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  • El reconocimiento Trump, Xi, fundamento de la paz y la coexistencia

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    Creo que para entender el alcance y significado de la cumbre Trump-Xi es preciso hacer un breve repaso sobre tiempos no muy lejanos cuyas huellas siguen vivas y luego, traer a cuento la situación particular del mundo ante el peligro de una guerra entre potencias.

    Al concluir la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se consolidó como la principal potencia militar por ser el único país que poseía armas nucleares. Sin embargo, no faltó quien preguntara la razón por la cual no hizo valer su condición de superioridad para aplastar a su rival, la URSS, y en vez de ello, haberlo tratado como un par a sabiendas de su propósito de apoderarse de Europa.

    Quizás, el tiempo le dio la razón a los gobernantes norteamericanos quienes optaron por negociar y así evitar la prolongación de una guerra en un escenario de agotamiento, cansancio y oposición de la opinión pública mundial, cuyo resultado era perturbador por el muy probable desastre humanitario tal vez mucho mayor al que se acababa de concluir.

    Estados Unidos mantuvo esa superioridad tan solo unos años durante los cuales no otorgó el rango de par a la Unión Soviética hasta que ella, bajo la dictadura de José Stalin se hizo al dominio de la tecnología para obtener la misma arma de su rival histórico.

    Con el paso del tiempo, ambas potencias se reconocieron como pares en cuanto a la capacidad de destruirse mutuamente en una guerra sin ganadores. Así se dio inicio a lo que se conoció como la “guerra fría” con base en una actitud mutua de detente y disuasión que, en esencia, consistía en admitir una conflictividad y competencia, pero, conjurando la apelación al arma nuclear. Acuerdos y disputas sobre el orden económico y la vitalidad de cada modelo, el capitalista del mundo libre y el socialismo de las dictaduras proletarias. La carrera armamentista no estuvo al margen de ese modelo de coexistencia en el que sobresalen tres fenómenos.

    El primero de ellos es el relativo a la construcción de dos grandes alianzas militares, de un lado, la OTAN cuyo liderazgo indudable y eficaz corrió por cuenta de Estados Unidos y que cubría de riesgos a los países democráticos de Europa. De la parte soviética, el Pacto de Varsovia, liderado de la misma forma por la Unión Soviética y esta por la Rusia estaliniana que ofrecía protección a los países de la llamada Cortina de Hierro, aquellos en los que se impuso el modelo comunista al final de la guerra en gracia de la presencia ocupacionista de las tropas soviéticas.

    El segundo asunto de importancia en el enfrentamiento y rivalidad entre las dos potencias era el relativo a la competencia económica, en el cual se contemplaba el manejo de las finanzas internacionales, la eficiencia, la lucha contra la pobreza, la carrera científica, la carrera espacial y la influencia sobre los países del Tercer Mundo.

    La tercera fue algo no escrito ni firmado en algún documento, de riesgos que pusieron en peligro los convenios y tratados de contención y disuasión, fue el de las guerras de liberación sobre todo en el continente africano y en algunos países del lejano oriente asiático, en algunos de los cuales, Corea, Vietnam, Laos, Camboya e incluso del continente americano desde el triunfo de la revolución castrista en Cuba que motivó y apoyó el surgimiento de guerrillas en casi todos los países de centro y sur América. Es lo que dio en llamar la guerra entre la URSS y los EE. UU. a través de terceros.

    En el curso de todos estos fenómenos y otros de menor impacto, la ONU se consolida como espacio de conversación y solución de algunos problemas y conflictos bélicos. Pero, a pesar de la fragilidad de la paz vivida de esa manera, el mundo, y esto se debería señalar con mayúsculas, evitó, con ese modelo, lazos, nudos y escapes, evitar una conflagración que habría dado por resultado muy probable la extinción de la vida en el planeta.

    El modelo de la detente, la distensión y la disuasión EE. UU.-URSS, en el sentido anotado, no fracasó ni fue un desastre, ni siquiera en el momento en el que el mundo presenció en 1989 el derrumbe de la infamia del Muro de Berlín, y, en 1991 la implosión sin guerra y sin uso de armas de exterminio, del gran imperio de Unión Soviética. No tengo elementos para medir las lecciones que la humanidad y las esferas internacionales de gobierno pueden extraer de esos maravillosos eventos de apertura y de cambio, pero, una de ellas, es, sin duda, que tales sucesos de tanta envergadura no condujeron, ni por un instante, al uso de armas de destrucción masiva. Desaparecieron el Pacto de Varsovia, la Cortina de Hierro, muchos países recuperaron o retornaron a la democracia liberal, el capitalismo se impuso en casi todo el orbe excepto en Corea del Norte y en Cuba, y el giro más sorprendente de tal transformación se produjo en la China Comunista que sin abandonar la doctrina marxista adoptó el modelo capitalista como el más viable para superar el hambre y la pobreza después de tres décadas en el murieron millones de hambre a causa del fracaso del experimento maoísta.

