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paz

  • El papa y la paz de Colombia

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    Francisco es el tercer papa que visita a Colombia. Primero lo hicieron Paulo VI en 1968 y Juan Pablo II en 1986. El papa fue recibido por multitudes alborozadas de un país inmensamente católico que esperaba ante todo una visita de corte pastoral y que así la sintió.

    El gobierno de Juan Manuel Santos fracasó en el empeño de sacar partido para su acuerdo de paz con las Farc a pesar de la abrumadora propaganda oficial. Hasta el momento de redactar esta columna (domingo 10/9/17) el papa no se había pronunciado en favor de dicho acuerdo, pero había deslizado importantes reflexiones sobre las implicaciones de la paz, la relación entre paz y justicia, la esperanza, la alegría, las víctimas, la verdad y la reconciliación, con las que difícilmente se podría estar en desacuerdo.

    Se le observó una actitud muy diplomática y respetuosa, acorde con su liderazgo religioso, sin herir a nadie y provocando reflexiones saludables, polémicas y pertinentes. Su silencio sobre la situación de Venezuela sigue sin explicación.

    El papa demostró que está al tanto de la profunda división de los colombianos en torno a al proceso de negociaciones y acuerdo de paz entre el gobierno Santos y la guerrilla de las Farc. Al respecto hizo apuntes sobre la importancia de insistir en alcanzar la paz a la vez que advertía en la necesidad de la justicia, del perdón y la reconciliación. Sus palabras encuadran a la perfección con los textos del nuevo testamento que les otorga siempre un lugar privilegiado. Todos los días en la misa católica se escenifica ese mensaje universal y teológico sobre la paz entre las naciones y entre los hombres.

    No hubo, pues, un apoyo explícito al acuerdo como lo anunció el gobierno y afirmaron muchos analistas. El papa demostró ser conocedor de la amplia inconformidad que hay en el país sobre la ausencia de justicia en las concesiones pactadas. Las últimas encuestas que certifican ese estado de ánimo han traspasado fronteras.

    La población católica sabe que el Papa ostenta una doble dignidad bastante problemática. A la vez que jefe de la iglesia católica lo es de un Estado y que entre una y otra no faltan desajustes y contrariedades. A la hora del balance hay que reconocer que Francisco, supo manejar su inmenso carisma inclinándose mucho más por el contenido pastoral de su visita. Hubo instantes de solemnes y emocionantes contactos con personas enfermas o discapacitadas

    El papa estuvo en cuatro ciudades capitales: Villavicencio, Bogotá, Medellín y Cartagena todas ellas muy representativas de la fe católica de los colombianos. Su presencia fue motivo de multitudinarias manifestaciones que reafirman las convicciones de sus habitantes.

    Creo que para bien del país el papa no se salió de su mensaje evangelizador, aunque también hizo anotaciones de contenido político. Pienso que suscitó entusiasmo por su fe a la vez que planteó reflexiones para todo tipo de personas y agrupamientos demostrando que entre política y religión, no obstante la separación entre los asuntos de la iglesia con los del estado, siguen existiendo vasos comunicantes, en este caso, expresados en unas ideas y valores comunes a la religión y a la política como la paz, la justicia y la reconciliación entre otros.

    La estancia del papa Bergoglio fue muy corta como para pensar que va a tener una incidencia enorme en el cambio de las tendencias y las percepciones que los colombianos tenemos sobre nuestros problemas y necesidades. Sin embargo, deja una serie de inquietudes que el gobierno Santos debe tener en cuenta, como por ejemplo, entender que ya no se justifica insistir en seguir vendiéndole al mundo un acuerdo que es rechazado por la mayoría del país y reconocer que han resultado infructuosos sus onerosos esfuerzos económicos y diplomáticos por alcanzar en el exterior lo que no ha podido en el interior.

    En cambio, debería pensar y actuar en el sentido correcto de la necesaria modificación de los acuerdos para que ganen sobre todo en el tema de la aplicación de una justicia transicional más acorde con parámetros nacionales e internacionales.

    Las gentes quedarán satisfechas de haber visto y escuchado en vivo y en directo al papa Francisco y sus creencias se habrán renovado. En los días siguientes vendrán los balances, habrá agudas polémicas sobre lo que dejó su visita, mi colega Alfonso Monsalve, por ejemplo, en el periódico Debate acota que entre las víctimas llevadas ante el papa no permitieron ninguna de las Farc. Más allá de campanas al aire por la paz, el país retornará a su ritmo normal.

    Darío Acevedo Carmona, 11 de septiembre de 2017

  • La paz y la crisis de la Justicia

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    Más de la mitad del país, en encuestas sucesivas, manifiesta una visión negativa sobre la marcha del país, sus instituciones, los gobernantes y otros tópicos. Prácticamente nada escapa al escepticismo o pesimismo de las gentes, ni siquiera la supuesta paz firmada hace pocos meses despierta entusiasmo.

    La situación más preocupante es la que atraviesa en su conjunto la Justicia y en particular las altas cortes pues los recientes escándalos dejan por el suelo ese elemento fundamental de la sociabilidad que es la confianza, ¿si la sal se corrompe en quién podemos creer?

    Para tratar de comprender la razón o el porqué de esta crisis no basta con apelar a los lugares de siempre, a echarle la culpa a toda la sociedad o a decir que esto viene de tiempo atrás. Es necesario fijar la mirada en lo que ha ocurrido en el país desde que se inició un proceso de paz que arroja un balance deplorable en muchos aspectos y muy particularmente en el tema de la Justicia.

    La política puesta en marcha por Santos y su equipo de negociadores para firmar la paz con las Farc nos puede dar la clave de la situación crítica. Esa política ha supuesto heridas demasiado graves en el alma de los colombianos. Quizás los advertidos y acuciosos analistas que medran a la sombra de los jugosos proyectos relacionados con el “posconflicto” sigan sosteniendo la estupidez de que las gentes son tontas o están siendo manipuladas. Pero como dice el cuento no hay peor ciego que el que no quiere ver.

    En efecto, lo que hemos presenciado en dichas negociaciones es una cadena de mentiras, engaños e imposiciones de boca y de parte del presidente Santos. No las voy a mencionar, pero es indudable que la falta de franqueza, el decir una cosa que después niega en los hechos, se traduce en desconfianza colectiva.

