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OPINION

  • Los puñales de Santos

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    Minutos antes de dejar el cargo, Juan Manuel Santos dijo que no iba a ponerle un puñal en la nuca a su sucesor. Una vez más reiteraba que terminado su mandato se alejaría de la política y dejaría gobernar en paz. La frase también iba dirigida, indirectamente, a Uribe, quien, según él, estuvo durante sus dos mandatos chuzándole la nuca.

    No me gusta hacer referencia a opiniones escritas en mis columnas, pero, en este caso debo recordar a mis lectores que en varias de las últimas hice alusión a la costumbre del expresidente Santos de desconocer el estatus de la oposición. Siempre se refirió a ella en términos desobligantes, la tildó de “despiadada, incisiva y mentirosa” como si no entendiera la importancia de esa figura en una democracia.

    También advertí que Santos, incapaz de renunciar a sus mañas, haría demostración de ellas hasta el último minuto de su mandato. Y en efecto, en burdo ejercicio de sus funciones, pisoteando normas elementales del decoro republicano, expidió decenas de decretos que comprometen las competencias y la libertad de acción del presidente entrante.

    Firmó una gran cantidad de nombramientos diplomáticos para hacerles favores a sus aliados y funcionarios más cercanos y en el colmo del desprecio por las normas de cortesía reconoció a escondidas al estado palestino después de que tiempo atrás se había comprometido en acto público a no hacerlo sin que se hubiese firmado la paz entre Israel y el pueblo palestino.

    No nos asombra que deshonre su palabra, pues como dicen graciosamente en las redes, es parte de su ADN. Pero lo que sí es muy grave es haber llevado el país a una crisis con Israel un importante aliado en muchos campos de trascendencia.

    Quedamos pues notificados, Santos seguirá faltando a su palabra y no guardará silencio como lo prometió. Y seamos claros, eso no es ninguna molestia, es, como dijimos arriba, parte del juego democrático, lo fastidioso es la reiteración de la mentira como método de comunicación.

    Y si no lo hace de frente tendrá, a manera cuchillos filudos en la nuca del presidente Duque, a una buena cantidad de viudos y nostálgicos de su mermelada. Ya los estamos viendo en acción incluso desde antes del 7 de agosto.

    Por ejemplo, el país fue notificado sobre el tipo de oposición promovida por Gustavo Petro y sus seguidores del partido Verde -cada día más rojo- y de las Farc: protesta tumultuaria, paros, huelgas, montajes judiciales, insultos, exigencias impropias, etc. Al llamado sincero del presidente Duque a un pacto para encarar los principales problemas de la nación la respuesta ha sido virulenta y agresiva.

    Desconcierta la hipocresía de algunos de sus voceros que rechazaron el nombramiento de la directora de la UNP, Claudia Ortiz, porque la consideran sesgada, pero que hayan aplaudido la integración de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y de la Comisión de la Verdad con personas que no brindan garantías de imparcialidad y objetividad.

    Es el tipo de oposición que le achacó al triunfo de Duque el incremento del asesinato de líderes sociales, que convocó marchas de protesta el día de su posesión, en señal de desconocimiento del resultado de la competencia electoral, que amenazó renunciar a la seguridad del estado: cuchillos en la nuca de un gobierno que apenas inicia.

    En las críticas al discurso del presidente del Congreso, Ernesto Macías, el día de la posesión de Iván Duque, leímos y escuchamos contra él, frases hirientes, desobligantes y tergiversadoras de parte de personas con rango que deberían dar ejemplo de respeto y tolerancia. A la vez, trataron de hacerlo ver como un texto opuesto al del presidente Duque, cuando lo cierto es que se trataba de revivir la plena independencia de los poderes tan maltratada por el saliente mandatario, cada quien en su rol.

    De parte de Macías no hubo un calificativo grosero o vulgar ni un insulto ni un dato falso, como lo quisieron hacer ver algunos periodistas que disfrutaron ocho años de la jugosa mermelada publicitaria prodigada por Santos.

    El informe que acaba de presentar el Contralor General al Congreso sobre el penoso y peligroso estado de las finanzas públicas es una contundente refrendación de lo expresado por Macías, y nos da la razón a quienes hemos sostenido que Santos fue derrochón e irresponsable en su manejo.

    En derecho y siempre y cuando la nueva oposición no apele a la violencia, debe ser respetada a pesar de su línea de conducta agresiva. Ahí quedó para su implementación la Ley de la Oposición que dejó firmada a última hora su mecenas tras ocho años de haberles desconocido sus derechos a quienes la ejercieron siempre con respeto a la democracia.

    Coda: La decisión del presidente Duque de reversar el nombramiento de Claudia Ortiz en la dirección de la UNP debe ser vista, ante todo, como garantía para todas las personas en riesgo. Ojalá los miembros de Comisión de Verdad Histórica y de la JEP reconocidos por su militancia de izquierda renunciaran a sus cargos.

    Darío Acevedo Carmona, 13 de agosto de 2018

  • ¿Cuál legado señor Santos?

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    Por fin concluye el octenio de Juan Manuel Santos Calderón, excepto que algo sobrenatural suceda en las últimas horas. Su despedida ha sido tan prolongada que da la impresión contraria.

    Desde que el país se enrutó en las elecciones para Congreso y Presidencia, Santos empezó a intervenir abierta y, sobre todo soterradamente, tratando de incidir en los resultados. En el colmo del indecoro le solicitó a Iván Duque, su sucesor, que cuidara su legado y, desafiante, le dijo que nadie podría modificar el acuerdo de paz que firmó con las Farc.

    Pero, no me voy a referir a la escenografía de su larga y tediosa despedida en la que abunda en viajes internacionales, ego-publicidad, campañas de auto elogio y hasta fruslerías y trivialidades como la que protagonizó como proyecto Youtuber bajo la dirección de Daniel Samper, uno de los bufones de su corte.

    Quisiera aprovechar este espacio para expresar algunas opiniones sobre eso que él llama su “legado”, no en lo que tiene que ver con cifras y resultados cuantificables en que otros comentaristas han sido pródigos, sino en lo atinente a cuestiones de orden cualitativo.

    El mejor diagnóstico al respecto lo hizo el exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia, Jesús Vallejo Mejía, que en reciente escrito (blog Pianoforte) acotó: “Colombia se acerca a lo peor que puede sucederle a una comunidad política: una profunda crisis de legitimidad capaz de desquiciar su edificio institucional”.

    Muy grave que se haya deteriorado a fondo la imagen de la figura presidencial en un país presidencialista, que haya caído en picada la confianza en las instituciones que nos han regido, porque es en la confianza hacia ellas tejida a lo largo de la historia en donde reside la condición de posibilidad de existencia del cuerpo social civilizado.

