torre y familia, y de un numeroso club de loros aprendices del rumor, la insidia y la calumnia que imitan a Daniel Coronell.

    ¿De qué material está hecho este hombre que resiste tamaña embestida, siendo que en su contra han coincidido los grandes poderes del país? Quienes predican la reconciliación nacional lo excluyen a él, a su familia también vituperada y a sus millones de seguidores de tal propósito. Y hay miembros de las elites tradicionales y empresarios poderosísimos que para cerrarle el paso apoyan proyectos y líderes populistas y de extrema izquierda.

    ¿Será que hay alguien que estudie, sin insultar, este fenómeno de la política colombiana y latinoamericana, que, muy a pesar de todos sus enemigos, es el dirigente político más querido por los colombianos? No lo digo yo, las encuestas en los últimos 16 años.

    Darío Acevedo Carmona, 2 de abril de 2018

  • Del miedo que todos sentimos

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    El miedo, como he sostenido en columnas anteriores, es un factor que junto con otros sentimientos e ideas es crucial en las lides políticas y afecta a todos los movimientos y tendencias del espectro político, campea hoy en las toldas de todos los que ven en Iván Duque un peligro o una amenaza.

    De esta manera se cae de su propio peso lo que ellos les critican a quienes, mirando los alcances del proyecto castrista, la expansión real e inducida del modelo chavista, la presencia de líderes de la izquierda colombiana en todas sus variantes que simpatizan abiertamente con Hugo Chávez y guardan silencio ante las atrocidades del dictador Maduro, el desastre económico del socialismo del siglo xxi y las directrices del Foro de Sao Paulo, se atreven a advertir el peligro de que Colombia se deje seducir por ese engendro.

    Ellos, los de la “Revancha del Sí”, los que echan en su morral todos los votos de sus listas al congreso como si fueran un respaldo al Sí derrotado en el plebiscito del 2016, los que llaman guerreristas a quienes plantean modificaciones institucionales profundas al Acuerdo Santos-Farc, los que nos quieren asustar con una “guerra urbana” más brutal que todas las anteriores, los que buscan afanosamente conjurar sus egos para unirse contra Álvaro Uribe y el uribismo, todos ellos, apelan al miedo ante el avance categórico de la fórmula presidencial Iván Duque-Martha Lucía Ramírez.

    Ese miedo a la derecha o a la extrema derecha, a los “enemigos de la paz”, pregonado por excelsos representantes de las elites fracasadas como el columnista Rudolf Hommes, los expresidentes Gaviria y Samper, para no hablar de los paranoicos eternos de las izquierdas colombianas, es considerado justo, apropiado y razonable.

    Es por eso que en esta campaña por la presidencia, en ellos, en Petro, en De la Calle, en el Polo, en las Farc, en los enmermelados del partido santista tipo Roy Barreras, expertos en campañas negras, en insultar con altura, en difundir mentiras y rumores, en revivir viejos entuertos contra Uribe y el Centro Democrático, vemos, no una lluvia sino un auténtico diluvio de improperios y maledicencias.

    En la bandera que las huestes temerosas del avance de un Duque que ya alcanza entre un 40 y un 46 por ciento de intención de voto han inscrito su consigna central: mostrar a Iván Duque Márquez como un títere de Álvaro Uribe. Es el miedo sazonado con una buena dosis de insidia y a bajezas como la de Petro en el debate en la Universidad de Columbia en New York al acusar al padre de Duque, gobernador de Antioquia, de ser cómplice de las torturas que le habrían propinado agentes de seguridad.

    No se si la campaña de Duque haya analizado todo lo que se le viene encima y, por tanto, si han elaborado su hoja de ruta para no dejarse provocar ni enredar por las descargas lanzadas desde las líneas de fuego de las campañas de Petro, Fajardo, el PD, las Farc, Santos, y los directores de algunos medios, que intentarán colocar al joven y promisorio candidato de la centro-derecha a la defensiva e irritarlo para sacarlo de casillas. Y es ahí, en ese punto, en el que la campaña de Duque y el propio Duque tendrán que estar muy atentos.

    Querrán arrinconarlo por su cercanía con el expresidente Uribe con preguntas torticeras que solo pretenden llevarlo a que emita declaraciones que quebranten la confianza de los uribistas.