    La gente no es boba ni ciega, entiende y ve que a las Farc se le otorgaron prebendas indecibles e injustificadas y que esa organización se burla hasta del sentido común. La impunidad que rodea el conjunto de las concesiones, justificada a contrapelo de las Leyes nacionales y de la juridicidad internacional es fuente de inmoralidad y de nuevas violencias. Se ha llegado al extremo de condenar la exigencia de justicia como un acto de venganza.

    La inmoralidad si viene de las altas esferas del poder es mucho más dañina que la que se pueda dar en la cotidianidad de los ciudadanos. Y es que ver convertidos en todos unos respetables señores a un grupo de criminales de guerra como si hubieran estado dedicados a hacer el bien ofende hasta el más malo de la cadena social.

    Partamos de reconocer que es absolutamente inmoral haberle dado al Acuerdo Final la categoría de Bloque de Constitucionalidad en cuanto sustituye la Constitución, quiebra la institucionalidad y crea organismos que forman un Estado paralelo.

    Todo el desastre que estamos sufriendo tiene que ver, en mi opinión, con el manejo inmoral de la paz. A esa noción se la ha privado de su real significado al convertirla en dogma. Por ella, se nos ha dicho, ha valido la pena firmar ese texto, desconocer el resultado del plebiscito o sea mancillar la voluntad popular, reformar la Constitución por vía exprés, romper el equilibrio de poderes y muchos más desastres.

    Al elevar la paz a la condición de fin supremo, ajeno por tanto a las condiciones y a las circunstancias, se cae en el proceder propio de los dictadores o de los iluminados que autojustifican y autolegitiman sus actos y piensan que si a las mayorías no les parece bien es porque están equivocadas y que todo se vale con tal de alcanzar ese fin.

    Y entonces viene el proceder inmoral para imponer el dogma desde el alto gobierno y los altos poderes. Si para lograr la paz había que hacerle un montaje al rival y favorito en las elecciones presidenciales del 2014, vale, si había que violar topes de financiación de la campaña, vale, si había que comprar votos distribuyendo “mermelada”, vale, si hay que distorsionar la asignación de cupos indicativos a los congresistas, vale. Si hay que aceitar a la gran prensa con elevada pauta oficial, vale, si hay que repartir puestos a granel para ganar el apoyo de magistrados, vale.

    Y así se fue atropellando la tradición, la estabilidad y el estatus de todo lo que se atravesara en el camino de la paz. Perseguir empresarios críticos, vale, desmontar varias cúpulas de generales críticos, vale, otorgar contratos a empresas noruegas para apalancar el nobel, vale.

    Si hay que imponer, a como dé lugar, la elección de un nuevo magistrado incondicional y de mediocre hoja de vida para desempatar en la Corte Constitucional la exequibilidad de la implementación del Acuerdo, vale.

    De manera que la atmósfera putrefacta que campea tiene, sino el origen si un efectivo agente estimulante que es el ejecutivo, el presidente de la República, todo en nombre de su paz que no es la paz que buscamos y merecemos los colombianos.

    No nos vengan a repetir la cantinela de que la crisis moral es del país, de todos, de los millones de personas que se ganan el pan honradamente. NO y mil veces no, la crisis moral tiene nombres propios e instituciones precisas. Las relaciones de cooperación entre los poderes públicos fueron reemplazadas por el soborno, la untada, el billete debajo de la mesa, las gabelas. Si este no es el mayor daño que se le pueda haber hecho al país que nos ilustren cuando fue que estuvimos en un pantanero similar.

    Darío Acevedo Carmona, 4 de septiembre de 2017

  • Corrupción y afrenta banalizadas

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    Después de aquella frase burlona de Santrich “quizás, quizás, quizás” cuando le preguntaron si las Farc iban a entregar las armas y pedir perdón a las víctimas, pensé que nada superaría esa demostración de cinismo, pero, como para demostrarnos que la dirigencia de esa organización no tiene límites para mofarse de la dignidad de los colombianos como no los tuvo para asesinar y destruir, dos acciones recientes nos recuerdan su desfachatez.

    La primera fue el anuncio del nombre del partido -Fuerza Alternativa Revolucionaria de Colombia- con el que entrarán a disfrutar de las generosas gabelas concedidas por el Gobierno Nacional. A primera vista no habría razón para ponerse alerta por la conservación de las siglas, en el pasado lo hizo el EPL (Esperanza, Paz y Libertad), el M-19 mantuvo su nombre precedido de “Alianza Democrática”.

    Pero, entre esas experiencias y la de ahora hay profundas diferencias, en especial en lo referente a la seriedad y la transparencia de aquellas fuerzas, muy diferente a lo que las Farc han mostrado: arrogancia, burlas, mentiras e incumplimientos. De modo que vale preguntarnos ¿por qué insisten en mantener unas siglas Farc que nos recuerdan asaltos, pescas milagrosas, secuestros, asesinatos de soldados y policías, masacres, despojo a campesinos?

    Leeremos y escucharemos muchas voces que nos llamarán a tener confianza y a ver en esa decisión algo de poca trascendencia. No comparto esa visión idealizada sobre las intenciones de una guerrilla cuyos jefes reafirman cada que se les ofrece un micrófono o una cámara que ellos no tienen de qué arrepentirse, que no van a entregar sus armas sino “colocarlas a un lado”, que ellos son rebeldes luchadores populares, que son marxista-leninistas (cosa que también ha sido banalizada en los medios) y como dijo Santrich “Nunca dejaremos de ser Farc”.

    En buena letra se desprende que se enorgullecen de su identidad, que no tienen conciencia de culpa ni van a reconocer la comisión de crímenes horrendos, por tanto, tampoco tienen víctimas a sus espaldas. Y es ahí en donde cabe a la perfección su opíparo ofrecimiento según denuncia del Fiscal General: traperos, exprimidores, vasos, sartenes, sal de frutas, talcos, bienes inmuebles inidentificables, construcción de vías. Esta ofensa a la dignidad de los miles que sufrieron sus atrocidades y al pueblo colombiano es equiparable a la violación de la Constitución y del ordenamiento institucional que en nombre de la paz engañosa impuso el presidente Santos.

    Como para que no nos quepa duda de que estamos ante una auténtica tragedia del absurdo cuyo libreto consiste en burlarse de los colombianos, el expresidente Samper y el presidente Santos, en el evento conmemorativo de los veinte años del ministerio de la Cultura, se trenzaron en un duelo de chistes alrededor de la palabra mermelada. Palabra que todos asociamos con la destinación fraudulenta de dineros públicos a altos dignatarios de otros poderes paran obtener su apoyo.  El escenario de la bufonada fue ni más ni menos el teatro Colón, una bella reliquia y patrimonio de la nación. Los fantasmas que habitan tradicionalmente estos tablados deben haber salido despavoridos ante espectáculo tan repugnante.