    No es carreta ni odio ni exageración lo que ha llevado a casi el 80 por ciento de las gentes a tener una imagen negativa de Santos y su gobierno. No es por Uribe ni el Centro Democrático ni la Oposición que en sana ley como en cualquier democracia están en su derecho de criticar y oponerse, mientras Santos se hace el desentendido, se queja y pone cara de víctima e incomprendido.

    El país que nos deja Santos no puede ser peor no porque “mi dios es muy grande” sino porque este país, sus instituciones y su población, a pesar de todas las carencias, tragedias, injusticias y engaños poseen fortalezas nada fáciles de destrozar

    La lista de sus desastres no es corta, aquí algunas: 1. Traicionó el mandato que le entregaron en 2010 después de cabalgar a lomo de los votos y de la popularidad de Álvaro Uribe. 2. Declaró al dictador Hugo Chávez su “nuevo mejor amiguis”. 3. Se quedó lelo e inmóvil ante el arrebato de más de 75mil km cuadrados de mar continental a manos del dictador nica Daniel Ortega. 4. Defendió y agradeció al sanguinario dictador Nicolás Maduro y a última hora toma distancia.

    5. Mintió en materia grave sobre las concesiones hechas a las Farc: justicia, representación política, reformas a la Constitución, cultivos ilícitos, etc. 6. Desconoció el resultado del plebiscito, es decir, la voluntad del constituyente primario, se negó a un pacto nacional para mejorar el acuerdo dividiendo a la población entre amigos de la paz y partidarios de la guerra. 7. En 2010 y en 2014 hubo ingreso de dineros de Odebrecht a sus campañas. 8. Llevó a extremos inconcebibles la repartición de puestos públicos y prebendas (la mermelada) para ganarse el favor y el voto de congresistas y jueces. 9. Gastó sumas exorbitantes en publicidad oficial para ganarse el apoyo de los grandes medios. 10. Realizó ingentes gastos en sus innumerables viajes internacionales dedicados a vender su paz mientras se distanciaba de sus connacionales.

    Su relación con los otros poderes públicos no se dio en el marco del respeto y colaboración sino en el de las sombras, intrigas, montajes, intercambios, cuotas burocráticas y nombramiento de magistrados leales a él no a la nación ni a la constitución. 12. Manipuló el Congreso afectando su función legislativa y su independencia. 13. El caos político e institucional que germinó con sus políticas fue el caldo de cultivo del auge del líder populista y de la opción castrochavista que estuvo cercana a obtener el poder. 14. Deja una producción récord de cultivos de coca que nos ubica en el deshonroso primer país productor de cocaína en el orbe. 15. La violencia propiciada por bandas criminales, microtráfico, ELN, EPL, disidencia de las Farc, alcanza niveles de alarma.

    Esto y mucho más es lo que constituye para la mayoría de los colombianos que así lo han manifestado en muchísimas encuestas su “legado”.

    Cree Santos que la historia será más benévola con él que sus críticos y opositores del presente, desconoce que la Historia académica no es juez del pasado sino su intérprete y que nadie puede asegurar que dirán los historiadores dentro de 50 o más años.

    El país que recibe Iván Duque Márquez es el que acabamos de describir con ingredientes nada digeribles en materia económica, ambiental, relaciones internacionales, violencia, etc., un lastre que no le será fácil subsanar.

    Darío Acevedo Carmona, 6 de agosto de 2018

  • La gran cacería contra Álvaro Uribe Vélez

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    En la novela, El hombre que amaba a los perros, del escritor cubano Leonardo Padura y en la película, El elegido, dirigida por el español Antonio Chavarrías, se cuenta la historia de uno de los crímenes más resonantes del siglo XX, el asesinato del dirigente bolchevique León Trosky a manos de Ramón Mercader en México.

    La narración permite apreciar en todos sus detalles la minuciosa y meticulosa preparación del plan ordenado por José Stalin, archienemigo de Trosky, llevado a cabo por la inteligencia comunista de la NKVD antecesora de la tenebrosa KGB.

    El temible y sanguinario dictador José Stalin persiguió a Trosky, fundador del ejército Rojo, lo condenó al destierro, lo borró de la Historia Oficial, la verdadera de los comunistas, y luego, lo mandó matar. La persecución inició en 1924 y culminó con su asesinato al cabo de una incesante cacería el 21 de agosto de 1941. Sugiero a mis lectores leer la novela y ver la película que estoy seguro los atrapará.

    Traigo a cuento esa historia porque de alguna manera, guardadas las diferencias de tiempo, modo y lugar, de protagonistas y desenlaces, a lo que más se me parece lo que está ocurriendo con Álvaro Uribe Vélez en Colombia es a una cacería como la que le tendieron a León Trosky.

    Entre los cazadores principales hay personas que tiene formación ideológica estalinista, dogmáticos, duros, persistentes, desalmados, acuciosos, pacientes y meticulosos, dispersos en partidos, guerrillas y ONGs. Estos cazadores profesionales se han aliado con otros grupos entre los que hay cazadores furtivos y cuentan con una jauría de perros que olisquean los rastros de la presa.

    Los intríngulis del affaire Corte Suprema de Justicia-Uribe, según una crónica del portal de periodismo de investigación, Los Irreverentes, nos remiten hacia el palacio presidencial. ¿Complot de complots? presidente, vicepresidente, generales, magistrados, Jurisdicción Especial de Paz, senadores mamertos y populistas de extrema-izquierda, Farc, millones de dólares, a bordo. (Ver: https://elexpediente.co/el-expediente-revela-informe-de-contrainteligencia-sobre-supuesto-complot-criminal-contra-alvaro-uribe/)

    En la jauría hay periodistas destacados alejados de su misión profesional, jueces sin venda, maestros que en vez de educar adoctrinan, obispos que confunden cristianismo con comunismo, académicos anclados al marxismo, políticos no comunistas por ingenuidad u oportunismo.

    La víctima fue señalada desde 1986, pero, la campaña tomó forma en 1995, cuando al asumir la gobernación de Antioquia y basado en un decreto expedido por el presidente César Gaviria, con autorización del ministro de Gobierno Horacio Serpa y del presidente Ernesto Samper, todos liberales, aprobó la creación de cooperativas de seguridad conocidas como Convivir. Eran tiempos de auge de las guerrillas y de grupos paramilitares que ya operaban desde la década anterior y aquellos gobernantes habían decidido apelar a la cooperación legal de los civiles en los asuntos de seguridad.