    Con su convincente y tranquila retórica, con la seguridad demostrada en la defensa y sustentación de sus propuestas de gobierno, Duque no debe tener problemas en salir bien librado de los guijarros que le lancen en los foros y entrevistas.

    Caer en la trampa de tomar distancia de Uribe, de su partido y del uribismo, sería un desacierto con fatales consecuencias. Recuerdo como en la campaña de 2010, cuando aún no advertíamos la traición de Juan Manuel Santos, que él inició una campaña en la que borró sus lazos con el uribismo. En pocas semanas se encontraba por debajo de su oponente Antanas Mockus. Solo al volver a agitar la figura y la presencia de Uribe y la defensa de su obra de gobierno pudo recuperar el terreno perdido y ganar la elección.

    En síntesis, pienso que el miedo en las huestes opuestas a Duque les está causando estragos monumentales y un efecto bumerang que lo está catapultando hacia el triunfo en primera vuelta, meta que podrá alcanzar si sabe eludir la cizaña que le van a arrojar en estos dos meses venideros.

    Coda: De la campaña Duque-Ramírez se espera que tomen todas las medidas de seguridad y vigilancia para evitar las trampas y triquiñuelas que pueda intentar el presidente Santos.

    Darío Acevedo Carmona, 26 de marzo de 2018

  • Continuismo o cambio, el mensaje de la jornada del 11 marzo

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    De la jornada electoral del pasado 11 de marzo cabe destacar la muy amplia votación por el expresidente Uribe a quien muchos de sus detractores querían ver hundido. Uribe Vélez obtuvo la más alta votación individual en la historia de las parlamentarias demostrando su vigencia de manera contundente.

    Con Uribe, su partido, el Centro Democrático, perdió un senador, pero pasó de 19 a 32 Representantes, logró encumbrarse como la primera fuerza política en el nuevo Congreso. Con Cambio Radical fue el único de los grandes partidos que incrementó su bancada. No le será suficiente para la aprobación de todos sus proyectos y de todos sus contenidos por lo que tendrá que configurar una alianza más robusta que la que tiene con un sector del conservatismo.

    A su vez, Iván Duque Márquez del Centro Democrático ganó de manera amplia la consulta que definía la candidatura de la Gran Alianza por Colombia. 

    La pérdida de senadores en los partidos que han apoyado hasta el presente la gestión de Santos, liberales 3 curules, conservadores 4, Partido de la U 7, aunque se puede ver como consecuencia de su apoyo a un gobierno impopular, aún quedan con oxígeno que pueden tranzar en favor de alguno de los candidatos a la presidencia.

    Al final de cuentas cinco formaciones políticas registran una representación muy pareja: CD 19 senadores, Conservadores 15, Cambio Radical, liberalismo y Partido de Unión Nacional santista 14 cada uno, resultado que se puede entender al menos de dos maneras: una, que la elección parlamentaria está muy ceñida a dinámicas clientelares, de votación amarrada o influenciada por liderazgos y gestiones locales y regionales, en donde juegan más las lealtades primarias, y dos, que el país sigue aferrado a un fenómeno multipartidista que desmiente rotundamente la idea fantasmal de la polarización agitada por quienes levantan como bandera principal la reconciliación en detrimento de la controversia, y además, que la colombiana es una sociedad que prefiere la democracia a pesar de sus carencias y fallas a los experimentos estatizantes, autoritarios y populistas.

    Por otra parte, aunque los resultados dejan entrever un lógico nivel de incertidumbre para las presidenciales, no es descartable un desenlace en primera vuelta. Varios analistas, entre ellos el lúcido director del portal DEBATE, Libardo Botero, consideran que la ventaja de Iván Duque podría ser definitiva.

    En efecto, Iván Duque, candidato de la Gran Coalición por el Cambio en compañía de Martha Lucía Ramírez, destacada dirigente del conservatismo como fórmula vicepresidencial, sale del partidor con una votación cercana a los seis millones de votos mientras su más cercano rival hasta el momento, el populista de izquierda Gustavo Petro, lo hace con cerca de tres y medio millones. 

    Un elemento adicional que cuenta a favor de Duque es que su alianza con Martha Lucía Y Alejandro Ordoñez ya está sellada y al parecer, sin mucho esfuerzo, recibirá nuevas adhesiones, mientras que Petro, Vargas Lleras, Fajardo y De la Calle buscan desesperadamente la formación de alianzas de último momento para contrarrestar a Duque. Además, de Petro se puede colegir que ha llegado a su tope. La única opción de estos últimos es que haya segunda vuelta, en cuyo caso habrá que revisar las posibilidades de los dos finalistas.