    Una sociedad abrumada por la corrupción de Odebrecht, Reficar, pirámides de las elites, violación de topes de campañas presidenciales, mafias en la Corte Suprema, y un larguísimo etcétera, el señor Samper, resucitado en mala hora por su compañero de escena y que detenta un enorme poder burocrático, le dice a Santos en tono burlesco “en mi gobierno hubo “mermelada” pero era poca comparada con el suyo”. Este le replicó inmediatamente “pero si Usted era conocido como el rey de la mermelada”, se oyeron sonoros aplausos y risas de la concurrencia como si se estuviera en presencia de una obra de humor tipo “Los monólogos de la vagina”. Entonces Samper, el mismo al que Santos intentó darle un golpe de estado, le respondió “sí, pero no era tanta y la mía era dietética”, de nuevo gran hilaridad.

    No eran Tola Y Maruja los que divertían al público ni los de La Luciérnaga ni el sobrino del “elefante” con sus grotescos apuntes, era un acto oficial y dos personas que banalizaban sus “dignidades” como pilluelos de barriobajero haciendo bromas con el cuerpo del delito oficial más detestable de los últimos siete años, ese producto corrosivo, símbolo de compra de conciencias, de untadas a magistrados, generales, congresistas, periodistas, obispos.

    Nada más ni nada menos que un expresidente de ingrata recordación y otro en ejercicio, que, independiente de la opinión negativa que los afecta, no tienen derecho a pisotear, como lo hicieron, sus investiduras, el acto oficial, el sitio, el público y el país.

    Que al parecer no tienen conciencia del mal o lo banalizan, pensando que irrigar con mermelada todos los intersticios institucionales no es delito. Deslucieron sus trajes, sin pudor, grotescamente, para recibir el aplauso que no han podido conquistar en las calles quizás porque no han hecho nada que lo merezca.

    Hacer chistes con aquello que tiene el país al borde del colapso es el mayor acto de cinismo que hayamos podido presenciar de parte de las dos personas más poderosas de este gobierno.

    Si este es un país de asesinos, de cafres, de vividores, de mafiosos, de “mierda”, de violentos, como lo sostienen muchos intelectuales “progres” y de izquierda, solo hacía falta que dos miembros destacados de la oligarquía nacional cual par de granujas se sumaran al coro de los que nos ofenden en materia grave en nuestras propias narices.

    Darío Acevedo Carmona, 28 de agosto de 2017

  • ¿Qué tan razonable es la desconfianza y el rechazo a la paz Santos-Farc?

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    ¿Por qué la paz que Santos dice haber alcanzado tiene un margen tan elevado de incredulidad entre los colombianos? ¿Acaso estamos locos al manifestar nuestro rechazo a los acuerdos firmados por él y las Farc?

    En vez de cerrarse a la banda negando las fallas profundas del proceso y de los términos del acuerdo, los firmantes deberían esforzarse en reconocer la evidente crisis en que está sumergido el país por cuenta de ese pacto. Empezando por el vicio madre de todos los males que es el haber incorporado las 312 páginas del entuerto como un capítulo inmodificable de la Constitución Nacional por espacio de doce años, prorrogables.

    De  haber elevado el anhelo de la paz a la categoría de dogma que puede alterar, sustituir o reescribir la Constitución, la institucionalidad y la Justicia y reventar valores y costumbres de la sociedad. ¿Cómo olvidar que para llegar tan lejos fue necesario aceptar que estábamos sufriendo las consecuencias de una guerra civil por más de cincuenta años, que esa guerra tenía causas materiales y objetivas fruto de políticas de exclusión de las fuerzas políticas que se habrían visto obligadas a tomar las armas como último recurso.

    En esa declinación moral, que nace también de una conciencia de culpa de círculos de las elites dominantes, había que concederles, en consecuencia, estatus de fuerza beligerante a las Farc. Por eso, el Gobierno Santos negoció de tú a tú con ella y la igualó con el Estado colombiano, desconociendo y desaprovechando que se trataba de una guerrilla derrotada estratégicamente, afectada en su voluntad de poder y presa de una crisis de liderazgo con sus jefes huyendo en países vecinos, descoordinados, sin opción de triunfo a la vista.

    Las desafiantes ironías de Santrich, las prepotentes intervenciones cuadriculadas de Timochenko, los retos y exigencias de Iván Márquez, y las numerosas demostraciones de arrogancia y desprecio hacia una opinión que esperaba una respuesta más pausada y tranquila, menos provocadora y subida de tono, más acorde con lo que debía ser una actitud de reconocimiento del dolor causado y de búsqueda sincera de la reconciliación, rebasaron la capacidad de aceptación de buena parte de la ciudadana que hoy se manifiesta hastiada de que la comandancia fariana  se pasee como “Pedro por su casa” y se burle del sentido común.

    Para que se entienda bien la razón por la que no consigue una atmósfera favorable y de que la diplomacia, las giras internacionales, el premio Nobel, la visita a Trump, a la ONU, al Papa, las multimillonarias campañas publicitarias en los medios nacionales y extranjeros, no produzcan efectos positivos en el sentimiento de la mayoría de colombianos hay que tener en cuenta el diseño entreguista de la política oficial al mando.

    Y también ciertos procederes arbitrarios, engañosos y antidemocráticos como la citación de un plebiscito con pregunta amañada, en bloque las 286 páginas, con financiación oficial de publicidad por el SÍ, la amenaza con una guerra tenebrosa si ganaba el NO, reducción del umbral de aprobación al 13%. Luego, perdido el plebiscito, la maniobra engañosa para aparentar búsqueda de una nueva negociación bajo un consenso nacional y de nuevo la trampa dando a entender que se habían hecho modificaciones profundas y que se tenía, como se afirmó en principio, la venia de los líderes del NO.

    Y cuando se desgrana la mazorca emerge a la luz lo que el tal nuevo acuerdo contempla, entre otras atrocidades: impunidad para las Farc, representación en el Senado y Cámara sin impedimentos para responsables de crímenes de lesa humanidad, incorporación de las 312 páginas del “nuevo” Acuerdo a la Constitución en calidad de inmodificable o parte del bloque de constitucionalidad, alteración de las funciones del Congreso, implantación de una nueva Justicia la JEP superpuesta a todos los órganos judiciales del país, adopción del mecanismo fast track para reformar la Constitución con proyectos votados en bloque y salidos de la mesa constituyente integrada por delegados del gobierno y de la guerrilla, entre ellos un jurista comunista español, financiación con el dinero de nuestros impuestos de la actividad política y de un centro de pensamiento de la ideología totalitaria marxista-leninista y la conformación de una comisión de seguimiento con poderes gubernamentales.