    La presa de los estalinistas colombianos encaró con firmeza la lucha contra el flagelo de la violencia política. Luego se proyectó con sus críticas al proceso de paz de Pastrana con las Farc y alcanzó la presidencia en 2002 con la promesa de restablecer la seguridad perdida sin afectar la democracia, resumida en la Seguridad Democrática, le devolvió a la Fuerza Pública el monopolio de las armas, desactivó el paramilitarismo y les propinó durísimos golpes estratégicos a las guerrillas.

    Eso lo convirtió en la presa más deseada de las guerrillas, sus milicianos y colaboradores o paraguerrilleros en la civilidad.

    La estrategia de los cazadores se adelanta en tres frentes complementarios. El político con una campaña de denuncias, publicitada ampliamente a través de ONGs humanitaristas colonizadas por sus milicianos, que lo convirtieron en el responsable de varios asesinatos y de algunas masacres para desfigurarlo ética y moralmente y mostrarlo como promotor del paramilitarismo. La campaña se ha estado haciendo nacional e internacionalmente. Los cazadores, en este campo, en general, no se presentan ni se asumen como comunistas, sino como víctimas del Estado colombiano y defensores de derechos humanos. No portan armas de fuego, pero, se adueñaron de esa bandera para usarla de careta en la cacería.

    El otro frente, el militar, es en el que han fracasado todas las veces que han intentado darle el tiro de gracia. Llevan a cuestas más de diez atentados contra el ágil felino que se les escabulle.

    Y el frente judicial, el del momento, en el que están cifradas sus esperanzas para coronar a su presa. Dieron el giro de las armas a negociar la paz y a predicar la reconciliación, en su estilo, dejando disidencia armada de reserva. Ya son congresistas sin pagar cárcel, y son tratados como justicieros y personajes de la vida nacional.

    Reciben la generosa colaboración de la jauría leal, que olfatea el rastro de la víctima a la que creen débil, dicen tenerla cercada. En esa jauría hay perros de raza que se pasean por las cárceles buscando testigos, otros conspiran con magistrados, uno viene de un palacio, algunos se parapetan en salas de redacción y disparan teclas, y muchos más son puras urracas. Unos ladran otros gaguean, y en la espesura del bosque una manada de loros y loras repite “A la cárcel a la cárcel”, mientras millones de espectadores que no quieren ver sucumbir a la víctima miran expectantes la película…

    Darío Acevedo Carmona, 30 de julio de 2018

  • La izquierda populista engulle libertades y democracias

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    Del fin las oscuras, represivas y militaristas dictaduras que dominaron la geografía latinoamericana durante los años duros de la guerra fría suponíamos que la región habría iniciado una era feliz de retorno a la democracia y al pleno ejercicio de las libertades.

    En muchos países las tendencias extremistas de la derecha y la izquierda, con excepciones, parecían haberse debilitado. No había razones, a pesar del gran lunar castrista, para negarse a aplaudir los saludables vientos que se desprendían del derrumbe del mundo comunista y del auge de la política de derechos humanos impulsada por el presidente norteamericano Jimmy Carter.

    Las dictaduras del cono sur desaparecieron por sustracción de apoyo de sus pueblos y su figura simbólica, Augusto Pinochet, fue derrotada en un plebiscito memorable.

    En América Central las guerrillas castro-guevaristas de Guatemala y El Salvador negociaron luego de décadas de infructuosa rebelión armada, convirtiéndose en fuerzas legales, con programas reformistas y participando en elecciones.

    En Uruguay las distintas organizaciones de izquierda civiles y armadas se agruparon en el Frente Amplio. En Brasil el partido de los Trabajadores seguía insistiendo en la lucha electoral hasta que en la tercera ocasión triunfaron con Lulla Da Silva, luego de aligerar sus radicales propuestas socialistas. Sabemos lo que ocurrió en Venezuela hacia fines del siglo cuando el líder del fallido golpe de estado de 1992, Hugo Chávez, luego de amnistiado, obtuvo el poder vía elecciones democráticas.

    Todo apuntaba a un escenario de alguna forma similar al de las consolidadas y maduras democracias europeas, al juego de la disputa electoral por el poder, con alternancia en su ejercicio, a la cancelación de las aventuras militares de todo signo.

    Sin embargo, algunas sombras y nubarrones no fueron despejados. La dictadura de Fidel Castro se mantuvo invariable, en Colombia las guerrillas, agrupaciones paramilitares, con la excepción de algunas rebeldes y pequeñas facciones armadas, insistieron en la lucha armada.

    Al longevo dictador Fidel se le ocurrió que la manera de sobrevivir, en vez de reformar su gobierno era convocando a la conformación de una agrupación de las izquierdas marxistas, progresistas, verdes, socialdemócratas, y liberales, para decidir una estrategia consistente en seguir luchando por la “justicia social”, “la liberación nacional” y contra “el imperialismo yanqui”, en el marco de la democracia.

    Esta especie de internacional comunista conocida como Foro de Sao Paulo en sus reuniones anuales pasa revista a la situación del continente, diseña tareas, señala objetivos, medios y consignas para hacer realidad su proyecto de “La Patria Grande” y “el socialismo del siglo XXI”.

    En La Habana acaba de finalizar su XXIV congreso en que como de costumbre y lo comenta la disidente cubana Yohani Sánchez, la palabra comunismo se evita en los textos y proclamas, así como hacer referencias al marxismo leninismo y a todo aquello que pudiera espantar la curiosidad de las nuevas generaciones. Ese Foro concluyó con moción de aplausos a la sangrienta represión de Maduro y Ortega contra sus pueblos. El texto completo de Yohani titulado “El entierro de la izquierda revolucionaria” se puede consultar en: https://www.14ymedio.com/opinion/entierro-izquierda-revolucionaria

    Ese proyecto llegó a ser dominante por al menos una docena de años en nuestra región. Con la rapidez del viento, los gobiernos afectos a esta internacional mostraron sus verdaderas intenciones. Cambiaron y reformaron las constituciones a su amaño, con fraudes. Crearon nuevos organismos de cooperación para rivalizar con la OEA como el ALBA y UNASUR, acosaron la iniciativa privada, privilegiaron la economía estatal, persiguieron a la prensa libre, expropiaron empresas, los presidentes se perpetuaron en el poder convirtiéndose varios de ellos en auténticos dictadores, provocaron la ruina de sus economías y han llevado su ideal socialista al nivel de principio inalterable de Estado. Todo ello con diferencias de intensidad de uno a otro país.

    Literalmente son fuerzas depredadoras de la democracia, las libertades y la legalidad. Véase el caso del expresidente Lula quien pretende, desde la cárcel a la que fue condenado en firme por corrupción, ser de nuevo candidato presidencial, la situación de la expresidente de Argentina, Cristina Kirchner, a punto de ser enjuiciada por corrupción y sospechas del asesinato del fiscal Alberto Nisman.