    Las alianzas que se están promoviendo entre tendencias de diverso signo ideológico indican que la controversia difícilmente se puede caracterizar como un duelo entre derecha e izquierda sino entre el continuismo y el cambio, es decir, entre quienes se proponen continuar el “legado” santista, consistente en la implementación del acuerdo de paz de un lado y quienes propugnan por cambios profundos en la orientación que lleva el país.

    La parte oscura de esta interesante competencia es que a los expertos en mañas, empezando por el presidente en ejercicio, les de por armar una bribonada para alterar los resultados tal como lo hicieron en la segunda vuelta del 2014, a todas luces una victoria trampeada con hackers e irrigación multimillonaria de dinero para compra de votos en la costa Atlántica.

    No soy amigo de los pronósticos, pero creo que hay elementos de juicio y hechos políticos contundentes que pueden desembocar en una definición en primera vuelta, y, en tal evento, no hay duda de que el único que podría alcanzar ese umbral es Iván Duque, un candidato que arrastra votos entre seguidores de otras fuerzas políticas.

    Darío Acevedo Carmona, 19 de marzo de 2018

  • El fin se acerca

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    El domingo 11 de marzo se realizará la primera gran jornada electoral de este año glorioso en el que los colombianos estaremos más cerca del fin de la desastrosa gestión de Juan Manuel Santos.

    En esta ocasión elegiremos las dos cámaras del congreso de la República, Senado y Cámara de Representantes, y, además, dos consultas para definir candidato presidencial.

    La elección para formar el congreso arrastra muchos problemas que podrían ser un factor desestimulante de participación o, por el contrario, una oportunidad para buscar la elección de nuevos dirigentes, alejados de las corruptas práctica clientelistas y reafirmar la presencia de aquellos parlamentarios que hicieron una labor destacada o acorde con las expectativas y que se hayan presentado a la reelección.

    En lo relativo a los factores negativos basta con mirar en las sucesivas encuestas de opinión de distintas firmas que el congreso es una de las instituciones más desprestigiadas, que generan mayor desconfianza y sentimientos de frustración en la ciudadanía. Paradójicamente, ello juega en favor de los gamonales que tienen un electorado cultivado con base en relaciones de tipo feudal como favores, puestos, rifas, ya que el desprestigio incrementa el ánimo abstencionista y de acuerdo con lo visto en oportunidades anteriores, a mayor abstención, mayor consolidación de la politiquería gamonalista.

    Desafortunadamente, en el sentido contrario, es decir, en el de que se produzca una gran participación para elegir a personas con conocimientos de los problemas nacionales y que se destaquen por su probidad, liderazgo natural y honradez, el resultado no siempre ha sido el mejor.

    Habrá que pensar, entonces, en esta esta segunda línea. Y una primera reflexión que se me ocurre es que debemos conversar con familiares, amigos y colegas o compañeros de trabajo acerca de la importancia capital de escoger el partido y los candidatos que se proyecten como apoyo al candidato presidencial que propone la bandera del cambio de rumbo del país, por cuanto en el espíritu republicano que nos rige, el presidente, en tanto figura cimera del poder ejecutivo representa una de las tres ramas del poder público, y por ello, la obra de un presidente depende en amplia medida del apoyo de una buena y mayoritaria bancada que comparta las líneas gruesas de su programa de gobierno.

    De nada vale que votemos, por ejemplo, por Iván Duque o Martha Lucía Ramírez o Alejandro Ordoñez, uno de los cuales será el candidato de la Gran Alianza por Colombia, si no entendemos que hay que votar por candidatos al congreso que se identifiquen con el programa acordado por dicha alianza. Para recomponer, ajustar o incluso “hacer trizas” el acuerdo definitivo de paz, quien sea electo presidente tendrá que buscar y optar por caminos y procedimientos legales, ajustados a la legalidad vigente, pues no se puede alegar el respeto a la constitución y a la ley cuando se está en la oposición y luego, cuando se es gobierno, proceder de la manera que se criticaba.

    Requerimos pues, un Senado y una Cámara conformadas por dirigentes nacionales y regionales que hayan dado muestras de conocimiento y de compromiso con las banderas del candidato a la presidencia.

