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criminales de guerra

  • Reconciliación con odio

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    Álvaro Uribe Vélez es el personaje de la política colombiana con mejor imagen a lo largo de los últimos15 años. Fundó e inspiró con sus tesis y propuestas el partido Centro Democrático que en la actualidad es la principal fuerza de oposición al gobierno de Juan Manuel Santos.

    Uribe Vélez es el jefe de la bancada parlamentaria más disciplinada y coherente en el Congreso de la República. Y es en la actualidad el jefe político que se proyecta vencedor con su partido en las próximas elecciones para corporaciones públicas y presidencia.

    Uribe ha logrado configurar una amplia alianza crítica y opuesta a los acuerdos entre el gobierno Santos y la guerrilla de las Farc, desde la que se propone realizarles ajustes y cambios importantes.

    Sus posiciones políticas respaldadas por vastos sectores de la opinión pública pueden dar la falsa impresión, o así lo quieren hacer ver sus adversarios y enemigos, de estar generando una polarización sumamente peligrosa que puede dar al traste con la, según estos, anhelada “reconciliación” entre los colombianos.

    Quienes así interpretan los problemas nacionales y las lógicas contradicciones del mundo político, muchas de ellas profundas, tratan de convencernos de que el problema central o al menos uno de los más importantes, es la crispación o polarización a la que hemos llegado.

    El candidato presidencial Sergio Fajardo, por ejemplo, considera que la “polarización” es el mayor problema del momento, y sin preguntarse por los orígenes y las razones de la misma ofrece como medicina la “reconciliación”.

    En su cuenta de twitter Fajardo da a entender que estamos saliendo de una guerra que nos tenía o tiene muy divididos: “Algunos dicen que la reconciliación es solo un discurso bonito. Para nosotros es el primer paso para salir de las trincheras y poder transformar la sociedad…No caigamos en la trampa del odio, del odio no queda sino destrucción… Y nosotros somos la reconciliación, que es la capacidad más noble que tenemos en Colombia…Yo seré el presidente de la reconciliación… En realidad, el reto es reconciliar a Colombia. Aprender a ser diferentes sin ser enemigos”.

    No sé si para Fajardo la indignación de la población con el gobierno Santos y con los cabecillas de las Farc cuando hacen proselitismo, es una expresión de odio y de intolerancia. Y si al decir que la “reconciliación es el primer paso para salir de las trincheras” está aceptando el discurso santista y guerrillero según el cual Colombia estaba en guerra y todos sus habitantes atrincherados.

    Fajardo hace ver como algo dañino la defensa vehemente de las ideas, proyectos y programas que oponen a unos contra otros en vez de aclarar a quiénes quiere reconciliar, si lo que quiere es que pasemos por alto las deficiencias del acuerdo de paz y la pésima gestión del gobierno. O si señalar lo que nos separa de este gobierno y de la impunidad para los criminales de guerra es “divisionismo y odio” o si marcar las diferencias es algo negativo.

    Fajardo cae en la trampa santista y fariana que condena la crítica al acuerdo de paz como una manifestación de odio. Y hace a un lado su deber de candidato de fijar un punto de vista a favor o en contra de un asunto crucial en la vida nacional en vez de hacerse el loco diciendo que se acoge, sin más, a proseguir en su implementación

    La posición de Fajardo hunde sus raíces en el terreno movedizo del voluntarismo y del positivismo coheliano, negando así que la política es confrontación y pugna entre puntos de vista, proyectos e intereses.

    Pero, aceptemos en gracia de discusión que la de Fajardo es la visión bonachona e ingenua de los problemas que nos distancian y nos preocupan en Colombia.

    Al tornar la mirada al manejo de las palabras de moda: “polarización” y “reconciliación” por las izquierdas buenistas, radicales y totalitarias topamos con una retórica abiertamente agresiva, actitudes pendencieras y declaraciones arrogantes que se encubren, según el escenario, en llamados a la reconciliación.

    Ahí están los trinos del cineasta cabeza de lista de los “Más decentes” al congreso, Gustavo (¿Simón?) Bolívar en los que plantea que su primer objetivo en el Senado “es llevar a la cárcel a Álvaro Uribe”, un despropósito similar al que intentó su idolatrado Petro como congresista en el primer mandato de Uribe, con el que distorsiona la función del poder legislativo que no es judicial, tal como lo intenta hacer el congresista comunista Iván Cepeda.

    Y hay que recordar las palabras de alias “Jesús Santrich” cuando en la Universidad Externado afirmó que “las Farc son generosas” porque acordaron con el gobierno la creación de la JEP, a la que “esperamos llevar a Álvaro Uribe para que confiese todos sus crímenes y delitos de narcotráfico y paramilitarismo para que pague cárcel”.

    De manera que se nos trata de vender un cóctel intragable, una mezcla de agua con aceite: reconciliación con odio al medio país que es Uribe con el uribismo. Una invitación al paraíso artificial de las frases y las palabras dulzonas que encubren turbias intenciones.