    Y lo más grave, arruinaron a Venezuela, uno de los países más ricos del mundo donde pulula la más descarada corrupción oficial que hizo del petróleo una piñata. Y allá como en Nicaragua las protestas de la población están siendo ahogadas en un mar de muerte y sangre.

    En Colombia, una guerrilla derrotada, las Farc, logra en la mesa de negociaciones con anuencia de un presidente vanidoso e irresponsable, las concesiones que no pudo en más de 50 años de lucha armada: nada de cárcel, curules en el congreso, dinero, sin reparar a sus víctimas.

    Y el candidato de la izquierda populista, Gustavo Petro, en vez de acatar el resultado declara una oposición total y desmadrada de movilizaciones y concentraciones callejeras, contra el presidente electo al que asocian, sin posesionarse, con el asesinato de líderes populares.

    No le pide cuentas a Santos el presidente en ejercicio del que fue aliado y al que apoyó en su fracasada paz. Es tan obtusa la izquierda populista y comunista colombiana que ni siquiera firmó la carta de un grupo de intelectuales de izquierda contra la conducta represiva y sanguinaria de Daniel Ortega y desoyó la voz del expresidente uruguayo José Mojica condenando a este dictador.

    Es el sino fatal de una izquierda reaccionaria, destructiva que bien podríamos asociar, por su fiereza, con el tiranosaurio rex.

    Darío Acevedo Carmona, 23 de julio de 2018

  • Santos: traición de principio a fin

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    A punto de dejar su cargo Juan Manuel Santos quiere ratificarnos la validez del dicho popular: “el que la hace a la entrada la hace a la salida”, al ordenar entregarle a la “Comisión de la Verdad” toda la información confidencial de las FF MM desde el año 1953.

    Esos documentos irían a manos del ente dirigido por el sacerdote jesuita Francisco De Roux y creado por el acuerdo de paz entre las Farc y el presidente Santos, expresión de una de las más graves concesiones a esa guerrilla con la que se pretendería validar y legitimar la narrativa comunista de los problemas centrales del país y muy especialmente los de la violencia política.

    Quienes hemos leído a Marx y a sus principales intérpretes sabemos que su teoría predica una visión fatalista de la Historia signada por la lucha de clases entre opresores y oprimidos, explotados y explotadores que concluiría en la utópica sociedad de iguales, el comunismo.

    En el Manifiesto Comunista escrito por Marx y Engels (1848) y en los primeros congresos internacionales quedó consagrada la idea de un programa único e igual para todos los partidos comunistas del mundo y se escribió sobre mármol que dicha teoría era la verdad verdadera porque el marxismo era una ciencia.

    Convertida en ideología, la narrativa marxista en nuestro país se ha movido alrededor de paradigmas a manera de hilos conductores de toda nuestra historia. La reforma agraria irrealizada, la seudo democracia que nos rige, la lucha contra el imperialismo yanqui y la oligarquía por la liberación nacional, etc.

    La intelectualidad roja, hoy apersonada de la Comisión de la Verdad, no le presta atención a ciertos hechos históricos que afectarían su visión programada del pasado. Por ejemplo, que la violencia guerrillera iniciada en 1964 no fue producto de un levantamiento campesino por la tierra y de resistencia al régimen excluyente y dictatorial del Frente Nacional sino una decisión político-militar de dirigentes de grupos que competían entre sí por liderar la “revolución colombiana”.

    No admite que tal decisión fue adoptada por minúsculos círculos revolucionarios que discutían si ese era el momento de ir a las armas y de cómo convocar a la población. Al jesuita Francisco De Roux o a Alfredo Molano, que tienen en sus cerebros escrita la verdad, no se les ha ocurrido solicitar las actas de sesiones del Comité Central del comunismo prosoviético ni la de las reuniones del ELN de su grupo fundador Vásquez Castaño cuando en Cuba se comprometieron con la consigna guevarista de hacer en Latinoamérica muchos Vietnam, ni las de los maoístas del EPL para adelantar la “guerra popular prolongada” en Colombia.

    Los “camaradas y compañeros” de la Comisión de la Verdad la tienen clara, es su verdad, no se mueven un milímetro. Exigen los archivos de las FF. MM. para darle sustento a su versión de la guerra como método de la oligarquía para dominar el pueblo y de unas guerrillas vanguardia del pueblo en la lucha por la justicia. El objetivo de la petición de esos archivos, pues, no es otro que señalar al Estado colombiano y a las clases dominantes de responsables de todas las desgracias del país, hasta de la existencia de las guerrillas y de los crímenes por ellas cometidos.

    Esa verdad que exime de culpa a quienes en nombre de una revolución no deseada cometieron crímenes de lesa humanidad es a la que Santos les abrió las puertas creando esa Comisión presidida por un camilista impulsor de la teología de la liberación, acomodación contra-natura del marxismo en las entrañas del catolicismo.

    La pretensión más insolente de De Roux, el camarada Alfredo Molano, lumbrera académica del mamertismo, de una señora de la que solo se recuerda haber confesado que compartía los principios de las Farc y un médico salubrista radicalmente izquierdista, no es otra que convertirse en el tribunal de la verdad revelada, decretar la verdad oficial, en tiempos en que la disciplina histórica se aparta de ese tipo de ideas por ser propias de dictaduras, del pensamiento totalitario y porque la Historia, con mayúscula, es una disciplina de interpretación reservada a la academia y ajena a intereses partidistas, dogmas e ideologías.

    Para congraciarse con los “camaradas” Santos da un paso más en el abismo en que quiere dejar el país. No se si lo hace por complicidad, ingenuidad, ignorancia o por bronca o por todas las anteriores motivaciones. El hecho claro es que si su voluntad se cumple habrá cometido el peor de los delitos que puede cometer un presidente: traicionar a su patria.

    Alguien tiene que interponerse a este exabrupto que dejaría al descubierto secretos y políticas de estado que sin la llave legal que las protege, expondría la nación colombiana ante poderosos enemigos internos y externos. Sería el plato delicatessen de jefes guerrilleros en receso y activos, mafiosos, jefes de bandas criminales, dictadores de Cuba, Venezuela, y Nicaragua, por decir lo menos.

    Ahora bien, si lo que se quiere es establecer la responsabilidad penal sobre hechos y conductas criminales, para eso están los tribunales y los jueces de la rama judicial, sobran las Comisiones y los pontífices que las integran.