    Entonces, Estados Unidos, se diría que sin explicitar eso como un propósito o meta por alcanzar, se convirtió en la potencia unipolar del mundo. Condición que no duraría muchos años en razón de la recuperación de Rusia por avances del capitalismo emergente y de la transformación de la China postMao en una sociedad capitalista avanzada que la ubica como una real potencia también en el plano militar.

    Y es, precisamente esa, la razón por la cual, varios gobiernos norteamericanos en el presente siglo han adelantado tratos de alto valor estratégico con la potencia de oriente, sobre todo en el plano económico y geopolítico como el asumir un puesto como único representante de la China.

    Y es en razón del progreso alcanzado que la China, en particular bajo la dirección de Xi Jing pin, ha obtenido la valoración de muchos países del mundo donde han puesto sus ojos tanto los estados como los grandes empresarios del orbe capitalista.

    Estamos pues, en un momento singular de la geopolítica, de redefiniciones no fáciles de manejar y en medio de dos guerras Ucrania-Rusia y EE. UU. e Israel contra Irán, y de tensas expectativas por la aspiración China de incorporar a isla de Taiwán. Pero, también, y pienso que el paso dado por Trump al reunirse con Xi en esas condiciones y con tal exhibición de empatía y de búsqueda de acuerdos (la otra opción es que hubiesen madurado el conflicto hacia la crispación, las amenazas y los insultos), es el resultado más satisfactorio que se haya visto en los últimos diez años.

    Dicho encuentro hace desparecer y tiende a consolidarse un trato de iguales entre estas dos potencias, que le hace sentir a la China ser reconocida como igual en el campo de las superpotencias, y que la muestra ante el mundo como nuevo protagonista con el que se debe contar.

    Situación que conduce a mirar cómo no fracasado ni mucho menos enterrada la política de la distención y la disuasión entre quienes son, gústenos o no, hoy por hoy, las grandes potencias EE. UU. Rusia y China. El resultado de esa cumbre cimera no es despreciable, nadie salió perdedor por el hecho de que no se haya resuelto del todo el tema de los aranceles o la paz en el Golfo y entre Ucrania y Rusia, pero, se ganó algo que no cabe en las manos de alguien o en el escritorio de un jefe, a saber, que la humanidad le ha ganado terreno al peligro de una guerra entre esas potencias. En efecto, aunque las maletas al final no queden repletas de regalos o conquistas, es preferible que los jefes se reúnan, se reconozcan, se traten bien, y que se comprometan a buscar acuerdos en temas complejos que no hayan podido saldar en forma satisfactoria. La más reciente reunión entre Putin y Xi, puede mirarse en el mismo sentido, aunque haya versado sobre otros tópicos.

    Darío Acevedo Carmona, 24 de mayo de 2026

  • EE. UU. e Israel contra Irán, una guerra incomprendida

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    La opinión antinorteamericana junto con medios antitrumpistas y, por supuesto, los enemigos históricos de Estados Unidos han impuesto una versión de la guerra de los EE. UU. e Israel contra Irán en la que invisibilizan las motivaciones centrales del ataque de los dos aliados históricos contra el centro generador de terrorismo del Oriente Medio.

    No fue Estados Unidos quien amenazó a Irán para dominarlo o exterminarlo con su poder nuclear. Tampoco fue Israel el que se propuso borrar de la faz de la tierra a los iraníes.

    Las cosas son todo lo contrario. Desde el triunfo de la revolución religiosa de los ayatolas lideradas por Khomeini en 1979, los nuevos gobernantes crearon un sentimiento de odio frente a Occidente y en especial contra Los Estados Unidos e Israel. Se dedicaron a organizar, financiar y armar grupos y movimientos de corte terrorista. 

    La retórica antisemita y antinorteamericana maduró hasta convertir sus amenazas en parte fundamental de sus planes militares: investigación nuclear, construcción de misiles de mediano y largo alcance y medios de ataque de sus aliados por fuera de sus fronteras.

    En junio de 2025 en el marco de la guerra de Israel contra Hamas, la milicia Hezbolá y otras facciones yihadistas proiraníes, el gobierno de Israel entendió que tales conflictos no tendrían forma de ser superados si a su vez no se derrotaba a su inspirador y financiador, el Irán de los ayatolas.