    Desde mi perspectiva, lo correcto en esta crucial coyuntura es votar por el Centro Democrático y en la lista de 60 aspirantes marcar, preferentemente, el nombre de Álvaro Uribe Vélez, por todo lo que él representa en materia de recuperación del rumbo y de lucha por la seguridad, contra el terrorismo, etc., y para fortalecerlo ante los embates de sus enemigos que quieren llevarlo a prisión con sus refritos de siempre.

    Hay otros respetables aspirantes en la lista del CD, de tal forma que el elector puede, en vez de marcar el nombre de Uribe, escoger el de sus mayores cercanías y confianza. Este último criterio es el que se debe observar en la lista para la Cámara de Representantes que es de una conformación de tipo departamental. Se debe marcar casilla del CD y el integrante de la lista con el que se sienta identificado.

    Por otra parte, los electores tendremos la opción de solicitar uno de los dos tarjetones sobre consulta para presidente. En lo que a mi respecta, se debe escoger la que contiene los aspirantes de la Gran Consulta por Colombia: Duque, Ramírez y Ordoñez.

    Invito a marcar la casilla de Iván Duque en este tarjetón por los amplios y serios conocimientos que tiene de los problemas del país, por su firmeza en la defensa del programa y objetivos del Centro Democrático, por su lealtad para con el máximo líder y orientador del partido, Álvaro Uribe, por su juventud, por su carisma y su capacidad de hablarles y llegarles a las gentes de todos los estratos.

    Abrigo la esperanza, la misma de millones de colombianos, que una buena fórmula de congreso y presidencia son claves para reiniciar en firme la recomposición del mal rumbo que lleva el país de la mano del más inepto presidente de nuestra historia.

    Con el Centro Democrático, con la Gran Alianza por Colombia, con Iván Duque y con la orientación y el inmenso liderazgo de Álvaro Urbe Vélez, daremos inicio al fin de la comedia de errores y el entreguismo que sufrimos durante los dos mandatos de Juan Manuel Santos.

    Darío Acevedo Carmona, 5 de marzo de 2018

  • Reconciliación con odio

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    Álvaro Uribe Vélez es el personaje de la política colombiana con mejor imagen a lo largo de los últimos15 años. Fundó e inspiró con sus tesis y propuestas el partido Centro Democrático que en la actualidad es la principal fuerza de oposición al gobierno de Juan Manuel Santos.

    Uribe Vélez es el jefe de la bancada parlamentaria más disciplinada y coherente en el Congreso de la República. Y es en la actualidad el jefe político que se proyecta vencedor con su partido en las próximas elecciones para corporaciones públicas y presidencia.

    Uribe ha logrado configurar una amplia alianza crítica y opuesta a los acuerdos entre el gobierno Santos y la guerrilla de las Farc, desde la que se propone realizarles ajustes y cambios importantes.

    Sus posiciones políticas respaldadas por vastos sectores de la opinión pública pueden dar la falsa impresión, o así lo quieren hacer ver sus adversarios y enemigos, de estar generando una polarización sumamente peligrosa que puede dar al traste con la, según estos, anhelada “reconciliación” entre los colombianos.

    Quienes así interpretan los problemas nacionales y las lógicas contradicciones del mundo político, muchas de ellas profundas, tratan de convencernos de que el problema central o al menos uno de los más importantes, es la crispación o polarización a la que hemos llegado.

    El candidato presidencial Sergio Fajardo, por ejemplo, considera que la “polarización” es el mayor problema del momento, y sin preguntarse por los orígenes y las razones de la misma ofrece como medicina la “reconciliación”.

    En su cuenta de twitter Fajardo da a entender que estamos saliendo de una guerra que nos tenía o tiene muy divididos: “Algunos dicen que la reconciliación es solo un discurso bonito. Para nosotros es el primer paso para salir de las trincheras y poder transformar la sociedad…No caigamos en la trampa del odio, del odio no queda sino destrucción… Y nosotros somos la reconciliación, que es la capacidad más noble que tenemos en Colombia…Yo seré el presidente de la reconciliación… En realidad, el reto es reconciliar a Colombia. Aprender a ser diferentes sin ser enemigos”.

    No sé si para Fajardo la indignación de la población con el gobierno Santos y con los cabecillas de las Farc cuando hacen proselitismo, es una expresión de odio y de intolerancia. Y si al decir que la “reconciliación es el primer paso para salir de las trincheras” está aceptando el discurso santista y guerrillero según el cual Colombia estaba en guerra y todos sus habitantes atrincherados.