    Darío Acevedo Carmona, 16 de julio de 2018

  • López Obrador, México y la izquierda latinoamericana

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    El triunfo de Andrés Manuel López Obrador en las presidenciales mexicanas es un buen motivo para reflexionar sobre las izquierdas latinoamericanas y su acceso al poder por vía electoral, y lo primero que se me ocurre pensar es en la similitud de las situaciones previas vividas tanto por México como por Venezuela veinte años de diferencia de por medio.

    En ambos casos amplios núcleos de la población se mostraban cansadas, aburridas y desencantadas con la corrupción en gran escala y generalizada de las elites que tradicionalmente habían ejercido el gobierno así como con la persistencia de problemas sociales y económicos sin solución a la vista como el desempleo y los altos costos de la salud y la educación.

    Fuertes sectores de la población tornaron sus miradas y expectativas hacia nuevos líderes y discursos que esgrimían programas de corte izquierdista y populista abundantes en promesas de justicia social, dignidad, salud, educación, etc. Dichas opciones fueron abanderados por partidos de izquierda que se recomponían del fracaso del comunismo optando por la lucha democrática así como un discurso que hizo a un lado los pesados e impopulares axiomas del marxismo leninismo. Fue en ese contexto en que el Foro de Sao Paulo se convirtió en el nuevo oráculo de los revolucionarios de todos los matices devenidos en reformistas.

    Hacia fines del siglo pasado todo hacía presagiar que las izquierdas del subcontinente al fin entenderían que insistir en fórmulas fracasadas y en actitudes de confrontación radical de clases era el suicidio político. El cambio de horizonte, a su manera, lo expresó Lula da Silva al referirse a la razón de su victoria en Brasil en la tercera ocasión en que se lo propuso: la izquierda tenía que limarse sus colmillos para dejar de producir miedo en las clases medias y altas.

     La ola de triunfos del modelo que impulsó con gran energía y radicalismo Hugo Chávez y que se denominó socialismo bolivariano del siglo XXI, se extendió por Ecuador, Bolivia, Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay, Perú, Chile, El Salvador, Nicaragua y algunos países antillanos.

    Una vez en el poder y con elites tradicionales en crisis de liderazgo, los gobiernos de izquierda dieron rienda suelta a su antigua vocación revolucionaria, autoritaria y antidemocrática, retorciendo las constituciones, anulando o restringiendo las libertades, perpetuándose en el poder, amañando resultados electorales y en muchos casos tomando medidas que por populares no dejaron de producir resultados desastrosos como las expropiaciones y, además, involucrados en escándalos de la corrupción que prometieron acabar.

    Al momento varios presidentes de esa línea han sido encarcelados o están siendo investigados por diversos delitos, Brasil y Argentina se apartaron de ese camino, Colombia no cayó en la tentación, Maduro se comporta como el más vulgar, inepto y represivo dictador, lo mismo que su colega nicaragüense, el deprimente Daniel Ortega, estos últimos apoyados en sanguinarios y desalmados grupos de choque.

    Veinte años después el modelo, también conocido como castrochavista, se encuentra en franco retroceso. La izquierda que lo implantó fue inferior a las expectativas de que en Latinoamérica podríamos llegar a tener enfrentamientos civilizados, sin mayores temores entre la derecha y la izquierda, de que esta última se hubiera comportado sin esas ínfulas adanistas y sin ese espíritu de convertir unos cambios en un compromiso revolucionario de obligatorio cumplimiento para toda la sociedad.

    Tal curso de los hechos es lo que nos lleva a pensar que la teoría del dominó no se puede aplicar mecánicamente a la política en todos los casos. Lo de López Obrador es una clara muestra de ello, y que más bien, lo que si queda claro es que ante el desastre de los gobernantes que se supone han de reafirmar la democracia con equidad, con progreso y sin corrupción, la opción populista emerge a pesar de sus experiencias fallidas en el vecindario, como quien dice, nadie aprende por experiencia ajena.

    López Obrador, como Lula, gana en la tercera oportunidad, lo hace agitando promesas de purificación y humildad republicana, como Chávez, como Lula, como Ortega. Sin embargo, cabe mantener un rayo de esperanza para que la sociedad mexicana pueda interponer sus fortalezas y frenos al nuevo mesías.

    Una de las cosas que puede asombrar a muchos observadores es el hecho de que López Obrador cuenta con el respaldo de varios empresarios y grupos económicos muy ricos y poderosos. Eso ha alimentado la idea de que hay garantías de que no va a incrementar el gigantismo de estado ni a afectar el desarrollo de la iniciativa y el emprendimiento privado. ¿Qué podemos decir al respecto? Dos respuestas: una, que es una apuesta arriesgada de estos señores pues se engañan creyendo que podrán controlar los desafueros del presidente López ya en acción, y dos, que debemos entender que hay capitalistas desalmados, sin frenos y sin reatos morales que de seguro aprovecharán para hacer negocios con un estado elefantiásico, como lo hicieron en Venezuela los famosos boliburgueses.

    Darío Acevedo Carmona, 9 de julio de 2017

  • Reglamentación de la Justicia Especial de Paz: acto de justicia soberana

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    Llegan a Colombia por estos días personalidades del mundo de los derechos humanos, expertos en resolución de conflictos y burócratas de Ongs, invitados por el agonizante gobierno de Juan Manuel Santos para que digan que los acuerdos de paz con las Farc son inmodificables.

    Han escuchado el clamor lastimero y chirriante de quienes viven la derrota electoral del pasado 17 de junio como una amenaza de los guerreristas contra la paz por fin sellada. Y no vienen a debatir con quienes tenemos puntos de vista diferentes a los de quienes intentaron silenciarnos a lo largo de los 5 años de negociaciones y acuerdos rechazados por la mayoría de los colombianos.

    Los visitantes no debaten porque se creen poseedores de la verdad y la razón, vienen a dar línea, a fijar su “autorizado e incontrovertible” punto de vista sobre nuestros problemas, a decir que el triunfo de Duque “representa un peligro para la paz”, que “los acuerdos son inmodificables”, que Jesús Santrich no debe ser extraditado, y de paso, nos brindan su relato distorsionado del conflicto armado colombiano.

    ¿Qué es lo que sostienen estos especialistas? Lo de siempre, la misma cantinela de las izquierdas criollas sobre los problemas del país, por ejemplo, que los campesinos se levantaron en armas contra una oligarquía terrateniente que se negó a realizar la reforma agraria, que el problema de la propiedad de la tierra es la causa de la violencia que ha azotado a Colombia desde tiempos remotos.

    Sostienen que las guerrillas constituyen una expresión de la rebelión campesina y a su vez, es el fruto de una política excluyente del régimen oligárquico del Frente Nacional y sus continuadores.