    Darío Acevedo Carmona, 26 de febrero de 2018

  • Huevos en vez de aplausos para Timochenko en campaña

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    Redacto estas notas mientras transcurre el “paro armado nacional” convocado por la guerrilla del ELN para presionar la continuidad de las negociaciones de paz a través de actos terroristas y concluye la clásica de ciclismo “Oro Y Paz” en homenaje a una paz inexistente.

    La diferencia entre lo que estamos viviendo y sufriendo y las declaraciones insulsas, vacías e increíbles de los gobernantes de Colombia es abismal.

    Porque ¿cómo es posible que el presidente Santos haya recibido el nobel de paz por haber firmado un acuerdo con una guerrilla que dejó tras de sí más de mil hombres en disidencia armada, sin que ni siquiera haya habido comparecencia ante la instancia creada por ellos mismos (la JEP)?

    ¿Y que Santos en la Asamblea General de la ONU haya proclamado ante el mundo que en Colombia “se terminó la guerra” mientras el ELN copa territorios y realiza ataques contra oleoductos contaminando aguas de consumo humano y animal y asesina policías y soldados a quienes se les ha dicho que ya no hay guerra?

    ¿Y que a las Farc se les ocurra hacer campaña para elecciones al congreso y a la presidencia de la República sin saldar cuentas por sus crímenes de guerra, sin mostrar verdadero arrepentimiento, sin reconocer sus culpas y sin reparar a sus víctimas?

    ¿Y que en actitud de enorgullecerse de sus atrocidades, las Farc conservaran las iniciales de muerte con las que ensangrentó a la sociedad?

    ¿Que el gobierno Santos y las Farc hayan desconocido el triunfo del NO en el plebiscito del 02/10/2016 para imponer un acuerdo entreguista que consagra la impunidad y el mayor desbarajuste institucional de que se tenga información en la historia del país?

    ¿Y que en el telón de fondo se piense escribir una vez más la ignominia de humillar el Estado colombiano ante el ELN que lo desafía con un “paro armado”?

    ¿Cómo quieren, el señor Santos y sus minimalistas ministros del Interior y Defensa, su Alto Comisionado de paz, los líderes de opinión de los grandes medios y los columnistas verdes, amarillos, rojos, progres socialbacanes y liberales desteñidos, que en torno del susodicho acuerdo no se haya creado un masivo malestar y un sentimiento de indignación que, tarde que temprano se manifestaría como en efecto estamos presenciando en distintas ciudades del país contra el candidato presidencial de las Farc, alias Timochenko, quien es recibido con chiflidos, silbatinas y gritos de “Fuera”, “asesino”, “hp”, etc y en vez de aplausos le arrojan papeles, tomates y huevos?

    ¿Qué esperaban los defensores de una candidatura que se pasa por la faja la prohibición constitucional de que condenados por delitos comunes y crímenes de lesa humanidad puedan ser electos a cargos de representación popular y a la presidencia?

    La indignación popular, como era de esperar, ha sido objeto de descalificaciones por parte de los ilustres defensores del “nuevo orden” o “régimen de transición” de doce años. Sostienen que se está jugando con candela, que se está impidiendo el derecho a postularse y a hacer proselitismo, que ese proceder es fascista, que es fanatismo, que es violencia, que es una incitación a la guerra, que es intolerancia, y no podía faltar: que es un plan orquestado por el uribismo y el Centro Democrático.

    Ellos sí que pueden estar indignados, como si no entendieran que estamos ante una manifestación de justa indignación no ante el dr Fajardo o el dr De la Calle o Vargas Lleras o el senador Robledo u otros líderes de izquierda, sino ante unos criminales de guerra que quieren ocupar el solio de Bolívar pisoteando la Constitución Nacional.

    Y que la silbatina, los tomates y los huevos son parte de las protestas que en cualquier país democrático tienen cabida, son legales y tolerados como mecanismo de expresión de la inconformidad. De ellos han sido objeto presidente, reyes, primeros ministros, y en Colombia el presidente Santos a quien ya no quieren recibir casi en ningún poblado de la nación.

    Y ya que tenemos memoria corta, hay que recordarle a la mamertería nacional los abusos cometidos en nombre de las protestas populares de las cuales se creen amos. Los abucheos y mítines callejeros contra el coronel Plazas Vega por parte de los miembros del Colectivo José Alvear Restrepo dirigidos por el hoy congresista Alirio Uribe, las marchas, mítines y desfiles en el exterior e interior contra el expresidente Uribe, la infiltración de activistas violentos en paros y huelgas legales de sindicalistas, el bloqueo de carreteras y muchos otros desmanes.

    ¿Cómo olvidar las imágenes aún frescas de soldados humillados, arrastrados, pateados y escupidos por grupos indígenas azuzados por las guerrillas en el Cauca en diversas fechas, la última en una invasión en la que un amotinado le pone su machete en la nuca a un soldado?

    Con una diferencia cualitativa, en los casos de la tropa, de Uribe y de Plazas, el bochinche y linchamiento moral era contra autoridades legítimas no contra delincuentes y condenados.

    Los líderes de opinión y el gobierno al condenar las protestas contra alias Timochenko irrespetan a las víctimas no reparadas de las guerrillas como si ellas ni siquiera valieran los huevos arrojados.

    Darío Acevedo Carmona, 12 de febrero de 2018