    De modo que, llegados al punto de la implementación de los pactos y luego de cumplirse los 180 días estipulados y supuestamente inalterables para la desmovilización de las Farc, el balance es un país dividido, incontrolado, con un presidente en caída profunda de su imagen y sin gobernabilidad, inepto, una guerrilla insolente e inflada, invitada de honor a eventos culturales y ocupando primeras planas en los medios enmermelados.

    No han entregado los menores de sus filas que son miles, no quieren desestructurar su formación jerárquica militar, no quieren entregar sus bienes, no soportan la menor crítica, vetan al Fiscal gentral, a magistrados, a las Cortes, a congresistas y se ufanan de haber entregado a la misión de la ONU, cuyo papel no genera confianza, el 30% de sus armas sin una foto o video de sustento, sin testigos independientes, y quieren que la opinión les crea y se dé por satisfecha como si el cumplimiento de un compromiso puntual fuese suficiente para borrar el desastre institucional y constitucional provocado por las tres fuentes del descontento: el proceso de negociación, los contenidos inconstitucionales del acuerdo final y su implementación.

    Darío Acevedo Carmona, 12 de junio de 2017

  • SIETE REFLEXIONES SOBRE COLOMBIA

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    En razón de un cuestionado e impopular proceso de paz, Colombia enfrenta en la actualidad una crítica situación de incertidumbre. Querámoslo o no estamos abocados a encarar el presente y el futuro del país. Viviremos momentos muy tensos, mucho más de los que hemos encarado en los últimos meses.

    Considero del caso realizar un ejercicio de razonamiento para el que propongo el uso de una metáfora y siete reflexiones. Imaginemos que el Estado colombiano es un edificio grande que tiene unas bases profundas y potentes columnas que sostienen los pisos en los que tiene lugar todo tipo de relaciones conflictivas, problemáticas, agradables, etc. Base y columnas son la garantía de que nada de lo que suceda en él puede o debería caer estrepitosamente.

    Primera reflexión: Nuestro edificio Colombia fue sometido a un proceso de paz de manera sorpresiva, sin consensos previos, sin exigencias perentorias de cese de la violencia a las Farc. Ese experimento ha impactado de manera grave la solidez de la edificación.

    Segunda reflexión: El presidente Santos tomó dos decisiones que es necesario tener en cuenta en cualquier análisis por sus consecuencias determinantes, a saber: darle carácter de guerra civil al accionar terrorista de unos grupos que fracasaron en su pretensión de hacer la revolución socialista por medio de la lucha armada. Y dos, convirtió el ideal de la paz, contemplado en nuestro ordenamiento constitucional en paradigma absoluto que justifica cualquier concesión, reforma o cambio drástico de las instituciones.

    Tercera reflexión: fue el propio presidente Santos quien prometió  realizar una consulta a la población, referendo primero, plebiscito luego, para refrendar el extenso acuerdo firmado en La Habana. El plebiscito, no obstante la destinación de inmensos recursos públicos en publicidad favorable al Acuerdo, dio un resultado negativo para el Gobierno Nacional. Aun así, en vez de renunciar como había prometido, Santos se aferró al poder, prometió renegociar aspectos esenciales del mismo y ante tal actitud los voceros del NO aceptaron la idea de un Pacto Nacional por la Paz.

    Cuarta reflexión: Santos engañó de nuevo al pueblo colombiano y a los líderes del NO firmando el mismo acuerdo al que solo se le hicieron cambios cosméticos y sin haber consultado previamente a estos últimos, burlando la voluntad popular. La razón del afán de Santos era la obtención del Nobel de Paz, como si la suerte de la patria no mereciera total consideración.

    Quinta reflexión: A lo largo de las negociaciones, el Gobierno Nacional fue hostil con las críticas y observaciones formuladas por diversos sectores de la sociedad. En cambio, adelantó una estrategia de amansamiento de la opinión con altas dosis de canonjías y dádivas, mal llamadas “mermelada”. Obtuvo así el apoyo incondicional de las mayorías del Congreso, de magistrados y altas cortes de la justicia colombiana, realizó giras para ganar solidaridad y promesas de gobiernos y personalidades mundiales que desconocían los contenidos de lo firmado, se ganó el apoyo de los grandes medios nacionales, radio, prensa y televisión. Utilizó trampas y métodos deleznables para ganar la elección presidencial en 2014, gastó sumas multimillonarias del erario público en publicidad.

    Sexta reflexión: de forma consecuente con todo lo anterior,  Santos y su ministro del Interior, el señor Cristo, lograron el visto bueno de la Corte Constitucional para impulsar las reformas y cambios acordados -en un auténtico harakiri- pues la guardiana de las bases del edificio calificó un problema que se presentaba en alguno lugar del mismo, la calidad de grave y esencial como para remover sus bases. Varias columnas de la edificación han sido afectadas notoriamente: las Farc adquirieron calidad de constituyentes primarios, la Constitución podrá ser reformada o cambiada por vía express o fast track, el Congreso se privó de su función principal, legislar, la Justicia nacional quedó por debajo de la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) que tendrá poderes omnímodos e ilimitados en materia penal y será autónoma. Las FF MM cambiaron su doctrina y fueron debilitadas en su capacidad de combate para enfrentar a los violentos, etc.

    Séptima reflexión: La Constitución de 1991 ha sido suplantada por un acuerdo diseñado por dos voceros de las Farc y dos del Gobierno Santos en clara usurpación de funciones del constituyente primario. El país será supervisado por una comisión de seis personas, tres de las Farc y tres del Gobierno y en caso de empate en cualquier aspecto del Acuerdo, delegados de Cuba, Venezuela, Holanda y Chile definirán qué se hace, quedando en manos de gobiernos extranjeros, algunos de ellos bien hostiles, decisiones importantes de la vida nacional. Durante doce años o más, denominado “periodo de transición”, Santos y Farc pretenden implantar un nuevo orden a espaldas de la población.