    Pero, tenían claro que por sí solos no podrían derrotar al adversario, y entonces forjaron una alianza con los EE. UU. víctima de amenaza nuclear por parte del régimen de los fundamentalistas musulmanes.

    Ahí tomó forma la estrategia de atacarlo conjuntamente a mediados de 2025 después de no haber recibido respuesta a requerimientos de desistimiento de sus amenazas.

    Aunque Irán recibió golpes severos a su infraestructura militar, la inteligencia del Mossad y la CIA dieron cuenta de la pervivencia de las amenazas y de una recuperación de aquellos ataques, por tanto, que dicha circunstancia significaba el renacer del peligro del arma nuclear contra Estados Unidos y del deseo de desaparecer a Israel del mapa mundial.

    Analistas de distintos medios, plataformas y redes, la ONU, la OTAN y gobiernos europeos que se supone son amigos de EE. UU. omiten referirse a esa perturbadora información de tal forma que la acción guerrera de EE. UU. e Israel se presenta como una guerra de agresión, una violación de la soberanía de Irán y una infracción del derecho internacional.

    Esa labor de borrar las motivaciones originales está acompañada de afirmaciones basadas en especulaciones como la de sostener que Trump y sus Secretarios de Guerra y de Estado, el Pentágono y asesores, se equivocaron en el planeamiento de las actuales operaciones, se centran en la supuesta confusión del presidente Trump cuando, en apariencia y quizás con fines de confundir al adversario, hace declaraciones contradictorias y confusas o incoherente

    Se les olvida la experiencia en Venezuela a la que Trump se resolvió después de varios meses de "asfixiante" espera. Minimizan y hasta desconocen los llamados previos al inicio de hostilidades y posteriores invitaciones del presidente Trump para adelantar conversaciones con fines de encontrar una solución negociada.

    De otra parte, Estados Unidos ha recibido suficiente demostración de la ingratitud de sus socios de la OTAN y de los países que ha protegido con sus bases a lo largo de la guerra fría y en los años posteriopres al derrumbe soviético.

    ¿Faltaba algo más? Durante más de ocho décadas amplios sectores de la población europea azuzados por grupos comunistas, nacionalistas y socialdemócratas convirtieron a los héroes de su liberación del yugo nazi fascista en objeto de su rechazo y hasta enemistad.

    El efecfo de esa actitud inamistosa es lo que estamos presenciando en todo su esplendor por parte de mandatarios, intelectuales, analistas, pazólogos que, en nombre de principios inmutables, ahora sí, invocan la soberanía de un país que abiertamente patrocina el terrorismo con su apoyo a Hamas, Hezbolá, a los yihadistas, los hutíes y a otros grupos que atacan desde la clandestinidad, se mueven en secreto y en veces con el apoyo de gobiernos cómplices.

    Un principio que algunos de ellos silencian ante la agresión rusa a Ucrania a pesar de que en tal caso lo que sobresale y es reconocido por el dictador Putin es su ambición de adueñarse de ese país o de gran parte de su territorio sin tener una excusa válida para intentarlo.

    No voy a especular sobre los problemas de las tácticas de guerra en este conflicto del Medio Oriente, sobre la situación del momento, que es lo que hacen politólogos que de la noche a la mañana emergen como especialistas de la guerra y de la geopolítica del problema, dejando a la vista y al oido que se quedan en la simple opinión y dando rienda suelta, caso algunos medios europeos como France24 y DW a su sesgo antinorteamericano y antiisraelí.

    Muy grave que los desencuentros entre EE. UU. e Israel con la Unión Europea que vienen de años de atrás, maduren hasta la ruptura de uno de los dos grandes pactos en torno de los cuales giró la "Guerra Fría", tal como se desprende del evidente y razonable disgusto del presidente Trump y su Secretario de Estado Marco Rubio.

    No es algo deseable, puede derivarse hacia una situación de desestabilidad, temores, caos y guerrerismo ante la ausencia de gobiernos que lideren la contención y la disuasión.

    Cuánta falta hacen voces como la del recordado filósofo de mayo del 68 francés, André Glucksman, quien años después de ese movimiento y de haber superado su militancia maoísta, escribió un corto documento-carta de saludo y reconocimiento a sus "hermanos soldados norteamericanos" que ofrendaron con unas 30 mil vidas para liberar a Italia, Francia, Holanda y a Europa Occidental de la invasión nazi y posteriormente del expansionismo del régimen soviético. Atrás, fuera de la memoria, queda el gran Plan Marshall con el que EE. UU. financió la recuperación de la Europa de la Posguerra sumida en la miseria.