    Fajardo hace ver como algo dañino la defensa vehemente de las ideas, proyectos y programas que oponen a unos contra otros en vez de aclarar a quiénes quiere reconciliar, si lo que quiere es que pasemos por alto las deficiencias del acuerdo de paz y la pésima gestión del gobierno. O si señalar lo que nos separa de este gobierno y de la impunidad para los criminales de guerra es “divisionismo y odio” o si marcar las diferencias es algo negativo.

    Fajardo cae en la trampa santista y fariana que condena la crítica al acuerdo de paz como una manifestación de odio. Y hace a un lado su deber de candidato de fijar un punto de vista a favor o en contra de un asunto crucial en la vida nacional en vez de hacerse el loco diciendo que se acoge, sin más, a proseguir en su implementación

    La posición de Fajardo hunde sus raíces en el terreno movedizo del voluntarismo y del positivismo coheliano, negando así que la política es confrontación y pugna entre puntos de vista, proyectos e intereses.

    Pero, aceptemos en gracia de discusión que la de Fajardo es la visión bonachona e ingenua de los problemas que nos distancian y nos preocupan en Colombia.

    Al tornar la mirada al manejo de las palabras de moda: “polarización” y “reconciliación” por las izquierdas buenistas, radicales y totalitarias topamos con una retórica abiertamente agresiva, actitudes pendencieras y declaraciones arrogantes que se encubren, según el escenario, en llamados a la reconciliación.

    Ahí están los trinos del cineasta cabeza de lista de los “Más decentes” al congreso, Gustavo (¿Simón?) Bolívar en los que plantea que su primer objetivo en el Senado “es llevar a la cárcel a Álvaro Uribe”, un despropósito similar al que intentó su idolatrado Petro como congresista en el primer mandato de Uribe, con el que distorsiona la función del poder legislativo que no es judicial, tal como lo intenta hacer el congresista comunista Iván Cepeda.

    Y hay que recordar las palabras de alias “Jesús Santrich” cuando en la Universidad Externado afirmó que “las Farc son generosas” porque acordaron con el gobierno la creación de la JEP, a la que “esperamos llevar a Álvaro Uribe para que confiese todos sus crímenes y delitos de narcotráfico y paramilitarismo para que pague cárcel”.

    De manera que se nos trata de vender un cóctel intragable, una mezcla de agua con aceite: reconciliación con odio al medio país que es Uribe con el uribismo. Una invitación al paraíso artificial de las frases y las palabras dulzonas que encubren turbias intenciones.

    Darío Acevedo Carmona, 26 de febrero de 2018

  • ¿Hay bondad en la maldad?

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    Se me ocurre la pregunta porque por estos días de fracaso de los proyectos sobrevivientes al hundimiento del comunismo, se escuchan voces de quiénes habiendo sido sus defensores de oficio, hoy, ante el hundimiento de Venezuela a manos de Maduro, salen a liberar de culpas al progenitor del energúmeno e incapaz.

    Por fortuna hay suficientes evidencias de los desastres económicos de Chávez, como cuando mandaba a expropiar edificios, empresas y tierras que luego, en manos del estado socialista se convirtieron en elefantes blancos y manjar para los corruptos.

    Con igual lógica se mantuvieron por muchos años y aún en la actualidad muchísimos intelectuales ante el descubrimiento de los asesinatos en masa, la creación de campos de concentración o reeducación en la Rusia de Stalin y la China de Mao, tratando de salvar de toda responsabilidad a Lenin y a Trosky.

    Con el paso de los años ya ni estos dos se salvan de la debacle de la supuesta pureza de la doctrina comunista, pues recientes investigaciones revelan toda la maldad, crueldad y despotismo con el que ellos adelantaron el golpe de estado contra la naciente república de Rusia, instaurando un régimen totalitario y persiguiendo con saña no solo a los partidarios del zarismo, a liberales, republicanos y demócratas, con quienes se habían aliado en principio, sino también a todas las tendencias de izquierda que no les fueran afines y no les juraran lealtad y sumisión.

    La desilusión, dicen, es con quienes se salieron de la línea, porque según su sabio entender, una cosa es Marx y Engels y muy otra los que los han interpretado, de modo que no se debe echar a perder el “verdadero” legado de Marx y debe defenderse la vigencia del espíritu bondadoso que subyace en los textos originales de los padres fundadores.