    Quedan muchas cosas por decir, pero ahí están las que marcarán la política de los próximos meses y años. Soy de los que creemos que gran parte del mal causado al edificio puede ser subsanado y que no debemos dejarnos chantajear con el fantasma de la guerra como intentó hacerlo el Gobierno antes del plebiscito. El reto es claro o retomamos el rumbo o viviremos décadas de desgracia.

    Darío Acevedo Carmona, 17 de abril de 2017

  • COLOMBIA EN CAÍDA LIBRE

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    La historia de los hermanos Patrocinio y Odín Sánchez no puede ser más cruel. El primero de ellos fue secuestrado por la guerrilla ELN en condiciones infrahumanas por un largo periodo, su familia pagó una parte de la extorsión, enfermo, cadavérico y en vista de que no aceptaban liberarlo, su hermano Odín se canjeó por puro sentido de hermandad. Al cabo de 10 meses, este último, enfermo y agobiado, fue objeto de un canje de doble vía. El Estado liberó a dos guerrilleros a cambio de la liberación de Odín.

    El Estado fue incapaz de exigirle al ELN lo que a las FARC: abandonar la práctica del secuestro. De otra parte, la familia de Odín entregó una millonaria suma de dinero al ELN para que lo liberaran. El Gobierno Santos aceptó esa humillación para sentarse a negociar la paz con ese grupo.

    De encima, la comandancia elena en tono arrogante reconoció tener más secuestrados en su poder, entre ellos un soldado, y en el colmo de la sevicia, cara amenazante, dicen tener “derecho” a seguir secuestrando.

    En este estropicio contra la más elemental justicia y los derechos humanos, tan pregonados y defendidos por tantos falsos defensores, por hipócritas, por infiltrados de la extrema izquierda en organizaciones humanitarias y por despistados escribientes que guardan sus plumas frente al atropello, llegan al país, de cuenta del erario público, tres, cinco? premios nobel de paz a aplaudir a quien ha despojado nuestro Estado de toda dignidad y a avalar un proceso consagrado por un golpe de estado en la más impúdica impunidad posible en la historia reciente del mundo.

    No queda la menor duda, a Juan Manuel Santos le encantan los eventos de pompa y boato, es muy hábil para organizarlos y para hacerlos en el momento adecuado a sus intereses. No pierde detalle aunque le toque tirar la casa por la ventana, eso sí, quede claro, no es su casa, sus festines se pagan con los impuestos de los colombianos.

    Como quiera que la favorabilidad no le favorece y que no obstante sus esfuerzos por pasar a la Historia Grande de Colombia como artífice de la paz sigue de capa caída en las encuestas, busca ganar aplausos y apoyos con personalidades del exterior que poco conocen los dramas del país ni los costos políticos, constitucionales y morales de su política de capitulación ni sobre nuestras disputas y conflictos.

    Santos es luz de la calle y oscuridad de la casa, es un gran mago, todo un ilusionista, pues ha logrado atraer la mirada complaciente y el respaldo de instituciones, gobiernos y figuras extranjeras, vendiendo la idea de que Colombia sufría los estertores de una prolongada y cruel guerra de más de medio siglo, que las guerrillas colombianas no eran terroristas sino luchadoras por la justicia y habían tomado las armas inspiradas en ideales altruistas, que su poder era tan enorme que bien valía perdonarles todos sus abominables crímenes, en especial los de lesa humanidad, que no merecen la cárcel, que el secuestro es comprensible, etc.

    ¿Estarían al tanto de que la voluntad popular que rechazó el pacto con las FARC en el plebiscito del 2 de octubre, la Constitución, la separación de poderes y la institucionalidad, fueron lanzadas al abismo de la ignominia?

    El mal ejemplo del Acuerdo espúreo entre un Estado legítimo y un grupo terrorista, ha empezado a rendir sus frutos podridos. La negociación con el ELN se inicia a la sombra de un chantaje en que el Estado se humilla ante exigencias de una guerrilla que ni se sonroja justificando el secuestro y prometiendo que lo seguirá haciendo.

    ¿Se leerán los señores nobel de la paz esta dolorosa historia de la familia Sánchez, tan solo esta, aunque son miles las historias horrorosas que podríamos contarles? ¿Qué pensarán de la justificación del secuestro por parte de los jefes guerrilleros? ¿Seguirán pensando que la causa revolucionaria justifica todo tipo de crímenes? ¿Soportarían eso en sus países? ¿Estarían dispuestos a destruir la institucionalidad de sus países en aras de hacer la paz cerrando los ojos antes los crímenes atroces?

    Llegamos a pensar que en materia de ignominia este Gobierno había tocado fondo, pero, al observar el nuevo proceso de paz en Quito no podemos sino concluir que Colombia sigue en caída libre, lo que quiere decir que veremos hechos peores y más indignantes de los que hasta ahora hemos presenciado.

    Darío Acevedo Carmona, 6 de febrero de 2017

  • LA OSADA AVENTURA DE SANTOS

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    La decisión que tomaremos los colombianos el próximo 2 de octubre tendrá repercusiones trascendentales en el presente y el futuro del país. A lo largo de este proceso de conversaciones hemos tenido ocasión de ver, escuchar y analizar variada información y quizás, ya muchos tenemos una posición.

    El momento justifica que intentemos comprender por qué el amplio espectro de los amigos del sí, consideran que por la Paz se justifica todo, aceptar, por ejemplo, que el Acuerdo tenga condición de tratado internacional, que se cree un monstruo jurídico por encima del sistema judicial colombiano, que se otorguen 26 curules sin imponer restricciones a responsables de delitos atroces, que se repartan tres millones de hectáreas en la modalidad anacrónica de pequeñas parcelas, que se creen 16 jurisdicciones especiales, que se acepte la reforma de la doctrina militar, que se creen 22 comisiones, organismos y veedurías que realizarán labores propias de organismos del Estado, que se acepte el secuestro y el narcotráfico como conexos con el delito político, que los responsables de delitos de lesa humanidad no paguen un solo día de cárcel, y un largo etc.

    No vamos a meter a todos los que aceptan estas condiciones ominosas en un mismo saco. Teniendo en cuenta sus visiones de país, sus intereses y su posición ideológica, los dividiré en dos grupos: las izquierdas y los que deben defender el Estado.