    Darío Acevedo Carmona, 7 de abril de 2026

  • La gran lección de Israel ante el terrorismo

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    Los gobernantes de Israel entendieron a la perfección que la única manera de responder a quienes claman por su destrucción y predican el exterminio de los judíos, era derrotándolos. Intentaron negociar con gobiernos y organizaciones como Egipto, Al Fatah, Jordania, etc., logrando la paz después de vencerlos en el campo de batalla. A la vez que, a aquellos que insisten en su propósito de "borrarlos del mapa" les da su merecido.

    Es una máxima de la guerra: si no derrotas al adversario, este te derrota a tí.

    ¿Por qué en Colombia, persisten unas anacrónicas guerrillas y organizaciones mafiosas que le hacen la guerra al estado y violentan a la población civil destruyendo los recursos con sus acciones criminales y de terror?

    Cuando por una vez entendimos que era legítimo derrotarlos por la vía de las armas se logró un resultado positivo y contundente para la nación.

    Desafortunadamente, a un presidente embelesado por obtener un nobel de paz, le dio por renegar de la guerra legítima llegando a propagar la idea de que "prestar hijos para la guerra" era inmoral, en videos publicitarios de campaña presidencial y propiciando una negociación de paz fraudulenta en la que los jefes guerrilleros fueron premiados mientras juzgan a cientos de generales y altos oficiales. El pacto de La Habana, derrotado en el plebiscito 2016 convirtió en héroes a los villanos y en bandidos a los defensores de la patria.

    Afirman que vivíamos en una guerra, se aceptó que tenía la forma de un conflicto armado interno a través de una ley, pero, en la práctica condenaron a las Fuerzas Armadas al debilitamiento y de hecho a hacer ver que está mal enfrentar a los violentos que quieren destruir nuestra democracia e imponer sistemas totalitarios. En esas estamos.

    Desenmascaramos el diablo, pero…?

    Hemos desenmascarado el diablo, lo hemos descrito en todas las formas posibles, hemos denunciado sus maniobras encubridoras, hemos dado el debate entre el estado austero y el gigantismo de estado, el estado austero, la separación de poderes. Lo hemos caricaturizado, hemos salido a las calles, también hemos develado su falso discurso contra la oligarquía mientras le da la mano a JMSantos, a ESamper y a Mancuso, hemos criticado su amor por la viaticadera, sus desplantes, sus falsas poses de sabio y maestro. Le hemos adornado su hoja de vida con adjetivos entre mordaces y serios: Cantinflas, camorrero, charlatán, mentiroso, provocador, posudo, amenazador, corrupto, despilfarrador, diletante, etc. Pero el diablo es el diablo y sigue adelante echándole fuego a todo lo que según él le estorba o considera inadecuado.

    ¿Qué nos falta por hacer? ¿Sentarnos a ver las llamaradas de la destrucción mientras llega el 2026? ¿Que destruya el Consejo Nacional Electoral, que se apodere de los medios como ya se ve? ¿Mantenernos divididos y lelos ante el desastre?

    Si lo que hemos hecho ha sido insuficiente estamos en el deber de evaluar en qué estamos fallando: ¿Exceso de retórica quejosa e irónica? ¿En que no queremos entender que la división, descoordinación y egoísmo juega en nuestra contra?

    Si no nos organizamos en un solo y sólido Frente Común por la Democracia y la Libertad y diseñamos una táctica de movilización y salimos a dar la batalla de manera unificada, el diablo y sus diablitos se quedarán echando candela a lo que aún funciona.

    Coda 1: Expresémosle al presidente Uribe toda nuestra solidaridad y apoyemos su solicitud para que se le otorgue el tiempo que se requiere para el análisis de la información que contiene el teléfono y el computador de Monsalve, testigo principal en su contra. Garantías procesales es un deber ineludible de la Justicia.

    Coda 2: El próximo presidente de Colombia, sea hombre o mujer debe aprender y poner en práctica esa lección. Se les hace a los grupos armados ilegales una propuesta que o la toman o la dejan.  Si la toman tendrán beneficios jurídicos, deben entregar armas y bienes para resarcir a sus víctimas. Si la rechazan, hacerles llover rayos y centellas hasta derrotarlos. Hay que CAMBIAR la política del arrodillamiento por la de dignidad y firmeza.

    Darío Acevedo Carmona, 5 de octubre de 2024