    En nuestro entorno latinoamericano ese tipo de posiciones se escuchan sobre la revolución cubana, Fidel, el Ché Guevara, y en menor medida sobre Chávez, Lula, Evo. De la revolución cubana se prenden, como aferrándose a un clavo caliente, de los supuestos avances en educación y salud, haciendo de esos “logros” cortinas que tapan los crímenes de estado, el control policíaco de la vida de los ciudadanos, la conculcación de las libertades, la eliminación de la democracia, la supresión de la prensa libre y el unipartidismo.

    En hacer esas salvedades incurren hasta mandatarios y líderes demócratas del mundo libre, seducidos por las personalidades arrasadoras de los caudillos comunistas y hasta les han extendido su mano benefactora para sacarlos de penurias cuando sus recursos languidecen.

    En lenguaje claro, se trata de un ejercicio de purificación del mal consistente en liberar de culpa y responsabilidad de los desastres a los creadores de la doctrina y aún, en muchas ocasiones, a los líderes de las experiencias más relucientes, como si el mal no estuviese en la raíz o en la semilla.

    El diario El Tiempo publicó una interesantísima entrevista al intelectual y escritor francés, Thierry Wolton (15/02/2018) sobre una obra de su autoría en tres tomos en la que sustenta y documenta la hipótesis de que el comunismo fue una gran impostura desde su origen hasta sus seguidores y en las experiencias y ensayos que se hicieron en diversos países con resultados miserables en materia económica y muy crueles y sanguinarios en materia de derechos humanos y libertades. 

    Según Bolton, la maldad del comunismo reside en su origen, “su maldad viene de la ideología misma, tal como la concibió Marx. Según él, la lucha de clases es el motor de la historia, lo cual quiere decir que si usted quiere avanzar en la historia, construir la sociedad comunista prometida, usted debe practicar sin cesar la lucha de clases.”

    Marx y Engels y todos sus intérpretes, desde Lenin hasta los jefes de las Frac, pasando por Stalin, Mao y muchos otros, justificaron su violencia llamándola revolucionaria y sus crímenes en la idea del atizamiento de la lucha de clases y de dar la vida por el líder y por el partido.

    Lo mismo puede decirse de las ideas relativas a la dictadura del proletariado, el partido único, la verdad oficial, la reeducación de los disidentes en campos de concentración, etc. enmascaradas por el supuesto altruismo subyacente en el objetivo supremo y final de la igualdad entre los hombres o sociedad de las hormigas.

    Es de esperar que la obra de Wolton contribuya a ese debate, aún sin saldar, sobre si es posible hallar bondad en la maldad, que es lo que piensa un gran contingente de defensores de la revolución cubana y de Fidel y personas a las que les parece suficiente que las muertes por razón del “conflicto armado colombiano” se hayan reducido aunque no se aplique justicia a responsables de crímenes atroces.

    Es como si se nos dijera que lo bueno de lo malo es que lo malo haya dejado de ser y de causar daño, una aberrante tergiversación del sentido de justicia.

    Coda: Al convertir al acusador, Álvaro Uribe Vélez, en acusado, por Iván Cepeda, la Corte Suprema confirma que los DD HH le sirvieron de manto a Cepeda en su persecución contra el expresidente.

    Darío Acevedo Carmona, 19 de febrero de 2018

  • Huevos en vez de aplausos para Timochenko en campaña

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    Redacto estas notas mientras transcurre el “paro armado nacional” convocado por la guerrilla del ELN para presionar la continuidad de las negociaciones de paz a través de actos terroristas y concluye la clásica de ciclismo “Oro Y Paz” en homenaje a una paz inexistente.

    La diferencia entre lo que estamos viviendo y sufriendo y las declaraciones insulsas, vacías e increíbles de los gobernantes de Colombia es abismal.

    Porque ¿cómo es posible que el presidente Santos haya recibido el nobel de paz por haber firmado un acuerdo con una guerrilla que dejó tras de sí más de mil hombres en disidencia armada, sin que ni siquiera haya habido comparecencia ante la instancia creada por ellos mismos (la JEP)?