    Que las izquierdas manifiesten su satisfacción con el Acuerdo y estén aplaudiendo a Santos, uno de los personajes más representativos de la oligarquía tradicional no parece muy razonable. Toda la vida, con diferencias de matiz, este conjunto ha denigrado de las instituciones, ha negado que Colombia sea un país democrático, que es uno de los países más desiguales del mundo donde se cometen grandes injusticias. Sostiene que no hay oportunidades para fuerzas políticas diferentes a las tradicionales. Una de sus tesis más estimada es la que atribuye “el levantamiento armado” a las injusticias sociales, al problema de la propiedad de la tierra y a la exclusión política. Para ellos la paz implica reformas profundas de tipo social, económico y político. Son radicalmente antimilitaristas pero solo con respecto de las Fuerzas Militares institucionales, el Estado es el principal violador de los derechos humanos y no falta el humanista que dice que este es un “país de asesinos” y que “todos somos culpables”.

    De manera que, como el Acuerdo entre el Gobierno Nacional y las FARC contiene opíparas concesiones a su visión, las izquierdas andan felices pregonando el SÍ.

    ¿Cómo no les va a gustar el Acuerdo si ellos nunca han tenido en buen concepto la legalidad, la institucionalidad, la democracia y las libertades vigentes que deben ser demolidas o reformadas para ensayar otras políticas como las pregonadas por el Foro de Sao Paulo y el socialismo bolivariano del siglo XXI?

    En el campo de los que representan el “Establecimiento” encontramos un auténtico archipiélago de grupos, partidos, intelectuales y columnistas con ideas no necesariamente comunes. Algunas sufren de conciencia de culpa, otros del síndrome de Estocolmo, hay ingenuidad entre quienes creen que las guerrillas están inspiradas en ideales altruistas, como el acceso a la tierra y la “ampliación” de la democracia. Piensan que vale la pena correr el riego de hacer todas esas concesiones a las FARC porque suponen que terminarán siendo absorbidas por el sistema como ha ocurrido con otras experiencias de paz en el pasado. Un elemento común en los líderes de la negociación es el exceso de confianza en sí mismos y de subestimación del rival.

    Creen, además, que hay que entregarles amplios poderes y representación en el campo, aspirando a que allí se queden y no se expandan a la vida urbana. Hay advenedizos que no saben nada de lo que es un Estado de Derecho, que carecen de visión, incapaces de ver más allá de veinte metros, bastante ingenuos, pues, no tienen idea de con quien están tratando.

    Algunos de ellos tienen una visión banal del poder y de la política, otros depositan excesiva confianza en su elocuencia y retórica, los hay a los que les parece normal que Timochenko llegue a la presidencia, otros aspiran a ocupar un lugar de la Historia ganándose el Nobel o la presidencia del país.

    En un tercer grupo, en el que hay partidarios de las dos opciones, tendríamos a empresarios, iglesias, Medios, Fuerzas Militares, gremios. Difícil trazar un perfil de todos ellos. Tal vez nos sea factible reconocer algunas evidencias: miedo de los empresarios respecto de la reforma rural, del futuro de la economía y el poder incontrolable de Jurisdicción Especial de Paz, por el costo fiscal inconmensurable de la implementación de los acuerdos. Divisiones notables en la jerarquía católica, desdibujamiento del rol de los Medios que han sacrificado su independencia ante la jugosa pauta publicitaria oficial. Las Fuerzas Militares han sufrido un enorme debilitamiento operacional con la salida de sus mejores oficiales, por el cambio de doctrina militar negociado a sus espaldas, y la asignación al alto mando de oficiales obsecuentes y acríticos con la política oficial. En los gremios se aprecia mucho temor a las represalias y una que otra voz crítica.

    Ese es el vivo retrato de la osadía de Juan Manuel Santos que deja por el suelo lo dicho al comienzo de las negociaciones: “si no firmamos la paz nada habremos perdido”. ¿Cómo no recordar la anécdota que se le atribuye al presidente Marroquín al entregar el poder en 1904, habiendo perdido a Panamá: “De qué os quejáis, me entregaste un país, os devuelvo dos”.

    Darío Acevedo Carmona, 19 de septiembre de 2016

  • LA POLARIZACIÓN NO ES EL PROBLEMA

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    No somos el único pueblo sobre la tierra ni el primero que se polariza ante cuestión dilemática o que convierta la definición de un problema en motivo de álgidas disquisiciones e irreconciliables posiciones. No lo digo para consolarnos sino para que reflexionemos sobre esa fastidiosa costumbre de autoflagelarnos y creer que la lucha política puede llegar a ser totalmente cristalina y aséptica.

    Nada ganamos con quejarnos de la polarización que se ha creado en torno a las conversaciones de paz y el  plebiscito. Es cierto que circulan argumentos falaces, mentiras a rajatabla, rumores infundados, insultos, burlas, matoneo, pero también contamos con exposiciones serias, pensamientos y reflexiones en cada uno de los polos en los que ahora estamos ubicados la mayoría de los colombianos.

    Así pues, si en el debate hay de todo, quien quiera entrar en él, elige los términos con los que habrá de intervenir y las corrientes de opinión o exponentes con las que entablará su discusión. Y ojalá quienes se quejan de matoneo, haciéndoselo al contradictor, tónica de un buen número de columnistas, opten por una prosa más elaborada.

    Hay personas de las que uno esperaría que no acudan a las mentiras, como ocurrió en días pasados con declaraciones del expresidente César Gaviria Trujillo, quien sostuvo que en la negociación con paramilitares hubo total impunidad y que había miles de ellos en las calles, citando el caso de uno de los capos de esas organizaciones caminando tranquilamente por una calle céntrica de la capital. Voceros del gobierno y de partidos han sostenido lo mismo. La cuestión es de fácil respuesta y no hay que citar a ningún teórico de las ciencias sociales: Hubo cárcel para responsables de delitos de lesa humanidad, en principio se contempló la posibilidad de que pagaran penas en lugares diferentes a cárcel común, la Corte Suprema se opuso y ordenó castigos con prisión efectiva, el gobierno acató. Por tanto hubo una posición de Estado. Hoy, por el contrario, el presidente no contempla que se toquen los preacuerdos.

    Hubo extradición de jefes que incumplieron compromisos, no se les dio representación ni elegibilidad política. Confesaron muchas verdades, pidieron perdón, resarcieron, si bien es cierto a medias, a sus víctimas, y a pesar de muchas objeciones, el país no fue dividido ni fue materia de negociación las FF MM, la Agenda Nacional, la Constitución, ningún Órgano Judicial fue suplantado como ocurre en el actual proceso. Y el jefe paramilitar personaje que caminaba por calle capitalina pagó una pena de 8 años, los de las FARC caminarán por doquier sin ir un solo día a prisión.