    Esos visitantes no se toman el trabajo de investigar ni demostrar nada de lo que declaran en foros y ante periodistas que los atienden con obsecuencia, y no lo hacen porque lo que vienen a decir está acordado de antemano con sus consabidos anfitriones, es un libreto para justificar la violencia revolucionaria y deslegitimar las instituciones.

    Esos visitantes no son desinteresados como se les quiere presentar, ni han estudiado, lo que se dice estudiar, los problemas nacionales con criterio académico. Ellos no tienen en cuenta todas las circunstancias nacionales e internacionales, todos los hechos y variables, todos los actores que confluyeron y constituyeron nuestra compleja realidad.

    Estos visitantes, de apellidos raros, ante los que se inclinan con pleitesía las izquierdas, no ven ni pueden ver que cada guerrilla colombiana es la aplicación de un modelo de revolución comunista: cubana, rusa, china. No han podido explicar porqué las FARC, el ELN y el EPL nunca pudieron entroncar con las comunidades que decían y querían representar. No han podido demostrar la existencia de amplias y durables movilizaciones campesinas por la tierra como tampoco la relación de causa-efecto - pobreza-guerrillas, cuando se produjeron algunas en momentos coyunturales.

    No mencionan la influencia del narcotráfico en la evolución de esas agrupaciones, no se refieren a su perversión y degradación, al hecho de haberse corrompido con prácticas mafiosas, a que la pérdida de su horizonte místico derivó en secuestros, masacres, reclutamiento de menores, violación de mujeres, y otros crímenes de guerra y de lesa humanidad.

    Para esos desafueros no tienen ojos sino frases con ropaje sociológico y acusaciones a flor de labios contra el Estado colombiano y las clases dominantes.

    Esa cantinela es la misma que unos sesudos académicos investigadores que pretenden hallar y escribir la verdad verdadera, su verdad, y rescatar la memoria de la violencia, nos han ofrecido desde los años 70 en libros, ensayos, discursos, aulas, en folletos y volantes, en calles y desfiles, en huelgas, en púlpitos, etc.

    Por acá pasaron esos visitantes interesados, hablaron y se fueron, convocados por un presidente que ya de salida se niega a entender y a aceptar las demandas de la población para que se modifiquen algunos aspectos de su acuerdo con las FARC y de esa forma rodearlo de un mayor consenso nacional.

    Y lo que se avizora como la oposición al nuevo gobierno, conducida por un deslenguado caudillo, agita la unión en torno a la bandera de “salvar la paz”, haciéndole la vida imposible a quienes alcanzaron el triunfo en las presidenciales. Desconocieron el resultado del plebiscito del 2 de octubre y ahora quieren hacer algo similar.

    Esta oposición, por supuesto, es la más interesada en recibir con honores de majestad a esos visitantes que siempre acuden presurosos a sus llamados. Hasta la delegación de la ONU osó calificar de obstáculos las discusiones que en sana ley adelantaba el Congreso de la República para reglamentar la Jurisdicción Especial para la Paz. Regresó Enrique Santiago, jefe del partido comunista español, coinventor de la figura jurídica según la cual la cárcel no es para criminales de guerra de izquierda. Y también, un señor de apellido extranjero de quien no teníamos idea.

    Al final, el Congreso actuó soberanamente y en pleno uso de sus funciones y en el marco de conversaciones difíciles con ministros de este gobierno y bancadas oficialistas demostró que sí es posible hacer modificaciones al acuerdo de paz, aunque Santos patalee y su hijo Martín convoque al saboteo internacional.

    Darío Acevedo Carmona, 2 de julio de 2018

  • Sí señores, Duque es el nuevo presidente de Colombia

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    La elección presidencial colombiana marca varios hitos en la historia del país. Por primera vez un candidato supera la barrera de diez millones de votos, por primera vez una mujer es elegida vicepresidente de la República y por primera vez un candidato de la izquierda supera los ocho millones de votos.

    Otros hechos destacables de la jornada fueron, por ejemplo, la confirmación del declive profundo de los partidos Liberal y Conservador y el vacío de presidenciables en sus filas, la consolidación del Centro Democrático como una colectividad disciplinada y con gran acogida que da para pensar que no es coyuntural sino que llegó para quedarse, y, la refrendación de la vigencia política de Álvaro Uribe Vélez como gran elector y líder en lo corrido de este siglo no obstante la animadversión de poderosos rivales y enemigos.

    Iván Duque con esa votación histórica despejó todas las dudas que circularon en el sentido de carecer de fuerza y carisma propios. Su inexperiencia en las lides electorales fue compensada por su talento intelectual, su amplio conocimiento de los problemas nacionales y su capacidad para controlarse ante los ataques de sus rivales.

    Hizo escuela a través de la campaña en la que se enfrentó a otros cuatro candidatos del Centro Democrático a quienes superó luego de un gran número de talleres públicos en los que los aspirantes debatían sus programas en formación de cara a los ciudadanos y escuchando a dirigentes sociales de las distintas regiones.

    Luego compitió con Martha Lucía Ramírez, líder de un sector del partido Conservador, y con el también dirigente conservador y exprocurador general de la nación, Alejandro Ordoñez, en una alianza en la que confluyeron los expresidentes Álvaro Uribe Vélez y Andrés Pastrana, resultando vencedor en una consulta amplia regulada por las autoridades electorales del país.

    Como candidato oficial venció con holgura a cuatro aspirantes en la primera vuelta y en la segunda y definitiva venció al candidato de la izquierda populista, Gustavo Petro, con una votación y ventaja a todas luces inobjetable.

    De manera que Duque, una persona sin mácula, sin experiencia como gobernante, pero reconocido por sus colegas del Congreso como el mejor Senador en 2016 y 2017, libre de corrupción, que expresó con franqueza y claridad admirable sus propuestas, que recibió adhesiones sin cambiar ni modificar su programa y sin hacer promesas de cupos ni mermelada oficial, fue el vencedor, sí, el vencedor y es el presidente de Colombia.

    Remarco su triunfo no con el fin de restregárselo en la cara a los derrotados, sí, a los derrotados, sino para ver si se entiende de una buena vez que la lucha política en democracia es una competencia en la que alguien resulta vencedor mientras el rival o rivales pierden.

    Y porque al principal derrotado, embriagado por su innegable alta votación, Gustavo Petro, le ha dado por imitar a Andrés Manuel López Obrador, su conmilitón mexicano del Foro de Sao Paulo, que se apropió varias veces y por mucho tiempo de la Plaza del Zócalo, espacio público simbólico de la política y del gobierno azteca, para ejercer desde la calle su oposición beligerante e incitando a la multitud, para hacer lo mismo en varias plazas centrales de Colombia.

