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  • Democracia o dictadura

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    Estas dos palabras tienen una posición destacada en la existencia humana de la era Moderna. Son antagónicas, quiere decir que no lo son solo por su significado literal sino por su impacto en la vida política y en la esfera académica.

    Un régimen o gobierno de tipo democrático, por ejemplo, no puede tranzar con la supresión del sufragio universal ni con la ausencia de un cuerpo fundamental de leyes o constitución que establece los límites del poder político y las normas de la vida ciudadana.

    A su vez, la dictadura presupone la anulación de libertades y derechos políticos, y en ese sentido, es enemiga, por ejemplo, del sufragio universal, de la libertad de prensa y de opinión, etc.

    En su propia esencia, la democracia es sistema abierto ambientado por el goce de amplias libertades lo cual la hace permeable a deformaciones causadas por las tendencias totalitarias y dictatoriales o por los vicios de sectores  que se aprovechan de su liberalidad para cometer actos de corrupción del erario y manipulación electoral. En cambio, la dictadura es un a modalidad de gobierno cerrada, poco expuesta a la apertura de la competencia electoral por el poder. Tiende, a falta de controles a abusos de poder y la sordera ante expresiones libertarias.

    Otra realidad binaria en el mundo Moderno, de la que algunos teóricos y especuladores creen posible escapar, es la relativa a las nociones que designan dos modelos económicos opuestos a saber: capitalismo y socialismo, y a la manera como estos se relacionan con democracia y dictadura.

    Hasta aquí quizás no haya gran debate, estamos en modo Perogrullo. Pero, al abrir nuestros ojos a lo que ha sucedido  en la humanidad en los casi últimos tres siglos la reflexión se pone color de hormiga.

    Las naciones modernas que surge en medio de compromisos y revoluciones se fundan en nuevos paradigmas: la primacía de la razón sobre la fé, el estado republicano contra el monarquismo absolutista, la separación de poderes, o sea la república, en lugar de su concentración en el rey o el monarca, el establecimiento de la ley fundamental o constitución en vez de los privilegios, el auge de la filosofía liberal inspirada y aplicada a la realidad económica y, con el inmenso progreso que se alcanzó en esos años, el problema de modelo de gobierno, y ahí es cuando la idea democrática surge en las constituciones francesa, norteamericana y en otros países como representación,  de otra noción importante para su desarrollo, la ciudadanía que destruye la división social del Ancien Regime de los tres órdenes: la nobleza, el clero y el tercer estado (pueblo dirán algunos).

    El parto de la democracia moderna representativa no es el de una criatura plenamente formada, es muy diferente a lo que hoy vemos, y me atrevo a pensar, que no ha llegado a su plena madurez, mucho menos a su agotamiento. En términos del ensayo, El fin de la Historia, del politólogo norteamericano, Francis Fukuyama, el modelo democrático no tiene al frente, en lo que se puede advertir, ni siquiera en diseño, un nuevo modelo de organización política. Esto quiere decir que la dictadura, cuyo significado es el poder absoluto concentrado en una persona, un grupo o partido, una clique u oligarquía, no es un modelo deseable, y el que pretendió tener fracasó estruendosamente a fines del siglo XX.

    En efecto, en un mundo abierto y libre, pujante, desde fines del XVIII en adelante, una intelectualidad sin amarres formula teorías sobre el desarrollo social y el económico con el fin de convertirlas en modelos ideales tendientes a subsanar las desigualdades de clase y acceso más amplio al poder político.

    Me referiré al más estructurado en sentido filosófico, al de mayor impacto en el mundo por cerca de siglo y medio, desde mediados del XIX.

    Marx y Engels ampliamente conocidos, a través del Manifiesto Comunista (1848) presentaron en sociedad su teoría a la denominaron “socialismo científico” basado en la binaria división de la sociedad entre proletarios (clase obrera, asalariados) y burguesía (capitalistas), es decir la teoría de la lucha de clases como motor de la historia.

     

    Algunas de las ideas allí consagradas como dogmas incuestionables, por ejemplo, reducen toda la historia humana a la lucha de clases, afirman que la violencia es la partera de la historia, plantean de manera profética, que la humanidad tiende hacia el comunismo etapa de comienzo de la verdadera historia en la que las clases y el estado desaparecerían. Pero para llegar a es momento, la sociedad ha de atravesar por una transición a la que denominan el socialismo consistente en la socialización de los medios de producción y para cuyo establecimiento, la clase obrera, supuestamente la más avanzada, será la directora y la vanguardia. Tal cometido solo será posible apelando a la violencia revolucionaria y una vez en el poder implantar la “dictadura del proletariado”.

    Tales ideas, convertidas en dogmas, especie de religión civil, fueron abrazadas por multitudes conducidas por partidos comunistas, guardianes de la doctrina, en principio en países de alto desarrollo capitalista. Pero, en contravía de las previsiones del Manifiesto que señalan la ineluctable revolución en los países de alto desarrollo capitalista, la primera revolución de enseña marxista se dio en la semifeudal Rusia zarista.

    Ese hecho marcó profundas revisiones de la doctrina hasta el punto de descargar entre los comunistas la realización de tareas no cumplidas por las “revoluciones burguesas” conocidas bajo distintos nombres: “Nueva Democracia, “Frentes Populares” o “Democracias Populares” puestas en marcha en diversas latitudes como en la China de Mao (1949), etc.

    Pero, fue precisamente el curso real  de la vida el que se encargó de demostrar, lo que ya habían advertido muchos líderes, filósofos sociólogos, a saber, que el comunismo no solo era una utopía sino que su fase previa, el socialismo, fracasó estrepitosamente  al implosionar su mayor experimento, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, seguida casi al unísono con el derrumbe de las dictaduras comunistas de los países de Europa Oriental donde el modelo había sido impuesto por orden de Stalin y la ocupación de sus territorios por las victoriosas tropas soviéticas en la Segunda Guerra Mundial.

    La crisis del modelo se extendió a la federación yugoeslava y en América Latina, aunque Cuba mantuvo su férrea dictadura, Fidel Castro con Lula da Silva y otros líderes comunistas adoptaron una línea cuyos lineamientos se fijaron en evento del Foro de Sao Paulo.

    La China de Mao fue la cereza de ese pastel al renunciar al socialismo que había dejado decenas de millones de muertos por el hambre, y establecer el capitalismo de libre mercado, casi a la manera como este sistema nació en el siglo XVIII.

    Son muchos los libros, ensayos, testimonios, novelas, escritos por historiadores, intelectuales, economistas, excomunistas, literatos, artistas y jueces, que han narrado la vida y casi muerte, del fracaso  y la inconsistencia política y filosófica de la doctrina marxista. Destaco, para finalizar y a manera de sugerencia autores que en diversos formatos han publicado obras: Milan Kundera, Mario Vargas Llosa, Gao Sing Yan, André Glucsman, Karl Popper, Sandor Marai. 

    Darío Acevedo Carmona, febrero 2026