    Un asunto que atiza la “polarización” es el relativo al ¿qué pasará? según el resultado del plebiscito. Quienes impulsan el SÍ sostienen que de ser victoriosos el presidente queda habilitado para adelantar la implementación de los acuerdos. Hasta ahí, todos podemos coincidir, es una decisión del constituyente primario que se debe acatar. Si lo que se lleve a la realidad conviene o no al país es otro asunto a cuyo alrededor proseguirá la controversia.

    Los partidarios del sí aseguran que de triunfar el NO el país volverá a la guerra, el presidente Santos y el expresidente Gaviria siembran miedo con esa amenaza. El primero pretende generar una atmósfera de pánico diciendo que esa guerra tendría como epicentro las grandes ciudades y sería más letal que las anteriores.

    Agregan que el NO deja sin alternativa al presidente de la república, o sea, el NO es el camino del desastre ya que no es posible rediscutir lo ya acordado. En cambio, más sutiles aunque, no se puede confiar en lo que dicen, las FARC manifestaron que ellos no se levantarían de la mesa.

    ¿Qué dicen los defensores del NO en caso de triunfar? Que el presidente no tiene porqué levantarse de la mesa pues ese no es el significado del NO. Se vota NO a todo porque el gobierno canceló el referendo que hubiese permitido formular varias preguntas en las que sería factible votar afirmativamente.

    Por disposición constitucional, el presidente tiene la obligación de seguir buscando la paz, de manera que lo que se desprende del NO en el plebiscito es que el presidente entienda el resultado como un mandato de la ciudadanía para que reencauce las negociaciones. Y si las FARC u otros grupos armados ilegales siguen en su plan de combatir con las armas a la institucionalidad, el presidente está obligado a responder con las armas legítimas de la República cualquier perturbación o amenaza a la seguridad nacional. Así está escrito en el Título VII Rama Ejecutiva, artículos 188 y 189 numerales 3, 4, 5 y 6. Un presidente no puede alegar miedo, objeción de conciencia o cansancio ante los deberes allí consignados.

    De manera que si el presidente ante una amenaza de retorno a las armas se asusta o muestra miedo puede ser acusarlo de cobardía. Está obligado a cumplir la ley y si le parece muy horrible el mandato constitucional de enfrentar todo desafío armado o violento al orden establecido, le queda la opción de RENUNCIAR al cargo para que el vicepresidente asuma esos deberes.

    Darío Acevedo Carmona, 22 de agosto de 2016

  • ¿QUIÉN DIJO MIEDO?

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    Sin que se baje la bandera para dar inicio a la campaña por el plebiscito ya están en marcha las campañas por el SI y por el NO. Y en ambiente de intensa controversia emerge a lado y lado el recurso del MIEDO.

    El debate ha tenido altos y bajos niveles de argumentación en medio de una aplastante ventaja para el oficialismo que ha gastado sumas millonarias del presupuesto nacional en publicidad a favor de su posición. Y aunque la Corte Constitucional en su fallo dejó sentada la exigencia de que la pregunta no debe girar en torno a la paz sino a los Acuerdos, el combustible que está tensionando el ambiente es el dilema que se impone incontrolablemente.

    De un lado los que apostando por el SÍ atacan a los defensores del NO acusándolos de guerreristas y hasta amenazando, con fines de crear MIEDO, con la prolongación de la guerra por otros 50 años y su impacto sobre todo en los centros urbanos.

    Del otro lado, se señala a los partidarios del SÍ de haber sido demasiado condescendientes con la guerrilla al haber puesto en cuestión aspectos sustanciales de la vida nacional, y se agrega, también para que las gentes teman por el futuro y con razones ampliamente difundidas, que este proceso le abre las puertas al modelo castrochavista o socialismo bolivariano del siglo XXI.

    Como quiera que a los críticos de las negociaciones en La Habana se nos tilda de exagerados al decir que este peligro está latente, pues el comunismo colombiano es débil en apoyos y en unas elecciones libres serían ampliamente derrotados, vale la pena insistir en la racionalidad del temor que sentimos, que en vez de amilanarnos, nos lleva a impulsar el movimiento por el NO en el plebiscito.

    En todos los países del mundo donde han triunfado los comunistas ha sido a través de las armas, de golpes de estado, de insurrecciones o alianzas con fuerzas socialdemócratas, liberales o progres que no creyeron que podían perder el poder y ser luego eliminados del escenario político por aquellos.

    La experiencia comunista desde la URSS, pasando por China y por países que no renuncian a la dictadura del proletariado, como Cuba y Corea del Norte, ha sido un desastre total. Sin embargo, en América Latina y liderado por los Castro y el Foro de Sao Paulo, el comunismo se reinventó y camuflado en mil causas desde las ecológicas, la democracia, los derechos humanos y hasta las de género, lograron crear un bloque de países gobernados por ideas que aunque no se presentan de comunistas, tienden a ese ideal fracasado.

    Con paciencia infinita, los comunistas abren espacios entre fuerzas que subestiman su carácter peligroso. La revolución cubana mandó al paredón a quienes antes la aplaudieron desde orillas cirineas. En Venezuela hasta las elites políticas, los intelectuales y los empresarios, creyeron ciegamente en Chávez. Ni este ni Fidel declararon su fe comunista en principio, solo lo hicieron cuando se habían asegurado el control del poder.

    Los comunistas en todas partes conspiran para crear desorden, divisiones, desconcierto, temores, incertidumbres en su estrategia de toma del poder. Aprovechar la crisis de las clases dominantes y sus fuerzas armadas es parte del libreto. No han declinado en su lucha por la dictadura del proletariado, expropiar a los terratenientes y hacendados, estatizar la economía, abolir la propiedad privada y usar el aparato educativo para crear el pensamiento único adoctrinando a los niños y jóvenes.

    La principal fuerza comunista en Colombia está representada por las FARC que en La Habana ha reafirmado sus tesis marxista-leninistas detrás de las que justifican todos sus crímenes. No han renunciado a ellas ni lo harán, pero, para ingresar en sociedad las relegarán, por un tiempo, a planos muy secundarios. Aborrecen la democracia que consideran burguesa y la usan como escalón para acceder a puestos de privilegio desde donde atacarán la fortaleza enemiga.

    El Foro de Sao Paulo es hoy día el epicentro de la estrategia que apunta a la instauración del comunismo en la región. En Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, conquistaron el poder sin mayor oposición y con el visto bueno de alegres solidarios que no previeron el peligro. Arrasaron el orden constitucional para perpetuarse en el poder, arruinaron la separación de poderes y restringieron la libertad de prensa, además del gran desastre de la economía en Venezuela uno de los países más ricos del mundo.