    Petro, al peor estilo de los populistas del continente, pretende -y a la vez ofende- a sus votantes al convertirlos en monigotes de su estrategia populachera, basado en la creencia de que los ocho millones son todos suyos y lo seguirán siendo para todo lo que él disponga.

    Petro se quiso graduar de caudillo haciendo cursos intensivos para acomodarse a exigencias programáticas de sus aliados que le exigieron firmar en mármol las “nuevas tablas de la ley” las mismas que hizo trizas horas después de conocer su derrota.

    Su discurso no fue, ni de lejos, el de un demócrata sino el de un resentido, minimizó el triunfo de Duque, lo invitó a traicionar a Uribe, lo amenazó con movilizaciones y luchas callejeras, en suma, retomó su alma de populista aventurero que había escondido para la segunda vuelta.

    Ahora, sin razón válida ni fuerza parlamentaria, se quiere autoproclamar cabeza de la oposición, atropellando a sus amigos y aliados que de hecho tienen más presencia en el Congreso que la suya.

    Mientras Petro deforma la imagen de antiguos caudillos de nuestra historia y quiere parecerse a ellos, el nuevo presidente en su característica ponderación inició la labor de empalme sin soberbia y con serenidad, pero, eso sí, dando muestras de que va a cumplir con sus anuncios, pues fue con ellos y no con los de sus rivales con los que se ganó la presidencia, como acaba de verse con sus orientaciones para aplazar la definición de funciones de la Jurisdicción Especial de Paz, tema medular de su programa, y como leí en el trino de una amiga twitera: “poner orden en la casa, enderezar el rumbo, restablecer la institucionalidad y hacer cumplir las leyes”.

    Coda: Descresta en demasía el sentido de supremacía moral y sabiduría de intelectuales que, en presencia del reguero de sangre en Venezuela y Nicaragua a manos de un par de tiranos y asesinos, desean posicionar como mesías de Colombia a Gustavo Petro, fiel y leal amigo de esas granujas.

    Darío Acevedo Carmona, 25 de junio de 2018

  • Inquietante panorama de la autonomía universitaria

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    Hace un siglo que los estudiantes universitarios de Córdoba, Argentina, realizaron un movimiento que cobró dimensiones continentales y extendidas en el tiempo. Protestaban por la excesiva injerencia del Estado, la política y otros factores e instancias de los poderes establecidos en los centros de estudios y querían desatar todas las trabas que obstaculizaban la actividad académica.

    Ese malestar se hizo positivo en dos grandes banderas que signaron de a pocos el devenir de las universidades, en particular las públicas, en América Latina, la libertad de cátedra para salvaguardar de las miradas ajenas al conocimiento y de los juicios de valor y la censura la actividad docente e investigativa. Esa función debía estar en manos únicamente del profesorado y de los órganos universitarios. Y la otra fue la consigna de la autonomía de la universidad que, como su nombre lo indica, buscaba evitar la interferencia de agentes y poderes externos y la utilización de la universidad con fines políticos, partidistas, religiosos o ideológicos.

    Esas dos banderas han tenido desarrollos muy desiguales en cada país y en cada centro de educación superior. Quiero referirme en especial a la noción de autonomía académica que ha sido la más atenuada, primero, por los estados que finalmente se han ocupado de la financiación en tanto dejar ese asunto en manos de inexpertos es cosa utópica, ello se ha traducido, a su vez, en la presencia de agentes y delegados de los ejecutivos en su gobierno.

    Y, segundo, por la intensa actividad adelantada por grupos de izquierda que en muchos casos han convertido a algunas de ellas en centros de formación de cuadros, cooptación de militantes y divulgación de ideas y programas de corte comunista en todas sus versiones.    

    Se me ocurre hacer esta especulación pensando en otro tema mucho más grueso y preocupante en grado superlativo cual es el referido a la misión de la universidad y la colonización y, por ende, deformación por parte de diferentes grupos y tendencias políticas que han convertido gran cantidad de instituciones y espacios académicos en plataformas de acción política.

    Se ha convertido en paraguas de tal situación la idea según la cual la universidad no puede ser ajena a los problemas de la sociedad, circunscribiendo estos a los relativos a la igualdad, la justicia, la revolución como deber juvenil, etc.

    No se tiene en cuenta que una cosa es que la universidad contribuya con sus conocimientos a la resolución de los problemas de la sociedad y muy otra que se ponga al servicio de una facción partidista o ideal político. De esa forma, el principio de la autonomía universitaria termina siendo desfigurado cuya consecuencia más notable es que se borra la tenue y frágil línea que separa la academia de la política faccional.

    Traigo a cuento estas reflexiones a propósito de la decisión de la Universidad Nacional de Colombia de comprometerse con la política de paz del gobierno Santos y su acuerdo con las Farc. Un problema político bastante polémico que ha ocasionado la división de la sociedad y cuyos contenidos fueron calificados por la Corte Constitucional como una política pública.

    Ello se ha dado quizás por desconocimiento o a pesar de lo que se consagra en la Misión de la principal universidad colombiana: “Como Universidad de la nación fomenta el acceso con equidad al sistema educativo colombiano, provee la mayor oferta de programas académicos, forma profesionales competentes y socialmente responsables. Contribuye a la elaboración y resignificación del proyecto de nación, estudia y enriquece el patrimonio cultural, natural y ambiental del país. Como tal lo asesora en los órdenes científico, tecnológico, cultural y artístico con autonomía académica e investigativa.”

    En su Visión encontramos estas metas:

    “La Universidad Nacional de Colombia… debe fortalecer su carácter nacional mediante la articulación de proyectos nacionales y regionales, que promuevan el avance en los campos social, científico, tecnológico, artístico y filosófico del país… Así mismo, la Universidad fortalecerá los programas de extensión o integración con la sociedad… Usará el conocimiento generado para producir a través de sus egresados y de los impactos de la investigación y extensión bienestar, crecimiento y desarrollo económico y social con equidad. Será una universidad que se piense permanentemente y reflexione sobre los problemas estructurales del país.”

    En reciente columna la nueva rectora, Dolly Montoya, sentó un punto de vista que refrenda la tendencia de pérdida del valor filosófico de la autonomía universitaria “…La vocación de su proyecto cultural de nación de la Universidad Nacional es dinamizar y hacer realidad los espacios para la construcción de una Colombia justa, equitativa, motor de diálogo y deliberación. Debemos promover el perdón y la reconciliación mediante la formulación de nuevos caminos de paz con posturas de reconocimiento y respeto por el otro, abriendo nuevos espacios ciudadanos dentro de marcos de justicia y equidad.” (El Espectador 09/06/2018)

    Loable interpretación para justificar el enlace con una política gubernamental que, quiérase o no, es objeto de profundas discusiones y objeciones de naturaleza política partidista, jurídica y filosófica.