    ¿Y que Santos en la Asamblea General de la ONU haya proclamado ante el mundo que en Colombia “se terminó la guerra” mientras el ELN copa territorios y realiza ataques contra oleoductos contaminando aguas de consumo humano y animal y asesina policías y soldados a quienes se les ha dicho que ya no hay guerra?

    ¿Y que a las Farc se les ocurra hacer campaña para elecciones al congreso y a la presidencia de la República sin saldar cuentas por sus crímenes de guerra, sin mostrar verdadero arrepentimiento, sin reconocer sus culpas y sin reparar a sus víctimas?

    ¿Y que en actitud de enorgullecerse de sus atrocidades, las Farc conservaran las iniciales de muerte con las que ensangrentó a la sociedad?

    ¿Que el gobierno Santos y las Farc hayan desconocido el triunfo del NO en el plebiscito del 02/10/2016 para imponer un acuerdo entreguista que consagra la impunidad y el mayor desbarajuste institucional de que se tenga información en la historia del país?

    ¿Y que en el telón de fondo se piense escribir una vez más la ignominia de humillar el Estado colombiano ante el ELN que lo desafía con un “paro armado”?

    ¿Cómo quieren, el señor Santos y sus minimalistas ministros del Interior y Defensa, su Alto Comisionado de paz, los líderes de opinión de los grandes medios y los columnistas verdes, amarillos, rojos, progres socialbacanes y liberales desteñidos, que en torno del susodicho acuerdo no se haya creado un masivo malestar y un sentimiento de indignación que, tarde que temprano se manifestaría como en efecto estamos presenciando en distintas ciudades del país contra el candidato presidencial de las Farc, alias Timochenko, quien es recibido con chiflidos, silbatinas y gritos de “Fuera”, “asesino”, “hp”, etc y en vez de aplausos le arrojan papeles, tomates y huevos?

    ¿Qué esperaban los defensores de una candidatura que se pasa por la faja la prohibición constitucional de que condenados por delitos comunes y crímenes de lesa humanidad puedan ser electos a cargos de representación popular y a la presidencia?

    La indignación popular, como era de esperar, ha sido objeto de descalificaciones por parte de los ilustres defensores del “nuevo orden” o “régimen de transición” de doce años. Sostienen que se está jugando con candela, que se está impidiendo el derecho a postularse y a hacer proselitismo, que ese proceder es fascista, que es fanatismo, que es violencia, que es una incitación a la guerra, que es intolerancia, y no podía faltar: que es un plan orquestado por el uribismo y el Centro Democrático.

    Ellos sí que pueden estar indignados, como si no entendieran que estamos ante una manifestación de justa indignación no ante el dr Fajardo o el dr De la Calle o Vargas Lleras o el senador Robledo u otros líderes de izquierda, sino ante unos criminales de guerra que quieren ocupar el solio de Bolívar pisoteando la Constitución Nacional.

    Y que la silbatina, los tomates y los huevos son parte de las protestas que en cualquier país democrático tienen cabida, son legales y tolerados como mecanismo de expresión de la inconformidad. De ellos han sido objeto presidente, reyes, primeros ministros, y en Colombia el presidente Santos a quien ya no quieren recibir casi en ningún poblado de la nación.

    Y ya que tenemos memoria corta, hay que recordarle a la mamertería nacional los abusos cometidos en nombre de las protestas populares de las cuales se creen amos. Los abucheos y mítines callejeros contra el coronel Plazas Vega por parte de los miembros del Colectivo José Alvear Restrepo dirigidos por el hoy congresista Alirio Uribe, las marchas, mítines y desfiles en el exterior e interior contra el expresidente Uribe, la infiltración de activistas violentos en paros y huelgas legales de sindicalistas, el bloqueo de carreteras y muchos otros desmanes.

    ¿Cómo olvidar las imágenes aún frescas de soldados humillados, arrastrados, pateados y escupidos por grupos indígenas azuzados por las guerrillas en el Cauca en diversas fechas, la última en una invasión en la que un amotinado le pone su machete en la nuca a un soldado?

    Con una diferencia cualitativa, en los casos de la tropa, de Uribe y de Plazas, el bochinche y linchamiento moral era contra autoridades legítimas no contra delincuentes y condenados.

    Los líderes de opinión y el gobierno al condenar las protestas contra alias Timochenko irrespetan a las víctimas no reparadas de las guerrillas como si ellas ni siquiera valieran los huevos arrojados.

    Darío Acevedo Carmona, 12 de febrero de 2018