    Que Colombia sea un país objetivo en ese plan y que la Cuba de los tenebrosos dictadores Castro no elimine el Departamento América (encargado de propagar su revolución continental) de su partido comunista, refuerza el temor. El miedo deja de estar en el horizonte para entrar en el juego de las posibilidades a través de unas negociaciones en que se les entrega demasiadas ventajas.

    El miedo surge también de la gestión de gobernantes de la talla de Juan Manuel Santos que confunde el país con un casino y de la dirigencia de partidos como el lánguido y plutocrático liberalismo, un empresariado acobardado y ciego ante los nubarrones y sordo a las advertencias, una prensa entregada a la millonaria pauta publicitaria oficial y un Ejército descabezado y sin mística al que le acaban de cambiar su doctrina (exigencia de las FARC).

    Me pregunto: ¿es o no es razonable sentir miedo, sentimiento profundamente humano, y decírselo a los colombianos para que entiendan que solo luchando contra los infames y entreguistas acuerdos de La Habana podemos iniciar el camino de recomponer las negociaciones de tal forma que la paz no signifique el hundimiento del país en nuevas violencia, en el caos y poner en riesgo, sin necesidad, la democracia y las libertades?

    Darío Acevedo Carmona, 8 de agosto de 2016

  • PAZ: NI PERFECTA NI MAL HECHA

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    Está instalada en el imaginario de una porción de la población colombiana la idea de que tuvimos una guerra de 52 años. Esta lectura, que constituye un triunfo de las guerrillas comunistas, tiene eximios representantes en el mundo académico. Sobre esta apreciación equívoca se fundamenta la política de paz del actual gobierno desde la cual se le reconoció a un “actor” de esa “guerra” la calidad de contraparte del Estado.

    Dicha hipótesis da por hecho que lo vivido tiene ribetes de una guerra y se niega a reconocer que el fenómeno no alcanzó los niveles de conflagración y de división de la sociedad que se consideran necesarios para calificarlo como tal. Se sostiene, además, que esta “guerra” es consecuencia de “una paz mal hecha”, la del Frente Nacional, y de la no resolución del problema agrario.

    Los intelectuales de las guerrillas sostienen que ellas nacieron como consecuencia de la “paz mal hecha” entre liberales y conservadores en Benidorm y en Sitges de la que surgió el Frente Nacional, mal hecha porque no resolvió el problema de la tierra dando por verdad que ese habría sido el fundamento de la Violencia, tesis no demostrada, y porque ese régimen fue excluyente con otras fuerzas políticas, que por lo demás o no existían o eran insignificantes en 1957.

    Me parece importante traer a colación una carta dirigida al presidente Alberto Lleras Camargo por los jefes guerrilleros comunistas Manuel Marulanda Vélez y Ciro Castaño en septiembre de 1958. En ella le manifestaron su apoyo a la paz que se iniciaba y ofrecían su ayuda para combatir el crimen y el abigeato: “no estamos interesados en luchas armadas y estamos dispuestos a colaborar en todo lo que esté a nuestro alcance con la empresa de pacificación…”  Más adelante insistían en que “no existe razón alguna para la resistencia armada” y que en adelante “continuaremos obedeciendo a las autoridades legítimamente constituidas y las leyes…” (Véase de Gonzalo Sánchez, Ensayos de historia social y política del sigloXX, El Áncora Editores, 1984, pag. 272)

    Este documento indica que la lectura del conflicto a la que estamos aludiendo, sufrió un cambio que sirvió para justificar el “alzamiento armado” en 1964, pues la paz, según la misiva de “Tirofijo” y compañía, no dependía de la resolución de lo que muchos académicos llaman el problema agrario o la distribución de la tierra y que la paz del Frente Nacional fue recibida de muy buenas maneras.

    Cabría preguntar, entonces, utilizando la lógica de los defensores de la nueva lectura ¿si la “paz mal hecha y excluyente” del Frente Nacional dio origen a “la violencia revolucionaria” en 1964, por qué la que se va a firmar hoy con una de las guerrillas, con exclusión de otras (p.e. ELN) y de otros grupos armados irregulares (Bacrim) y de más del 50 por ciento de la población que no está de acuerdo con una paz basada en la impunidad, no dará lugar a nuevas violencias?

    Por supuesto, si les otorgamos la razón histórica y moral a quienes intentaron, infructuosamente, levantar el “pueblo en armas contra el régimen opresor”, estaría justificado, como dan a entender los partidarios de la idea de las “causas objetivas”, que con tal de que no nos sigan matando, secuestrando, extorsionando o atentando contra la infraestructura nacional ni reclutando niños ni violando mujeres ni destruyendo pueblos y villorrios miserables, vale la pena aceptar lo inaceptable.

    Es decir se validaría el chantaje contenido en el amenazante dilema “si no firmamos en los términos de la guerrilla tendremos medio siglo más de guerra”,  que es como estar sufriendo un atraco en el que te ponen un cuchillo en la aorta, te obligan a entregar todos tus bienes, abusan de tus seres queridos, y luego, con la promesa de “no hacerte más daño” y “respetar” tu vida, a cambio de que no interpongas denuncia, te dejan “libre”. Y el ofendido, víctima del síndrome de Estocolmo, te abraza y agradece tu gesto “altruista y humanitario”.

    Estamos de acuerdo en que no debemos aspirar a una paz perfecta, quienes piensan que los críticos del actual proceso queremos, a toda costa, una paz perfecta, están muy equivocados. La idea no es levantarse de la mesa sino intentar su reorientación, de tal forma que el Estado y el Gobierno no otorguen garantías y prebendas por temor al chantaje de una nueva guerra de medio siglo.

    De lo que se trata es de no poner en riesgo las columnas institucionales de la sociedad, es decir, destruir la casa para que sea reconstruida quién sabe cómo. Se acepta la Justicia Transicional pero no la sustitución de nuestras Cortes por espurios aparatos. Es aceptable que el Estado distribuya tierras en zonas conflictivas pero sin que se afecten los tenedores de buena fe. Se puede, incluso, otorgar algunas curules nacionales y locales por una vez siempre y cuando no recaigan en responsables de crímenes atroces, y así, en otros puntos se puede dar un giro razonable, no para firmar una “paz perfecta”, pero sí para evitar una paz “mal hecha”.

    Darío Acevedo Carmona, julio18 de 2016