    La Universidad, dice la rectora, cuenta “con 14 centros de pensamiento, de los cuales cinco tienen como nicho, mediante su labor académica, contribuir a la paz y formar nuevas ciudadanías.” Si hasta aquí el tema es urticante, ¿qué otras sorpresas no podríamos llevarnos si se pudiera evaluar cómo es que se está llevando a cabo esa “labor académica” con la que se quiere filar una comunidad compuesta por miles de personas de diversas tendencias, unida e identificada alrededor de tareas del saber, las artes y la educación, en torno a la paz convertida en dogma de dogmas.

    Darío Acevedo Carmona, 18 de junio de 2018

  • Les puede el odio, no la razón

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    El próximo domingo 17 de junio tendrá lugar la votación definitiva para elegir el nuevo presidente de Colombia. Por opinión y convicción, hablando en positivo, sin reatos morales, sin salvamento de votos ni lavadas de manos, votaré como millones de colombianos por Iván Duque Márquez.

    Entre quienes van a votar por Petro, el nuevo Moisés, quien de la noche a la mañana se cambió de traje y que, siendo un ateo utiliza ese icono religioso por mero oportunismo, habrá quienes lo voten porque creen en él, sea lo que él sea, socialista o capitalista, dictador o demócrata, ángel o demonio, castrochavista o libertario.

    En cambio, un selecto sector de la intelectualidad de izquierda y progre ha revelado en días anteriores el drama existencial que les produce tener que votar por Petro, en negativo, con dudas profundas, en contra de lo que han dicho de él, con el fin de evitar el triunfo del que consideran, contra toda evidencia fáctica, una marioneta de Uribe, la extrema derecha y el peligro de la guerra.

    Antonio Caballero, por ejemplo, en la más lograda caracterización del caudillo, dijo cosas que espantarían al mismo demonio: “Lo malo del candidato presidencial Gustavo Petro no es su programa, que es probablemente el más atractivo… es un programa para cuarenta años de gobierno… Petro es… un político megalómano… Lo malo de Petro no es su teoría: sino su práctica. La que le conocimos en sus años de alcalde de Bogotá, de ineptitud y de rencor, de caprichos despóticos y de autosatisfacción desmesurada. Su arrogancia, su prepotencia. Su personalidad paranoica de caudillo providencial, mesiánico, señalado por el Destino para salvar no solo al pueblo de Colombia de sus corruptas clases dominantes sino al planeta Tierra… sé de su incapacidad para tener o conservar amigos: lo han denunciado como tramposo y desleal sus compañeros del M-19 (Antonio Navarro, Daniel García Peña), y los del Polo Democrático (Carlos Gaviria, Jorge Robledo, Clara López), que se sintieron todos engañados por él en su voraz ambición personalista… no (es) una buena persona, sincera y franca. Más bien lo veo como una mala persona… No le creo ni ‘el amor’ de que tanto habla. Ni ‘el saber’ que pretende transmitir. Ni ‘la humanidad’ que campea en los nombres de sus campañas. Todo eso me parece ficticio e impostado… tiene un temperamento autoritario, inocultablemente de derechas, inspirado en el ‘cesarismo democrático’… que copiaron luego Hugo Chávez y Nicolás Maduro… Petro gusta de equipararse con los mártires… Sucre, Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán… Pero se parece más a su tocayo el general Gustavo Rojas Pinilla, golpista dictador y jefe de la Anapo, de cuya pintoresca y demagógica ‘dialéctica de la yuca’ copia su propia ‘dialéctica del aguacate’. (Semana 19/05/2018)

    Dos semanas fueron suficientes para dar marcha atrás sin hundir el clutch, votará por el que deshilachó en esas líneas: "Voy a votar contra Duque y contra Uribe, me parecen peligrosísimos. Como votar en blanco es votar a favor de Duque, votaré por Petro aunque no me guste". ¡recontrachanfle!

    Salomón Kalmanovitz, afirmó (El Espectador 3/06/2018): “Yo le veo problemas serios de personalidad egocéntrica, autoritaria y voluntariosa a Petro”, sin embargo, le dará su voto, porque “…son más graves los de Uribe. Mientras Petro no ha tenido vínculos con la ilegalidad…”. Omite referirse a Duque y no sé si piensa que el M-19 era un coro celestial.

    Y el pontífice del derecho constitucional flexibilizado a la izquierda, Rodrigo Uprimny (El Espectador 3/06/2018), explicó su voto por Petro apelando al trompo quiñador de siempre: “Y si Duque es presidente, no solo estaría en riesgo la paz, sino también el Estado(sic) de derecho y la democracia” y echándole anatemas al uribismo, razona: “Algunos de los temores frente a Petro son justificados; tiene un estilo caudillista…que alimenta la polarización, pero, no creo que Petro y el uribismo sean iguales”. Meter miedo vale si ellos lo hacen.

    Un colega del anterior, Mauricio García Villegas, después de afirmar que Duque y su grupo representan lo peor del dogmatismo y la injusticia social, los dos grandes males del país, en gesto de confesión alumbra: “voy a depositar mi voto, trémulo y desganado, por Petro”, una acción de deposito titilante, temblorosa, paniaguada. Y para salvar la conciencia de culpa aclara el porqué de su indecisa decisión: “evitar de que aquella victoria (la de Duque) no sea demasiada amplia” (El Espectador, 09/05/2018). ¡Trás duditativo y tembloroso, derrotista!

    Sobresale en esas voces la descalificación moral y la negación del Otro, es decir, de Duque, en contravía de lo que alegan cuando escriben sobre la importancia de la tolerancia y de reconocer al otro como rival y no como enemigo absoluto citando decenas de filósofos y llamando a la reconciliación.

    Concluyo: el discurso de estos señores es beligerante, de odio, de exterminio. Esa intelectualidad de izquierda y progre confiesa, sin pena, que votará por un “paranoico, autoritario, megalómano, arrogante, caprichoso, prepotente, ficticio, impostado, mala persona”, porque le pesa más su odio irracional, profundo, obsesivo e irremediable contra Uribe (a pesar no ser él el candidato) el uribismo, Duque, aunque el país se vaya al abismo.

    Coda: Si a Claudia López no le gusta de Petro “su estilo mesiánico, caudillista y un poco autoritario…que toda la vida ha apoyado a Chávez y respaldado a Maduro…Si la gente quiere más ojitos con Venezuela pues puede elegir a Petro” ¿cómo es que se alió con él?

    Darío Acevedo Carmona, 11 de junio de 2018